miércoles, 30 de diciembre de 2009

Solo

Solo,
con la imagen de tu piel,
en la piel,
tus encendidas mejillas de lamparita,
y tú no estás.
Las palabras caen solitarias,
se descuelgan de tus ojos
rayos pardos
que recortan mi sombra en la pared,
el eco de mis pasos...,
y tú no estás.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Cuento de navidad*

Cuando miro atrás y recuerdo tan sólo hace cinco días -teníamos tropecientos problemas y más trabajo del que nunca seríamos capaces de hacer-, ¡qué tranquilidad!
Los días en que nada surtía efecto, encendía el receptor de radio y lo intentaba sintonizar el 99.00 FM ¡no veas a veces lo qué costaba! El hecho de escuchar nuestra señal, era un estímulo adicional para mis días tristes y confusos, en los que fumando petardos en el sofá, mientras oía -a veces algo mal- nuestra señal, dejaba transcurrir las horas tristes de la desesperanza, las horas solitarias de los miedos íntimos, profundos, esos que sólo sabe cada uno y casi nunca contamos a nadie.
Horas apacibles, en las que trataba de ordenar mis sentimientos a un lado y mis razonamientos a otro -otra tarea, como todos sabéis, inalcanzable-. Así, rodeado de tareas inalcanzables, y de un espeso humo blanco, que se olía desde tres pisos mas abajo, trascurría mi apacible existencia.
De repente, el martes a mediodía comenzaron a sentirse los primeros ruidos, luego interferencias, y poco después… ¡radio cinco noticias!, ¡joder, qué susto! El petardo cayó de mi boca -otro jersey a la mierda-.
Si llega a ser la voz del Urdaci, habría tenido que irme al aeropuerto más cercano, y confiar en la estupidez innata de las fuerzas de seguridad para pillar un vuelo a cualquier parte.
Afortunadamente para mí, no fue así, porque mi poder adquisitivo no alcanzaba ni para llegar al aeropuerto.
Se me quitó el globo de repente ¡lástima de hierba! Desde ese momento, se desató una vorágine de acontecimientos que todavía ahora -cinco días después-, andan revueltos dentro de mí, y cada vez que los recuerdo, a pesar del tiempo transcurrido, me siguen llenando de confusión y espanto.
Los costes, las afinidades y lealtades rotas -las intenciones más tristes aflorando justo en el peor momento. Las ambiciones personales por encima de las convicciones… Ya nada volverá a ser como antes, me decía -entre dientes-, mientras me liaba otro canuto.
Después del asalto de Radio 5 ya nada volvió a ser lo mismo. Pasó como un huracán, y, por supuesto, no acabó con nosotros, pero cambió aptitudes y amistades, las menos, se destruyeron, las más, se conocieron mejor, se fortalecieron.
Fui ha echar mano de la piedra… ¡coño! no me queda, me he fumado dos gramos en un solo punto y aparte. No veas lo caro que me iba a salir esto del relato. Habrá que ir más al grano o fumar menos -pensé con un estremecimiento-.
Intenté calcular los gramos que me habría tenido que fumar para escribir los episodios nacionales de Gáldos, por ejemplo. Pero no hubo ni que calcular, no seré novelista me dije, a esos precios, ni el relato breve podía permitirme.
Minotaurear mi mente laberíntica por mi cuenta salía más caro que la terapia. Levanté el teléfono y marqué el número de un terapeuta que trató con éxito a un amigo que, cuando se le iba la flapa, se creía Durruti. A grandes males grandes remedios, pensé heroicamente, mientras sonaba el tono correspondiente.
Lejos queda también, aquella llamada y aquel cabrón de terapeuta lacaniano. Cuando entré en la consulta y le vi la cara a la recepcionista, tendría que haberme largado. A grandes rasgos, era alta, y más siniestra que ninguno de los camellos que he conocido nunca -y han sido unos cuantos centenares-.
Tres tipos por delante. Como dejen fumar esto puede ser ruinoso. De pronto, me llamó la atención un tipo pequeño y de aspecto furtivo que movía la cabeza constantemente de un lado a otro. Debe ser un espía –pensé-, un espía en paro o estresado.
Cuando me terminé el canuto, el espía había desaparecido. En su lugar, una boa de tres metros me miraba con cara de póquer, al otro extremo del animal había una morena de grandes ojos, mucho parpadeo y un equipamiento con todos los extras. Si hay que esperar, se espera -me dije-.
La morena hablaba por los codos de cualquier cosa constantemente. Conseguí no oírla convenciéndome a mí mismo que era hilo musical mal personalizado. En ese instante, un siseo me llama la atención. Pensé: La boa esta me mira de forma extraña. Por suerte, vi el reflejo negro en los ojos de aquel reptil asqueroso y tuve el tiempo justo de amagar hacia un lado. Un pasador de pelo de trece centímetros, de puro acero toledano, pasó veloz ante mis ojos y se fue a clavar en el respaldo del sofá, justo donde debería haber estado mi cabeza.
Tengo que reconocer que llegado este punto me mosqueé de verdad. Aquella consulta era más peligrosa que la selva del amazonas -rápidamente antes de que vuelva a aparecer el espía estresado, me dijo mi instinto-.
Apagué, veloz como el rayo, el canuto recién encendido en el ojo más cercano de la boa, mientras, con la otra mano, atrapé el pasador toledano del respaldo y se lo clavé en el ojo útil que le quedaba.
La morena ya no estaba allí y el tipo de la gabardina parecía ausente, pero yo, ya no me fiaba de nadie. Así, que agarré a la boa discapacitada por el extremo mas alejado de su cabeza y le estuve dando boazos hasta que desapareció la gabardina no sé dónde. Si después de todo esto, intentan cobrarme la visita habrá sangre, me decía, mientras buscaba con la mirada a la siniestra recepcionista.
Allí estaba, entre una planta de plástico y un póster del Dalai Lama -con aquella cara de ardilla-. Le lancé, con toda mi mala leche, lo que me quedaba de la boa, pero -cosas del destino- pilló el Dalai Lama. Eso te pasa por pacifista, le dije.
Ahora que tenía las manos libres podía intentar fumarme un petardo entero. Justo cuando iba a darle el lengüetazo final, la recepcionista, que se había recuperado del susto como si nada, comenzó a contraatacar con lanzamientos de listines telefónicos caducados. Uno me dio en la frente, me partió la boca y el canuto que había en ella. Ciego de rabia, empecé a reenviarle los listines en una batalla sin cuartel.
En lo más duro de la refriega suena el interfono, pero no puedo oír lo que dice, pues la recepcionista da unos alaridos tremendos. Justo ahora solo falta que aparezca el espía estresado para acabar de liarla, pensé.
Aquello no podía durar mucho más, no por falta de motivación, sino de munición, por lo tanto, ya empezaba a planear un golpe de mano en plan comando contra aquella arpía y su deposito clandestino de listines telefónicos, cuando, un guiñapo oscuro y alargado salido de la nada, se lanza de un salto sobre la recepcionista, que, aprovechando mi repliegue estratégico, intentaba en vano llamar al 912.
El guiñapo se la merendó en un plis. Ver como medio metro de boa despanzurrada, se tapiñaba a una recepcionista de metro ochenta y cara de ardilla a dos metros de distancia, fue superior a mis fuerzas. Decidí hacerme un último canuto por si no salía vivo de allí.
Por raro que parezca, llevábamos un minuto sin que pasara nada, cuando, por una puerta lateral, aparece el psiquiatra con cara amable y distraída, resbala con la sangre de la boa o de la recepcionista -no sé- y cae encima mío -justo cuando me iba fumar el ultimo canuto de mi existencia-.
Esto es demasiado -aquí arde Troya, me dije-. Cogí al psiquiatra por las solapas y lo lancé, con toda la furia que me quedaba, por la ventana (6 pisos).
Éste no le jode ningún canuto más a nadie.
Pero en aquella consulta, el más tonto hacía encaje de bolillos, así que, veo flipado por la raída ventana, como el psiquiatra, aprovechando la suave brisa mediterránea del momento, parece que remonta el vuelo utilizando la bata como ala delta.
Me lo miro con curiosidad, pero sin alarma. He sido marino y conozco las veleidades de las brisas mediterráneas. Mientras tanto, una sonrisa de hiena se va adueñando de mi rostro. Un brusco cambio en la dirección del viento hace perder el plan de vuelo al lacaniano cabrón, que se estrella contra el edificio de enfrente y cae al vacío. Para su mala suerte estaba mas alto que al principio. Así, que a fumar sin interrupciones.
Para entonces ya no recordaba donde estaba, ni que me había traído hasta allí. Me senté en el suelo confuso y aturdido, mirando sigilosamente en todas direcciones, casi ni respiraba. Ahora sólo me falta una alarma de incendios -me digo-, mientras busco la piedra que he conseguido salvar en esta especie de Bagdad domestico.
No aparece y me estremezco de ira, mis ojos, son ya dos hilos de acero batiendo el terreno, buscando pistas de su paradero, entre restos de boa y de recepcionista al 50%.
Me da un ataque de risa pensando en la faena que va a tener el forense para sacar algo en limpio -con la tecnología española- de aquella carnicería. ¡Qué se joda! por funcionario -me dice mi instinto de conservación, así que le hago caso-. Dejo de preocuparme de minucias y me concentro en la piedra desaparecida.
No iba a ser tarea fácil, la dichosa piedra se escondía mejor que un inmigrante sin papeles y el ecosistema se había complicado mucho en 15 minutos. Restos de plantas verdes con la cara de un chino al fondo (parecía el Vietnam).
Debe ser lo que queda del póster del Dalai Lama, me dije. Boa, recepcionista, sangre, trozos de gabardina y listines telefónicos de medio mundo por todas partes, había tarea para rato.
Me pongo a cuatro patas para otear el suelo más de cerca, cuando una puntera de zapato asoma por debajo del sofá. Tiro rápidamente de aquel zapato y aparece el espía estresado -un listín telefónico mal dirigido parecía haber acabado con su inquieta existencia-.
Iba a continuar la búsqueda, pero, de pronto, la cabeza se le empieza a mover como un metrónomo enloquecido. Le endíño con una botella de anís del mono que llevaba el tipo en un doble fondo de la chaqueta. Si con esto no te dan la baja, deja el oficio gilipollas -le digo-, clavándole un abrelatas oxidado que me he tropezado durante la búsqueda.
Después de aquello, ni piedra, ni leches. Había que darse el piro rápidamente. Antes de darme cuenta estaba dentro del ascensor. Pulso la planta baja, y en cuanto arranca, me percato de una nevera enorme que hay junto al espejo. Oigo un ruido mientras se abre la puerta de golpe, ¡sorpresa¡ ¡fóllame así, fresquita¡ ¡Hostias¡, es la morena desaparecida y con las bragas en la mano. Salto hacia atrás, dándome un costalazo contra la puerta del elevador. De todas maneras, la frase "fóllame así, fresquita", selló su destino.
La estrangulé con sus propias bragas y la volví a meter en la nevera. Eso sí, con la etiqueta de producto ecológico caducado, colgando de una zanahoria congelada, que le metí por el culo de una patada.
Salí como una sombra del edificio, por una puerta trasera, esa que siempre sale en las películas americanas. Aquello me salvó la vida.
Al día siguiente, mientras leía la prensa en mi mansión de 40 metros cuadrados, me llamó la atención un titular:
"Matanza en una consulta" El asesino en serie conocido como "Tic Tac", buscado por la INTERPOL, entre las victimas. Fuentes de la policía aseguran que la escena era dantesca. Todo hace pensar que el asesino falló en su intento criminal, y se entabló una lucha a muerte, donde a su vez, fue muerto por alguno de los fallecidos.
Sonreí cínicamente mientras me fumaba un dos papeles que me supo a gloria. ¡Jóder cómo está el mundo! Casi se me hace tarde.
Hoy lunes, 27 de Diciembre del 2004, en una asamblea con caras de cansancio, y con la que nos está cayendo, ¡por fin! después de mucho -mucho tiempo-, nos echamos todos a reír.
Radio Bronka en el 99.00 de la FM era ya historia.

Barcelona, día de los inocentes del 2004.




*Fragmento del libro "Ruido de fondo"

lunes, 23 de noviembre de 2009

Entre olas

Por mis venas soltitarias,
corre el mar y tu mirada,
el niño que fui,
rola entre conchas y olas,
y el hombre que soy,
espera, junto al mar,
un cuerpo con sabor a caracolas,
olas, olas, junto al mar.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Eutimio*

La noche que Eutimio reapareció en mi vida fue una de esas noches tontas y atolondradas, donde se vagabundea sin propósito ni fin, sin orden ni concierto. Noches de espíritu confuso y voluntad torcida.
Caminando por el paseo marítimo de Vinaroz esperaba el amanecer con cierta inquietud, desconfiando de lo que podrían traer consigo las dos horas largas que aún faltaban para que el sol asomara el morro en la ciudad.
La Bustillo acechaba los caminos del delta, pero iba preparado. Con un gesto inconsciente palpé el bolsillo interior de la cazadora, y, al recorrer con los dedos los contornos de mi tarjeta sanitaria suspiré aliviado. No era mucho, pero los deportes de riesgo tienen estas cosas, si no no serían de riesgo. La adrenalina, como el amor, está donde uno la encuentra.
Los locales de ocio iban cerrando sus puertas. Como fantasmas, los últimos solitarios se desperdigaban por las callejas del centro. Los letreros de neón enmudecían, hundiendo en las sombras los portales más próximos.
-¡Un buen día para morir!-. 
Me quedé clavado al oír aquella frase.
Unos metros delante, y parado justo al lado de un semáforo en verde, con los intermitentes de la izquierda parpadeando en la oscuridad, un coche me esperaba.
Desde luego no era la Bustillo. Aquellas palabras las entonamos una vez ocho voces. Nadie más sabía lo que significaban.
Abrí la puerta y me senté junto al conductor.
-¿Matías?-
-Un buen día para morir, Eutimio. ¿Recuerdas cómo seguía? Yo no.
-¡Qué alegría tío! Más de veinticinco años, y tú también la recordabas.
Pensé: Si continua tan campante después de oírla, o no es él, o no la recuerda, que para el caso vendrá a dar lo mismo. No paro y listo. Pero aquí estás.
Te he visto de lejos, caminando, mirando al mar. He reducido la velocidad.
Entonces tu perfil ha encajado con la silueta de un recuerdo. He pensado: se parece a Matías. Los dilemas de Matías. Al mar, siempre al mar.
-Piensas demasiado Eutimio, piensas demasiado. Seguramente por eso estás tan calvo, cabrón.
Arranca. ¡Vámonos de aquí!
-¿A dónde? 
-A Alcanar. A la playa de las Casas de Alcanar.
-Está todo cerrado. Tendré que parar en un puticlub a comprar priva.
-No hace falta Eutimio. Llevo en la bolsa una botella de Jack Daniels mediada.
-Mejor no ir por la nacional. Los picos suelen poner un control de alcoholemia en ese tramo. Tiro para Ulldecona. A mitad de camino hay una carretera local que nos lleva hasta allí. Damos un poco de vuelta, pero es más seguro.
¿Qué lías?
-María de primera, Eutimio. Cosecha propia, nada de mariconadas.
Ando algo alunado. Huyendo de una tía, y con ganas de romperle las bragas a otra.
-¡Cojones Matías! ¡Qué emocionante! Hace siglos que dejé a las mujeres por imposibles. Dos divorcios. Manutención para dos niños…
He acabado sobreviviendo en una pequeña y oscura buhardilla. Más de la mitad del sueldo se evapora nada mas cobrar. No puedo permitirme otra cosa.
Acabé sociología y entré en la academia de policía. Ahora soy inspector. Ya ves ¡quién lo iba a decir!
No pareces sorprendido –continuó, mirándome por el rabillo del ojo y aminorando la velocidad-.
-No, y aunque te parezca raro, ahora mismo me alegro. Quizá tengas que hacerme un favor. Vienes caído del cielo Eutimio. Caído del cielo.
-A pesar de todo no hemos tirado la toalla, Matías. ¡Un buen día para morir!
La frase me ha ayudado a superar muchas cosas.
-A mí también. Tiene la energía suficiente para sacar lo mejor de uno mismo.
A veces hay que detenerse y decirla en voz alta. La vida es un desafío sin fin.
Es un grito de batalla de los indios de las praderas. Creo que de alguna tribu Apache. El guerrero, a pesar de no tener el más mínimo control sobre su destino, lo afronta como un desafío. Pondrá lo mejor de si mismo en la contienda. Eso le quita filo al miedo.
-Ya no recordaba el concepto. Pero si el empuje que da.
-El mar de Alborán. La tormenta. El colocón. El mal rollo. Hasta que el listillo aquél del teletipo soltó la frase y la explicación. Empezamos a corearla en voz baja, y a los pocos minutos el temor se disolvió. Reímos como posesos.
Durante los pocos kilómetros que nos separaban de nuestro destino, observé a mi amigo. Los pequeños y vivos ojos de Eutimio eran, arrugas aparte, los mismos. En cambio, del pelo sólo quedaban los restos de un naufragio, apenas un poco en la nuca y por encima de las orejas que, al igual que la nariz, eran algo más grandes. Un poco más gordo y seguro de sí, más sólido.
Su mirada, aun siendo la misma, había cambiado, donde antes resaltaba un brillo juvenil, ahora reinaba un leve fulgor que daba paso a una, en aquél momento, serena profundidad.
Con los ojos fijos en carretera me iba contando su historia. De cuando en cuando recalcaba una frase o una palabra dando un golpecito en el volante con el dedo índice.
-Sabes Eutimio –le dije con rotundidad, interrumpiendo su largo monólogo-, es la primera vez que me alegro de estar con un inspector de policía. ¡Quién me lo iba decir hace unos años!
-Tú también las has pasado putas –afirmó, apartando un instante los ojos de la carretera y mirándome fijamente.
-Si, Eutimio.
-Entiendo.
Sus ojos asintieron y volvieron a la carretera, que discurría solitaria entre los invernaderos, donde, al ritmo caprichoso de los faros se iban recortando las sombras de nuestra ruta con efímeros y abovedados perfiles.
-Matías –continuó, una vez llegados a nuestro destino-, nunca te he contado el porqué de mi estrambótico nombre.
-No, y mira que llegamos a reírnos de él.
-Mi padre era bipolar. Ya sabes…, esos que, cuando se enamoran la acaban cagando siempre. Pues bien, mi madre se emperró con ese nombre. Pensaba, según me contó cuando tuve la edad suficiente para entenderlo, que quizá me protegería del mal fario de salir a mi padre.
Siempre he tenido un espíritu sereno. Bueno, casi siempre.
El caso, es que mi madre acabó hasta el coño de aquel marido depresivo e irresponsable y terminaron separándose amistosamente siendo yo muy niño.
Amanecía a lo lejos. Eutimio habló y habló. 
Sentados en la arena dábamos tragos, y mi amigo parecía cambiar de piel, de gesto y actitud, a medida que desgranaba una larga historia repleta de sueños perdidos y parejas insatisfechas. Según decía, su oficio comenzó a devorarlo muy pronto, convirtiéndolo en un ser solitario. Un fantasma del amigo alegre que fue. 
-¿Sólo eres un fantasma Eutimio? Pues a mí me pareces bastante real, -pregunté y afirmé sin darle tiempo a responder la pregunta. Yo, a veces parezco seguir buscando al hombre que quiero ser. Ya ves qué pejiguera. Durante una época de mi vida hasta hice de funambulista sin saberlo. Eso es si que estar colgado. Y en lo de funambulista no es tanta la metáfora. No te creas.
Tengo tres semanas por delante y una casa en un lugar pequeño y ventoso. Vamos a tu buhardilla, te llenas una maleta y arreando para Ventalles.
Eutimio tardó dos minutos en hacer la maleta y salir del portal con ánimo clandestino, ojos de fugitivo y la sonrisa del que se aleja de una batalla o de una coloqueta chunga. 
Se había convertido en un furtivo de sí mismo en un entrar y salir de portal.
-La vida nos devora, Matías -me decía, al tiempo que maniobraba para sacar el vehículo-. Nos va devorando como un buitre hambriento.




*Fragmento del cuento "Junto al delta".

lunes, 2 de noviembre de 2009

Móvil*

Móvil ¡la vida es móvil! ¡Me cago en su puta madre oruga! Fui yo el que tuvo la brillante idea, Sonia y Maite me lo regalaron -me ha costado meses agradecérselo-, me amargó la existencia dos o tres meses, el jodido móvil.
Lo necesitaba, gastaba más en llamadas a móviles que otra cosa, todos mis compañeros iban ya con móvil -llamarlos desde el fijo era una ruina-, no obstante, contar que seguramente no fue el mejor momento es ya pura anécdota.
Idiota perdido, temblón, medio ciego, con una lista interminable de números que pasar y sin tener ni idea, con un manual que no podía leer, un cuelgue multimedia pendiente, fiebre alta, un dolor de cabeza insoportable que nada calmaba, dando saltos entre charcos de agua por toda la casa ¡en fin! el listado no salió bien hasta que lo pasó mi hermana tres meses después.
Cli, cli, cli, ese sonido me agobió un tiempo, durante el cual, no me crecieron las uñas de la mano derecha de tanto teclear el diminuto artilugio comunicativo, intentando en vano controlar los siniestros mecanismos que encierra dentro de sí, a cal y canto.
El porcentaje de aciertos no pasó del 25% en los mejores momentos. Un marroquí mosqueado llamó -intentando inútilmente quejarse-, lo mandé a tomar por el culo sin miramientos de ninguna clase, en cambio, el castellano con acento del este, que asomó otra voz, me dejó flipado -no entendí absolutamente nada-, lo primero que pensé, es que, o me estaba quedando sordo, o el castellano había cambiado mucho en poco tiempo, solventé el expediente sin complejos izquierdistas, ni contemplaciones de ninguna clase, le colgué con un "comunista de mierda" bien "apañado", con acento barriobajero y de muy mala leche. Sólo me faltó una llamada en "klingam" para cortarme las venas.
Sms, otro arcano que tuve que desentrañar sobre la marcha, esta vez, antes de amargarme la existencia dos meses más, acudí a mi hermana Sonia, que, ejercía -ya por aquél entonces- el duro papel de Pigmalion tecnológico con voluntad y resignación, esa resignación que se tiene con los moribundos emocionales que necesitan ayuda para mandar su epitafio. Cli, cli, cli, una banda sonora inacabable que me perseguía por donde iba; necesitaba comunicarme, y aquél ruidoso e inabordable artefacto era mi única herramienta disponible.
A punto estuve de estrellarlo contra la pared en varias ocasiones, frustrado, llamándome idiota y con ganas de pillar a algún accionista de Siemens para darle la del pulpo.
Largo recorrido el mío por aquella jungla tecnológica, como un niño curioso que descubre en cada recodo del menú una nueva aplicación y donde pude darme cuenta que las nuevas generaciones me llevaban siglos de ventaja, de ellas, aprendí una rara argucia sensual y sexual ejecutable con el esquivo terminal y, aún hoy, ando flipado con ella: el polvo Vodafone.
Durante mi estancia en la isla, lo perdí y encontré dos veces, la primera, cuando vino Movistar a verme, con una sonrisa y un perro al que quiero como si fuera mío. Vi a Movistar y casi pierdo el Vodafone -cosas de la vida- oruga.
Diabólico y diminuto ingenio electrónico multiusos que, cuando lo necesitas de verdad, o no tiene batería, o no hay saldo.
Las chicas y chicos de 4º de Eso, lo manejaban con una eficacia digna de imitación. Atrapé una conversación entre chicas adolescentes -en el parque de mi isla detrás de un seto, fuera de su vista-, mientras leía a Jung, tumbado en la hierba; no tenían remilgos de ninguna clase para metérselo por el coño a la espera de la tanda de mensajes que les mandaba su compañero sexual; dentro de un condón con el bloqueo puesto y el vibrador conectado pasaban ratos follando a distancia -sexo seguro, oruga- comparaban modelos y prestaciones, su discreción, las bandas sonoras de serie que incorporaban y los costes, al parecer Vodafone era el mas económico. Al levantarme muerto de risa fliparon, les dije: sois un canto a la sensualidad solitaria, pero como el rollo presencial, nada de nada, guapas. Algún pichacorta eyaculador precoz os ha comido el coco, en vez de comeros otra cosa; me partí de risa mientras me marchaba a dar mi rutinario y largo paseo por el parque.
Cuando ¡por fin! pude articular poemas sms, había hecho ya gran parte del vía crucis comunicativo, conseguir desentrañar aquél misterio fue una hazaña considerable para un tipo que todavía temblaba parkinsonianamente y era incapaz de recordar su número e incluso encontrar donde lo había escrito.
Tengo que reconocer que aquél reto tecnológico me llevó sin compasión a los poemas sms, algo que ahora agradezco, pues serenaron mi ánimo y me hicieron centrarme, me sumergieron en un mundo de rimas insospechadas que habitaban en mi corazón.
Pase horas inmerso, horas buscando un esquivo adjetivo -una fugaz rima- la fórmula para darle una bella expresión a mis miedos y pasiones. Fueron en ese instante la demostración que mi trastorno remitía.
Tratar de ajustar mis rimas a formato tan reducido, fue un reto más al que dediqué largas y tranquilas horas, donde, poco a poco, conseguí volver a ser el Mario de siempre, no, el de siempre no, algo cambió en mí después de tan dura experiencia, ahora creo ser algo mas sabio y me parezco bastante más a quien quiero ser.


*Fragmento del libro "Ruido de fondo".

viernes, 30 de octubre de 2009

La semana del depredador (en la guarida)*

21 de enero viernes negro

Triste día para un depredador como yo, parezco un viejo leopardo lamiéndose las heridas de este último año.
De propina, por la noche me pegó el palo el pie, menos mal que la chica del torreón, me había dejado un pequeño manual para las susodichas extremidades, sino anoche, tengo que salir corriendo -o más bien dando saltos- al hospital más cercano -como voy poco-.
Aquí estoy de nuevo, algo atontado a las horas que son, pero de buen humor a pesar de todo.
El dolor remite y al menos puedo caminar por la casa, creo que ha sido el tiempo -demasiadas horas de pie- y por supuesto la artrosis del tobillo.
No sé si alguien habrá probado alguna vez el transporte de palanganas de agua caliente saltando a la pata coja, sino, no hace falta ni que lo intente -la que armé de agua es para no contarla-, tardaré meses en recogerla al ritmo que voy. Confieso que aquello me desbordó y empecé a barajar la posibilidad de intentar encontrar la mítica canoa de mi abuelo -la que le salvó la vida en las inundaciones del 62-.
Resumiendo, acabé -después de horas probando muchas otras artimañas- atándole una cuerda a la palangana y tirando de ella -aquello hundiría la moral de cualquiera, pero no la mía-, en un momento de lucidez, salté a reír de lo grotesco de la situación, a pesar de todo la cosa tenía su gracia, me recordó a los hermanos Marx y su famoso camarote.
Mi guarida, al revés que la mayoría, contiene escasos chirimbolos -salvo los estrictamente necesarios-. Mucho papel por ahí revuelto -que he de ordenar estos días-, libros y algo de espacio vacío.
Cuando miro hacia atrás, veo el pasado año como una Bronka interminable, rodeado de cantamañanas y paranoicos -con todos los demás compañeros todavía más desconcertados que yo-, una larga pesadilla que por fin ha terminado.
Sigo en la máquina -pero con la pata en alto- pensando en cancelar la visita al dentista, no creo que pueda desplazarme -no hay mal que por bien no venga-. Sólo me faltaba, a las 5 de la tarde banderillas negras para rematar el día.
Anoche, en un ataque sin precedentes -en los anales de mí, ya dilatada, historia clínica-, todos mis achaques se confabularon y -sin esperar su turno correspondiente- me atacaron a la vez, sin compasión, con nocturnidad y alevosía para que no pudiera ni moverme esta mañana -estoy finiquitado vaya- Andar un metro es ahora mismo una hazaña prometeica -es un aviso y me voy a tomar muy en serio-.
El día que la diñe, en el Valle Hebrón tendrán que hacer reducción de plantilla -será mi venganza "post mortem"-.
Tengo cambios de humor, la risa viene y va ¡por fin! un día sin reírme me resulta inaguantable, no sé por qué, me pongo denso y pesado.
También es mala suerte, anteayer estuve con una experta en pies y no me dolía nada -no acierto ni en eso-.
Aquí está la jodida caja del móvil -no quería, pero dadas las circunstancias habrá que aguantarse-. Tarde o temprano, tendré que resolver este galimatías telefónico en el que paso total de sumergirme -que le den-. Miro al móvil con algo de aprensión, en cambio, el parece mirarme como si me conociera de toda la vida.
Así que ando -es un decir- con la movilidad reducida hasta donde llego con los brazos y algo desorientado para letras y números. Menos mal que tengo el regalo del "Viejo Bill" a mano.
A ratos estoy algo aturdido por el dolor continuo, me pone de los nervios, eso y la falta de movilidad. Hay cosas en las que mi mente, simplemente se niega a pensar -por algo será-, la dejo estar.
Ha venido Trivi, ha estado bien hablar con él -como siempre-, me he desahogado y nos hemos reído. El Ibuprofeno parece dar resultado -al menos puedo caminar por casa-.
Hoy ha sido un día duro y confuso. No he reconocido ni la voz de mi hermana Sonia y le he colgado el teléfono, diciéndole: te has equivocado.
Tranquilo ahora, sin ese dolor permanente, se ven las cosas mejor, pero me sigue dando pánico perder autonomía -he de arreglar eso-.
No tengo los nervios que tenía para aguantar situaciones de tensión, y hoy realmente, el dolor y sobre todo, la impotencia, me han trastornado un poco, será seguramente alguno de los medicamentos.
Habría que ser un lama tibetano, o un rastreador apache, para adentrarse en esa jungla y seguirle la pista a todos los efectos secundarios, cruzados, residuales y colaterales, a corto, medio y largo plazo, de los tropecientos remedios que circulan a toda pastilla por mi organismo ¡en fin! -mejor dejarlo estar-. Hoy dormiré bien.



25 Enero martes

Sigo varado desde el viernes, y ahora además, escorado a estribor como un navío torpedeado, en dique seco vaya -cual marinero en tierra-. Con todo lo que hay por hacer, me despisto un poco y la artrosis vio el cielo abierto, se dedica a joderme los días con saña y muy mala intención.
Esta mañana, nada mas levantarme, contraataco hábilmente y ahora la cosa sino movida, al menos es llevable. Para colmo, dicen los enteradillos del tiempo que llega una coalición de vientos polares y siberianos -como sí fuera una conspiración o algo así-.
Para mí, que es un montaje del Tripartito para demostrar que a prevenir y solventar emergencias no los gana nadie -por más confabulaciones atmosféricas que haya-. Tendrán algún material o estrategia nueva con la que intentar tomarle -una vez más-, el pelo a la ciudadanía y se lo quieren montar en plan parque temático urbano -parecen estar deseando que nieve a piñón-.
Aquí quisiera haber visto a alguno de esos listillos el viernes pasado, ahora mismo, estaríamos lamentando la tonta perdida de algún burócrata gilipollas con veleidades de servidor público.
Despliegue mediático para el frío ¡ya era hora que cambiaran el titular! empezaba a soñar con el "Plan Ibarreche" -que es como una tortilla vasca pero sin huevos-.
Afortunadamente, en nuestra esfera mediática todo va de otra manera. Andamos jodidos, cabreados y cansados, pero planificando respuestas y reorganizando el garito -que falta hacia-. De ahí mi frustración por tener que estar aquí viéndolas venir, ahora que por fin hay algo de actividad necesaria y real.
De los periódicos, últimamente sólo veo tiras cómicas y viñetas. Son lo más parecido a la realidad que encuentro en las páginas de las grandes industrias del nuevo siglo. Las factorías dedicadas a la producción de consumidores y al control del pensamiento, que son los mass-media de la época que nos toca vivir.
De "El Periodico" -el boletín sociata-, sólo los chistes valen la pena, tiene menos espíritu critico que la cúpula del PP.
Son las siete y acaba de irse el Viejo Bill -algo bueno tenia que tener el día-. Hoy lleno la farmacia -la legal y la paralela-, pues espero también suministros hospitalarios -vía atención personalizada- además, mañana me toca la farmacia alternativa -unas hierbas para dormir-.
Al final, los cogeré por sorpresa, los meteré a todos en el minipimer y haré un helado de tutti-fruti, o relleno para canelones, o cubitos de sopicaldo, todavía no lo tengo decidido, y las dosis a los dados.
¡Así me tengo que ver! agazapado en mi guarida esperando al frío polar. Sí se descuida el siberiano se llevará un guantazo mío de propina.
Hago repaso logístico, farmacias llenas, nevera llena, calefacción a toda pastilla, el ordenata también va, así que pongo música -son cubano cálido y suave de los cincuenta- y escribo.
En realidad, lo que me gustaría, es que una musa que conozco y no vive lejos, tocara el timbre, y pasar la ola de frío polar calentándome con sus ojos -pero eso no va a pasar nunca-. Así, que aquí seguiré, dándole a las teclas.


Jueves 27

Quisiera comenzar con un fragmento del poeta Cesar Vallejo, pero no lo encuentro, otro día será.
Sigo varado, pero ya puedo moverme con soltura en desplazamientos muy cortos. Creo que he descuidado este tobillo mío con el mogollón de las navidades y ahora es un momio estar aquí tantas horas, necesito sol y sonrisas -no veas lo de las sonrisas lo caro que se ha puesto con el cambio de año-.
Tengo problemas con el "On the Road" -cierra un ciclo, es el último cuento de la casa encantada-. Debo reparar algo y de momento, no sé cómo, o no tengo la claridad suficiente todavía para terminarlo -quizás no deba hasta dentro de un tiempo-. Afortunadamente ha dado entrada a estas breves reflexiones y experiencias del depredador.
Después de la crisis del "viernes negro", por falta de previsión o pura y simple estupidez por mi parte, toda la intendencia está por fin lista y ahora sólo quedan mis emociones por poner en vereda, se han desbordado por saturación y necesito que sean exclusivamente mías.
Que egoísta me siento al decir esto, parezco un lobo estepario, sé que no debería vivir así -nunca seré feliz de esa manera-. Me costó mucho llegar hasta hoy y ahora quiero un bingo, la vida aún me lo debe -lástima que juegue tan poco-.
Busco la alegría que suena por las calles y el brillo fugaz de unos ojos soñados que quizás nunca encuentre.
En abril, mis emociones volverán a ser mías del todo y habré ganado otra batalla a un viejo compañero, es "el depredador" que me cazará algún día, eso es seguro -pero tampoco va a ser mañana-.
De alguna manera yo también soy una especie de cazador, conozco las rutinas de muchas presas y también las de algunos cazadores -y ya no hay luchas dentro de mí-. Mi vida ahora mismo, es poco más y nada menos, sólo un desafío.
Mis pequeñas batallas íntimas son tan sólo mías y siempre las libro solo -además tampoco importan-.
Los jueves ya se sabe últimamente, o trascendental o críptico.


28 de enero viernes

Hay que ver los jueves lo trascendental que me pongo -no es propio de un depredador como yo-.
Sigo en tierra, aunque mañana llega un amigo de Zaragoza y hace más de cuatro años que no lo veo, además tenemos cosas importantes que hablar. El maño, siempre que viene a Barna es por echar una mano -necesitamos más maños y menos cantamañanas-.
Ya mismo saldrá de nuevo nuestra señal, con menos alcance de momento, pero más unidos y conscientes de nuestras propias capacidades -saltó el tapón- ya era hora.
Ahora, no sólo fumo hierbas, además, de propina, me tomo un brebaje exclusivamente vegetal -mientras no las confunda-. Tantas hierbas seguro dan que pensar a alguien ¿estaré enganchado? Parece una tontería, pero hay gilipollas que le buscan punta a todo, en vez de aburrirse como hace la inmensa mayoría, ¡en fin! dejémoslo aquí.
La semana ha sido larga y solitaria, pero tranquila -lo necesitaba como el aire-. Espero que todas las semanas no sean tan duras, lo de solitarias ahora no me preocupa mucho, total, todo pasa y la primavera está al caer, y este año, será luminosa para el depredador... seguro.


*Fragmento del libro "Ruido de fondo".

lunes, 26 de octubre de 2009

Marte

En Marte estamos
o por Marte
suspiramos
como una sonda
con otra onda.

viernes, 23 de octubre de 2009

Retrato*

Como todavía no sé que profundidad y aspecto darle a este retrato, pongo algo de música para ir pillando onda.
Blues, música cálida, suave y triste, como un lluvioso y ardiente atardecer de verano en lo alto de una colina. ¿Cuánto hay del observador cuando retrata a otra persona?, ¿la ve como es?, ¿cómo le gustaría que fuera?, ¿se puede conocer a otro sin aproximarse a el?, ¿sin saber el aire que respira?, ¿ni qué fantasmas lo atormentan?.
Después de la tontería retórica -y no sin algo de emoción y espanto- afronto, ¡otra vez! una tarea hercúlea -a pesar de estar en las últimas-.
Técnicamente es posible hacerlo a grandes rasgos sin acercarse demasiado, pero este retrato es muy especial, necesita describir a alguien que, vista de lejos, es una chica como cualquier otra, pero, es en las distancias cortas donde se desenvuelve con mas soltura, está en su terreno, lo sabe y lo utiliza.
No sé, si esa forma suya de mirar, altanera y desdeñosa -como subida en lo alto de un camión de butano, y desde allí, te quisiera ir lanzando bombonas-, es su manera de proteger su fragilidad. Esa fragilidad que no quiere mostrar -y es más que evidente para este observador-, la hacen fría y distante.
Sus palabras y sus ojos, a veces no están de acuerdo, en otras ocasiones, te mira desafiante -como si fueras tú, el que le quitaba el bocata en el recreo-, entonces, su mirada es impenetrable y le sobra todo el mundo, según el parecer de este humilde, frágil y para su desgracia, ya poco imparcial observador.
Sus pies por ejemplo -pieza esencial de cualquier descripción femenina digna de tenerse en cuenta-, de ellos, no puedo decir prácticamente nada, sin estudiar antes, a fondo, algún catálogo de calcetines, porque no se los he visto, a pesar, de haberlos tenido siempre delante, son pequeños, eso sí, pero como casi siempre se los está sobando, son una especie de arcano para mí -ni siquiera sé, si tiene cinco dedos en cada uno-, no sé si es casualidad, o los esconde por algún motivo.
¿Es coqueta? La pregunta del millón, porque en ese terreno presiento que, diga lo que diga, me busco una desgracia, a menos, que solvente él tramite por la vía rápida y lo resuelva al instante, diciendo: si está en un espacio cerrado, es muy difícil ignorarla, porque casi nunca se deja ignorar.
Recién levantada -otro dilema-, como hacer una descripción así, sin ganarse un enemigo imprevisible y mortal para los restos. Sólo la he visto una vez, y su aspecto era como de haber estado de marcha la noche anterior, algo apagada pero suave y cálida, como un albornoz caliente.
Es en pijama como la he visto mas cómoda -quizá sea lo que más usa habitualmente-, y dueña de su espacio. Allí se mueve lentamente, con una armoniosa y suave cadencia, como si se deslizara por delante de uno.
El atardecer es su mejor momento, cuando sus ojos recuperan ese brillo tan especial, su pelo -si soy afortunado- estará ya suelto, largo y algo ondulado -con las puntas mirando a todas partes- que, a veces -muy pocas-, usa para esconder una media sonrisa fugaz mientras agacha la cabeza, y otras, lo mueve acompasadamente -sabedora de su efecto narcótico en este observador-.
En esos momentos, quizás es posible una charla agradable, sin esa frialdad, triste y desolada, que casi siempre la acompaña.
Su voz, a esas horas, es suave y cálida, sin la tensión de otros momentos, en que se vuelve aguda y estridente -como sí quisiera destruir algo de sí misma fulminando a los demás-.
El capitulo de las miradas es -de lejos-, el mas complicado, pues, no en vano, esos ojos estupendos, y su ardiente mirada femenina son, a mí entender, su cruz y su esperanza.
Desde los ojos de pijama, algo apagados, discretos y profundos, hasta el brillo salvaje cargado de resentimiento, de sus ultimas horas con dos copas de mas, tenemos material suficiente para varios volúmenes -lo que no es el objetivo de este trabajo-, por lo tanto, trataré de hacer una aproximación breve.
Es de largo, para mí, lo más bello y especial que tiene su rostro, es en su mirada donde se perciben mas matices, desde una de rabia y dolor incontenible, hasta otra tierna, otra perdida, otra de complicidad, otra de resentimiento y así podríamos seguir hasta el infinito, pero aquí, me lo voy a hacer en plan rata -bastantes mareos literarios y de los otros, he tenido ya con los dichosos ojos-, y me remitiré a una canción -en plan moderno, multimedia- de JJ. Cale "Money Talks" que tiene esa calidez, en la voz de una mujer -esa misma calidez que hay en el brillo de tus ojos-, y me siento incapaz de expresar ahora -no tengo energías o ganas-. Te buscas la vida para oírla -porque la tienes por ahí-, así me ahorro algunos folios. Ecología descriptiva, lo llaman ahora los enteradillos de siempre, sobre todo, cuando no les pagan por palabras.
Sobre datos de talla, estatura, peso, proporciones... etc., por falta ¡otra vez! de información fiable, y mis dudas, a la hora de buscar informantes en su entorno. Porque ir con un metro a tomar medidas a su casa, no lo veo nada claro la verdad -la que me podría armar sería para no contarla-. Sólo me faltaría tener que llamar a Katty -por ejemplo-, y preguntarle esos datos -pensaría que estoy sonado, o que le quiero hacer un pijama de madera-. Así las cosas, me veo en el dilema moral de tener que elegir, entre correr el riesgo y quedar como un imbécil, o hacerlo a ojo y meter la gamba -asumiendo riesgos, que soy incapaz de imaginar en este momento-.
A estas alturas, y con los vientos que soplan, paso total de dármelas de valiente y que luego me monte una "Verbena de la Paloma" para mí solito, a la que me pille en su garito.
Reconociendo, que el gremio literario, en general, no ha pasado a la historia por sus rasgos de valentía o arrojo precisamente, y haciendo honor a esa cobardía ancestral, vilmente, renuncio de antemano a sufrir vete a saber que diabólicos sortilegios, por kilo mas o centímetro menos, y detengo aquí esta breve aproximación a algo, que todavía no se bien que es, pero tiene toda la pinta de ser una mujer.

6 de enero tarde muy tarde

Posdata:
No estoy zumbado, necesito reírme y me rio mucho haciéndolos -era por dejarlo claro-.
Después de este esfuerzo, si fuera capaz de llegar arrastrándome hasta el puente de la calle Almansa -sólo lo tengo a cincuenta metros- me tiraba a las Rondas.


*Fragmento del libro "Ruido de fondo".

jueves, 22 de octubre de 2009

No hay versos esta noche

No hay versos esta noche
ni rimas fáciles
no hay canciones
ni musas, ni nada,
sólo extiende sus alas una fría brisa
que roe los huesos.
Oigo tan lejana tu canción
que la última noche del año viene amarga
no traerá besos, ni una luna enamorada
sólo deseos, sueños brujos y una sutil estocada.
Y no hay versos esta noche
sólo una calle muy larga.

martes, 20 de octubre de 2009

Luna de agosto*

Nubarrones negros salpican la noche. La luna, amedrentada, asoma tímidamente sobre la ciudad, entre las oscuras manchas del cielo. Vómitos corren hacia las alcantarillas. Sudor, lágrimas, meadas de sangre, llantos, gritos, forman un caudaloso rio de líquidos humanos que se dirigen presurosos hacía un submundo de heces y sangre.
El depredador sueña lágrimas negras, los muertos, le salen al paso y le preguntan, se encoge de hombros y sonríe. Camina por una calle oscura y solitaria -huyendo de si mismo-. Sus pensamientos escupen saliva y sangre, su dolor, se multiplica en las turbias esquinas de la ciudad, vaga solitario hacia el barrio de los sueños rotos.
La luna, se lo mira tímidamente, lo contempla con consternación y espanto, él, no se deja ver, huye de la opaca y triste luna.
Perros y gatos sangran por las calles, se tienden mortales emboscadas. Los vecinos, apuestan por unos ú otros, ríen satisfechos.
Los pájaros, siembran el asfalto con sus alas aplastadas contra el suelo, enloquecidos por los ríos de sangre y lágrimas que la luna trajo consigo.
La muerte espera, como un animal agazapado, en cualquier esquina, pero no es su noche; noche voraz -de luces y sombras-. Camino tenebroso donde no hay espacio para las risas, y los sueños, se aplastan -unos a otros- con temeraria puntualidad.
Las ratas -alborozadas-, saltan alrededor de los sumideros de las alcantarillas, en medio de los charcos sanguinolientos que la riada pestilente amontona junto a las rejillas de los desagües de la metrópoli. Suenan gritos aterradores por todas partes.
Sirenas aúllan en la noche, sus luces centelleantes acompañan la represiva canción. La policía es la dueña del monopolio de la violencia, administra el miedo entre los gritos desesperados de los detenidos; que conocen de sobras su destino, es el enorme basurero maloliente de los limites de la ciudad, donde una sima pútrida -coronada por un enorme agujero-, los conduce al infierno de nuestra basura, y, sus gases, serán el último y fétido perfume que esas almas desdichadas olerán antes de morir.
La oscuridad se adueña de la luna, de la risa, la parca se regocija y se marcha susurrando... déjalos vivir, sufren estando aquí.
Es el distrito de los corazones rotos.


Para Mª José, in memorian.

* Fragmento del libro "Ruido de fondo"

lunes, 12 de octubre de 2009

Tengo poema esta noche

Tengo poema esta noche
una cita, una ocurrencia,
metáfora, fantasía, derroche
un sin vivir, una impaciencia.
El color de tu carmín
rebota en la cristalera
y tus ojos..., ¡ay de mis ojos!
breve relámpago azul
entre reflejos de almendra.
Madrugada de tinta y papel
noche de humo y de vueltas
de tu pelo, a tu pie
de los ojos a la boca
besos de miel..., y a tu piel.

viernes, 2 de octubre de 2009

Quisiera

Quisiera verte entre mis brazos
ceñirte a mi cuerpo aventurero
llenar el pecho enamorado
de rimas y de encuentros,
de lunas y de alientos.
Para poder sentarnos
bajo el viejo limonero
y mecerte con sueños,
cuentos, y otras cosas,
a mi lado te requiero.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Ya no sé...

Ya no sé qué hacer con ellas
cambiar quisiera
viejas palabras duras
por bellas palabras nuevas
ya no sé qué hacer con ellas...

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Callejones

En callejones solitarios
dormitan sombras
caprichosas, desnudos
sueños ausentes
visten rimas imposibles,
entre deseos, mudos
paisajes de pasión
y un temor adolescente.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Palabras

Inquietan las palabras: Las dichas, las oídas, las no dichas, las sueltas, las concretas, las torpes, las agudas, las suaves, las bellas, las secretas, las buscadas, las fugaces, las falsas, las auténticas, las perdidas, las ausentes, las temidas, las amadas, las soñadas indiscretas, las urdidas, las de más, las de menos, las espontáneas, las coquetas, las curiosas, las de odio, las reales, las ásperas, las delicadas, las aprendidas, las que no debimos decir, las banales, las de siempre, las frías, las distantes, las cálidas, las eruditas, las nostálgicas, las olvidadas, las negras, las luminosas, las absurdas, las lúcidas, las sospechadas, las rebeldes, las últimas, las decisivas, las dudosas, las duras, las certeras, las borradas, las corrientes, las coherentes, las sublimes, las mágicas, las feroces, las cándidas, las tiernas, las sutiles, las imperfectas, las incomprendidas, las intuidas, las de guerra, las intemporales, las vanas, las mordaces, las súbitas, las informales, las leídas, las imaginadas, las enigmáticas, las sencillas, las presentes, las mías, las de amor... envueltas en papel van, viajan por el aire, de pronto, un hilo de tinta las persigue, las atrapa, las fija, las escribe.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Cristina

Aros, sonrisas
el gesto desenfadado
ojos oscuros
rubias mechas
un hombro desnudo
el pelo suelto, un moño
quizá una coleta
tejano el pantalón
de tirantes la camiseta
anillos, pulseras
bello el rostro
claro el perfil
esbelta la silueta
y la mirada...
no puedo con tu mirada.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Araña

Enredado me quedé
en los pelos de aquel moño,
preso soy, de los rizos de su coño,
condenado estoy
entre tanta pelambrera,
de allí, no saldría
aunque pudiera,
por su piel envenenado
con sus bragas esposado,
deslumbrado por sus ojos,
de su culo enamorado,
vagabundo entre tetas,
hechizado en sus pestañas,
enmarañado en aquella,
de mis sueños comisaria,
en su bella telaraña.

martes, 1 de septiembre de 2009

Quisiera

Quisiera, esta mortecina y lluviosa noche de domingo otoñal, que la vida no fuera para algunos lo que es.
Quisiera sacarle punta a un lápiz muy afilado. Buscarle doce pies a un gato.
Debería considerar que la derrota de uno, es también la derrota de todos.
Agua amarga, vino dulce, horizontes grises. Palabras por doquier, sueltas, deshojadas, ajadas.
Hay tantas palabras por reunir.
Quisiera hacer ramilletes con ellas. Bruscas, hirientes, pérfidas.
Bocas que tragan semen y escupen odio.
Odios que las palabras pervierten. O subvierten.
Que la mierda no salpique, no contamine.
El amanecer lava las heces humanas del día anterior.
Hay tanta mierda a mí alrededor, tanta basura, que mi pequeña basura realmente huele bien.
Y me renuevo cada mañana. Otro día. Otra historia.

viernes, 28 de agosto de 2009

De repente lll

Después de 22 horas en urgencias me llevan a la planta. Son las siete de la tarde. Estoy en un séptimo, justo encima de las consultas externas. Es una sala de Nefrología y Neumología con pocas camas, y sin el barullo habitual de estos sitios. El ambiente rebosa tranquilidad.
Con el oxígeno puesto -y 48 horas por delante sin comer ni beber, de estricta inmovilidad- me lo miro todo, dolorido y cansado. Contento de haber dejado atrás un día terrible. Pendiente de unas pruebas que no se harán hasta el lunes y determinarán mi destino.
En realidad, eso no me preocupa ahora mismo. No es cáncer, estoy seguro sin necesidad de ninguna prueba.
Tengo cuatro días por delante, me digo. Vas a descansar. No debes moverte para nada -un muermo insoportable para un tipo como yo-.
Están probando un medicamento para la tensión. Hay que pillarle el punto y pautarlo, pues la tensión ha sido una de las culpables de que esté aquí ahora.
Pienso, en este momento, en los días con un poco de falta de aire, en lo intranquilo que me ponía, me recordaban, en cierto modo, el brote sicótico. Quizá eso, y la tensión alta, me han confundido, y equivocadamente, he achacado al tratamiento que sigo estos síntomas que, por otro lado, era plausible tenerlos con lo que tomo.
El tabaco es mi próximo objetivo. Será duro, pero no hay más remedio.
Vienen a verme numerosos amigos, por lo tanto, almaceno un montón de libros y comics que han ido dejando por aquí. Trivi, trajo, con algo de ironía supongo, la 1ª parte de las obras completas de Freud. Sería capaz de terminarlo en estos días, pero no tengo fuerzas para sostenerlo, es un ladrillo enorme, pesa una tonelada.
El domingo por la mañana ¡por fin! me levanto. Después de la dosis de antibiótico paseo despacito por el largo pasillo. Son las siete y media, tengo el tiempo justo para acercarme a las ventanas de la sala de espera, para desde allí, ver el mar, y al sol despuntar en el horizonte. Iluminan mis sombras.
Me llena de energía sentirlo despertar sobre el azul del mar, el paisaje es maravilloso. La ciudad despierta llena de luces, largos rosarios amarillentos iluminan las calles, y la gente va presurosa en sus vehículos, que hormiguean por ellas, entre brumas, con brillos tenues, como serpenteantes luciérnagas en la huidiza oscuridad.
Camino despacio, pasillo arriba, pasillo abajo, pensando en todo. En el último poema, en “Ruido de fondo”, en mi incierto futuro, en la muerte, en lo cerca que ha estado. Dos días a mi lado, afilando su siniestra guadaña, mientras yo, me la miraba con una medía sonrisa socarrona, diciéndole: “Me sabe mal cortarte el rollo, pero…, creo que todavía no es tu momento. No seas impaciente, no es mi hora, además, no me verás triste, ni me oirás lamentarme, nadie, ni siquiera tú, podrá borrar la sonrisa de mi rostro”.
El lunes me vuelven a dejar en ayunas. Tengo dos pruebas cruciales hoy. Una fibrobroncoscopia, que jode bastante más tenérsela que hacer que pronunciar el estrafalario nombrecito, y un escáner, entre las dos me han hecho polvo el día.
De la primera, aunque parezca raro, salgo riéndome.
¿De qué ríes? -pregunta la enfermera.
Del colocón de la anestesia y del pobre desgraciado que me sigue en el turno -le digo, con una media carcajada algo flipada.
Si con el primer cigarro que uno se fumó le hubieran hecho una prueba como esta, no quedaría ni un fumador en el planeta.
Dos horas de buen humor me dejó, de efecto secundario, la asesina prueba. Eso lo único bueno que tiene, eso, y quedarte descansadísimo en cuanto terminan.
Esa noche pensé en los resultados. Iban a ser malas noticias, en cualquier caso serán malas noticias. Si todo va mal, si todo ha de acabar pronto, me quedará el alivio de, al menos, tener acabado mi primer libro de cuentos.
Durante la mañana siguiente me traen el diagnostico: un enfisema pulmonar con hemorragia masiva, a modo de complemento directo, han sido l@s responsables de mi ingreso.
El tabaco -el muy cabrón- y la tensión alta, fueron los vehículos que me secuestraron, me trajeron a esta sala, y casi me cuesta la vida.
Salgo de aquí mañana, después de comer. He de dejar el tabaco, otro culebrón. Vienen sin pausa, uno detrás de otro.
Al atardecer de ese día, viendo la oscuridad caer desde un ventanal, le doy las gracias a mi buen corazón -el responsable, otra vez, de que salga de un mal trago-, mirando el cielo cambiar de color, primero azul y rojo, después viran, parecen desaparecer y fundirse en un fugaz violeta profundo que la noche se traga rápidamente.
Veo sus ojos, sus brillos, danzando en el horizonte, de repente, sonrío y le digo: voy a escribir un pequeño y bello poema. Un poema como tú, ¿sabes?
Escribo un poema pequeñito, tierno y algo triste, pero lleno de misterio y energía, un poema de sombras tímidas, audaces palabras de amor.
Reflejos inconscientes toman mi voz, los sonidos ya no me pertenecen. Salen disparados -como rayos azules- del bolígrafo. Veloces, van estrellándose contra el papel. Es la hora del leopardo, de la sombra en el espejo.

De repente ll

Al llegar al hospital me deja en la puerta de urgencias y marcha a buscar el inasequible hueco para meter el coche, y yo, entro con mi bolsita repleta de papel de water y sangre.
Dando boqueadas me toman la filiación. A partir de ese momento todo va muy deprisa. Me ponen en una silla de ruedas y del tirón a la sala de urgencias, una sala llena de camillas, pacientes, goteros, y familiares con cara de preocupación.
Me aparcan allí, en medio de todo el turrón, y cuando llega mi amiga pone el grito en el cielo. Ya me habían visto. Andan preparando un box.
En un instante, una avalancha de enfermeras y médicos, se lanzan sobre mí sin compasión. Una voz masculina va dando órdenes, haciéndome preguntas todo el tiempo. Alguna de las enfermeras me abre dos vías, una en cada brazo. Auscultan, toman la presión y hablan entre ellos.
A los 5 minutos el paisaje ha cambiado a mí alrededor. Recostado en una camilla observo todo el despliegue sanitario que se desarrolla delante de mis ojos. Contesto preguntas, toso, y escupo dentro de unos botecitos que van guardando en una repisa.
Ya cuelgan de una percha, suero, coagulante y antibiótico.
-Procura contener la tos, te hemos dado codeína para eso, pero tardará un poco en hacer efecto. Tienes la tensión alta.
¿Haces algún tratamiento?..., ¿has tomado drogas?..., ¿no?..., bien..., ¿cuanta sangre has escupido?..., vale.
Ahora hay que esperar..., no debes moverte para nada, procura no toser... la doctora se quedará aquí un rato para controlar la tensión, y después iremos viniendo de tanto en tanto.
-Me ponen oxígeno. Eran las diez de la noche. Las próximas tres horas iban a ser cruciales, por lo tanto, me someten a una estrecha vigilancia.
Calculo la sangre, de momento la cosa sigue igual. Tan igual, que acaban por ponerme una tira roja en la muñeca. Ya tengo sangre reservada. Lleva un código numérico que, afortunadamente no tiene un 5 entre sus dígitos.
A partir de las once y media la cosa comienza a decrecer. En ese momento entra una enfermera con una jeringuilla llena, y me cuenta: Es morfina, no te preocupes, es un analgésico como otro cualquiera.
Por mí cojonudo, con la noche que me espera, seguramente es lo único agradable que me va a pasar, le digo.
Una sonrisa maliciosa se adueña de mi rostro mientras la morfina me invade en cálidas oleadas, adormece mis sentidos, dejando en mis ojos una mirada de otros tiempos, una luz azul de brillos apagados, vidriosa, de un pálido y sutil gris, un gris sin esperanza. Me relaja, pone distancia emocional entre la realidad y yo.
Llega una doctora nueva que, al parecer, teme una parada cardiorrespiratoria, me mira y dice: “eras paciente del Dr. Crespo”.
¡Quién puede olvidar una cara como la suya! me cuento. Es cardióloga, y desprende un aura, una energía, que la convierten en una mujer con gran magnetismo, además, extremadamente atractiva. Me pone un parche de nitro y mira el electrocardiograma mientras su bonito rostro dibuja una afectuosa sonrisa.
Me quedo con las ganas de decirle: doctora, usted, sin duda, se hizo cardióloga debido a su mala conciencia. Ha roto tantos corazones, que ahora, para compensar, se dedica a arreglarlos.
La conocí hace poco más de un año, al final de mi jodido tratamiento para la hepatitis c. Lo recuerda seguramente porque fue un culebrón de lo más entretenido. Tuve ratos espeluznantes, con la tensión por las nubes. Quizá batí alguna marca, porque andaba por la consulta durante mi penúltima visita del maldito tratamiento.
Poco a poco, van llegando familiares y amigos que, al verme, parecen alarmados, tienen la palabra cáncer escrita en la mirada.
Montse se va. Ha de trabajar por la mañana.
Aquella noche la traspasé despacio, contando el caer de las horas… largas, cortas, ligeras, esperando el luminoso amanecer con una leve y tierna sonrisa en el apagado rostro, recostado en una insufrible camilla, a duermevela, con una antigua y denostada novia, la morfina, que me dio, por unas horas, un billete para el tren del olvido, dejando atrás el -casi mortal- crepúsculo, el dolor.
Sólo mi sombra permanece. Al acecho, atenta al menor cambio. El brillo de mis ojos en la oscuridad desprende suaves y cálidas luces, rebotando en las oscuras esquinas. Un láser de neón azul, fugaces destellos amarillos. Inundándolo todo de energía, y relegando, a un lejano segundo plano, un nombre, y la luz de la última mirada, los ojos -como corales rojos- de una mujer.

De repente l

Y si la vida,
esperando tu voz,
un mal día
de mí escapa,
has de saber,
bella mujer,
que mis ojos
mirarán a tu mirada,
y mi voz
dirá tu nombre,
será la última palabra.

¡No veas oruga! Te voy a contar una historia que, gracias -de nuevo- a mi buen corazón -un gran corazón, por dentro y por fuera-, te voy a poder contar.
La noche anterior a los hechos escupí un poco de sangre. Sólo un par de veces. Me preocupé, así que al día siguiente por la tarde fui al medico. Estaba muy mosca con aquello. Llevaba dos meses tosiendo en seco, con la tensión alta, y fumando más de la cuenta.
Fue al toser, en el lavabo del consultorio. Sangre a piñón, salpicó todo el lavamanos. Cuando vi al medico no hubo que decirle nada. Un golpe de tos, tiñó, de rojo intenso, el fregadero de la consulta.
“A urgencias ahora mismo”, “habría que pedir una ambulancia, pero tardará” fueron sus palabras.
Rápidamente llamé a una amiga, que, aquella desdichada tarde, se vio, obligada por las circunstancias, a ejercer, el agradecido, pero duro papel, de ángel de la guarda motorizada.
Todo empezó a zumbar, a oírse lejano, mi sombra salió entonces, para decirme dulcemente: “tu vida está en juego ahora, se irá en unos minutos, veremos como te portas”.
En la calle, de pie, junto a un pequeño charco de sangre, la esperé, mientras sentía como la vida escapaba con la respiración, a boqueadas cada vez más abundantes. ¡Mierda! exclamé, ahora me ha subido la tensión. Sangre y más sangre, ¡qué manera más tonta de morirse! pensé. Encima hay un tráfico del copón. Son las ocho de la tarde y el Pº Valldaura va petado de vehículos.
En pocos minutos, pasé, de estar preocupado, a saber que mi vida pendía de un hilo, y qué una vez más, me rescataría, si tenía suerte, si llegaba a tiempo, una mujer.
Es una arteria, me decía. Ha petado una arteria, y si esto no va rápido, estás listo. No era una muerte digna de un depredador como yo, así que estaba mosqueado. ¡Vaya mierda de muerte! Aquí, como un primo, esperando a una tía que está más pirada que yo. Para más cachondeo enfrente del Bronx.
Era miércoles oruga.
Con la sensación de tener una puñalada en el pecho, donde aire y sangre acababan de romper una relación antigua y bien avenida -el lugar donde la vida se renueva, donde amb@s se buscan, se persiguen, se esperan, se funden y confunden, pues el destino de uno, son la vida y la razón de la otra- y sabiendo que estar calmado y reposado era lo único que podía ayudarme.
Eso hice, apoyado en la farola comencé a respirar despacio, a contener la tos, y a buscar, con un brillo plomizo y algo desvaído en la mirada, un pequeño coche azul marino.
Largos minutos fueron aquellos. Pensé en mi musa, en mi destino, en que si tenía mala suerte, ya no habría nunca más, la posibilidad de que nuestros caminos se volvieran a cruzar. Me rebelé contra eso. No era justo. Pero... ¿cuando ha sido justa la vida?
Cálmate y no te muevas, no tosas. Respirando suave y acompasadamente recordé mi último poema “Espejos”, el poema que cierra “Ruido de fondo”, escrito un domingo, días atrás. Recité una estrofa, una estrofa que hacía referencia a qué quizá la vida escaparía de mí sin volver a verla. Fue un poema premonitorio. Tengo una sombra que, a veces, va de listilla.
Allí estaba, diez días después de escribir aquellos versos, inmóvil, impotente, apoyado en una farola de la Av. Río de Janeiro, esperando, viendo como la vida, literalmente, escapaba de mí por momentos.
Al entrar en el coche atardecía, y al sentarme, su cara cambió.
Vamos rápido, hay mucho tráfico, y dame algo para ir guardando la sangre, tienen que ver todo esto, le dije. Me apañé con un rollo de papel de water amarillo y su envoltorio de plástico, donde iba guardando toda la sangre que podía recoger.
Ella miraba como en estado de shock, o quizás era yo, que observaba a mi alrededor sorprendido y casi ausente. Dentro de mí, algo lo veía todo como si fuera una función de teatro.
Empapaba de sangre el papel y lo guardaba en la bolsa, y una mirada distante, serena, un azul plomizo, denso, ahogado en reflejos rojos, iba adueñándose de todo.
En algún momento del trayecto, parados en un semáforo creo, me invade el crepúsculo, y, de repente, siguiendo un extraño impulso, giro muy despacio la cabeza, la miro a los ojos, y le digo suavemente: “Montse, puede que esta vez no tenga tanta suerte”

martes, 25 de agosto de 2009

Perfil

Un perfil,
blanco, negro,
rosa y marfil.

Mapas

"Sería capaz de arrastrarme por una alcantarilla del Raval por tener la oportunidad de suplicarte un poco de amor".
La frase era inapelable. Lo decía todo acerca del autor de la misma. Prácticamente, era una declaración de principios en toda regla.
-No hace falta -dijo con una sonrisa. Escríbeme algo sobre mapas.
¡Maldita sea su hermosa estampa! Llevo meses con uno delante. Con el tiempo, ha llegado ha convertirse en una especie de Pepito Grillo que me recuerda un trabajo inacabado o inacabable. "Junto al delta" no parece querer terminarse.
El mapa del esquivo e impenitente delta lo tengo desplegado delante de las narices desde hace tiempo, mucho tiempo.
A todo el que llega a casa le suelto el mismo rollo: Si. Lo puse para ambientarme, y parece haberle cogido el punto al ecosistema. No hay manera de sacárselo de encima. Está apalancado en el salón como un piojo a una costura.
No es un mapa, es un parásito que me chupa la energía como un buitre hambriento. El día que se me crucen los cables, lo pongo de patitas en la calle y le pego fuego con gasolina sin plomo.
El último capítulo, el decisivo, no sale. Se esconde y exhibe con virginal audacia. Y ahí está el jodido mapa para recordármelo.
Mapas, mapas. ¡Qué sabrá ella de mapas! No estudia topografía que yo sepa. Si quiere saber sobre mapas que espabile. La facultad del ramo en cuestión, sita en el antiguo Cuartel del Bruch (también llamado, durante la guerra civil, Cuartel Bakunin) espera con los brazos abiertos a estudiantes fascinados por los misterios de esa ciencia. Remitirla al estamento científico correspondiente es lo más ético, pero no creo que sea lo que busca.
Las búsquedas y los mapas son endogámicos, o simbióticos. La historia está plagada de ejemplos: Alguien encuentra un mapa o sabe de la existencia de uno. Lo comenta con sus compadres... y, cómo te descuides, al poco se monta una expedición para ir a buscar algo que, por norma general, suele estar en algún lugar remoto, y además, con el grave inconveniente de ser prácticamente imposible el regreso sano y salvo.
Los mapas incitan a la búsqueda. Atizan nuestra curiosidad y estimulan la imaginación, pero también alimentan la codicia. Las tramas, las traiciones más negras y siniestras, se nutren en esas aguas revueltas, y alejan a los hombres de sus mujeres, a las madres de los hijos... Y todo por una quimera imposible de verificar.
Tesoros enterrados, mundos desconocidos, barcos perdidos, terribles tormentas, bucaneros, marinos abandonados en islas remotas...
A todo eso nos arrastró nuestra insana, pero necesaria, inclinación por los mapas, por saber que hay más allá del horizonte de tus bellos ojos mujer.
Por saber si la belleza existe más allá de ellos.
La búsqueda de la sabiduría, de la plenitud, de la felicidad, y su cúspide, el inmenso privilegio de amar y ser correspondido, no tiene límites geográficos ni mapas de referencia.
No fue el deseo de ir, sino el de regresar, lo que fomentó la necesidad de mapas. Siempre dejamos cosas atrás, y ejercen una poderosa influencia.
"Si, yo estuve allí", es la frase que sólo pueden acuñar los privilegiados que acertaron a regresar de su odisea.
Me cuento entre ellos -ahora vendría al pelo un pequeño fragmento del libro "El siglo de las luces" de Alejo Carpentier, pero... cómo no lo recuerdo, nos quedamos sin el-.
A ella no le cuesta nada pedir. Y aquí estoy, como un primo, levantándome temprano y acostándome tarde. Busco palabras para ella como la grúa busca incautos vehículos mal aparcados.
Sube mi consumo de psicodélicos estupefacientes.
Anoto y guardo.


"Cuando necesito un mapa me acerco al barrio gótico. En una vieja tienda especializada en el asunto, semioculta en una oscura calleja próxima a la Plaza de Pí, hago mis escasas adquisiciones topográficas.
Una vetusta tienda donde puedes encontrarte con avezados viajeros que vuelven de supuestos viajes por tierras lejanas.
Un frustrado y metafórico astronauta, que se perdió y no llegó ha tiempo a Cabo Cañaveral, busca un mapa que le indique el camino de vuelta.
El dueño del negocio, un tipo amable, alto, calvo, desgarbado y con gafas, que luce un viejo, siniestro y deslucido guardapolvo de color azul desvaído, sin duda a causa de los muchos lavados, escucha, con la atención de un comerciante fenicio, el rollo patatero que le endilga, con nerviosismo y sin compasión, el presunto astronauta. No es más que un chiflado por los mapas celestes, que trata, sin asomo de misericordia que alguien escuche su odisea.
Mientras tanto, con una sonrisa de hiena, me paseo por la tienda curioseando sin rumbo...
De pronto, oigo el rechinar del muelle de la puerta. Vuelvo la cabeza ¡sorpresa! Un foráneo y bello delta de venus acaba de traspasar en umbral. Veo mi oportunidad, y suplanto, con toda solvencia, al tipo de la tienda que anda medio narcotizado con el rollo inacabable del friky astronauta.
-¿En que puedo ayudarla señorita? -Le digo, acercándome con paso decidido.
Una gorra negra de golfillo 1920 sobre media melena roja, grandes e inquietos ojos, nariz de Cleopatra, labios carnosos y sonrisa abundante.
El abierto abrigo azul marino deja ver un bonito jersey de cuello amplio y color canela, que resalta sus pequeños, altos y algo separados pechos.
¿Ya sabe lo que busca? le pregunto, intentando acercarme lo suficiente para poder asomarme al balcón de su cuerpo.
-Pues un mapa, como todo el mundo ¿Acaso venden algo más en esta tienda? Bonito timbre de voz y acento del sur -me digo, buscando a toda velocidad un cuento que atrape su curiosidad.
¿Canaria? -pregunto, seguro de acertar y con media sonrisa de suficiencia.
-Pues no. Sevillana. No da ni una.
-Supongo que querrá un mapa de la ciudad -continuo, cambiando de conversación.
-Ahora si que ha acertado. Es usted un lince -me larga, siguiendo el juego.
En la otra esquina, la calva del taciturno empleado comienza a sudar mientras escucha un cuento que llena al friky de satisfacción. Va de una estancia de dos semanas en la estación espacial internacional. El alegórico astronauta parece haberse vuelto más ligero, y se diría que comenzará a flotar por la tienda de un momento a otro.
-¿De veras trabaja aquí? -pregunta incrédula.
-No. Sólo soy un becario, un desinteresado voluntario que se dedica a entretener a las clientas guapas para que no se vayan cansadas de esperar y sin comprar nada.
Pero venga, acérquese a la puerta que quiero mostrarle algo. ¿Ve usted el local de enfrente? Pues lleva años y años cerrado a cal y canto. ¿Y sabe por qué? Al último propietario le dio jamacuco y salió por patas como alma que lleva el diablo. No se le ha vuelto a ver por aquí. Se hizo jipi y se fue a vivir a Ibiza. Allí lo conocí un verano. Al calor de unas setas sicodélicas, me contó lo sucedido:
Tras ese enorme portalón, ahora hay una tienda, pero..., en otros tiempos, tuvo usos muy tétricos. Una siniestra maldición se adueñó del lugar, y por más rituales benéficos que el dueño llevó a cabo, no hubo manera.
Entonces recurrió a la ciencia, y, por medio de un amigo, contactó con un profesor de la politécnica aficionado a lo oculto. Las investigaciones parasicológicas, llevadas a término por dos profesores, y tres de sus más intrépidos alumnos, arrojaron algo de luz, de conocimiento de la causa, pero no hallaron la solución.
Amariconados lamentos, suenan y resuenan sin cesar entre los centenarios y gruesos muros de piedra.
Ese inofensivo portalón, era, en otro tiempo, una entrada secreta que daba paso a las temidas mazmorras de la infausta inquisición. Por aquí solían sacar de tapadillo los restos de los detenidos que no sobrevivieron al martirio.
En estas mazmorras recalaban los acusados de sodomía que no podían pagar la connivencia del brazo secular.
El pecado nefando, azuzaba el verdugo brazo con saña. El inquisidor general saciaba en los prostíbulos de fuera de las murallas sus instintos más animales, para después, sin remordimientos ni compasión, descargar sus sentimientos de culpa, con sádica y refinada crueldad, sobre los reos.
Los pobres desdichados que caían en sus manos sentían el infierno antes de morir. Por esa causa, y sin que se sepa como, los afeminados y terroríficos gritos de dolor continúan clamando clemencia.
Sus amariposadas almas siguen recorriendo sótanos y pasillos sin descanso, llenado de asarasados lamentos todo el local, inasequibles a los innumerables sortilegios que su dueño llevó a cabo entre esos muros.
Maricas de todo el planeta vienen hasta el portal a rendir tributo a los mártires caídos en las lúgubres mazmorras eclesiásticas de aquél tiempo…
No señorita, no estoy chiflado -le explico con una sonrisa.
Soy cuentista, y estas centenarias calles rezuman historia y autenticidad. Animan a la fabulación. Un lugar idóneo para mis propósitos...
-¿Qué son? -pregunta divertida.
-De momento invitarla a un café. Hay un bar con terraza aquí al lado, a la vuelta de la esquina...

domingo, 23 de agosto de 2009

Farola

El escritor ha prometido un relato.
Un capricho de mujer lo hace bajar hasta el centro. En el metro, viendo pasar las paradas, piensa, algo perplejo, que, por culpa de una bravata suya, y de un antojo femenino, debe recorrer un barrio buscando una metáfora de la existencia que forma parte del mobiliario urbano. Una mañana fría, donde la llovizna tiñe de plomo la búsqueda.
Se para en una estrecha callejuela del barrio viejo, que rebulle de turistas pateando ese monumento de piedra que se extiende por todo el casco antiguo. Se pregunta que hace allí, un frío y desapacible domingo otoñal, buscando una luz para una historia.
Como un estúpido, busca una luz que ya ha encontrado. Un femenino anhelo que va a complacer, pero se distrae, y camina por las estrechas calles observándolo todo. Camina sin pensar en nada, quiere que sea el destino quién guíe sus pasos.
Se para un momento y piensa en ella ¿Qué farola será más de su agrado? Se encoje de hombros ante su propia pregunta.
Cambia de rumbo, deja el Raval. Vuelve sus pasos en dirección contraria. Ha recordado algo. Una plaza. Una farola concreta. Recuerda… la Plaza de la Palla. Una diminuta plaza que aúna cinco calles del Casc Antic. Tres de ellas con soportales donde protegerse de la lluvia. Allí nacen o mueren tres estrechas y breves callejuelas que parecen recorrer una profunda herida urbana entre bloques vetustos y deslucidos, donde el sol es incapaz de abrirse paso.
Imagina a un hombre con gabardina gris y gorra. Un hombre de otro tiempo:

“Espera en uno de los soportales una noche de invierno. Mira la farola con atención. Es su aliada y su enemiga.
Casi es la hora. Mete la mano en su bolsillo izquierdo y palpa el negro revólver que siempre lo acompaña. La policía y los verdugos de la patronal lo buscan.
Una fría llovizna comienza a caer. Un húmedo manto que hace rebotar la luz de la farola en el empedrado.
De pronto, oye un ruido. Un taconeo femenino se acerca por una de las estrechas callejas. Pone toda su atención en la cadencia de los pasos que han roto el silencio y sus pensamientos. Es ella. Es Adela.
El hombre, semioculto entre las sombras, pronuncia en voz baja un nombre: Mónica.
Los tacones avanzan por la calle Semoleres. Cuando desemboque en la pequeña plaza será el momento. La farola le facilitará el trabajo.
La mujer llega a la plaza, titubea un instante, parece presentir algo. Mira en dirección al oscuro callejón donde el hombre aguarda. Intenta huir, volver sobre sus pasos, pero el hombre no le da tiempo. Sale veloz de entre las sombras revólver en mano, flexiona un poco las rodillas y hace dos rápidos disparos. El primero, a la mujer, que cae desplomada. El segundo, a la farola, hundiendo en las sombras toda la escena.
Con paso resuelto, se acerca hasta la mujer, que yace moribunda.
-¿Julián? ¿Eres tú Julián? –pregunta con un hilo de voz.
-Si Adela, soy yo.
-Lo hice por celos Julián. La denuncié por celos. Si ella desaparecía, serías para mí.
-La torturaron hasta morir. Murió ella y el hijo de pocas semanas que llevaba en su seno. Mi hijo Adela.
-Te juro que no lo sabía Julián. No lo sabía.
-Nos veremos en el infierno Adela.
Julián, con mucha parsimonia, vuelve a sacar el revólver del bolsillo de la gabardina. Apunta a la cabeza y hace un tercer disparo.
Protegido por las sombras, entre la fría, turbia y gris llovizna, se aleja calle Carders adelante. Nadie a sus espaldas. Nadie en la conciencia.”

El poeta, en unos segundos, ha visto toda la acción. Anota lo sucedido en su vieja libreta y se aleja sonriente.

domingo, 16 de agosto de 2009

La casa sin rostro

La luna nos contempla,
la fugacidad de tu deseo
y mi sed de tu aliento,
relámpago y trueno
entretejidos, turbulentos,
chocan en la montaña
de tus amores esquivos.
El azar no existe,
y tu rencor, y tu amor,
palpitante sinrazón,
duermen conmigo.
Hermoso y fugitivo
ensueño, retraído,
voraz y primitivo,
es tu cuerpo, insensatos
y efímeros, los sentidos.
La ilusoria y frágil
morada de cartón
donde vives y sueñas,
esa casa que, con tanto
esfuerzo has construido,
es, por desgracia,
tan singular y pequeña,
que no cabe el amor,
que, cielo, no cabes
ni tú, ni nadie contigo.
Y sin embargo, sueño
encuentros, invento
juegos de alcoba,
de mesa, baño y sofá,
besos nuevos,
placeres furtivos.

jueves, 13 de agosto de 2009

A una flor solitaria

Escribe flor solitaria. Cuéntame, cuéntate. Escribe tus miedos, tus dudas, tus sueños. Cuéntame tu soledad, tus mentiras, tus miserias. El cuento de tu vida es el de todas las vidas, porque más allá de la locura no hay nada, sólo el vacío multiplicándose.
Escribe lo que somos, lo que eres, de lo que ha sido -lo reprimido y que está enraizado-. Y de tu sombra –lo que todavía no es y está germinando- escríbeme, porque detrás de la sombra ya no hay nada, salvo el pecado original, el odio, el diablo, la nada.
Escribe para no cruzar esa puerta que la sombra guarda. Y baila, porque el baile, al igual que la escritura, es un ritual que ahuyenta a los malos espíritus.
Pero escríbete en la libreta de negras tapas.
La que tú me regalaste está vacía. Páginas en blanco. Porque mi sombra, señora mía, se alimenta en otras fuentes, quizá más humildes y, por eso mismo, y aunque no lo creas, no implica a nadie en sus andanzas.
Yo, señora, que he visto la muerte de cara, y también el infierno, el odio y la locura, he aprendido algunas cosas importantes.
Mi paseo por el dolor, por el amor y la muerte, plasmados están en unas torpes y apresuradas letras.
Así, desde esa dura cátedra que representa lo vivido, desde esa humilde tarima que, con valor, paciencia y esperanza me he ganado; desde ese escaño donde los insolventes morales jamás articularán ningún discurso, la disculpo y le deseo el bien.
“Escribe que yo te escribiré” estas palabras son de mi sombra. Tras ellas se escondía una vocación frustrada. Un día, con la razón nublada por el sufrimiento, por fin conseguí escucharla, eso, señora mía, es, al menos para mí, el Tao. Me devolvió la vida y la cordura.
El sueño cumplido de mí primera obra curó las heridas, me limpió el alma. Todo lo que de negativo hice en la vida lo pagué paseando con la muerte del brazo.
Has de saber que, según cuentan, limpiarse uno mismo su propia mierda es una cuestión de madurez, por eso te digo: escríbete.
El amor, señora, desgraciadamente no está al alcance de cualquiera, y lamentablemente, para algunas personas ni siquiera el sexo es accesible.
Para mí el amor es luz, para ti sombra.
Cuenta tu cuento libreta negra, página en blanco.
En la libreta tan linda que me regalaste no hay nada escrito, pues no consigo encontrar palabras que me seduzcan lo suficiente para ir llenando las pálidas hojas de tu oscuro obsequio.
Quizá, con ese gesto, me pedías algo de puño y letra. Algo especial, único.
Seguramente mis reticencias se deban a causas que desconozco, pero en definitiva, no me decido, dudo. Quizá no quiera alimentar tu desesperanza, o la mía. Flor solitaria, libreta negra, página en blanco.
Porque para mí, como ya debes intuir, la escritura es arrebato y arrobo. Me cautivan las palabras casi tanto como tú, flor de un día.
De mí tienes besos de carne y de papel, y puede que de aire también. Esos besos que recorren el espacio para buscar tu boca, tu sexo dorado, me parecen de aire. Pero… seguramente sean más de tu gusto los de mar. Esos besos en tus rizos; tan próximos y llenos de espuma con sabor a caracolas, como el mar, como las olas.
El jaguar, hembra efímera, es un latido en mi interior, un salto ancestral y salvaje hasta lo más profundo de uno mismo. A el debo mis paginas más lúcidas. Es el lugar donde habitan las palabras no leídas, no dichas.
Esas esquivas palabras olvidadas que a veces parecen no existir, se ocultan en ese mundo intangible y fugaz; donde la improvisación es el único instrumento capaz de atraparlas y traerlas al papel.
El jaguar no piensa, actúa. Escribe historias para tu corazón, para tu tímido y voraz sexo, para tus dulces labios y bellos ojos.
Las palabras pueden ser un bálsamo o una maldición. A cada uno corresponde la interpretación, pues en ellas, se enmascaran muchos significados posibles, y siempre es el lector quién, en última instancia, al hacerlas suyas articula y define su mensaje.
Me gusta tu mirada, y ese sexo adolescente que olfateo en la distancia, que beso con pasión, que sorbo entre gemidos de placer.
Unas bragas multicolores guardadas con celo, que admiro y huelo apasionado; acompañan mi existencia de náufrago de mil tormentas.

miércoles, 12 de agosto de 2009

La belleza eres tú.

La belleza eres tú, y el aire que respiras, y la cama donde duermes.
Y el calor que siento cuando abro el cajón donde guardo tu aroma de mujer,
azul y apasionado, me muerde por las noches,
me quita el sueño y agita las manos,
tu piel, el fantasma de tu piel me toca y me desmayo.

La sirena

"Pintarte en un jardín. Buganvillas y jazmín, menta y hierbabuena, rosas y claveles, en un balcón natural que, osado, asoma sobre un acantilado, junto al mar.
Tanto tiempo para comprender…
Desentrañar un ovillo complicado.
La distancia. El miedo a una misma. La pasión. Saber echar el freno…
Sentirse sola y olvidada.
Retazos. Frases sueltas. Escribe que yo te escribiré.
Pero… junto al mar, mujer.
Escribir algo nuevo y diferente. Palabras tiernas para un jardín umbrío.
Y en el viejo cajón de la memoria poner flores de esperanza y un columpio. Regarlas con mimo. Acabar un poema (una décima excéntrica) que por ahora sólo tiene tres versos.
El eco de tu voz, que, en las solitarias noches de verano, aún resuena por los rincones, me habla de miedos y desencuentros.
Una caricia soñada o recordada me despierta. Un verso, un verso perdido, aparece fugaz, como tu cuerpo. Ese perfil de mujer herida. Donde no acierto a ser bálsamo."

Las gaviotas, suspendidas en las grúas que salpican la ciudad, esperan el amanecer. En la distancia, el mar parece reclamarlas…
Una canción de Burning “Una noche sin ti”. Y escribo:

El pequeño lago orlado de chopos, que proyectan su frondosa sombra sobre el agua, parece despertar cuando el sol se traga sus negruras más hondas. Y en el rincón donde cuelga la pequeña cascada, los trinos de los pájaros y el rumor del agua interpretan melodías veraniegas justo antes de que el calor abrasador los disperse entre las frondas.
En lo alto del pequeño salto de agua aparece una mujer. Está desnuda, y una media melena adorna su rostro. De pronto, con un depurado estilo, ejecuta una pirueta en el aire y desaparece en el agua provocando unas leves ondas en la superficie. Un bello salto que la funde con el fondo de la laguna.
No me ha visto, así que procuro no fijar mi atención en ella para que no pueda percibir mi presencia. Mis ojos de voyeur no quieren delatarse.
Con apacibles movimientos, se desplaza grácil y veloz, por lo que deduzco a una buena nadadora. Surca la superficie sin un ruido. La bella cadencia de sus movimientos parece hipnotizarme, y la contemplo furtivo.
Con los pequeños prismáticos, la veo desenvolverse en el agua. Su piel aparece entera, cuando, con un impulso de los brazos, sale del agua y camina por las piedras hasta el lugar donde tiene extendida la toalla.
Su armonioso perfil resalta en la singular y agreste belleza del lugar y, sin embargo, parecía formar parte del paisaje.
Es mi turno. Salto al agua, me sumerjo un par de metros y nado hasta que me falta el aire. Al salir a la superficie me quedan treinta o cuarenta metros para llegar a las rocas donde toma el sol la bella nadadora.
El arrullador canto de la cascada parece llamarme. Nado despacio hasta que el agua del pequeño salto golpea mi cabeza. La mujer parece no haberme visto. Salgo rodeando los húmedos y ligeros hilos de la cascada. Hay una oscura cavidad justo detrás de la cortina de agua. Un espacio umbrío y cantarín. Una gran piedra plana, ribeteada de musgo en la entrada, alfombra el lugar.
El perfil de la mujer parece difuminarse detrás de la acuática cortina, y, cuando el sol aparece de entre las nubes, su piel se transforma, sus reflejos dorados se multiplican a través del manto de agua, y la convierten en una mujer de fábula. Sus brillos refulgen como una alucinación.
Seguramente pasa unos días en uno de los bungalows que hay río arriba.
De pronto, la veo levantarse bruscamente y lanzarse al agua. Nada a gran velocidad, atravesando en un momento los poco más cincuenta metros que separan una orilla de otra. Una gran nadadora, y, dicho sea de paso, con un culo de miedo. Su media melena, que ha recogido en un pequeño y coqueto moño, le da un aspecto arrebatador.
Ahora, de pie en la distancia, parece una sirena que, imitando a los salmones, ha llegado desde el mar, y tratase de situarse, de fundirse con el paisaje que la rodea.
Las bellezas solitarias, a pesar del halo de mujeres fatales que las envuelve, siempre me han atraído. Próximas, y distantes, y bellas. Y esta mujer, que, con tanta gracia, rebulle por la laguna, parece arrastrar, al mismo tiempo, una sombra densa y ligera. Un cierto aire contradictorio y hermoso.
Y yo, quisiera nadar desde aquí hasta el mar, que ahora, al volverla a mirar, creo que la envuelve.

Y las gaviotas, ahora vuelan sobre el mar, lejos de las grúas que, agresivas como arpones, sangran la ciudad. Esas grúas donde, desde hace tiempo, parecen vivir.

Un sueño

Mientras corregía mi último artículo, la oí gemir en la habitación de al lado. Me levanté sin hacer ruido. Tenía la puerta entornada y no pude reprimir el deseo de observarla. Sobre la cama, y de espaldas a la puerta cabalgaba muy despacio sobre el rojo vibrador que yo guardaba en el cajón donde tenía su ropa interior. Lo compré exclusivamente para ella. Por hacer más placenteras sus espaciadas visitas.
La rendija de la puerta, que había dejado expresamente abierta para que yo la pudiera ver, era un mirador privilegiado para observarla. Con la mano derecha mantenía el vibrador fijo sobre el colchón y, como un jockey, cabalgaba lentamente sobre el. Movía el culo despacio en leves círculos mientras subía y bajaba lentamente sobre el vibrador.
Por supuesto, sabía que la observaba. Los gemidos eran su peculiar manera de decirme que dejara de trabajar y le prestase atención.
¿Estás ahí? – preguntó con un entrecortado hilo de voz.
-Claro cielo. Llevo unos minutos espiándote. Es lo más sensual que he visto en mucho tiempo. Esa posición te hace un trasero precioso.
-Siéntate en la silla y mírame de cerca –exigió, con la voz entrecortada por el placer. ¿Te gusta? –preguntó con un tono apagado y algo ronco.
-Si. Te voy a hacer una foto. ¿Dónde tienes el móvil?
-Sobre la mesita. Te lo he dejado preparado.
Entonces dejé la silla. Me arrodillé detrás de ella. Le separé las nalgas con las manos y le puse la lengua en el ano. La moví vivaracha sobre su apretado agujerito. De pronto, ronroneó como un felino, y sus movimientos se aceleraron. Arriba y abajo, arriba y abajo. Yo le iba lamiendo el culo, recorría toda su superficie.
-¡Te quiero, cabrón, te quiero! –gritaba con la voz apagada y rota.
Salí de cama y cogí el celular. ¿Te va bien un plano general? ¿Te hago también unos planos cortos? –le pregunté acariciándole el culo.
Asintió con la cabeza, pues en aquél momento era incapaz de de articular una palabra.
Cogí su bonito bolso –un regalo de una de sus tías- y lo puse sobre la almohada.
Hice la primera foto de pie. Un plano amplio, donde resaltaba en la parte superior izquierda el bolso de piel marrón. Al sentir la luz del flash gritó de excitación.
Los planos cortos la enloquecieron. A diez centímetros de su sexo, que ahora se movía despacio, se levantaba un poco y volvía a caer sobre el vibrador.
Ahora no te muevas zorra –le pedí, con un tono quebrado por la excitación.
Se paraba, y, al ver la fugaz luz del flash, gemía profundamente mientras continuaba con sus lentos movimientos. Arriba y abajo, arriba y abajo.
Le abría las nalgas con una mano y disparaba con la otra. Una, dos, tres, cuatro…
Le di unas cuantas nalgadas para estimularla un poco. Sus movimientos adquirieron velocidad, y tomé las últimas fotografías.
-Sesión terminada, guapa.
Gimió, y sin sacarse el vibrador, se dio la vuelta hasta ponerse bocarriba.
Sudaba profusamente y tenía la mirada perdida. Alargó un brazo para pedirme el móvil. Dobló la almohada y descansó la cabeza. Cogió la lupa de la mesita, y, muy excitada, comenzó a mirar las fotos. Entonces le separé las piernas y moví el vibrador adentro y afuera. Lo introducía, hacía una pequeña rotación y atrás de nuevo.
Sus gritos comenzaron a preocuparme. Sólo faltaba que los vecinos se alarmaran y llamaran a la policía. Le hice un gesto con la mano para rogarle que guardara silencio… Eso pareció excitarla aún más.
Bruscamente me apartó de ella, se sacó el vibrador con mucho cuidado y, exigente, me dijo: ponte un condón y métemela, métemela toda.
Saqué un condón de la mesita y se lo di. Se lo puso entre los labios. Jugó un poco con el, y lo fue desenrollando a lo largo del pene dando chupaditas. Cuando le pareció que ya estaba correctamente colocado, se puso a cuatro patas dándome la espalda. Por detrás, la quiero por detrás susurró. Y cógeme del pelo, cógelo fuerte.
La agarré por las caderas y la arrastré hasta el borde de la cama, y de pie, con un golpe seco, se la introduje entera diciéndole: mueve el culo cielo, mueve el culo…
Hacía mucho calor, así que nos íbamos turnando. Ella se movía atrás y adelante, haciendo una rotación al separarse un poco, cuando se cansaba era mi turno. Yo hacía casi lo mismo, con la única diferencia de que yo, en vez de hacer una rotación, la cogía por las caderas y le movía el culo.
Haz una foto, haz una foto, suplicó. Yo te preparo el móvil cariño, así no has de pararte.
Después de darme el móvil se movía enloquecida. Haz fotos, haz fotos, suplicaba. Al sentir el primer destello del flash, me la sujetó con una fuerte contracción. Ahora, con la vagina apretada a mi sexo, se movía despacio, saboreando sus desplazamientos.
Adelante y atrás, adelante…, se para. Haz una foto mi niño. Atrás, adelante, una leve rotación, un destello del flash. ¡Ahhh! Me corro mi amor, me corro. Mírame bien, que me corro mi vida, me corro… ¡Ahhh! ¡Ahhh!.
Se separó y tumbó bocarriba. Lucía una sonrisa de oreja a oreja. Hizo un ademán invitándome a fotografiarla así, tan bella y feliz.
-Déjame respirar un poco cariño. Déjame respirar, que ahora voy a por ti.
Te vas a enterar de lo que es capaz de hacer con la boca una chica francesa enamorada.

lunes, 10 de agosto de 2009

Temprano

Temprano despierto por amarte,
tu placer de madrugada
endulza mi amanecer,
ay, tan temprano.
Temprano, muy temprano,
madruga mi corazón,
despierta desarbolado,
tu calor, tu piel,
tu pelo desbaratado.
Y el dolor de tu ausencia
llega temprano.
Y, como tu no ignoras,
no moriré en París
bajo un cielo encapotado,
en Barcelona será,
un radiante amanecer
mis ojos se cerrarán
de un no verte prolongado,
la parca madrugará
vendrá temprano, muy temprano.

Rojo

El rojo de tus labios,
ese carmín que me persigue,
me puede, me desata y contempla.
A ciegas, te busco con las manos,
y en mi montaña todo huele a primavera,
de mis ojos a mis venas.

jueves, 6 de agosto de 2009

Décimas

Morena, estoy cansado
de dormir solo
y con tus bragas al lado.
Al borde de tu abismo
te sueño olvidada,
de través, ensimismada,
a mis ojos fugitiva,
y a tu piel, morena,
va la mía encadenada,
entre lunas, condenada.


Al rayar el alba,
entre las brumas
marinas vuelan
palomas blancas.
Es tu sonrisa,
robándome el sueño
y la mirada,
décimas de amor,
sin cadencia ni metro,
a tus pies depositadas.


Quiero sentirte
desnuda, entre
sábanas azules
y risas blancas.
Los pies de besos
calzarte, señora,
besos de miel,
tiernos como
tus pechos, rojos,
como tus bragas.

martes, 28 de julio de 2009

Rimas imposibles

El tiempo reclama
rimas imposibles,
los instantes desaparecen
en un fugaz parpadeo,
mirando atrás,
sólo queda un perfume,
un tenue hálito
encadenado en la memoria,
la vida es un recuerdo.

lunes, 27 de julio de 2009

Epístola

Estas palabras, viejo amigo, ahora que los años ya vividos te cercan el cuerpo y el ánimo, quisieran ser bálsamo y panacea. Una suerte de entretenido pasatiempo donde encontrases evasión. Apenas unos minutos, donde quisiera regalarte una sonrisa cómplice y un brazo amigo, que, a modo de barandal de hueso y sangre, pudieras utilizar cuando tu ánimo decaiga, y necesites, como náufrago que nada en el océano de la existencia, un tirón hacia arriba. Un tirón que te rescate de los peligros, de sentir el vértigo que el abismo ha dispuesto bajo tus pies.
Dentro de poco tendrás tiempo, y deberías, y fíjate que te digo deberías, emplear algo de ese tiempo, que la mala fortuna te ha regalado, en ver algún pequeño sueño cumplido. Uno pequeño y gratificante, de esos que tus afanes cotidianos nunca te dejaron tiempo suficiente para poder satisfacer.
Y… te digo, porque lo sé, será tu especial manera de sentir el calor del planeta debajo de los pies. Busca, en tu viejo cajón de los sueños olvidados, ese algo que quisiste hacer y nunca tuviste tiempo para ello.
Siempre quise tener la capacidad de regalarte un poco del tiempo libre que tengo la suerte, o la desgracia –creo que la suerte- de disfrutar. No está en el destino de los hombres disponer de tal don ¡qué más quisiera viejo amigo!
Pero…, estas palabras, que con gusto barajo o escupo, según sea el caso, son quizá, la única manera de ver realizado ese prodigio, pues la enorme distancia que hay entre el tiempo dedicado a la elaboración de las mismas, y el poco más de un minuto, que, como mucho, se puede llegar a invertir en leerlas de corrido, son, creo, la mejor metáfora de que dispongo para hacerte ese regalo que los dioses no me permiten llevar a cabo de otra manera. Es mi fuerza y mi ventaja.
Y…, sin mirar atrás, camina, con paso ligero y firme, por donde el corazón te lleve.
Yo, en mi caminar, preñado de tropiezos y adversidades, tuve la fortuna de encontrar una bella senda. Una ruta hacia mis sueños. Es casi lo único que tengo verdaderamente mío. Hay que ser tan torpe como yo para encontrarla a los cuarenta y siete; aunque si se tiene en cuenta que uno no sabía que buscaba…
Un corazón no resuelto. Eso he sido yo casi toda la vida, pero…, ahora me rio de los dioses. Los burlo, y, siempre que puedo, les robo un pedacito del paraíso donde viven. (…) Ya sabes…, más allá de la conciencia.

jueves, 23 de julio de 2009

Abril

Con la muerte en el bolsillo
busca en el océano de su vida
de su sueño desnudo
y el azul de su mirada mira al mar
un fugaz sendero de arena
apenas el eco de unos pasos.

martes, 14 de julio de 2009

Haze

Haze. Momentos Haze. Reímos enloquecidos con esa imagen. Haze. Momentos Haze.
¡Si tío! te quedas apalancado en el sofá. Todo está lejos...muy lejos...demasiado lejos. El contenido de la nevera, que ansías desesperadamente, está lejos...muy lejos. La tipa maciza a dos palmos, pero...está lejos...muy lejos...demasiado lejos...
Haze. Momentos Haze. Todo está lejos...más allá...cada vez más lejos.
Y nos chispean los ojos. Un amigo que tengo sentado al lado, me larga, en tres
minutos, un cuelgue desquiciante, del que, a los veinte segundos, ya perdí el hilo muerto de risa. Haze. Momentos Haze.
Nunca hay suficiente hierba, ese es el problema. Nuestra autosuficiencia es limitada, no cubrimos nuestras necesidades. No hay hierba. No tenemos hierba. Mi vaporizador no tiene hierba. No hay suficiente hierba, ese, ese es el problema. Haze. Momentos Haze.
Tengo que reconocer que, los populares, democráticos, como se dice ahora, y de fabricación nacional, mecheros Clíper, son una ayuda inestimable para el sufrido fumeta que, a lo largo de su humeante existencia, se las ha de ver, para alcanzar su fin -quemar una china- con todo tipo de chapuceros artilugios fabricados para tal menester.
Entre ellos, destaca, con todo esplendor, y sin competencia que valga, este popular mechero. Encendedor entrañable por su rendimiento. Su resistencia -relativa- a los recalentamientos, es algo que reconocen todos los miembros del gremio de los sufridos aficionados al cannabis. Haze. Momentos Haze.
Mi único animal, el único animal de compañía del que he sido responsable, mi animal preferido, fue un camaleón gaditano que llevaba por nombre Napoleón. Palmó en unos misteriosos experimentos clínicos, llevados a cabo por el personal de enfermería que, en aquellos momentos, momentos Haze, no pillaba absolutamente nada. Nunca hay bastante hierba. Haze. Momentos Haze.
Los mecheros circulan más rápido que sus poseedores. Haze. Un momento Haze.
Chinos rebozados en salsa agridulce. Clavo unos clavos en la pared.
Napoleón ha muerto, una víctima más de la ciencia. A mis colegas se les ha ido la pinza. Ha palmado después de una sobredosis de coramina que le pusieron tras la intervención, al sufrir una crisis postoperatoria. Porque hubo intervención quirúrgica. Un animal inofensivo y extraordinario. Un amigo, entrañable e inocente, víctima de la estupidez humana. Haze. Momentos Haze.
Nunca hay bastante hierba. No tenemos hierba.
Destellos brillantes delante de los ojos. Pequeñas burbujas transparentes explotan por miles ante un rostro atónito y divertido. Un brusco golpe de humor hace subir la atmósfera a mí alrededor. Es la fiesta. La música suena como nunca. Risas. A veces, hay hierba.
Me cuentan historias. Una mujer salta desde un balcón, se estrella contra el suelo. Explota en la acera, junto a mis pies. Haze. Momentos Haze.
Palabras, muchas palabras, salen de todas partes. Escupo palabras. Un tormentoso aluvión de palabras que no recordaba me atosiga sin remedio. Las escribo. Música y palabras. Haze. Momentos Haze.
Una historia, un cuento. Mujeres, mujeres...muchas mujeres. No hay hierba. Sólo mujeres.
Unas tetas bailan, dando saltitos, delante de mí. Unas bragas atan mis muñecas. Un dedo femenino en el recto. Un poderoso orgasmo compartido. Paz. Una dulce sonrisa, amplifica el efecto de aquellos soñadores ojos femeninos. Haze. Un polvo Haze.
No tenemos suficiente hierba. No hay hierba. Nunca hay bastante hierba.
Las luces de las farolas son brillantes y delgadísimas tiras luminosas que caen del cielo hasta rebotar en el asfalto, para, instantes después, caer sobre mí, como un felino en la noche amazónica.
La fuente espejea caprichosa, se divierte con los cambiantes reflejos de luz que, frustrados al no poder atravesar el ominoso manto de agua, hacen cabriolas en la superficie, jugando con las sombras como niños traviesos. Haze. Momentos Haze.
El brillo de la luna que transpiran unos ojos. Tus ojos guapa, tus ojos...Veo la luna en una mirada femenina, arrebatadora y fugaz que desaparece, trasmuta, en ojos de pasión animal. Los tuyos fiera, los tuyos. Haze. Un recuerdo Haze.
Falta hierba. No hay hierba...un momento Haze.
El jaguar, en la jungla, olisquea desde la rama más baja de un árbol enorme, a tres metros del suelo. Tenso, impecable, a punto de saltar sobre una presa, que
sólo es un punto luminoso en la noche del alto Amazonas. Haze. Momentos Haze.
Ansiedad. Falta de aire. Sensación de peligro. Miedo. Haze. Un problema Haze. Momentos Haze
Un comando de rinocerontes alados atacó, la pasada noche, un puesto avanzado en la frontera. Son la antesala del ejército que viene detrás. Los que nunca retroceden. Son ellos...-grita una voz aterrorizada.
No estamos preparados. Nos barrerán de un plumazo. La próxima luna seremos historia. Nuestra milenaria civilización se extinguirá de golpe, en una noche. Haze. Momentos Haze.
No hay hierba. No tenemos hierba. Nunca hay bastante hierba.
La araña se columpia en una lámpara. Me mira alucinada y ríe histéricamente
mientras comienza a tejer una red de burbujas a mí alrededor.
Un músico teclea desesperadamente su instrumento, un piano sin cuerdas, que mira a su alrededor desesperado. Mala suerte ¡jodéte piano cabrón! Te ha tocado un pianista ful. Haze. Momentos Haze.
La nevera da gritos desesperados al verse saqueada por tres frikis hambrientos. Cuando se despistan, abre rápidamente la puerta y se los traga. La nevera se carcajea flipada después de un largo y sonoro eructo.
La música, tan pronto se arrastra como da saltos, rebotando en las paredes, cada vez más alto, hasta disolverlo todo.
El halcón desaparece del cielo con una presa en las garras.
La lluvia escupe el polvo rojo del volcán a través de mis felinos ojos.
El espantapájaros fallece en mis brazos en una crisis cardiaca sin precedentes en la medicina moderna. A pesar de los esfuerzos sanitarios nada se ha podido hacer por su vida.
Bajando por el río tenemos un accidente, cometemos un error. Los rápidos -hay rápidos- nos atrapan sin remedio. Diez hombres ahogados y cuatro canoas perdidas. La aventura está gafada desde que el cabrón del jorobado se incorporó a la expedición. Lo asesinaré esta noche y arrojaré su cadáver al río. Las pirañas harán el resto.
No hay hierba. No tenemos hierba.
El humo de la sala aparece y desaparece despacio. Entre risas, nos miramos divertidos y traviesos.
Luís, abre la pequeña y redonda cajita de hojalata, saca parte de su ya escaso contenido y me lo entrega. Lo desmenuzo y lío entre lágrimas y risotadas. Haze. Un momento Haze.
Un ejército de ranas asalta nuestra mesa buscando hierba. David, las extermina a zapatazos, salpicándolo todo de ojos de ranas aplastadas, que parecen mirarnos encabronadas.
La televisión explota con gran estruendo, llevándose por delante a los tres idiotas que la miraban hipnotizados.
Muertos de risa hablamos de la Haze, de los momentos Haze, envueltos en una hilaridad contagiosa, cargados, muy cargados.
El humo, distraído, revolotea a nuestro alrededor, parece estancado en nuestra mesa. Es incapaz de expandirse más allá de nosotros.
Un reflejo en un cristal. Un cuento borracho de Haze. Un momento Haze.