miércoles, 16 de agosto de 2017

Donde da la vuelta el aire (Ámbar)

Durante el mes de marzo continuamos conversando vía chat, un hecho que me resultó un tanto insólito si lo comparó con la ocasión anterior que, poco después de su visita y tras un poema romántico -ahora estoy convencido de que cumplió la función de catalizador o actuó como desencadenante-, me envió a paseo poco más o menos.
Esta vez el asunto fue muy distinto, empezó a dejarse caer por la plaza de vez en cuando en compañía de unas amigas, allí pasaban el rato y a veces solíamos intercambiar miradas cómplices en la distancia. Un detalle que a veces me hacia me hacía sonreír por lo ingenuo y bello que era. Buscaba tenerme cerca de la única manera que le era posible. Y tengo la sospecha de que aquellas sonrisas mías más adelante llegaron a consolidar sus erróneas sospechas.
Yo trataba de no dar muestras de demasiada atención hacia ella, no tanto por mí como por Ámbar. Lo último que deseaba era que nuestra relación -fuera la que fuera- llegara a formar parte del cotilleo cotidiano de la gente que no tiene nada mejor que hacer.
“Un relato oscuro” llevaba un par de semanas en la imprenta y solíamos hablar de aquel asunto cuando conversábamos. Sobre todo del tema de la presentación del libro, cuya fecha no estaba todavía fijada, pues no sabía cuando estaría la pequeña edición en mis manos.
El libro llegó por fin el doce de abril, sin tiempo material de organizar una presentación como es debido hasta después de semana santa. No hubo más remedio que organizarla para el sábado veintidós -víspera de Sant Jordi-. No era una mala fecha, aunque a mí me habría gustado que la maldita semana santa me hubiera permitido hacerla el sábado anterior.
Cuando se lo comenté me dijo que no podría estar ese día -había pagado unas clases de artes marciales con un profesor extranjero ese mismo fin de semana- y si tenía previsto organizar alguna otra más adelante.
-No te preocupes, mis musas nunca han venido a mis presentaciones, no será nada nuevo - me parece recordar que le contesté.
Un par de días después de la presentación preguntó por cómo había ido y le envié un enlace con las fotografías del acto.
Semana y media más tarde me escribió un par de enigmáticos mensajes donde venía a decir que nunca podría estar con nadie, que siempre andaría sola o algo por el estilo. Era su manera de finalizar lo nuestro. Y al poco un mensaje que olía a paranoia a un kilómetro: “Me entristece que te lo tomes en plan personal”. Al que yo contesté: “La cuestión no es ésa para mí, la cuestión es que me afecte lo menos posible”. Un asunto -éste último- al que, como comprobaría más adelante, ella no estaba dispuesta a renunciar.
Tras mi contestación, me dijo que creía que me estaba riendo de ella, que todo era muy extraño. Aquellas palabras me reafirmaron en mi idea de que algo totalmente ajeno a mí le había sucedido y había dado pie a su cambio de actitud.
No obstante, vino al pequeño recital poético que hice en fiestas y me la tropecé alguna noche de concierto, incluso trató de decirme algo una vez que nos cruzamos, pero me desentendí con un gesto de la mano al ver su iniciativa. No estaba dispuesto a alimentar ningún mal rollo. Tiempo al tiempo.

martes, 15 de agosto de 2017

Buenos días, primavera final (Ámbar)

Cuando salí de la ducha estaba sentada en el sofá envuelta en una toalla con el marco nuevo en la mano.
-Ya ves, tenías razón, el marco ya no está vacío. Compre uno nuevo y puse la foto que me enviaste.
Me miró y sonrió débilmente, parecía cansada. Eran las once y media y estaba sin dormir, se levantó despacio, fue hasta la habitación y comenzó a vestirse. Otra vez me tocó a mí buscar sus bragas, en esta ocasión estaban entre el colchón, la pared y el canapé. Las saqué, las olí un momento y entonces volví a decir una estupidez: - Espero que sean las tuyas.
Como si por mi cama y a mi edad pudieran desfilar muchas tías. Fue tan sólo una broma. Todo un error, Ámbar sólo parecía tolerar sus propios chistes, que, dicho sea de paso y como había podido comprobar alguna vez, podían llegar a ser bastante hirientes.
La ayudé a vestirse, ponerle las bragas que yo mismo le había quitado me resultaba muy sensual, y a punto estuve de abrirle las piernas ponerme de rodillas y amorrarme otra vez a su entrepierna; pero me contuve, y apenas se lo acaricié un par de minutos. Ronroneó, me abrazó apoyando la cabeza sobre mi hombro izquierdo hasta que me detuve diciendo: -Venga, has de irte, pareces cansada. Que duermas bien.
Entre besos, fuimos hacia la puerta, y, un momento antes de abrir, metí la pata hasta el fondo cuando sin saber por qué le dije: - Bueno cariño, hasta el año que viene.
Una ironía que no se merecía -me constaba que venía cuando podía- y de la que me arrepentí en cuanto salió de mi boca, pero ya estaba dicha. Y a pesar de que me disculpé enseguida, no me la perdonaré nunca. Estás mejor calladito y comiéndole el chichi, gilipollas.
Una lástima, de nuevo me quedaría con las ganas de charlar un rato con ella. A la que vestía salía disparada de mi casa como alma que lleva el diablo, una manera de hacer que me tenía frustrado. Nunca teníamos tiempo, y yo sentía la apremiante necesidad de expresarme, de que me conociera más allá de los ratos de sexo o de mis escritos.
Volví a besarla y cerré la puerta.
Me senté en el sofá físicamente satisfecho pero muy cabreado conmigo mismo ¿Cómo has podido decirle eso? ¡Mierda! Mario, te has comportado como un imbécil.
En aquel momento un rayo de lucidez me atravesó. Tío, reacciona, ya no eres un adolescente y tu conducta... Bueno, ella no viene a ver a un niñato, espera algo más de ti. Ya deberías saberlo.

domingo, 13 de agosto de 2017

Buenos días, primavera 3 (Ámbar)

Fueron treinta minutos de verdadera entrega por mi parte, le puse pasión, amor y experiencia y ella gemía y gemía, pero no acababa de llegar al final, por lo visto no era capaz de relajarse del todo; y supuse que quizá la avergonzaba la posibilidad de mojarme la jeta, una cuestión que a mí me preocupaba muy poco.
Entonces saqué el rostro de entre sus piernas y le dije que íbamos a probar otra cosa: Le haría el masajito con final feliz que la hizo correrse la mar de a gusto la última vez. Pero se negó en redondo, entonces fue cuando tuve la certeza de que el asunto del plástico la había molestado de algún modo.
Me tumbé a su lado sin saber qué hacer a continuación. Es difícil cogerle el punto a una mujer con la que follas poco, tan de tarde en tarde y que no dice ni pío sobre sus gustos y apetencias. Me puse a sobarle delicadamente las tetas, a chuparle y darles mordisquitos a sus tímidos pezones. Apretaba un poco un pezón con los dientes y luego levantaba la cabeza y buscaba ferozmente su boca y nos besábamos.
Llegó un momento que ella tomó la iniciativa, se fue hacía los pies de la cama y cuando llegó a la altura de mis caderas me cogió la polla suavemente, se la metió en la boca y comenzó a chuparla con una calidez y suavidad llenas de sensualidad. De vez en cuando levantaba la vista y me miraba, parecía gustarle encontrarme siempre mirándola.
-Eso es, cométela toda mi amor. Así, vida mía, chupála. Sacámelo todo cariño -le iba diciendo una y otra vez al darme cuenta de que la escitaban mis palabras.
Comenzó a aumentar el ritmo y yo a decirle cochinadas mientras miraba como mi polla entraba y salía de su boca cada vez un poco más dura. Le pedí que se pusiera a un costado para poder acariciarle el coño mientras lo hacía, pero negó con la cabeza sin sacarse el nabo de la boca.
Arriba, abajo, arriba, abajo, un vistazo hacía mi rostro y otra vez toda para adentro. Empezó a frotarla con la mano derecha al tiempo que entraba y salía de su boca, una boca cada vez más golosa y excitada. De vez en cuando aleteaba la lengua alrededor del glande unos segundos sin dejar de masturbarme, y otra vez para dentro, arriba, abajo...
-Amor mío, póntela cerca de las tetas, sigue con la mano y mírame, mírame hasta que me corra...
-¿Te ha gustado? -preguntó, después de mirarse un segundo las tetas salpicadas de semen.
- Anda cariño, ven y échate encima mío.

viernes, 11 de agosto de 2017

Buenos días, primavera 2 (Ámbar)

La miré -sonreía maliciosamente-, se lo miré, di unas cuantas caladas, le pasé el canuto y al instante siguiente estaba amorrado entre sus piernas de mala manera. Acomodó su postura para facilitarme el trabajo, se relajó, dio un largo suspiro y se dispuso a terminarse el porrito la mar de a gusto con mis labios pegados a su dulce chirla como un piojo a una costura.
Fueron unos minutos febriles y gloriosos, donde, entre sus cortos y discretos gemidos de placer, me bebí ávidamente todos los jugos que tuvo a bien ofrecerme aquel perfumado y generoso manantial de amor adolescente hasta que los músculos de mi cuello comenzaron a resentirse. Era el momento de cambiar de escenario, y nos metimos en los claroscuros artificiales de mi pequeña habitación con la saludable intención de no dejar aquella delicada tarea sin acabar.
Saqué el plástico que había comprado exprofeso unos meses antes por si se le antojaba hacerme una visita. La idea era que se sintiese más cómoda teniendo la seguridad de que no mojaría la ropa de cama si se le escapaba el punto en su mejor momento. Pero, mientras lo disponía sobre la bajera la miré de reojo, y tuve la sensación de que acababa de meter la pata.
Entonces creí que no era el momento adecuado para contarle una experiencia personal con una tía a la que solía sucederle a menudo, pero ahora, con tiempo y la cabeza fría sí puedo hacerlo:

A Laura la conocí un viernes de finales de junio del noventa y tres en un bar del centro donde la peña solía ir a pillar farlopa los fines de semana. El tipo que ella iba a ver era amigo mío y trabamos conversación durante la inevitable espera que suelen acarrear estos asuntos.
Yo no estaba allí por pillar nada, acababa de atisbar las primeras luces en el horizonte tras una larga y profunda depresión, y mi colega, con buen criterio, me comía el coco para que me fuera de marcha con él casi todos los viernes. Y eso solíamos hacer una vez acabado el reparto que se traía entre manos en aquel garito todos los viernes de ocho a diez.
Laura tenía veintiocho años, era secretaria de dirección de una empresa de mediano tamaño radicada en el Vallés y solía meterse un tiros casi todos los fines de semana; vivía con unas amigas en un piso del Guinardó, pero se sentía sola.
Durante la larga espera -aquel día mi amigo tuvo un problema a última hora en el curro que lo hizo retrasarse- me contó que tenía un carácter un tanto especial y debido a ello los ligues no solían durarle demasiado.
Por resumir: Llegó mi amigo, me fui con ella, pasó por su casa a recoger unas prendas -supuse que armas de mujer- mientras yo la esperaba en el coche muerto de impaciencia. Hecho el recado pasamos por un sitio de comida para llevar, compró la cena y, ahora sí, fuimos derechos como un tiro hasta mi casa.
Cuando la situación se calentó lo suficiente me explicó tranquilamente lo que pasaba, siempre llevaba un plastiquito a sus citas románticas. Dispusimos un colchón de playa doble en el suelo del salón, el plástico encima, y, sobre éste, una vieja sábana.
Fue un verano cojonudo y, todavía hoy, la recuerdo lleno de excitación: Desnuda y montada sobre mí dando pequeños gritos al tiempo que me inundaba una cálida y sensual lluvia dorada, ahí era cuando solía estallar yo.
Aquel rollo me hizo olvidar algunas penas y me tuvo tope de cachondo durante todo el verano.


A veces las mejores intenciones acaban envueltas en un halo de fatalidad y, aunque entonces todavía lo ignoraba, ésta fue una de ellas. Dio alas a sus inseguridades y acabó por complicar una situación ya de por sí bastante complicada.
Pero no adelantemos acontecimientos, de momento allí estaba otra vez, arrodillado junto a los pies de la cama delante de sus piernas abiertas con el fervor de un creyente que rinde culto a su creador.

jueves, 10 de agosto de 2017

Buenos días, primavera 1 (Ámbar)

El día anterior, vía chat, me advirtió de que quizá vendría, pero no la creí y me despedí con un lacónico “hasta otra”. Pero allí estaba en nuevo. Venía de empalmada y había dejado a sus amigas durmiendo en casa de alguna de ellas, desde luego no era la mejor manera de venir, seguro que estaría agotada y las cosas tendrían un cariz muy diferente a tenerla descansada y con ganas de lío.
Estaba muy cambiada, se la veía más mujer, y el lejano fantasma de sus dieciséis era como una vieja historia donde el inexorable paso del tiempo, atendiendo a una de sus inevitables funciones, me la devolvía un poco más madura; fue entonces cuando tuve la extraña y desconcertante sensación que de la chica que me visitó el año pasado apenas quedada ningún rastro.
Había ganado algo de peso -sólo hizo falta echarle el primer vistazo a sus tetas para darse cuenta- y cometí el error de decírselo, aunque un poco después le comenté lo desafortunado de mis palabras. No es precisamente el mejor momento para hacerle a una chica semejante comentario. No sería el único error que cometería aquella tórrida mañana de finales de invierno.
Tardamos un suspiro y dos apretones en estar manoseándonos bajo los vivos colores de mi nórdico nuevo. Y ahora, echando la vista atrás desde mi soledad, he recordado aquellos mágicos primeros minutos de intimidad tan vivídamente que me he estremecido. Esos ávidos minutos de reencuentro donde manos, besos y piel, se buscan desesperadamente y son los primeros en reconocerse y en tratar de descargar el inquietante peso del lacerante vacío acumulado tras una larga ausencia.
- Tienes un coñito precioso -le dije, después de chupar el par de dedos que le había metido  bruscamente con un enérgico vaivén que pretendía despertar sus fluidos más íntimos sin apenas preliminares-. Quería averiguar si le iba un poco de caña, y me pareció que sí; gimió un poquito y su sexo se inundó en unos segundos. El sabor de su cuerpo me dejó transido, tanto, que salí de la cama y tuve que sentarme en el sofá a fumar un cigarrillo para recuperarme de la impresión.
Al cruzar la puerta de la habitación volví la cabeza para mirarla. Allí estaba, bien tapadita con el nórdico, mirándome con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos brillando como luciérnagas.
Aquel intenso y agradable impacto acabó por levantarme dolor de cabeza y tuve que tirar de paracetamol y hacer un poco de tiempo fumándome un porrito. A los dos minutos, había salido de la cama, puesto la camiseta naranja y sentado frente a mí en el sofá enseñándome descaradamente su hermoso y rasuradito coño.

martes, 8 de agosto de 2017

Buenos días, primavera (Ámbar)

Al fin sucedió lo inesperado, un sábado de principios de marzo, a las ocho y media, Ámbar llamó a mi puerta; y por fin, después de tanto tiempo, pudimos abrazarnos de nuevo. Fue un abrazo intenso, de amantes que se reencuentran después de una larguísima ausencia.
Venía con pantalones negros, una camiseta anaranjada y una holgada, vieja y raída chupa de cuero negro que debía tener el doble de años que ella. Miró hacia el perchero, todos los ganchos estaban llenos; pero esta vez no me lanzó una mirada interrogante, se la quitó y la colgó sobre las prendas que ocupaban uno de los ganchos.
El corazón comenzó a golpearme el pecho y la besé desesperado, como un amante temeroso de que aquel glorioso instante sólo fuera uno más de sus tórridos sueños y Ámbar pudiera desaparecer en cualquier momento, dejándome el anhelante vacío de un sueño apasionado y cruel que te despierta cuando empiezan las escenas más esperadas.
Seguramente viene a por la comida de chichi -full equip- prometida, me dije al tiempo que mis ojos la iban recorriendo ávidamente. Traía el pelo como más me gustaba, largo, suelto y ligeramente ondulado. Cada vez que movía la cabeza su melena dibujaba las plácidas olas de un mar oscuro mecido por la suave brisa de la mañana.
Hablamos entre besos, odio los malentendidos y no quería tenerlos presentes mientras nos amábamos, y tanto tiempo de charla por el chat puede dar para muchos. Lo cierto es que no quería comérselo con resquemores en el corazón, quería dejarme el alma entre sus piernas y que su sexo se diera perfecta cuenta de ello; soy de los que piensan que el sexo femenino es una vía de acceso, no sólo a la pasión, sino también al conocimiento.
Necesitaba darle todo el amor acumulado durante su ausencia, el pedazo de mi corazón que le pertenecía, ese espacio palpitante y umbrío que, desde el día en que nos conocimos, ya no he podido entregar a ninguna otra; es de Ámbar.
Traía un sujetador negro calado y forrado de blanco por dentro y unas braguitas negras con volantitos muy sexis. Una ropa interior menos juvenil pero igual de subyugante, todo un robasueños, o un despampanante quitapenas, según estuviera ausente o presente.
Sentirla temblar entre besos y preguntas o mientras la ayudaba a quitarse la ropa y me mostraba sus altivas tetas mirándome sonriente a los ojos con la duda de si me iba a gustar el piercing que adornaba su pezón izquierdo fue maravilloso, mejor que un orgasmo.

martes, 1 de agosto de 2017

En la red 8 (Ámbar)

A finales de febrero la redacción del segundo relato erótico marchaba con fluidez y la comunicación con ella también, estaba mucho más cómoda y abierta; reía sin tratar de buscarle segundas intenciones a una broma y se soltaba con mucha facilidad a la hora de hablar de sí misma, como si la recurrente idea de que nuestra relación sólo era una larga burla por mi parte nunca hubiera existido. Este cambio fue de menos a más y dio pie a algunas confidencias de las que nunca pensé que fuera capaz.
Hablaba a veces de la posibilidad de subir a verme, pero llevaba mucho tiempo sin hacerlo y no era la primera vez que dejaba caer el tema, por lo que, en lo relativo a ese asunto, yo solía poner entre comillas sus palabras para evitarme frustraciones innecesarias.
En aquel momento bastante tenía ya con la atmósfera creada con la redacción del cuento que tenía entre manos como para meterle más voltaje a mi, entonces, calenturienta existencia; pero lo cierto es que estaba muy afable, cariñosa incluso. Quizá se debía a que estaba leyendo los fragmentos del relato que yo iba colgando poco a poco en el blog, pero eso sería atribuirme un mérito que no creo merecerme; y lo más probable es que su actitud se debiera a la proximidad del cambio de estación, la primavera estaba a la vuelta de la esquina. Aún así, recuerdo que le dije: - Cariño, como se te ocurra dejarte caer por aquí pienso hacerte una comida de chichi que no vas a olvidar en tu puñetera vida-. Y ella respondió al instante: - Ya me gustaría.
El equipamiento de Ámbar dispone de bastantes extras, y, sin duda alguna, aquel chochete rasuradito cargado de aromas juveniles es uno de los mejores; y merece, por derecho propio, las más cariñosas y efusivas atenciones que un servidor es capaz de proporcionarle.
Arrodillarme delante de sus piernas abiertas es un gozoso, apasionado y húmedo tributo a su belleza y juventud que estaba dispuesto a sufragar tantas veces como hiciera falta. 

lunes, 31 de julio de 2017

En la red 7 (Ámbar)

Aquellos días tuvieron un ritmo fuera de lo habitual. Trabajaba a impulsos, pues quería que la necesidad de expresar lo que sentía fuera el eje fundamental de aquel relato, por consiguiente, aquella manera de proceder condicionó su contenido y me dio la oportunidad de alternar escenas íntimas con una mirada retrospectiva a nuestra relación que puso de manifiesto la enorme cantidad de tiempo invertido en intentar desentrañar el enigma de Ámbar.
Conseguir que una mujer se quite las bragas es relativamente fácil si lo comparamos con la tarea de desnudar su corazón, una hazaña que casi nunca se consigue, y en este caso no iba a ser diferente. Mis intentos de aproximación en este terreno se saldaron con un estrepitoso fracaso, pues no conseguí pasar del primer escalón, ese donde están sus gustos y preferencias más mundanas. A partir de ahí, el muro que Ámbar había dispuesto para un entrometido como yo, y creo que para todos, era infranqueable; una barrera inexpugnable donde fueron chocando una y otra vez todas mis tentativas de saber quién era en realidad aquella jovencísima mujer tan llena de silencios y aspavientos que de tanto en tanto se metía en mi cama.
Conocía su música preferida, el puesto donde vendían las palomitas que más le gustaban, su pasión por el chocolate, su dedicación a las artes marciales, su ilusión por cantar etc., pero me fue imposible pasar de esa pantalla.
Una densa telaraña tejida alrededor de lo más significativo de su dolorosa vida me hizo imposible ir más allá, pues a partir de ese punto ella cambiaba de conversación o desplegaba un lenguaje que parecía buscar la confrontación con un dulce método que a veces me recordaba, salvando algunas distancias, el clásico y provocador rollo pasivo-agresivo de quien no se atreve a utilizar la violencia pero la anda buscando sin darse cuenta. Pero me movía en el terreno de las hipótesis y puede que todo aquello no fueran más que elucubraciones sin sentido de quien ya no sabe a qué atenerse, y sé por experiencia que tratar de penetrar en los laberintos de la sinrazón de otro podía tener consecuencias poco deseables para uno mismo, además de ser completamente inútil.
Quizá, lo más significativo que se podía ver o entrever a través de aquella oscura y evasiva maraña en la que solía envolverse, era la la necesidad de cariño y pasión que su manera de ser le hurtaba. Ése era el impulso supremo no satisfecho que, un día la empujó a subir la cuesta de la calle Almansa y la trajo hasta mi puerta.

domingo, 30 de julio de 2017

En la red 6 (Ámbar)


Terminado “Sweet Jane” me tomé unos días de relax con la esperanza de mitigar el calentón que me había provocado. Nada de escribir. Caminar, fumar, pensar,  tomar copas... Tenía otro relato erótico por delante y era mucho mejor tomárselo con calma.
Seguíamos charlando de vez en cuando y sin un texto delante de las narices que me distrajera podía poner toda mi atención en la charla. A veces notaba cierto escepticismo en mis palabras, entonces se reivindicaba. “No soy ninguna broma” solía decirme un poco amoscada, y estoy convencido que hablaba en serio, sentía lo que decía.
Un día, reflexionando sobre aquel asunto lo vi claro como el agua. ¡Vaya, así es como lo hace! Resumiendo: A veces, supongo que cuando se sentía profundamente triste, intentaba generarte expectativas con ella para después hundírtelas; y parecía disfrutar con ello. Triste yo, tristes todos.

Desde luego no era una conducta consciente -se parecía más a la puesta en marcha de algún tipo de mecanismo de defensa capaz de activarse de forma autónoma-, pero era real y destructiva. La vida también puede ser una canción triste y decadente, pero no se hacia ningún favor.
Me habría gustado, en una de esas ocasiones, llevarla al cementerio de Sant Andreu, ponerla delante de cualquier lápida y decirle: Amor mio, ésto es lo que suele hacer la vida con los chicos malos.
Otras veces estaba luminosa, se podía intuir entre aquellas líneas llenas de vitalidad, de sueños y esperanzas. Preguntaba y preguntaba, y yo le hacia versos y contestaba y contestaba.
Ámbar es todo un bichito, un bichito encantador; y cuanto antes tomara cartas en el asunto y se trabajase aquel endiablado problema mucho mejor le iría en el futuro.
Sí había algo que realmente me llegó a molestar, fue su insistencia en que me la tomaba a broma, podría haberle dicho, como hizo ella ante mis reticencias a verla a solas por razones debidas a su edad: “Tendrás que confiar en mi”; pero no lo había hecho, por eso lo hago ahora.
A finales de enero comencé a escribir “Good morning little schoogirl”, un apasionado encuentro mañanero en el que, sin darme cuenta, me recreé. Me gustaba avanzar muy despacio para poder imaginarla más y más tiempo tumbadita en mi sofá encendida de amor, con un poquito de lencería y sus perfumados pechos en flor apuntándome sin compasión.
Durante mis frecuentes pausas, marchaba de casa con la apremiante necesidad de oxigenarme; y a mi regreso después de unas horas, generalmente fumado, ella seguía allí. El timbre de su voz, su recurrente imagen, su ausencia; y, como si fuera un encantamiento, el fresco y embriagador aroma de sus bragas siempre flotando en el ambiente.

sábado, 29 de julio de 2017

En la red 5 (Ámbar)

A mediados de diciembre, con el ecológico propósito de no encender la calefacción, empecé con los relatos más íntimos; durante unos días funcionó, pero con el paso del tiempo no hubo más remedio que claudicar.
Cuando empecé a colgar fragmentos de mi “Sweet Jane” en el blog nuestras charlas comenzaron a ser más largas y frecuentes, adoptando un tono mucho más cálido y un contenido bastante sugerente.
Me contó que una noche pasó por delante de mi portal y estuvo tentada de llamar, pero no se atrevió. Le contesté que podía llamar a mi puerta a cualquier hora, pero porque era ella, no es que estuviera de oferta, o algo parecido.

No contaba con volver a verla, y con aquellos relatos tan íntimos y sensuales pretendía recrear unas hechizantes horas de amor a contracorriente ancladas firmemente a mi memoria. Joven, bella, sensual, en definitiva, irresistible.
Entonces pensaba, ingenuo de mi, que quizá poniéndola sobre un papel dejaría de estar presente en mis sueños. No funcionó como esperaba, tuvo un efecto rebote y la testosterona se me puso por las nubes. ¡Mierda, mierda, mierda! ¿Dónde está mi dulce Jane?

Un domingo, mientras charlábamos por el chat se me cruzaron los cables y decidí improvisarle un cuento porno. Apenas tardó dos minutos en preguntar: - ¿Es que quieres ponerme cachonda?
- Sí -le contesté.
Terminado el corto y chispeante relato se hizo un pequeño silencio, y a continuación escribió: -Quizá cuando menos te lo esperes suba a verte.
- Pues será mejor que no tardes mucho, empiezo a tener una edad -le respondí, después de un largo y refrigerante trago de cerveza.

Pasadas las fiestas navideñas tuve noticias de mi novela, a última hora, con la portada ya diseñada, no la iban a publicar. Al parecer no encajaba dentro de la línea de historias canallas que buscaban.
Tardé treinta segundos en tomar una decisión: la editaría yo mismo, como había hecho siempre. No hubo más remedio que dedicar parte de mi tiempo a buscar quien la corrigiera, quien diseñara la portada y a un maquetador que le diera el formato adecuado, además, a propuesta de un amigo tomé la determinante decisión de cambiarle el nombre; se acabó llamando “Un relato oscuro”. Los malditos monos de la sierra de Béjar pasaron a un segundo plano.
Hablé con ella de aquel tema, parecía francamente interesada en las tribulaciones por las que atravesaba mi oscura y pequeña obra. Supongo que todo aquel asunto era un mundo desconocido para Ámbar y llamó su atención. Fueron unos cuantos días alejado del universo narrativo en el que, prácticamente, llevaba viviendo desde hacia meses; pero no de ella, pues preguntaba frecuentemente por aquel tema que me tuvo en vilo hasta que conseguí tenerlo todo bien atado.

jueves, 27 de julio de 2017

En la red 4 (Ámbar)

En noviembre estaba animado y ocurrente, la narración volvió a coger vigor y comencé a escribir casi todos los días. Quería hacer un trabajo que estuviera a la altura de las excepcionales circunstancias que ella me había proporcionado.
Y no sé por qué, acabé seleccionando la banda sonora de “Ruido de fondo” y la añadí a la lista de reproducción del Winamp, por lo que deduje que todo marcharía bien y acabaría resolviendo cualquier problema que se me presentara.
De ninguna manera estaba dispuesto a dejar que la atmósfera sombría del entonces pequeño y fatal universo de Ámbar acabase por devorarme el ánimo; y nada mejor que aquella banda sonora, concebida a base de coraje y pensada como un largo mantra emocional con la intención de evitar que un vórtice de desesperación acabara con lo poco que quedaba de mi cuando la elaboré; y mi cuerpo terminara por dejarse caer desde lo más alto de un puente. Todavía retengo en la memoria la aterradora imagen de aquel cadáver inerte y sanguinoliento hecho trizas contra el asfalto de la autopista de la costa.
Me fui a ver el mar, ese espacio infinito rebosante de preguntas sin respuesta, como entonces, sólo que esta vez iba sereno y decidido; y mi pequeña libreta roja era otra, y  los ojos que parecían ocupar todo el horizonte, esta vez eran los de una bella jovencita triste y desolada.
En aquel momento sentí la urgente necesidad de contarle algunas cosas, pero no estaba; nunca pasearía con ella por la playa, ni nos sentaríamos en un espigón a contemplar la furia del mar estrellándose contra la costa.
Esta vez no hizo falta tomar notas, las cosas eran como eran y yo nada más que un hombre, un hombre que no podía cambiar ningún destino; salvo quizá tener la oportunidad de intentar pulir alguna arista del suyo.
El viento se puso duro en cuestión de segundos y una ola de más tres metros golpeó con fuerza contra las rocas. Me dejó chorreando y se me hubiera llevado por delante de no ser porque el pequeño muro que circunvala todo el perímetro del espigón se lo impidió. Quizá fue su manera de darme una respuesta. Ni se te ocurra despistarte, pamplinas.
El baño de agua fría me provocó un intenso escalofrío, y, chorreando como estaba, me eche a reír como un poseso durante algunos minutos.
Cuando recuperé el resuello, dije en voz alta como si hubiera un interlocutor emboscado en algún sitio: -Qué hijoputa eres, cabrón. Llevas tragándote todas las tragedias y todos los rollos patateros de la humanidad desde que el mundo es mundo y aquí sigues, tan campante.
Por una vez, sentí que había obtenido una buena respuesta.

 - Tío, por mi madre que esto último, pues no sé, atufa a melodrama culébronico que no veas.
- O a fragmento de cuento de hadas postmoderno perdido en el sentido de otra historia, nunca se sabe...
- ¿No echas de menos la pantalla de “La oruga”?
- ¿A ti qué te parece? Se piró de madrugada, dejando tirado a todo su hardware periférico; así, en plan fulana.

miércoles, 26 de julio de 2017

En la red 3 (Ámbar)

Fue por aquellas fechas cuando llevé mi novelita a unos amigos que tienen una pequeña y valiente editorial, necesitaba publicar aquella delirante historia salpicada de recuerdos oscuros de mis años más duros y solitarios -aquel tiempo fantasmal cargado de heroína y desesperanza- a solas con mis libros y mi omnipresente paquete de Ducados, esperando una muerte anunciada a los cuatro vientos en todos los medios de comunicación.
De momento no podía hacer nada más al respecto, y la alargada sombra de Ámbar se proyectó de nuevo en toda su magnitud en cuanto solventé el que entonces creía que sería el último trámite de mi descabalada historia.
Nuestra comunicación había mejorado bastante con el paso del tiempo. Yo era cuidadoso con las palabras y me pareció que ella era más franca, pues de tanto en tanto me hacía alguna confidencia que denotaba un cambio sustancial en su manera de entender nuestra pintoresca relación.
A veces le improvisaba algunos poemas -he de confesar que, salvo alguna excepción, no demasiado buenos- mientras conversábamos. No podía evitarlo, salían solos en cuanto imaginaba sus deslumbrantes ojos pegaditos al móvil a la espera del próximo verso.
Gracias a mi puñetera manía de tomar notas descubrí lo que podríamos llamar un hecho revelador en su manera de proceder. Un día, al repasar mis notas, encontré una incongruencia, al principio pensé que debía ser un error mío y para corroborarlo me vi en la necesidad de consultar nuestras charlas. Me quedé flipado con aquel hallazgo, al parecer habían desaparecido fragmentos enteros de algunas de ellas. Estaba intrigadísimo, yo desde luego no las había borrado y fueron conversaciones a dos, no quedaba nadie más que ella, ¿a qué se debía?, ¿qué había detrás de aquel gesto?
Gracias a la memoria que tengo para lo que realmente me interesa y a mis prolijas notas pude reconstruir algunas de ellas. No fui capaz de encontrar un porqué ni un para qué, eran bastante corrientes; ni siquiera borró las de contenido erótico-pornográfico -aquellas anhelantes palabras tan subidas de tono que, invariablemente, cuando la conversación era lo suficientemente larga acababan saliendo sin que me diera cuenta- supongo que la ponían, o al menos eso espero.
Pregunté, por supuesto que pregunté, pero como lo suele hacer ella, de perfil. Me hice el tonto y pregunté como si aquella herramienta de comunicación fuera chino para mi. La muy taimada se hizo la sueca, fue buenísimo.

lunes, 24 de julio de 2017

En la red 2 (Ámbar)

Andando el tiempo mi libretita de notas se fue llenando y llenando, acumulaba información  sin método alguno y era consciente de lo poco que me cundía; no había más que ver los resultados. Estaba en un punto muerto, su ausencia me había dejado seco, seco del todo.
No escribía nada nuevo, al menos nada consistente.
El otoño se desplegó gris para Ámbar, que parecía estar pasando una mala racha. No es que en aquel momento conversáramos mucho, pero se dejaba entrever en las breves y poco frecuentes charlas que manteníamos.
Entonces decidí que cada mañana, cuando despertara, tendría una canción en la ventana del chat. Fue todo un éxito, no en vano la música era una de las pocas pasiones que compartíamos; y material no iba faltar, después de veinte años de radio uno está mas bien surtido. Una canción y un comentario positivo, con la intención de paliar la soledad y la tristeza que se desprendían de sus lacónicos y negativos mensajes de texto.
Su mundo parecía haberse empequeñecido drásticamente después del verano. Y mi menda, para no contagiarse demasiado de aquel mundo oscuro y sin esperanza que la embargaba, de vez en cuando la miraba como a un personaje; entonces sonreía y pensaba “vaya con la niña, está de miedo; y no veas el tirón que tiene, sería capaz de patear cien kilómetros con tal de comerle el coño otra vez”.
He de confesar que aquel otoño, ante el estancamiento creativo y emocional, no se me ocurrió otra cosa que ponerme a estudiar los textos de “Unos días de febrero”. Buscaba algo, pero no sabía qué y estaba convencido de que la clave estaba incrustada allí, quizá entre líneas, más allá de las palabras. No sé si encontré lo que buscaba, pero me sirvió para corregir o matizar algunos pasajes.

­-Si lo matizas tanto se va a quedar en ná.

Mi Pepito Grillo particular es una especie de enterao de corte barriobajero, pero esta vez tenía razón, por ese camino acabaría convirtiéndose en un trabajo ramplón que no interesaría a nadie; así que después de un par de semanas lo dejé, es importante saber cuando hay que dejarlo.
Lo cierto es que el ritmo de aquella relación no podía ser otro mas que el de su voluntad o su capricho; pero el que yo deseaba no era mucho mejor: Encerrarme con ella y estar follando a toda pastilla hasta que me diera un infarto y a tomar por culo todo. En fin, peores maneras de diñarla hay.

domingo, 23 de julio de 2017

En la red 1 (Ámbar)

A principios de septiembre podríamos decir que comenzó mi segunda temporada con Ámbar. Me pilló haciendo cola en el registro con mi nueva novelita a cuestas, y poco después de haberla registrado tomando una cerveza en una terraza próxima al edificio de La Campana . “Jamón de mono” era ya historia, y lo estaba celebrando conmigo mismo. Y hubiera dado cualquier cosa por tenerla sentada al lado.
¡Tanto por escribir y ella tan lejos!
Empezamos a chatear con cierta asiduidad ese mes, lo recuerdo como si fuera ayer; sobre todo los domingos, y poco a poco nos fuimos soltando, adquiriendo cierta familiaridad o costumbre, pero sin llegar a tenernos verdadera confianza. Lo pasaba bien, estaba en mi salsa, lo mío son las palabras; y, en segundo plano, al tiempo que conversábamos, iba tomando notas mentales que una vez terminada la conversación solía poner por escrito.
Y por fin, a mediados de mes, pasó por la plaza a buscar su regalo. Le pedí quince o veinte minutos de charla y me los concedió; y sonreía con cierta malicia al ver que yo consultaba el reloj a cada momento. Tenía muy poco tiempo y mucho que decirle cara a cara y no era cuestión de dejarse nada.
El último ejemplar de “Ruido de fondo”, que para entonces ya empezaba a tener aspecto de huerfanito desamparado, después de su incierta y larga espera encontró el mejor de los destinos: los radiantes ojos de Ámbar.
Y ahora, recordando aquella breve entrevista me he dado cuenta de que fue extraordinaria. De todo el tiempo que hemos pasado juntos, es el rato más largo que ha estado vestida. Casi todo en tiempo restante lo pasamos conmigo desnudo y ella en el mismo plan o con un poquito -muy poquito- de lencería.
Fue a finales de mes cuando comenzaron los problemas con el texto, debía ser fresco, pasional, dinámico, preciso y divertido; aquellos requisitos chocaron con mis temores nada más empezar y llegaron a ser una constante durante los largos meses que tardé en escribir “Unos días de febrero”, esas parcas veintitrés páginas tan llenas de mi.
A veces me lo miro y me digo: Parece un selfie de esos. Un autorretrato donde un cuentista inmerso en frescura, belleza y vida, trata de superar sus propios prejuicios a la hora de expresarse con entera libertad y a sus temores a que ella, el día que se levantara con el pie cambiado, malinterpretara toda la historia.
Cada vez que aquel problema me paralizaba durante unos días acababa diciéndome lo mismo: Se sincero y escribe desde el corazón, tarde o temprano acabará por entenderlo.

sábado, 22 de julio de 2017

En la red (Ámbar)

En verano llegó su cumpleaños, y aproveché que durante una de mis búsquedas en el viejo armario que no abro casi nunca –pues allí suelen ir a parar desde la ropa que casi nunca me pongo hasta los botes de maría vacíos o de reserva, pasando por trastos varios que me da grima tirar, algunas revistas viejas y material informático obsoleto- mientras apartaba algunos cachivaches polvorientos que iban a ir derechos al container, apareció como por ensalmo un ejemplar de “Ruido de fondo” del que ignoraba su existencia. Era el último ejemplar y pensé que nadie mejor que ella para tenerlo, así que se lo dediqué y firmé sabiendo que era bastante improbable que llegase a sus manos. No sería el primer ejemplar de aquel libro en ser rechazado. La musa protagonista de aquella historia hizo lo propio –todavía hoy me odia las tripas–, no tanto por el libro como por mi renuncia a iniciar una relación con ella.
Abrí la carpeta de Ámbar y comencé a ordenar mis notas y a escribir sobre el borrador de “Well meet Again” durante el mes de agosto. Me lo pasé sudando a mares delante del ordenador y con mi Pepito Grillo particular dándome la vara a todas horas:

—Eres gilipollas. Tú aquí, sudando como un hijoputa, para que luego ella pueda entretenerse un rato leyéndolo mientras se refresca el chichi sentadita en el bidet.
—No me seas garrulo. Es toda una musa: bella, inalcanzable y misteriosa.
—Ya. Tú lo que quieres es volver a estar con ella, que aquí nos conocemos todos.
—Por supuesto. Quiero que me lea y vuelva. Que se me calce bien calzado, que falta me hace ¿Pasa algo?
—Que no deberías. Podrías salir malparado y tías hay a montones.
—Desde luego, pero no son como ella.


Chateábamos muy poco, y algunas veces, cuando mi silencio se alargaba mucho, ella solía escribir preguntando: —¿Cómo va todo? Hace mucho tiempo que no sé nada de ti.
—Escribiendo ¿Y tú qué tal? –respondía yo, tope de contento. 
Otras veces era mi menda quien rompía aquel silencio. Y quiero creer que le gustaba saberse deseada y echada de menos.
Agosto se fue disipando conmigo delante del ordenador tratando de componer una estructura narrativa o saltando alegremente de un texto a otro, pues tenía varios relatos abiertos, según me pudiese más el calentón o la ausencia.

domingo, 16 de julio de 2017

Oral

Le procuré una comida de chichi de las que facturo cuando quiero que una mujer me coja cariño de verdad.

viernes, 14 de julio de 2017

Bajo una sombra de mi espejo (final)

En cambio, el problema de la distancia física se resolvió solo, o mejor, lo resolvió ella, porque unas cuantas semanas después del número del noviete panoli, empezó a dejarse caer por la plaza en compañía de un par de amigas; y de vez en cuando, al abrigo del anonimato que nos proporcionaba la multitud, intercambiábamos unas palabras o algunas miradas cómplices. Todo era furtivo, culpable, irresistible.

jueves, 13 de julio de 2017

Bajo una sombra de mi espejo 2


El primer problema con el que me tropecé cuando acometí la tarea fue mi desconocimiento absoluto de los parámetros culturales en que navegan las chicas de su edad y la lejanía física y emocional entre mi musa y yo. No podía tirar exclusivamente de memoria y dejar que mi calenturienta imaginación llenara el resto.

Necesitas más información, y con Ámbar mejor guardarse bien las espaldas, ese angelito es una máquina de matar y no se fía ni de su sombra; así que estáte al loro y procura no cagarla. No vayas a perder los huevos de una patada un día de éstos, me dije mientras seleccionaba los temas y los iba añadiendo a la lista de reproducción. 

Después de darle al play me preparé un medio de whisky, terminé de llenar el vaso con agua fría, me senté en el sofá, me lié un porrito, lo encendí y solté un suspiro hondo.
La pequeña libretita roja que me iba a acompañar por la jungla en la que había desembarcado ya tenía nombre y descansaba después de un buen trote junto al cenicero, donde unas cuantas colillas, sin duda las más espabiladas, se peleaban por ser las primeras en saltar por la borda de un barco a punto de irse a pique.

Llevas cuatro horas aquí y has fumado un montón. Deja ya de darle vueltas, tendrás que chatear con ella, no hay otra manera; y acabarás envenenado por el recuerdo de su piel, tratándose de ti no hay más remedio.

Chatear no me convencía porque durante una de las primeras conversaciones que mantuvimos me vino a la mente una imagen realmente macabra: Estaba de pie con un madero a cada costado, delante de una jueza de mediana edad con cara de malfollada que iba repasando nuestras conversaciones en el móvil de Ámbar mientras me acribillaba a preguntas y movía la cabeza de un lado a otro, hasta que, con un gesto de condena inapelable, levantaba los ojos del teléfono y me dedicaba una escalofriante mirada de odio que me ponía los pelos de punta.
Tenía por delante una ardua tarea, porque, al margen de mis temores, Ámbar era una chica muy sensible y se aferraba a su soledad como un borracho se aferra a la barra de un bar, como si fuera una trinchera.

martes, 11 de julio de 2017

Bajo una sombra de mi espejo 1

Desde mi punto de vista, el numerito del casal no era más que una chiquillada propia de su edad, pero estoy convencido de que para ella debía tener otro significado, y seguramente, para un chaval de su edad también lo hubiera tenido. Y me puse a especular sobre la cuestión: ¿Intento de puteo puro y simple? ¿Una manera de tratar de herirme porque le gusto y se me había entregado? ¿O era sólo un gesto automático de su personalidad para marcar distancias debido a su falta de interés o de habilidad para las relaciones sociales? 
Fui sopesando todas las posibilidades que se me fueron ocurriendo para justificar aquel acto pueril e innecesario del que nadie iba a sacar ningún provecho, ni siquiera ella misma; pues, aunque ella lo ignorara aún, lo que creemos estar haciendo a otros en realidad nos lo hacemos a nosotros mismos.
Sea como fuere, me constaba que sufría y que a veces se sentía profundamente desgraciada. El mundo, más allá de su pequeña habitación y unos pocos espacios conocidos desde mucho tiempo atrás, era demasiado para ella; y yo formaba parte de ese mundo desconcertante e ignoto. Sé lo que es el sufrimiento, he sufrido bastante más que la mayoría; una dolorosa coincidencia que me permitió establecer una fuerte y cálida empatía con ella. No la compadecía, me atraía un montón y estaba dispuesto a hacer casi cualquier cosa por aliviar, aunque sólo fuera un poco, su pesada carga; y no me importaba si no volvía a verla en mi vida. 
Fue entonces cuando, poseído por el recuerdo de una mirada, de una escena –jovencita sentada en mi sofá con sólo una camisetita anaranjada puesta, las piernas recogidas con las rodillas ligeramente abiertas frente a los hombros y los dedos de los pies jugueteando plácidamente sobre mi muslo izquierdo; a sabiendas de que me estaba mostrando su manjar más delicado en todo su esplendor– dónde sus ojos chispearon como nunca y por primera vez, durante unos minutos pude contemplar en toda su plenitud su verdadera sonrisa de mujer, decidí inmortalizarla. 
Y si se descantillaba más de la cuenta con un servidor –que se ha metido en este berenjenal por amor a ella y a las palabras– estaba dispuesto, como amenaza el estribillo de una conocida canción de Los Van Van, “Voy a hacerte una ampliación de cuarenta por cuarenta para que la gente sepa que tú eres tremenda”, a emplear la motosierra literaria.

domingo, 9 de julio de 2017

Bajo una sombra de mi espejo

Si bien al principio pensaba que no volvería a verla, días después de su ruptura unilateral de una relación que prácticamente no habíamos tenido, apareció una mañana por el casal de barri con un noviete –un nene delgadito con gafas y pinta de panoli–. Estaban sentados en una de las mesas en plan acarameladito. No llegué a entrar, los vi desde fuera. 
De hecho aquella mañana había pasado por allí porque tenía que darle un recado a un amigo, pero no estaba; así que cambié de rumbo y me fui derecho al metro –iba al centro para hacer unas compras–, mascullando entre dientes que debía ser la conducta normal de una adolescente cuando corta una de sus seudorelaciones; pero mientras subía por Conflent camino de la boca de metro, noté un ligero escalofrío y sentí, temí y celebré, que la extravagante relación con Ámbar, en realidad, parecía que acababa de comenzar. 
¿Qué había tras aquella desmesurada dulzura, tras su sonrisa angelical, tras aquel chochete rasuradito y sus fascinantes tetas de alabastro? 
Para entonces mi novelita estaba ya redactada, aunque no concluida, pues acabé poco después por cambiar el orden de algunos capítulos –una decisión que, aún hoy, con el libro ya impreso, todavía me discuto– prolongando su gestación definitiva un mes y medio más; y creo recordar que, de tanto en tanto, para escapar de aquel pantanal, abría la carpeta de Ámbar y me ponía a teclear con el entusiasmo de un jovencito que arde en deseos de meterla en caliente.
   

domingo, 21 de mayo de 2017

Who are you 2 (unos días de febrero) final

Las ideas orbitaban sin descanso a mi alrededor. Compré una libretita de notas nueva, no quería, como me ha sucedido en otras ocasiones, que mis inquietos y copiosos apuntes acabaran desperdigados por todas partes. Fueron días mágicos: Haré una breve introducción. ¿Cómo se llamará ella? ¿Le meto un poco de ficción o no? El detalle de las bragas quedará cojonudo. Creo que lo mejor será poner el nombre de una canción a cada apartado. A lo mejor se mosquea y me la arma cuando empiece a colgar fragmentos en el blog, pero qué más me da, son gajes del oficio. O quizá era lo que buscaba, vete a saber. Apuntes, interrogantes, conjeturas, más apuntes… Y las rojas bragas de Ámbar siempre delante del teclado, al pie de la pantalla, incitándome a seguir adelante, a perderme entre sus piernas. 
Después de darle todas las vueltas de que soy capaz –que, os puedo asegurar, son bastantes–, decidí empezar de manera realista y dejar que el desarrollo del texto y el despliegue de mis instintos y deseos, y, por qué no decirlo, de la arrebatadora imagen de sus juveniles tetas, altas, firmes y tersas, fueran forjando el destino de aquella insólita historia.
En definitiva, durante unos días me poseyó el frenesí del que sabe que ha dado con una buena historia y siente que tiene el deber de contarla a toda costa. Ese imparable arrebato suele adueñarse de tu tiempo y comienzas a andar despistado de aquí para allá, inquieto y feroz como hiena hambrienta e incapaz de prestar atención al mundo que te rodea; se adueña de tu vida, de tus mejores horas, de tus mejores sueños, de todas tus ausencias.
El día veinticinco –mi cumpleaños- recibí un correo suyo con unos cuantos archivos adjuntos. Eran fotografías que había tomado en mi casa. Me las miré perplejo… ¿Eran un presente o una advertencia? ¿Qué pretendía con aquel gesto? ¿Otra tocacojones? Quizá buscaba atención, o estaba hecha un lío. O las dos cosas.
La primera consecuencia que tuvo su regalo fue la reanudación de nuestros chateos y, poco a poco fui descubriendo alguno de sus propósitos; desde luego quería verse en mis ojos: —Conmigo podrías escribir una historia…. –dejó caer un día como quien no quiere la cosa.
Por descontado que lo haría, pero no era el momento. La sierra de Béjar y una siniestra pandilla de fascistas colgados reclamaban a gritos toda mi atención, y no era cuestión de dejar trabajos sin terminar.
En tres semanas tuve más o menos diseñado lo esencial. Guardé en una carpeta con su nombre todo lo que, en principio, podía necesitar para cuando llegara el momento de sumergirme en los radiantes y enigmáticos ojos de Ámbar; y regresé a la áspera sierra salmantina lleno de energía con la seguridad de que, cuando acabase aquella descabalada historia, ella seguiría allí, en aquella diminuta y solitaria carpeta, adormecida; tal vez seducida por el amargo don de la tristeza, esperando una palabra, quizá un beso, esperándome.
Aquellos tibios días de febrero pasaron y el frío invierno hizo acto de presencia de nuevo. Retomé mi trabajo, y mis rutinas y soledades fueron ocupando de nuevo su lugar en mi vida, pero he de reconocer que, a pesar del tiempo transcurrido, su fresco aroma de mujer sigue aquí; sólido como una roca, imperturbable.

domingo, 30 de abril de 2017

Corte cinco, Who are you 1 (unos días de febrero)

El lunes por la mañana –con la mala conciencia del que ha llegado tarde y la dolorosa sospecha de que ya no se le espera–, escribí una breve disculpa y pegué el poema en su ventanita del chat, después solté un suspiro de alivio y pulsé el enter:                             
               
                                       Ámbar

                Un poema de amor en la noche yerma
                sueño pechos en flor entre sábanas muertas
                un, te extraño, mi duermevela de ausencias. 
                Desvelo de besos furtivos, de caricias nuevas, 
                de núbiles audacias, de carne trémula… 
                Del sabor de tus labios, entregados, llenos, eternos.
                De mis manos en tu piel desnuda,
                paisajes húmedos, tiernos, sonoros, 
                besos, dulces besos,
                descubriendo curvas, sospechando vértigos, 
                deshojando primaveras.
                Una tarde de amor, o una mañana inolvidable
                y tus ojos, por fin, deslumbrantes, cálidos, serenos
                y te miro y te miro, obnubilado y vencido.
               Y tus bragas…, tus bragas de cabecera.

Por supuesto, aunque fuera a destiempo, se alegró de recibirlo y así me lo hizo saber. Pero tres días más tarde, en un giro emocional de ciento ochenta grados, me mandó un mensaje; en él venía a decir que no veía lo nuestro y que daba por finalizada nuestra recién iniciada relación.
Me jodió un poco, la verdad, esperaba algo más después de nuestros primeros y apasionados encuentros; pero podía entender perfectamente su posición. Ella tenía casi toda la vida por delante y yo casi toda por detrás, no había nada que hacer al respecto; y creo recordar que le contesté que bien, que ella había comenzado aquello y ella lo terminaba, o algo por el estilo.
Quizá para Ámbar yo no era más que un capricho adolescente y pasajero, pero tampoco podía quejarme, al fin y al cabo, se me había entregado de cuerpo entero; y realmente, que a mi edad, una jovencita tan mona se te meta en la cama podría considerarse una hazaña masculina, pero no lo fue. 
No la busqué, se insinuó y le seguí la corriente pensando que todo aquello no era más que una broma, pero una tarde de febrero apareció por casa, se dio –y me dio– un revolcón; unos días más tarde se dejó caer por la mañana y nos volvimos a dar un buen repaso, poco después pasó de mí. No hay nada que objetar, que haga lo que le salga del chichi –pensé en aquel momento-. Y si se le antoja otro día lo tiene muy fácil, ahora ya sabe que me gusta, quien soy y donde vivo.
En un primer momento me sentí tristemente aliviado. Que no quisiera volver a verme me libraba de algunas contradicciones, pero me duró poco. Realmente me sentía solo y Ámbar era para perder la cabeza … 
Y me puse a tomar notas. Aparqué por unos días la redacción de “Jamón de mono”. No es que, en principio, fuera una decisión consciente, simplemente sucedió. La experiencia no era para menos y la vida me había dado en los morros con ella; no era cuestión de desaprovecharla, sino de exprimirla hasta las últimas consecuencias.

lunes, 10 de abril de 2017

Corte cinco, Who are you (unos días de febrero)

El domingo por la mañana, como casi todos los domingos, transcurrió delante del ordenador intentando trabajar en el texto que me llevaba de cabeza desde hacía meses. Los resultados fueron escasos, apenas pude sacar adelante un fragmentado e impreciso esquema argumental sobre una secuencia de acontecimientos que debían llevar a la Carlota sensual y segura de sí pintando un retrato oscuro, hasta una escena donde, sorprendida y desconcertada, empuñaba una vieja Tokarev… Durante toda la mañana mi atención fue un caótico y constante ir y venir desde los brumosos senderos de la sierra de Béjar, donde vivía y pintaba mi madura y bella protagonista, a las barcelonesas y juveniles tetas de Ámbar, que, además de no ser un producto más de mi, en aquellos momentos, calenturienta imaginación, olían de muerte.
No hubo manera de darle solidez al vago bosquejo escrito a primera hora, y es que, hasta donde yo he experimentado, una mujer imaginaria suele ser muy poca cosa para competir con una de carne y hueso; sobre todo si tenemos en cuenta que ésta última era una preciosa jovencita de piel tersa y perfumada.
Era el día de los enamorados, y a pesar de no tener la mala costumbre de dar pábulo a engañifas comerciales como ésa, dado que no iba a comprar nada y su tentadora imagen no hacía más que dar vueltas y vueltas en mi cabeza, decidí hacerle un regalo. Un pequeño detalle que nadie le podría comprar nunca: un poema.
No comí apenas, las malditas palabras no me dejaban en paz. De la mesa a la libreta de mi escritorio una y otra vez, recorriendo otro recóndito sendero de aquel febril camino –ese tránsito inefable–. En demasiadas ocasiones, al menos para mí, es una senda feroz, inquietante e inhóspita, donde generalmente suelo comenzar ebrio de palabras y embalado, y concluir, indefectiblemente, fumado y con resaca; pero esta vez partía con la imponente ventaja de tener en nómina una musa de tres pares de cojones, de eso no cabía la menor duda.
Aquel gozoso y martilleante incordio me iba a tener en vilo horas y horas, no lo acabaría a tiempo. No lo acabé a tiempo.  

sábado, 25 de marzo de 2017

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 10 (unos días de febrero)

Me levanté a por una cerveza y de paso recogí la mantita que andaba por los suelos, la sacudí un poco y se la tiré por encima de la barra de la cocina. Se envolvió con ella y se acomodó en la esquina del sofá más próxima a la librería, y mi menda, lleno de júbilo, fue a ponerse algo de ropa. 
Desde la habitación podía verla curiosear por los estantes… Se paraba delante de un libro y poco después, sin quitar los ojos de la librería, hacía preguntas en voz alta que yo me apresuraba a contestar mientras terminaba de ponerme el pijama y buscaba con la mirada la bata que me había dejado en el sofá.
Ámbar se había quedado ensimismada hojeando un libro de Capote, y aproveché para llegar hasta la bata, ponérmela en un suspiro y acercarme por detrás hasta ella. La abracé pasando los brazos por debajo de sus axilas y recogiendo con las manos aquel par de tetas en flor que parecían llevar un “muérdeme” escrito en cada pezón; entonces dio un respingo, ladeó la cabeza buscándome la boca y nos besamos, esta vez despacio, saboreando aquel instante mágico y sensual como si fuera la última vez y no hubiera un mañana para nosotros más allá de aquel clandestino y fugaz encuentro.
Ese destino asomó en mis ojos durante unos segundos, pero cuando nuestras miradas se volvieron a cruzar, el reflejo de aquel paisaje sombrío desapreció sin dejar rastro.
Me volví a sentar y ella se estiró en el sofá, esta vez con la cabeza apoyada en mi regazo, y me preguntó por Bukowski; y yo, a la par que le sobaba las tetas, iba respondiendo a sus preguntas… 
Entre pechos y literatura nos dieron la una y cuarto; debía marchar, su madre llegaba a comer sobre las dos y media y quería estar allí cuando llegase. La ayudé a vestirse, le puse los ligueros, las medias y la faldita mientras ella se ponía el resto. 
Y entonces hice algo que no había hecho nunca, me arrodillé delante de su pubis y le busqué el coño; ella se puso de puntillas, lo dejó caer sobre mi boca y comenzó a mecerse apoyando las manos encima del televisor. Sólo fueron tres o cuatro minutos a lo sumo, pero más que suficiente para lo que yo quería. Mi cara mojada, su sexo mojado, en ese momento me levanté rogándole que no se moviera y fui a por mi regalo. Volví al instante con sus braguitas rojas y, con mucho mimo, le sequé con ellas la entrepierna y después enjugué los fluidos que me bañaban la jeta. Ámbar soltó un gemido y volvió a besarme llena de pasión.
Después de decirle que olía a tío y que se duchara nada más llegar a casa, cerré la puerta tras ella, guardé las bragas en una bolsa de plástico con cierre hermético y fui presuroso a mirar la nota que había dejado pegada en el marco:
“Este marco ya no está vacío. Ámbar Salvatierra González. 13/2/2016”
Y el fresco y sensual olor del cuerpo de Ámbar, poco a poco, se fue adueñando de todo.

domingo, 5 de marzo de 2017

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 9 (unos días de febrero)

Allí estaba, tal como la había soñado, tumbadita en la barra sujetándose los tobillos con las manos y las piernas bien separadas. Es un placer de dioses asomarse a un sexo abierto como una flor primaveral, rasuradito, terso, entregado y expectante.
 
(Lo bueno que tienen los coños libres de pelambrera es que los puedes lamer a gusto por dentro, por fuera, darles mordisquitos o sorber sus jugos más cariñosos sin tragarte ningún pelo cabroncete. No hay nada tan incordiante como  que se te enrosque alguno de aquellos rizos furibundos en la garganta, se pueden tirar horas y horas allí; y por más miga de pan que te tragues, ni suben ni bajan.)

La única receta posible era hacerlo con mucha atención, echarle toda la pasión que ella necesitaba sentir y dar rienda suelta a los instintos. 
Comencé dándole unos cuantos lametones que le hicieron abrir un poco más las piernas, y, pillando al vuelo la oportunidad, le solté un par de contundentes salivazos que, entre gemido y gemido, cariñosamente pasé a repartir con la lengua por todos lados. 
Tuve que abrir con los dedos sus pliegues más tiernos para que la lengua llegara limpiamente hasta su botoncito del amor, una tarea delicada en una mujer tan sensible: suave, poco a poco y alternándola con otras tareas en las zonas limítrofes hasta que sientes que sus músculos se relajan y sus jugos más entrañables comienzan a fluir y te bañan toda la cara. 
Ése fue el momento de aumentar el ritmo y la presión de la lengua, cosa que hice, como todo aquella mañana, cargado de pasión y con los cinco sentidos puestos en la tarea. 
A los tres o cuatro minutos la niña estaba en el país de las maravillas, y podía oír como su respiración se hacía cada vez más profunda y se iba alternado con pequeños gemidos que fueron amplificándose a medida que mi menda cambiaba de ritmo y de caricias: un par de tiernos mordisquitos en la vulva, unos cuantos lametones en los labios internos, unos besos en el culo…, y otra vez al clítoris como quien hace una ronda. Y recuerdo que fue entonces cuando comenzó a sonar, golfa y lejana, la vieja balada de Burning que comienza con el estribillo: “No, no es extraño, que tú estés loca por mí”.
Era el momento de hacer una pausa para beber algo y de paso ver como le iba a la nena con el plátano. La cabrona es capaz de habérselo comido, pensé. Al parecer le iba bastante bien, se lo metía el la boca, lo sacaba y se daba tiernos golpecitos en los pezones con él hasta que se quedaba sin saliva y volvía a chuparlo otro ratito.
Con el coño bien agarrado con la mano izquierda, me bebí un par de vasos de agua mientras la miraba hacer y le serví otro a ella. Dejó el plátano sobre su ombligo, se incorporó un poco apoyando el codo derecho en la barra y cogió el vaso de agua dándome las gracias. Fue el aquel instante cuando dejándome llevar por un impulso agarré el plátano y se lo clavé sin compasión lo más hondo que pude. Casi escupe el último sorbo, se lo tragó como pudo y con una mirada sorprendida y radiante exclamó: — ¡Ah, qué bueno Mario!
— Cariño, tienes un coño precioso –le contesté, al tiempo que le rodeé la espalda con el brazo derecho y comencé a besarla y a meter y sacar el plátano con la mano que me quedaba libre–. Procura estar bien relajada, y ten cuidado no vayas a espachurrarlo, porque te podrías tirar una semana sacándote tropezones del chichi.
Sentado delante de su entrepierna y amorrado a su sexo, de lo primero que me di cuenta era que no pinchaba como la primera vez; y por un instante la imaginé en el lavabo de su casa dándose una rasuradita rápida justo antes de subir a verme. Me estremecí de placer recreando aquella imagen tan sensual y sugerente a la par que comenzaba a jugar recorriendo con la lengua la circunferencia formada por la punta del plátano, que parecía brotar de su coño como la raíz de una semilla de marihuana. 
Agarré aquel brote con los dientes y, rogándole que se relajara todo lo que pudiera, lo fui metiendo y sacando durante unos minutos. Al principio la oí respirar profundamente, al poco su aliento se transformó en tiernos suspiros que fueron en aumento a medida que yo me apasionaba con la tarea hasta convertirse en irresistibles y hondos gemidos. 
Le abría el sexo con los dedos y aleteaba la lengua alrededor de la base del plátano que asomaba entre sus labios menores. Los empujaba hacia dentro con los labios, se lo lamía todo, y lo volvía a sacar cogiéndolo con los dientes y tirando despacio hacia fuera. 
Su esencia de mujer me fue bañando y bañando la cara y las manos, y estoy convencido de que fue entonces cuando el cálido y arrebatador sabor de Ámbar me poseyó. 

(Y ahora, escribiendo estas líneas, aquel dulce y seductor aroma de jovencita un tanto esquiva me ha vuelto al paladar cargado de pasión y nostalgia.)

En aquel momento me dejé llevar, me levanté, le saqué el plátano y, sin dejar de acariciarle el coño ni un instante, se lo acerqué a la boca. Ella lo miró con los ojos enturbiados de placer, lo chupo unos segundos, le dio un suave mordisco y comenzó a masticar lentamente mientras mi boca se perdía en sus pechos.
Volví a sentarme frente a ella, me metí una parte del plátano en la boca, me acerqué hasta su sexo y se lo fui clavando poco a poco. Fue muy fácil, la niña tenía madera; estaba bien engrasado y muy acogedor.
Estaba enfrascado lamiendo como un caniche adiestrado, cuando sucedió algo inesperado: al pasar la lengua sobre el plátano éste desapareció sin dejar rastro, oí una risita y reapareció entre sus pliegues. Debe ser algo innato, supuse gratamente sorprendido. Es imposible que en este país a su edad haya podido adquirir mañas de putón tailandés.
Yo lamía y ella hacía entrar y salir el plátano entre risitas, que se fueron trastocando poco a poco hasta convertirse en grititos, al poco la sentí vibrar como un arpa de boca; al principio de vez en cuando, pero al cabo de unos minutos aumentaron la frecuencia y la intensidad, fue entonces cuando me levanté, le saqué el plátano bruscamente, comencé a estimularle frenéticamente el clítoris y sus áreas adyacentes y, rogándole que me mirara, mientras me comía el plátano a cara de perro, contemplé toda la belleza de su rostro durante aquel orgasmo convulso y feroz que la dejó como muerta durante varios minutos.…
Estaba sentado en el sofá liándome un porrito cuando abrió los ojos, estiró los brazos desperezándose y me miró sonriente. Sus grandes ojos castaños  miraban soñadores y brillaron como nunca.
Y cuando saltó de la barra y se sentó apretándose contra mí, me sentí un privilegiado al poder contemplar tan cómplicemente el rostro de mujer más bello que he visto en mi vida

miércoles, 15 de febrero de 2017

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 8 (unos días de febrero)

Pasado un instante se levanta y me mira azorada, entonces le digo: —Tranquila, no es frecuente, pero tampoco es tan raro, he conocido tres o cuatro chicas a las que les pasaba lo mismo. 
Mientras yo saco la ropa de cama y la meto en la lavadora, ella se quita las medias y el liguero, los cuelga del soporte de la cortina del baño y se da una ducha rápida.
Cuando termino arreglar la habitación está echada en el sofá cubierta con la frazada granate que suelo tener allí durante el invierno. Me mira complacida y sonriente y me siento junto a sus pies, entonces me la quedo mirando fijamente durante unos segundos, parece un poquito avergonzada, así que evito hablar de su peculiar orgasmo, le cojo los pies y se los acaricio suavemente; al momento su rostro dibuja una de las sonrisas más bellas que he visto en mi vida y hace un ademán para que me acerque hasta ella. Me arrodillo delante de su carita de diosa y se la beso calidamente mientras la arropo, entonces me coge una mano, la introduce en la manta y la coloca entre sus pechos. Los acaricio despacio pero con firmeza, ella suspira hondo, levanta la frazada invitándome a acompañarla y me la quedo mirando y mirando sin aliento.

(— Joder, tío. Está tan buena que no parece de verdad.
— Calla, hijoputa. Calla que me despista
s) 

— Vamos a estar muy apretados –le digo mientras me quito la bata y me meto bajo la manta.
Se echa a reír y se pone de costado para hacerme sitio. El roce de sus pezones me llena de placer. Están tibios, todo su cuerpo está tibio. La rodeo con mi brazo izquierdo y la aprieto contra mí, cierra los ojos y suspira placidamente. Me queda bastante claro que con uno no se va a ir contenta del todo. Miro el reloj, son las once y media.
Me levanto a los pocos minutos, me pongo la bata, me acerco al frutero que tengo encima del frigorífico y cojo el racimo de plátanos, elijo uno, lo arranco del resto, voy hasta donde guardo los platos, saco uno, pongo el plátano en el plato, lo dejo encima del radiador y le pregunto: — ¿Te apetece un té?
Parece un poco extrañada después de ver el número del plátano y tarda un poco en contestar. Pero sí, tomará té. Pongo el agua en el fuego y mientras se calienta me voy al baño y me doy una agüita. Cuando vuelvo se ha levantado, se ha cubierto con la manta como si fuera una tolla de baño y tiene en las manos el pequeño marco fotográfico que tengo en la estantería. Me mira con curiosidad y pregunta: — ¿Por qué está vacío?
— Porque hace mucho tiempo que no llevo a nadie en el corazón y poner una foto mía no me parece adecuado. Estoy convencido de que es por eso.
Después de escucharme con mucha atención, deja el marco sobre la pequeña barra que separa la cocina del resto de la casa, se mete en la habitación donde tengo el ordenador, coge un bolígrafo, escribe algo en el taco de pósits que tengo junto al teclado, luego, con cierta ceremonia, desprende el pequeño papel amarillo, vuelve a la sala, lo pega en el marco, se lo queda mirando un momento y, con un gesto decidido, lo coloca de nuevo en su sitio.
Para entonces el té estaba listo y nos sentamos en la pequeña mesa con sendas tazas humeantes. La veo un poco sobrepasada por las circunstancias, y, aunque estar sentados frente a frente en una mesa es una postura muy elocuente, mira a su alrededor con curiosidad pero no hace preguntas, así que soy yo el que sostiene el peso de la conversación. En tono jovial la animo a que pregunte.
Bebemos despacio, el té está muy caliente. Ella lo observa todo, y yo me la miro y remiro divertido. Por fin parece animarse, mira con curiosidad hacia el radiador donde está el plato con el plátano, vuelve a mirarme y encoge los hombros.
— Es el postre.
— ¿El postre? –pregunta sorprendida.
— Sí, cariño, el postre. Es una receta mía, plátano al horno. Una receta muy sostenible. Tope de ecológica y sensual. Pero hace falta que esté tibio antes de meterlo en el horno.
— ¿Sólo uno?
— Sí. Yo pongo el hambre, la materia prima y la mano de obra; el horno lo pones tú. Es un plato combinado muy rico, yo me quedo con los nutrientes y tú con el resto.
Casi se atraganta con el sorbo de té que acababa de tomar, y un segundo más tarde sus mejillas enrojecieron a ojos vista. Viendo el percal no me quedó más remedio que largarle toda la perorata.
Me levanté, me acerqué al radiador, cogí el plátano, me volví hacia ella y, sin asomo de compasión, le dije en tono imperativo: —Está en su punto. Termínate el té que empezamos enseguida. La primera vez, cariño, dado que uno no conoce al dedillo el horno el cuestión, puede haber algunos desajustes por el tema del tamaño. Por eso hoy, que he tenido que echar mano de lo que había, he escogido uno de tamaño medio. Me servirá de referencia, la próxima, si se tercia; y suele terciarse, porque pasados los pequeños reparos inherentes a toda experiencia nueva y/o los inconvenientes derivados del desajuste que puede ocasionar la improvisación y la falta de medidas aproximadas, ya sabremos el tamaño y la forma que mejor se ajusta a tus necesidades; de hecho, y te lo digo a titulo informativo, es un plato que suele causar furor entre las féminas; una vez lo han probado, en las citas posteriores, si las hay, hasta las más mojigatas suelen traer la materia prima en el bolso. Y decir –aunque vaya en detrimento de casi todas ellas–, sin faltar a la verdad, que me he comido muchas más bananas medio verdes que plátanos canarios en su punto porque a la hora de elegir deduzco que las muy zorras primaron más el calibre y la consistencia que las cualidades organolépticas del producto, es una obviedad o una redundancia…

(Durante mi monólogo ella terminó de beberse el té y yo había dejado el plátano sobre la mesa con la noble intención de que se fueran conociendo, despejado la barra y seleccionado en el Winamp un par de elepés de Burning; no hay nada como un poco de rock canalla para saborear un plato como aquel.)

— ¡Ah, el plátano canario, qué recuerdos…! Hubo pocas excepciones, pero fueron gloriosas, a qué engañarte. Y el que me voy a comer hoy, así, improvisando, es de los buenos. Vete preparando porque vas a pillar de lleno, encanto.
Su risa fue la señal para que dejara el ordenador y saliera de la habitación. Allí estaba, sonriendo divertida. Di una palmada sobre la barra, se levantó, se acercó hasta mí, me dio un beso y de un salto se sentó en la esquina de la barra. Sonrió y se quitó la mantita dejándose caer hacia atrás y alzando las piernas al tiempo que flexionaba las rodillas.
Estaba para morirse tumbadita sobre la barra, y esperaba. Cogí el plátano, lo pelé y se lo ofrecí diciéndole que lo chupara un poquito mientras encendía el horno. Me agaché un poco y le di unos mordisquitos a sus tímidos pezones a la vez que mi mano izquierda se fue desplazando lentamente por su cuerpo hasta llegar a su sexo. Se sacó el plátano de la boca, soltó un placentero gemido y volvió a lo suyo con el desparpajo de quien parece haberlo hecho toda la vida. Cogí una silla, la puse frente al borde de la barra y me senté. Era ideal, en aquella posición tenía su sexo a diez centímetros de distancia y a la altura adecuada. Joder, un precioso coño primaveral abierto de par en par reclamando todo el amor del mundo, me dije un segundo antes de sumergirme en él como si me fuera la vida en ello.  




domingo, 5 de febrero de 2017

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 7 (unos días de febrero)

(Hago una pausa, me levanto del teclado y paseo inquieto por la sala… La imagen de aquel momento, retenida durante tanto tiempo se ha esfumado en un instante. Me acerco a mi pequeña librería y cojo de uno de sus estantes una fotografía enmarcada hace unos cuantos días. Es un selfie hecho por ella en su primera visita: Un retazo de su bello rostro mostrando una victoriosa sonrisa, y el mío entero detrás, en segundo plano; observando a la fascinante nena, sentada sobre mis rodillas toda desnudita como una Venus, con una sonrisa contenida y maliciosa y la mirada obnubilada y perpleja de que no acaba de creérselo. 
Está guapa la cabrona. Lo cierto es que la echo de menos, fue una inesperada y juvenil ráfaga de viento fresco. Un suave y breve golpe de mar acariciando los cuerpos…
).
Bocas recorriendo paisajes recónditos, manos buscando, dedos mojados, polla perdiéndose entre sus labios, adentro, afuera, lengua lamiendo aleteando, coño de par en par contra mi boca, clítoris jugando entre los labios, flujo femenino inundando un rostro… Unos segundos de pausa y se sienta sobre mí: bella melena subiendo y bajando, tetas subiendo y bajando, media vuelta, ahora cabalga de espaldas, sube, baja, hace un giro, un golpe de cadera, sube, baja, hace un giro… Le doy una palmada en el culo para que trote un poco más rápido, comienza a gemir suavemente, entonces le digo con voz melosa: — Date la vuelta tesoro, quiero verte la cara y echo a faltar tus tetas. Da un sonoro y sensual gemido y me obedece, apoya los pies en el colchón y se deja caer sobre mi sexo, le agarro el culo por debajo y la ayudo a que suba y baje con más comodidad. No le impongo el ritmo, solo acompaño sus movimientos. Noto perfectamente la fortaleza de sus músculos pélvicos –no hay nada como las deportistas, están llenas de energía y más apretadas que las latinas los sábados por la noche–, podría romperme el nabo de un apretón. Su rostro se va trasformando a medida aumenta el ritmo de sus movimientos. Con los ojos cerramos y la boca entreabierta va entrando en un glorioso frenesí, instintivamente sube y baja cada vez un poco más rápido al notar el aumento de la tensión del músculo que tiene ensartado, entonces le digo en tono apasionado: — Abre los ojos, mírame y no te pares hasta que me lo saques todo. 
Me quedo maravillado viendo como la excitación va modificando los rasgos de su cara. Cada vez más y más sensuales, y cuando su sexo nota la tensión del mío y que mi orgasmo es inminente, abre de par en par los ojos y me mira apasionada hasta que su rostro estalla en una explosión de gozo y belleza, arrastrándome sin compasión hasta el clímax más brutal que soy capaz de recordar.
Enseguida noto que ella no ha tenido el suyo, parece que le cuesta un poquito llegar, así que la pongo a cuatro patas y, juntando en forma de cuña los dedos índice, corazón y anular, se los clavo en el coño de un golpe seco y enérgico. Se los meto lo más hondo que puedo y comienzo a aumentar el ritmo, adentro, afuera… Levanta la cabeza y me mira, está guapísima cargada de pasión, entonces añado el dedo pulgar a la fiesta metiéndoselo en el culo y sigo aumentando poco a poco el ritmo; al poco vuelve a levantar la cabeza, me mira un instante como si yo fuera un dios, vuelve a enterrar la cabeza en la almohada, da un largo y sensual gemido y se mea toda a medida que su cuerpo se estremece más y más hasta que se desploma sobre la cama como una muñeca de trapo.   

domingo, 22 de enero de 2017

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 6 (unos días de febrero)

Nos besamos apasionadamente en cuanto cerré la puerta con llave y cruzamos la maltratada cortina del minúsculo sucedáneo de recibidor, después di unos pasos atrás y la miré, entonces hizo el ademán de quitarse el abrigo, interrumpió el gesto, miró el perchero, sonrió, y luego, mientras se lo quitaba y colgaba me miró; y sus radiantes ojos y la arrebatadora sonrisa de marfil que los acompañaban me confirmaron que aquella mañana se sentía invencible, y asumí, con una aparente actitud de resignación que me hizo sonreír de oreja a oreja, que no había más alternativa que plegarse a sus deseos, pasiones, exigencias…, o sea, lisa y llanamente: a lo que a la nena le saliera del chichi.

Llevaba mi gorra irlandesa, una camiseta gris de tirantes, una faldita verde de cuadros escoceses, un top negro muy mono, liguero y medias negras, bragas rojas –que me mostró levantando un instante la falda, asegurándome mientras lo hacía que le gustaba que de vez en cuando asomase fugazmente alguno de los lacitos que disimulan los cierres de los tirantes – y unos juveniles zapatos granates de tacón ancho.
En cuanto se me acercó, aprovechando que los tacones la situaban a una altura muy adecuada, comenzamos a besarnos de pie en medio de la sala y, a los pocos segundos, le metí mano por debajo de la falda y comencé a acariciarle el coño por encima de las bragas… Me miró sorprendida y un poco incómoda, como si no le gustara que fuera tan impaciente, y creo recordar que fue entonces cuando le dije: — Es por las bragas. Ya que vas a regalármelas, me gustan bien mojadas, que retengan tanta esencia de mujer como sea posible. Ámbar por un tubo ¿entiendes? Sonrió halagada, y, acto seguido, empujado con firmeza los dedos índice y corazón hacia adentro sin apartarle las bragas, le pregunté: — ¿A qué hora has de estar en casa?
—Sobre las dos, un poco antes de que mi madre llegue del trabajo.
Bien, tres horas pueden dar para mucho, pensé. Y nos metimos en faena llenos de entusiasmo.
Me quedé enseguida de lo cachonda que iba, al menor roce se estremecía como si hubiera sentido una pequeña descarga eléctrica. 
Si no llega a echarme una mano todavía estaría intentando quitarle el sujetador, era el primero con el cierre en un costado que me había tropezado, un detalle que dice mucho sobre lo fuera del mercado que me estoy quedando; y, por fin, otra vez sus sedosas y entregadas tetas entre mis ávidas manos.