lunes, 26 de septiembre de 2016

Un recuerdo

— “Yo, Mario, fui alcohólica hasta los treinta, y me reía de todo. Salía de marcha con el hijo de Vargas Llosa, éramos amigos… Pero entonces…”
De pronto se calló y miró hacía otro lado. No hizo falta preguntar nada. Enseguida supe lo que le había sucedido. Los hay que se quedan atrapados para siempre.
Levanté los brazos y le cogí afectuosamente el rostro. Esperé unos segundos para dar tiempo a que el calor de mis manos corriera por sus mejillas. Después le fui girando suavemente la cabeza hasta que estuvimos de nuevo cara a cara. Estaba a punto de romper a llorar… Acerqué muy despacio mi rostro al suyo y la cubrí de besos…

lunes, 19 de septiembre de 2016

Corte tres, Sweet Jane 1 (unos días de febrero)

(De hecho, creo que las atraigo. El porqué, desde luego se me escapa. Yo lo achaco a mi manera de ir por la vida, un tanto fuera de los modos convencionales y a ciertas carencias maternales de mi primera infancia, pero supongo que esto último es una banal hipótesis un tanto forzada, un lógico subproducto de mis muchas lecturas freudianas; aunque en realidad trato de convencerme de que todo es más sencillo: Simplemente, siempre he atraído a mujeres que buscan algo diferente.)

Nada más llegar a casa todo se aceleró. Primero me metí en el baño y le di un buen repaso: Azulejos, inodoro, lavamanos, grifos, espejo, suelo etc. Después le llegó el turno a la cocina: las puertas de los armarios, la de la nevera, la del horno, quemadores, mármoles, microondas, baldosas, suelo etc. Cuando acabé allí, sin tan siquiera un respiro, me lancé sobre el dormitorio con el brío de un pirata en pleno abordaje: Le quité el polvo a los libros del estante, a la mesita de noche, barrí, fregué, cambié las sábanas; y en el último momento, en pleno fragor de la batalla, me volví a fijar en la vieja mesita; me acerqué hasta allí y le di un manotazo al blister de pastillas para la tensión que había sobre ella, abrí el primer cajón, saqué una caja de condones y la dejé donde antes habían estado las pastillas. Mucho mejor así, me dije mirando la mesita mientras intentaba recuperar el resuello.
Saqué el polvo, barrí y fregué la habitación pequeña y el comedor. Para entonces estaba exhausto y sudaba como un condenado a galeras. No me quedó otra que darme una buena ducha con la esperanza que el cansancio y el bañito combinados me harían dormir el par de horitas que tanta falta me hacían. Fue imposible. Lo intenté, por mi madre que lo intenté, pero era cerrar los párpados y ver aparecer como por ensalmo los refulgentes ojos castaños que me habían robado el sueño durante la noche.
Eran las once de aquella mañana interminable cuando salí a comprar. ¿Vendrá comida? ¿Qué le gustará beber? ¿Vendrá? Los interrogantes, esos viejos y entrometidos parientes de la incertidumbre, se me acumulaban mientras caminaba como un sonámbulo de una tienda a otra 

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Corte tres, Sweet Jane (unos días de febrero)

A la siete de la mañana, cansado de dar vueltas, me levanté. Abrí la ventana de la cocina, y el viento cortante y frío que viajaba con el alba invadió la casa mientras fumada un cigarrillo mirando a las nacientes y tímidas luces del amanecer batirse sin tregua al amparo de la noche.
Estaba hecho polvo, apenas había dormido cuatro horas, aun así, me puse ropa ligera y salí a caminar rondas adelante. El tráfico rodado ya ocupaba completamente el lateral del lado montaña camino del centro; y al pasar frente a la parada de metro de Canyelles los primeros rayos de sol se estrellaron contra los altos bloques que escoltan ese tramo de la ronda. Las frías rachas de viento me avivaron el paso y el pensamiento, y repasaba a toda pastilla una y otra vez todas las tareas que tenía previstas para aquella mañana sorteando semáforos y coches; y creo recordar que fue entonces cuando volví a preguntarme, por enésima vez, por qué me atraían tanto las bellezas oscuras.

jueves, 18 de agosto de 2016

Corte dos, "Walk on the wild side" (unos días de febrero)

Nuestro primer encuentro me sumergió en un mar de dudas. Estaba perplejo, y la guapa jovencita siempre estuvo detrás, al fondo. Debía tomar una decisión, y el hecho de que le faltase un año para tener derecho de voto era entonces un muro infranqueable. Lo último que necesitaba, tras mis largos años de vida en la senda peligrosa, una vez conquistada cierta estabilidad vital y emocional, era una irresistible jovencita con una sonrosadita manzana en la mano –inmensos y tristes ojos de mirada bella y oscura sobre labios pintados de negro dibujando el fracasado atisbo de una sonrisa; cuarteada de sombras, y bajo cada una de aquellas sombras, el temblor de otra sombra– llegara a complicarme la vida, o peor aún, a arruinármela.
Le enorme distancia entre aquella imagen oscura colgada en su perfil y la de la jovencita que había conocido una semana atrás era escalofriante, y una inquietante sensación  de dèja vu se apoderó por un momento de mis entrañas. Estaba en guerra con todos, con el mundo; y, si seguía adelante, probablemente acabaría laminado entre aquellas dos imágenes irreconciliables y contrapuestas. Pero la sonrisa risueña y la vigorosa luz de sus bellos ojos castaños, aunque aún no fuera consciente de ello, se habían clavado con una energía inusitada en mi corazón. Quizá ya nada dependía de mí, sino de su capricho. 
Sea como fuere, lo cierto es que, a pesar de mis muchas objeciones, continué chateando con ella:
— Pero… ¿Tú sabes la edad que tengo?
— Sí.
— ¿Esto no será una broma de niñatas de instituto? Porque me cagaré en todo… ¿sabes?
— No, va en serio.
— ¿Cómo llevas el libro?
— He acabado el primer relato. ¡Cuántas emociones!
— ¿Te gusto el poema que hay al final?
— Sí, mucho.
Tras cada una de sus, casi siempre, lacónicas o cortantes respuestas, resonaba en mi interior el eco de su voz; la fértil semilla de una evidencia.
Apenas la conocía. Solo tenía de ella los pocos datos personales que había puesto en su perfil –básicamente nombre y primer apellido y que cursaba sus estudios en un instituto del barrio del Clot–, que no tenían porqué ser necesariamente ciertos, y tampoco teníamos amigos comunes en la red; así que era todo un misterio. Pero hubo tres cosas de las que, chateo adelante, llegué a estar seguro: Iba a un instituto, estaba tope de buena y venía a por mí:
— ¿Cómo vas con el libro? 
— Bien, voy por “El Bluesman”. Me ha sacado una sonrisa.
— Me alegro. Una sonrisa es mucho.
— ¿Y tú, cómo estás? 
— Bien, pero empanado
— ¿Por tu novela?
— También.
— Ja,ja,ja,ja.
— Eso, tú ríete.
— ¿Sales con alguien?
— No. Estoy más solo que la una.
— ¿Dónde vives?
— En Verdun, Vía Favencia.
— ¿Y eso dónde está?
—  Es la Ronda, cerca de las pistas de skate.
— ¿…? 
— Justo encima del parque de La Guineueta.
— Ah.
— ¿Sabes dónde es?
— Más o menos.
— ¿Y tú qué tal?
— Aburrida. Solo pienso en hacer el amor. Huy, no debería haber dicho eso.
— Tranquila, no pasa nada. He de dejarte. He bajado al club porque necesitaba buscar documentación para el libro y en casa no tengo conexión.
— ¿Qué club?
— Uno de fumadores que hay cerca de la oficina correos de Nou Barris.
— ¿No tienes teléfono?
— Sí, pero es fijo y no está conectado al ordenador.
— ¿Me das el número?
— Por supuesto. Anota, es el…

Este breve resumen de nuestras conversaciones solo es una aproximación, un torpe intento de reflejar la evolución de nuestra charla durante aquella última semana de enero, concluyendo, más o menos como he descrito, el domingo que cerró el mes.
El aquel momento, mi corazón era un abandonado y yermo descampado salpicado de ortigas, escombros y sueños; y mi vida una monótona secuencia de saludables rutinas de las que, afortunadamente, escapaba durante las mágicas horas de mis mañanas inhóspitas; cuando me zambullía profundamente en la novela corta que ocupaba el resto de mi tiempo. Un proyecto desatinado, crudo, erótico y jocoso que no fluía conforme a mis deseos; donde la inesperada y pasional entrada en escena de Ámbar acabó teniendo un papel determinante, pues detuvo sine die su redacción. Aquella fascinante interrupción acabó dando sus frutos: proporcionando una nueva perspectiva a mi tarea, cerrando caminos errados, abriendo otros nuevos y, andando el tiempo, propiciando la peculiar conclusión de la historia.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Corte uno, "Well meet again" (unos días de febrero)

Pues eso, que chateamos durante un buen rato… Después me acerqué a su perfil y miré sus fotos. Quizá no mentía en lo referente a su edad… ¿Qué piensas hacer? Nada. Es más prudente no hacer nada, Mario. Sí, es un bellezón de miedo, pero…
Días más tarde, durante un recital poético la vi por primera vez. Salí a la calle a fumar y ella apareció de no sé dónde con un ejemplar de “El eco de mis pasos”. — Hola, soy Ámbar –dijo suavemente– ¿Me firmarías el libro?
Charlamos unos minutos. Me puse nervioso. Despisté el mechero. 
Ahora me recuerdo como un imbécil intentando hacerse el interesante. Fue su voz, sospecho que fue su voz la que acabó por rematarme. Le hice una bella dedicatoria con cagada incluida: Una de esas misteriosas permutas silábicas que tengo a veces cuando escribo todo lo rápido que puedo una palabra que temo olvidar antes de tenerla bien anotada. 
Ni siquiera era mía. La saqué de la puerta del tigre de un garito del Poble Nou años atrás. Acababa de echar la pota, me enjuagué la cara…, y cuando me di la vuelta para salir me la encontré de sopetón. Todo un poeta, el tipo debía ser todo un poeta. Llamar “callejón del silencio” a los lavabos de uno de los garitos con más bulla de toda la ciudad, sin duda requirió de una capacidad lírica que estaba fuera de mi alcance y, por supuesto, lejos de mi interés en aquellos tiempos. Nunca había visto a tanta gente ir y venir del lavabo tantas veces en tan poco tiempo.
Estaba guapísima. Insultantemente joven, el rostro ligeramente ovalado, sus grandes ojos castaños brillando como luciérnagas, la melena negra, lisa y desplomada sobre los hombros, la nariz recta y bien proporcionada, los labios llenos y la sonrisa fácil y desenfadada; y su deliciosa voz, la voz insegura e inquieta de quién cree estar siendo evaluada.
Desde luego debía ser una jovencita muy especial. La afición a la lectura no es, desgraciadamente, lo más popular entre los jóvenes en este país de catetos y analfabetos funcionales.
Por primera vez en mi vida, a medida se alejaba, comenzó a sonar el “Well meet again” de Hooker dentro de mi cabeza a la par que la distancia fue oscureciendo su silueta hasta disolverla en la noche calle abajo; y el acariciante timbre de su voz regresó a mis sentidos, desplazando de un plumazo el tono imponente y grave de la profunda voz Hooker.
Melocotón en almíbar. Sangre caliente a finales de enero.
Me gustó un montón, me gustó tanto que me dio miedo. 
Ignoraba entonces que su refulgente mirada, aquel prístino estallido de energía que me atravesó en un instante, me acompañaría el resto de mi existencia. Ignoraba también, que aquella jovencísima mujer, frágil y sensible, cargada de soledad y misterio, de miedos y aspavientos, pero más bella que la vida, que todas las vidas juntas, me traería el fuego. Ardería con ella, por ella.

lunes, 15 de agosto de 2016

Preambulo (unos días de febrero)

Todo comenzó como suceden las grandes cosas, sin buscarlo, ni planearlo, ni pollas en vinagre. Fue por el chat. “Una lectora en potencia”, me dije…
— Eso no es del todo cierto, cantamañanas…
— Aquí entre nosotros… Estoy acojonado. Ya sabes el porqué. Es una máquina de matar y se mosquea a las primeras de cambio. ¿Cómo pretendes que empiece? ¿Digo que saltó en paracaídas y cayó en mis brazos tentadoramente envuelta en lencería mientras estaba sentado en un banco junto a las pistas de skate?
— ¿Seguro que fue entonces? Porque yo no lo tengo tan claro.
— Mal empezamos, tío. Si vas a estar así todo el tiempo, Pepito Grillo, se complicará la cosa y acabaremos mal parados.
— Eso es, en plural. Ahora nos vamos entendiendo.
— ¡A la mierda! ¡Vete a la mierda! Voy a necesitar cierto ritmo y que se entienda. Y contigo en plan soviético es imposible
— Pues no times al personal. Ni a ella.
— ¡Ni me la nombres, hijoputa; a ella ni me la nombres! Necesito dormir por las noches, ¿sabes cabrón?... Ámbar pertenece a esa categoría de hembras que tus prontos acaban ahuyentando sin remedio. Por una vez en tu puñetera vida estaría bien que mantuvieras el pico cerrado.
— Soy un lobo bueno. Y lo sabes perfectamente; de hecho, lo sabes mejor que yo. Si no fuera así, hace tiempo que estaríamos en un manicomio, matando moscas, intentando ligar con perturbadas y fumando como carreteros.
— Eso, ahora hazte la víctima, lobito bueno. Tranquilo, aunque acabe partiéndonos la boca, ella o alguno de sus novios, estaremos juntos en esto.
— Y yo, para asegurarme de que lo hagamos, te digo: No hay huevos.

viernes, 12 de agosto de 2016

Ámbar 2

Conozco una flor con cumpleaños
nunca vi flor más delicada
vive tan cerca
que sus espinas me clavo por las esquinas
no sé qué tiene que me estremece
no sé qué pasa, que ya no viene.