domingo, 21 de mayo de 2017

Who are you 2 (unos días de febrero) final

Las ideas orbitaban sin descanso a mi alrededor. Compré una libretita de notas nueva, no quería, como me había sucedido en otras ocasiones, que mis inquietos y copiosos apuntes acabaran desperdigados por todas partes. Fueron días mágicos: Haré una breve introducción. ¿Cómo se llamará ella? ¿Le meto un poco de ficción o no? El detalle de las bragas quedará cojonudo. Creo que lo mejor será poner el nombre de una canción a cada apartado. A lo mejor se mosquea y me la arma cuando empiece a colgar fragmentos en el blog, pero qué más me da, son gajes del oficio. O quizá era lo que buscaba, vete a saber. Apuntes, interrogantes, conjeturas, más apuntes… Y las rojas bragas de Ámbar siempre delante del teclado, al pie de la pantalla, incitándome a seguir adelante, a perderme entre sus piernas. 
Después de darle todas las vueltas de que soy capaz –que, os puedo asegurar, son bastantes–, decidí empezar de manera realista y dejar que el desarrollo del texto y el despliegue de mis instintos y deseos, y, por qué no decirlo, de la arrebatadora imagen de sus juveniles tetas, altas, firmes y tersas, fueran forjando el destino de aquella insólita historia.
En definitiva, durante unos días me poseyó el frenesí del que sabe que ha dado con una buena historia y siente que tiene el deber de contarla a toda costa. Ese imparable arrebato suele adueñarse de tu tiempo y comienzas a andar despistado de aquí para allá, inquieto y feroz como hiena hambrienta e incapaz de prestar atención al mundo que te rodea; se adueña de tu vida, de tus mejores horas, de tus mejores sueños, de todas tus ausencias.
El día veinticinco –mi cumpleaños- recibí un correo suyo con unos cuantos archivos adjuntos. Eran fotografías que había tomado en mi casa. Me las miré perplejo… ¿Eran un presente o una advertencia? ¿Qué pretendía con aquel gesto? ¿Otra tocacojones? Quizá buscaba atención, o estaba hecha un lío. O las dos cosas.
La primera consecuencia que tuvo su regalo fue la reanudación de nuestros chateos y, poco a poco fui descubriendo alguno de sus propósitos; desde luego quería verse en mis ojos: —Conmigo podrías escribir una historia…. –dejó caer un día como quien no quiere la cosa.
Por descontado que lo haría, pero no era el momento. La sierra de Béjar y una siniestra pandilla de fascistas colgados reclamaban a gritos toda mi atención, y no era cuestión de dejar trabajos sin terminar.
En tres semanas tuve más o menos diseñado lo esencial. Guardé en una carpeta con su nombre todo lo que, en principio, podía necesitar para cuando llegara el momento de sumergirme en los radiantes y enigmáticos ojos de Ámbar; y regresé a la áspera sierra salmantina lleno de energía con la seguridad de que, cuando acabase aquella descabalada historia, ella seguiría allí, en aquella diminuta y solitaria carpeta, adormecida; tal vez seducida por el amargo don de la tristeza, esperando una palabra, quizá un beso, esperándome.
Aquellos tibios días de febrero pasaron y el frío invierno hizo acto de presencia de nuevo. Retomé mi trabajo, y mis rutinas y soledades fueron ocupando de nuevo su lugar en mi vida, pero he de reconocer que, a pesar del tiempo transcurrido, su fresco aroma de mujer sigue aquí; sólido como una roca, imperturbable.

domingo, 30 de abril de 2017

Corte cinco, Who are you 1 (unos días de febrero)

El lunes por la mañana –con la mala conciencia del que ha llegado tarde y la dolorosa sospecha de que ya no se le espera–, escribí una breve disculpa y pegué el poema en su ventanita del chat, después solté un suspiro de alivio y pulsé el enter:                             
               
                                       Ámbar

                Un poema de amor en la noche yerma
                sueño pechos en flor entre sábanas muertas
                un, te extraño, mi duermevela de ausencias. 
                Desvelo de besos furtivos, de caricias nuevas, 
                de núbiles audacias, de carne trémula… 
                Del sabor de tus labios, entregados, llenos, eternos.
                De mis manos en tu piel desnuda,
                paisajes húmedos, tiernos, sonoros, 
                besos, dulces besos,
                descubriendo curvas, sospechando vértigos, 
                deshojando primaveras.
                Una tarde de amor, o una mañana inolvidable
                y tus ojos, por fin, deslumbrantes, cálidos, serenos
                y te miro y te miro, obnubilado y vencido.
               Y tus bragas…, tus bragas de cabecera.

Por supuesto, aunque fuera a destiempo, se alegró de recibirlo y así me lo hizo saber. Pero tres días más tarde, en un giro emocional de ciento ochenta grados, me mandó un mensaje; en él venía a decir que no veía lo nuestro y que daba por finalizada nuestra recién iniciada relación.
Me jodió un poco, la verdad, esperaba algo más después de nuestros primeros y apasionados encuentros; pero podía entender perfectamente su posición. Ella tenía casi toda la vida por delante y yo casi toda por detrás, no había nada que hacer al respecto; y creo recordar que le contesté que bien, que ella había comenzado aquello y ella lo terminaba, o algo por el estilo.
Quizá para Ámbar yo no era más que un capricho adolescente y pasajero, pero tampoco podía quejarme, al fin y al cabo, se me había entregado de cuerpo entero; y realmente, que a mi edad, una jovencita tan mona se te meta en la cama podría considerarse una hazaña masculina, pero no lo fue. 
No la busqué, se insinuó y le seguí la corriente pensando que todo aquello no era más que una broma, pero una tarde de febrero apareció por casa, se dio –y me dio– un revolcón; unos días más tarde se dejó caer por la mañana y nos volvimos a dar un buen repaso, poco después pasó de mí. No hay nada que objetar, que haga lo que le salga del chichi –pensé en aquel momento-. Y si se le antoja otro día lo tiene muy fácil, ahora ya sabe que me gusta, quien soy y donde vivo.
En un primer momento me sentí tristemente aliviado. Que no quisiera volver a verme me libraba de algunas contradicciones, pero me duró poco. Realmente me sentía solo y Ámbar era para perder la cabeza … 
Y me puse a tomar notas. Aparqué por unos días la redacción de “Jamón de mono”. No es que, en principio, fuera una decisión consciente, simplemente sucedió. La experiencia no era para menos y la vida me había dado en los morros con ella; no era cuestión de desaprovecharla, sino de exprimirla hasta las últimas consecuencias.

lunes, 10 de abril de 2017

Corte cinco, Who are you (unos días de febrero)

El domingo por la mañana, como casi todos los domingos, transcurrió delante del ordenador intentando trabajar en el texto que me llevaba de cabeza desde hacía meses. Los resultados fueron escasos, apenas pude sacar adelante un fragmentado e impreciso esquema argumental sobre una secuencia de acontecimientos que debían llevar a la Carlota sensual y segura de sí pintando un retrato oscuro, hasta una escena donde, sorprendida y desconcertada, empuñaba una vieja Tokarev… Durante toda la mañana mi atención fue un caótico y constante ir y venir desde los brumosos senderos de la sierra de Béjar, donde vivía y pintaba mi madura y bella protagonista, a las barcelonesas y juveniles tetas de Ámbar, que, además de no ser un producto más de mi, en aquellos momentos, calenturienta imaginación, olían de muerte.
No hubo manera de darle solidez al vago bosquejo escrito a primera hora, y es que, hasta donde yo he experimentado, una mujer imaginaria suele ser muy poca cosa para competir con una de carne y hueso; sobre todo si tenemos en cuenta que ésta última era una preciosa jovencita de piel tersa y perfumada.
Era el día de los enamorados, y a pesar de no tener la mala costumbre de dar pábulo a engañifas comerciales como ésa, dado que no iba a comprar nada y su tentadora imagen no hacía más que dar vueltas y vueltas en mi cabeza, decidí hacerle un regalo. Un pequeño detalle que nadie le podría comprar nunca: un poema.
No comí apenas, las malditas palabras no me dejaban en paz. De la mesa a la libreta de mi escritorio una y otra vez, recorriendo otro recóndito sendero de aquel febril camino –ese tránsito inefable–. En demasiadas ocasiones, al menos para mí, es una senda feroz, inquietante e inhóspita, donde generalmente suelo comenzar ebrio de palabras y embalado, y concluir, indefectiblemente, fumado y con resaca; pero esta vez partía con la imponente ventaja de tener en nómina una musa de tres pares de cojones, de eso no cabía la menor duda.
Aquel gozoso y martilleante incordio me iba a tener en vilo horas y horas, no lo acabaría a tiempo. No lo acabé a tiempo.  

sábado, 25 de marzo de 2017

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 10 (unos días de febrero)

Me levanté a por una cerveza y de paso recogí la mantita que andaba por los suelos, la sacudí un poco y se la tiré por encima de la barra de la cocina. Se envolvió con ella y se acomodó en la esquina del sofá más próxima a la librería, y mi menda, lleno de júbilo, fue a ponerse algo de ropa. 
Desde la habitación podía verla curiosear por los estantes… Se paraba delante de un libro y poco después, sin quitar los ojos de la librería, hacía preguntas en voz alta que yo me apresuraba a contestar mientras terminaba de ponerme el pijama y buscaba con la mirada la bata que me había dejado en el sofá.
Ámbar se había quedado ensimismada hojeando un libro de Capote, y aproveché para llegar hasta la bata, ponérmela en un suspiro y acercarme por detrás hasta ella. La abracé pasando los brazos por debajo de sus axilas y recogiendo con las manos aquel par de tetas en flor que parecían llevar un “muérdeme” escrito en cada pezón; entonces dio un respingo, ladeó la cabeza buscándome la boca y nos besamos, esta vez despacio, saboreando aquel instante mágico y sensual como si fuera la última vez y no hubiera un mañana para nosotros más allá de aquel clandestino y fugaz encuentro.
Ese destino asomó en mis ojos durante unos segundos, pero cuando nuestras miradas se volvieron a cruzar, el reflejo de aquel paisaje sombrío desapreció sin dejar rastro.
Me volví a sentar y ella se estiró en el sofá, esta vez con la cabeza apoyada en mi regazo, y me preguntó por Bukowski; y yo, a la par que le sobaba las tetas, iba respondiendo a sus preguntas… 
Entre pechos y literatura nos dieron la una y cuarto; debía marchar, su madre llegaba a comer sobre las dos y media y quería estar allí cuando llegase. La ayudé a vestirse, le puse los ligueros, las medias y la faldita mientras ella se ponía el resto. 
Y entonces hice algo que no había hecho nunca, me arrodillé delante de su pubis y le busqué el coño; ella se puso de puntillas, lo dejó caer sobre mi boca y comenzó a mecerse apoyando las manos encima del televisor. Sólo fueron tres o cuatro minutos a lo sumo, pero más que suficiente para lo que yo quería. Mi cara mojada, su sexo mojado, en ese momento me levanté rogándole que no se moviera y fui a por mi regalo. Volví al instante con sus braguitas rojas y, con mucho mimo, le sequé con ellas la entrepierna y después enjugué los fluidos que me bañaban la jeta. Ámbar soltó un gemido y volvió a besarme llena de pasión.
Después de decirle que olía a tío y que se duchara nada más llegar a casa, cerré la puerta tras ella, guardé las bragas en una bolsa de plástico con cierre hermético y fui presuroso a mirar la nota que había dejado pegada en el marco:
“Este marco ya no está vacío. Ámbar Salvatierra González. 13/2/2016”
Y el fresco y sensual olor del cuerpo de Ámbar, poco a poco, se fue adueñando de todo.

domingo, 5 de marzo de 2017

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 9 (unos días de febrero)

Allí estaba, tal como la había soñado, tumbadita en la barra sujetándose los tobillos con las manos y las piernas bien separadas. Es un placer de dioses asomarse a un sexo abierto como una flor primaveral, rasuradito, terso, entregado y expectante.
 
(Lo bueno que tienen los coños libres de pelambrera es que los puedes lamer a gusto por dentro, por fuera, darles mordisquitos o sorber sus jugos más cariñosos sin tragarte ningún pelo cabroncete. No hay nada tan incordiante como  que se te enrosque alguno de aquellos rizos furibundos en la garganta, se pueden tirar horas y horas allí; y por más miga de pan que te tragues, ni suben ni bajan.)

La única receta posible era hacerlo con mucha atención, echarle toda la pasión que ella necesitaba sentir y dar rienda suelta a los instintos. 
Comencé dándole unos cuantos lametones que le hicieron abrir un poco más las piernas, y, pillando al vuelo la oportunidad, le solté un par de contundentes salivazos que, entre gemido y gemido, cariñosamente pasé a repartir con la lengua por todos lados. 
Tuve que abrir con los dedos sus pliegues más tiernos para que la lengua llegara limpiamente hasta su botoncito del amor, una tarea delicada en una mujer tan sensible: suave, poco a poco y alternándola con otras tareas en las zonas limítrofes hasta que sientes que sus músculos se relajan y sus jugos más entrañables comienzan a fluir y te bañan toda la cara. 
Ése fue el momento de aumentar el ritmo y la presión de la lengua, cosa que hice, como todo aquella mañana, cargado de pasión y con los cinco sentidos puestos en la tarea. 
A los tres o cuatro minutos la niña estaba en el país de las maravillas, y podía oír como su respiración se hacía cada vez más profunda y se iba alternado con pequeños gemidos que fueron amplificándose a medida que mi menda cambiaba de ritmo y de caricias: un par de tiernos mordisquitos en la vulva, unos cuantos lametones en los labios internos, unos besos en el culo…, y otra vez al clítoris como quien hace una ronda. Y recuerdo que fue entonces cuando comenzó a sonar, golfa y lejana, la vieja balada de Burning que comienza con el estribillo: “No, no es extraño, que tú estés loca por mí”.
Era el momento de hacer una pausa para beber algo y de paso ver como le iba a la nena con el plátano. La cabrona es capaz de habérselo comido, pensé. Al parecer le iba bastante bien, se lo metía el la boca, lo sacaba y se daba tiernos golpecitos en los pezones con él hasta que se quedaba sin saliva y volvía a chuparlo otro ratito.
Con el coño bien agarrado con la mano izquierda, me bebí un par de vasos de agua mientras la miraba hacer y le serví otro a ella. Dejó el plátano sobre su ombligo, se incorporó un poco apoyando el codo derecho en la barra y cogió el vaso de agua dándome las gracias. Fue el aquel instante cuando dejándome llevar por un impulso agarré el plátano y se lo clavé sin compasión lo más hondo que pude. Casi escupe el último sorbo, se lo tragó como pudo y con una mirada sorprendida y radiante exclamó: — ¡Ah, qué bueno Mario!
— Cariño, tienes un coño precioso –le contesté, al tiempo que le rodeé la espalda con el brazo derecho y comencé a besarla y a meter y sacar el plátano con la mano que me quedaba libre–. Procura estar bien relajada, y ten cuidado no vayas a espachurrarlo, porque te podrías tirar una semana sacándote tropezones del chichi.
Sentado delante de su entrepierna y amorrado a su sexo, de lo primero que me di cuenta era que no pinchaba como la primera vez; y por un instante la imaginé en el lavabo de su casa dándose una rasuradita rápida justo antes de subir a verme. Me estremecí de placer recreando aquella imagen tan sensual y sugerente a la par que comenzaba a jugar recorriendo con la lengua la circunferencia formada por la punta del plátano, que parecía brotar de su coño como la raíz de una semilla de marihuana. 
Agarré aquel brote con los dientes y, rogándole que se relajara todo lo que pudiera, lo fui metiendo y sacando durante unos minutos. Al principio la oí respirar profundamente, al poco su aliento se transformó en tiernos suspiros que fueron en aumento a medida que yo me apasionaba con la tarea hasta convertirse en irresistibles y hondos gemidos. 
Le abría el sexo con los dedos y aleteaba la lengua alrededor de la base del plátano que asomaba entre sus labios menores. Los empujaba hacia dentro con los labios, se lo lamía todo, y lo volvía a sacar cogiéndolo con los dientes y tirando despacio hacia fuera. 
Su esencia de mujer me fue bañando y bañando la cara y las manos, y estoy convencido de que fue entonces cuando el cálido y arrebatador sabor de Ámbar me poseyó. 

(Y ahora, escribiendo estas líneas, aquel dulce y seductor aroma de jovencita un tanto esquiva me ha vuelto al paladar cargado de pasión y nostalgia.)

En aquel momento me dejé llevar, me levanté, le saqué el plátano y, sin dejar de acariciarle el coño ni un instante, se lo acerqué a la boca. Ella lo miró con los ojos enturbiados de placer, lo chupo unos segundos, le dio un suave mordisco y comenzó a masticar lentamente mientras mi boca se perdía en sus pechos.
Volví a sentarme frente a ella, me metí una parte del plátano en la boca, me acerqué hasta su sexo y se lo fui clavando poco a poco. Fue muy fácil, la niña tenía madera; estaba bien engrasado y muy acogedor.
Estaba enfrascado lamiendo como un caniche adiestrado, cuando sucedió algo inesperado: al pasar la lengua sobre el plátano éste desapareció sin dejar rastro, oí una risita y reapareció entre sus pliegues. Debe ser algo innato, supuse gratamente sorprendido. Es imposible que en este país a su edad haya podido adquirir mañas de putón tailandés.
Yo lamía y ella hacía entrar y salir el plátano entre risitas, que se fueron trastocando poco a poco hasta convertirse en grititos, al poco la sentí vibrar como un arpa de boca; al principio de vez en cuando, pero al cabo de unos minutos aumentaron la frecuencia y la intensidad, fue entonces cuando me levanté, le saqué el plátano bruscamente, comencé a estimularle frenéticamente el clítoris y sus áreas adyacentes y, rogándole que me mirara, mientras me comía el plátano a cara de perro, contemplé toda la belleza de su rostro durante aquel orgasmo convulso y feroz que la dejó como muerta durante varios minutos.…
Estaba sentado en el sofá liándome un porrito cuando abrió los ojos, estiró los brazos desperezándose y me miró sonriente. Sus grandes ojos castaños  miraban soñadores y brillaron como nunca.
Y cuando saltó de la barra y se sentó apretándose contra mí, me sentí un privilegiado al poder contemplar tan cómplicemente el rostro de mujer más bello que he visto en mi vida

miércoles, 15 de febrero de 2017

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 8 (unos días de febrero)

Pasado un instante se levanta y me mira azorada, entonces le digo: —Tranquila, no es frecuente, pero tampoco es tan raro, he conocido tres o cuatro chicas a las que les pasaba lo mismo. 
Mientras yo saco la ropa de cama y la meto en la lavadora, ella se quita las medias y el liguero, los cuelga del soporte de la cortina del baño y se da una ducha rápida.
Cuando termino arreglar la habitación está echada en el sofá cubierta con la frazada granate que suelo tener allí durante el invierno. Me mira complacida y sonriente y me siento junto a sus pies, entonces me la quedo mirando fijamente durante unos segundos, parece un poquito avergonzada, así que evito hablar de su peculiar orgasmo, le cojo los pies y se los acaricio suavemente; al momento su rostro dibuja una de las sonrisas más bellas que he visto en mi vida y hace un ademán para que me acerque hasta ella. Me arrodillo delante de su carita de diosa y se la beso calidamente mientras la arropo, entonces me coge una mano, la introduce en la manta y la coloca entre sus pechos. Los acaricio despacio pero con firmeza, ella suspira hondo, levanta la frazada invitándome a acompañarla y me la quedo mirando y mirando sin aliento.

(— Joder, tío. Está tan buena que no parece de verdad.
— Calla, hijoputa. Calla que me despista
s) 

— Vamos a estar muy apretados –le digo mientras me quito la bata y me meto bajo la manta.
Se echa a reír y se pone de costado para hacerme sitio. El roce de sus pezones me llena de placer. Están tibios, todo su cuerpo está tibio. La rodeo con mi brazo izquierdo y la aprieto contra mí, cierra los ojos y suspira placidamente. Me queda bastante claro que con uno no se va a ir contenta del todo. Miro el reloj, son las once y media.
Me levanto a los pocos minutos, me pongo la bata, me acerco al frutero que tengo encima del frigorífico y cojo el racimo de plátanos, elijo uno, lo arranco del resto, voy hasta donde guardo los platos, saco uno, pongo el plátano en el plato, lo dejo encima del radiador y le pregunto: — ¿Te apetece un té?
Parece un poco extrañada después de ver el número del plátano y tarda un poco en contestar. Pero sí, tomará té. Pongo el agua en el fuego y mientras se calienta me voy al baño y me doy una agüita. Cuando vuelvo se ha levantado, se ha cubierto con la manta como si fuera una tolla de baño y tiene en las manos el pequeño marco fotográfico que tengo en la estantería. Me mira con curiosidad y pregunta: — ¿Por qué está vacío?
— Porque hace mucho tiempo que no llevo a nadie en el corazón y poner una foto mía no me parece adecuado. Estoy convencido de que es por eso.
Después de escucharme con mucha atención, deja el marco sobre la pequeña barra que separa la cocina del resto de la casa, se mete en la habitación donde tengo el ordenador, coge un bolígrafo, escribe algo en el taco de pósits que tengo junto al teclado, luego, con cierta ceremonia, desprende el pequeño papel amarillo, vuelve a la sala, lo pega en el marco, se lo queda mirando un momento y, con un gesto decidido, lo coloca de nuevo en su sitio.
Para entonces el té estaba listo y nos sentamos en la pequeña mesa con sendas tazas humeantes. La veo un poco sobrepasada por las circunstancias, y, aunque estar sentados frente a frente en una mesa es una postura muy elocuente, mira a su alrededor con curiosidad pero no hace preguntas, así que soy yo el que sostiene el peso de la conversación. En tono jovial la animo a que pregunte.
Bebemos despacio, el té está muy caliente. Ella lo observa todo, y yo me la miro y remiro divertido. Por fin parece animarse, mira con curiosidad hacia el radiador donde está el plato con el plátano, vuelve a mirarme y encoge los hombros.
— Es el postre.
— ¿El postre? –pregunta sorprendida.
— Sí, cariño, el postre. Es una receta mía, plátano al horno. Una receta muy sostenible. Tope de ecológica y sensual. Pero hace falta que esté tibio antes de meterlo en el horno.
— ¿Sólo uno?
— Sí. Yo pongo el hambre, la materia prima y la mano de obra; el horno lo pones tú. Es un plato combinado muy rico, yo me quedo con los nutrientes y tú con el resto.
Casi se atraganta con el sorbo de té que acababa de tomar, y un segundo más tarde sus mejillas enrojecieron a ojos vista. Viendo el percal no me quedó más remedio que largarle toda la perorata.
Me levanté, me acerqué al radiador, cogí el plátano, me volví hacia ella y, sin asomo de compasión, le dije en tono imperativo: —Está en su punto. Termínate el té que empezamos enseguida. La primera vez, cariño, dado que uno no conoce al dedillo el horno el cuestión, puede haber algunos desajustes por el tema del tamaño. Por eso hoy, que he tenido que echar mano de lo que había, he escogido uno de tamaño medio. Me servirá de referencia, la próxima, si se tercia; y suele terciarse, porque pasados los pequeños reparos inherentes a toda experiencia nueva y/o los inconvenientes derivados del desajuste que puede ocasionar la improvisación y la falta de medidas aproximadas, ya sabremos el tamaño y la forma que mejor se ajusta a tus necesidades; de hecho, y te lo digo a titulo informativo, es un plato que suele causar furor entre las féminas; una vez lo han probado, en las citas posteriores, si las hay, hasta las más mojigatas suelen traer la materia prima en el bolso. Y decir –aunque vaya en detrimento de casi todas ellas–, sin faltar a la verdad, que me he comido muchas más bananas medio verdes que plátanos canarios en su punto porque a la hora de elegir deduzco que las muy zorras primaron más el calibre y la consistencia que las cualidades organolépticas del producto, es una obviedad o una redundancia…

(Durante mi monólogo ella terminó de beberse el té y yo había dejado el plátano sobre la mesa con la noble intención de que se fueran conociendo, despejado la barra y seleccionado en el Winamp un par de elepés de Burning; no hay nada como un poco de rock canalla para saborear un plato como aquel.)

— ¡Ah, el plátano canario, qué recuerdos…! Hubo pocas excepciones, pero fueron gloriosas, a qué engañarte. Y el que me voy a comer hoy, así, improvisando, es de los buenos. Vete preparando porque vas a pillar de lleno, encanto.
Su risa fue la señal para que dejara el ordenador y saliera de la habitación. Allí estaba, sonriendo divertida. Di una palmada sobre la barra, se levantó, se acercó hasta mí, me dio un beso y de un salto se sentó en la esquina de la barra. Sonrió y se quitó la mantita dejándose caer hacia atrás y alzando las piernas al tiempo que flexionaba las rodillas.
Estaba para morirse tumbadita sobre la barra, y esperaba. Cogí el plátano, lo pelé y se lo ofrecí diciéndole que lo chupara un poquito mientras encendía el horno. Me agaché un poco y le di unos mordisquitos a sus tímidos pezones a la vez que mi mano izquierda se fue desplazando lentamente por su cuerpo hasta llegar a su sexo. Se sacó el plátano de la boca, soltó un placentero gemido y volvió a lo suyo con el desparpajo de quien parece haberlo hecho toda la vida. Cogí una silla, la puse frente al borde de la barra y me senté. Era ideal, en aquella posición tenía su sexo a diez centímetros de distancia y a la altura adecuada. Joder, un precioso coño primaveral abierto de par en par reclamando todo el amor del mundo, me dije un segundo antes de sumergirme en él como si me fuera la vida en ello.  




domingo, 5 de febrero de 2017

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 7 (unos días de febrero)

(Hago una pausa, me levanto del teclado y paseo inquieto por la sala… La imagen de aquel momento, retenida durante tanto tiempo se ha esfumado en un instante. Me acerco a mi pequeña librería y cojo de uno de sus estantes una fotografía enmarcada hace unos cuantos días. Es un selfie hecho por ella en su primera visita: Un retazo de su bello rostro mostrando una victoriosa sonrisa, y el mío entero detrás, en segundo plano; observando a la fascinante nena, sentada sobre mis rodillas toda desnudita como una Venus, con una sonrisa contenida y maliciosa y la mirada obnubilada y perpleja de que no acaba de creérselo. 
Está guapa la cabrona. Lo cierto es que la echo de menos, fue una inesperada y juvenil ráfaga de viento fresco. Un suave y breve golpe de mar acariciando los cuerpos…
).
Bocas recorriendo paisajes recónditos, manos buscando, dedos mojados, polla perdiéndose entre sus labios, adentro, afuera, lengua lamiendo aleteando, coño de par en par contra mi boca, clítoris jugando entre los labios, flujo femenino inundando un rostro… Unos segundos de pausa y se sienta sobre mí: bella melena subiendo y bajando, tetas subiendo y bajando, media vuelta, ahora cabalga de espaldas, sube, baja, hace un giro, un golpe de cadera, sube, baja, hace un giro… Le doy una palmada en el culo para que trote un poco más rápido, comienza a gemir suavemente, entonces le digo con voz melosa: — Date la vuelta tesoro, quiero verte la cara y echo a faltar tus tetas. Da un sonoro y sensual gemido y me obedece, apoya los pies en el colchón y se deja caer sobre mi sexo, le agarro el culo por debajo y la ayudo a que suba y baje con más comodidad. No le impongo el ritmo, solo acompaño sus movimientos. Noto perfectamente la fortaleza de sus músculos pélvicos –no hay nada como las deportistas, están llenas de energía y más apretadas que las latinas los sábados por la noche–, podría romperme el nabo de un apretón. Su rostro se va trasformando a medida aumenta el ritmo de sus movimientos. Con los ojos cerramos y la boca entreabierta va entrando en un glorioso frenesí, instintivamente sube y baja cada vez un poco más rápido al notar el aumento de la tensión del músculo que tiene ensartado, entonces le digo en tono apasionado: — Abre los ojos, mírame y no te pares hasta que me lo saques todo. 
Me quedo maravillado viendo como la excitación va modificando los rasgos de su cara. Cada vez más y más sensuales, y cuando su sexo nota la tensión del mío y que mi orgasmo es inminente, abre de par en par los ojos y me mira apasionada hasta que su rostro estalla en una explosión de gozo y belleza, arrastrándome sin compasión hasta el clímax más brutal que soy capaz de recordar.
Enseguida noto que ella no ha tenido el suyo, parece que le cuesta un poquito llegar, así que la pongo a cuatro patas y, juntando en forma de cuña los dedos índice, corazón y anular, se los clavo en el coño de un golpe seco y enérgico. Se los meto lo más hondo que puedo y comienzo a aumentar el ritmo, adentro, afuera… Levanta la cabeza y me mira, está guapísima cargada de pasión, entonces añado el dedo pulgar a la fiesta metiéndoselo en el culo y sigo aumentando poco a poco el ritmo; al poco vuelve a levantar la cabeza, me mira un instante como si yo fuera un dios, vuelve a enterrar la cabeza en la almohada, da un largo y sensual gemido y se mea toda a medida que su cuerpo se estremece más y más hasta que se desploma sobre la cama como una muñeca de trapo.   

domingo, 22 de enero de 2017

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 6 (unos días de febrero)

Nos besamos apasionadamente en cuanto cerré la puerta con llave y cruzamos la maltratada cortina del minúsculo sucedáneo de recibidor, después di unos pasos atrás y la miré, entonces hizo el ademán de quitarse el abrigo, interrumpió el gesto, miró el perchero, sonrió, y luego, mientras se lo quitaba y colgaba me miró; y sus radiantes ojos y la arrebatadora sonrisa de marfil que los acompañaban me confirmaron que aquella mañana se sentía invencible, y asumí, con una aparente actitud de resignación que me hizo sonreír de oreja a oreja, que no había más alternativa que plegarse a sus deseos, pasiones, exigencias…, o sea, lisa y llanamente: a lo que a la nena le saliera del chichi.

Llevaba mi gorra irlandesa, una camiseta gris de tirantes, una faldita verde de cuadros escoceses, un top negro muy mono, liguero y medias negras, bragas rojas –que me mostró levantando un instante la falda, asegurándome mientras lo hacía que le gustaba que de vez en cuando asomase fugazmente alguno de los lacitos que disimulan los cierres de los tirantes – y unos juveniles zapatos granates de tacón ancho.
En cuanto se me acercó, aprovechando que los tacones la situaban a una altura muy adecuada, comenzamos a besarnos de pie en medio de la sala y, a los pocos segundos, le metí mano por debajo de la falda y comencé a acariciarle el coño por encima de las bragas… Me miró sorprendida y un poco incómoda, como si no le gustara que fuera tan impaciente, y creo recordar que fue entonces cuando le dije: — Es por las bragas. Ya que vas a regalármelas, me gustan bien mojadas, que retengan tanta esencia de mujer como sea posible. Ámbar por un tubo ¿entiendes? Sonrió halagada, y, acto seguido, empujado con firmeza los dedos índice y corazón hacia adentro sin apartarle las bragas, le pregunté: — ¿A qué hora has de estar en casa?
—Sobre las dos, un poco antes de que mi madre llegue del trabajo.
Bien, tres horas pueden dar para mucho, pensé. Y nos metimos en faena llenos de entusiasmo.
Me quedé enseguida de lo cachonda que iba, al menor roce se estremecía como si hubiera sentido una pequeña descarga eléctrica. 
Si no llega a echarme una mano todavía estaría intentando quitarle el sujetador, era el primero con el cierre en un costado que me había tropezado, un detalle que dice mucho sobre lo fuera del mercado que me estoy quedando; y, por fin, otra vez sus sedosas y entregadas tetas entre mis ávidas manos.