domingo, 23 de julio de 2017

En la red 1 (Ámbar)

A principios de septiembre podríamos decir que comenzó mi segunda temporada con Ámbar. Me pilló haciendo cola en el registro con mi nueva novelita a cuestas, y poco después de haberla registrado tomando una cerveza en una terraza próxima al edificio de La Campana . “Jamón de mono” era ya historia, y lo estaba celebrando conmigo mismo. Y hubiera dado cualquier cosa por tenerla sentada al lado.
¡Tanto por escribir y ella tan lejos!
Empezamos a chatear con cierta asiduidad ese mes, lo recuerdo como si fuera ayer; sobre todo los domingos, y poco a poco nos fuimos soltando, adquiriendo cierta familiaridad o costumbre, pero sin llegar a tenernos verdadera confianza. Lo pasaba bien, estaba en mi salsa, lo mío son las palabras; y, en segundo plano, al tiempo que conversábamos, iba tomando notas mentales que una vez terminada la conversación solía poner por escrito.
Y por fin, a mediados de mes, pasó por la plaza a buscar su regalo. Le pedí quince o veinte minutos de charla y me los concedió; y sonreía con cierta malicia al ver que yo consultaba el reloj a cada momento. Tenía muy poco tiempo y mucho que decirle cara a cara y no era cuestión de dejarse nada.
El último ejemplar de “Ruido de fondo”, que para entonces ya empezaba a tener aspecto de huerfanito desamparado, después de su incierta y larga espera encontró el mejor de los destinos: los radiantes ojos de Ámbar.
Y ahora, recordando aquella breve entrevista me he dado cuenta de que fue extraordinaria. De todo el tiempo que hemos pasado juntos, es el rato más largo que ha estado vestida. Casi todo en tiempo restante lo pasamos conmigo desnudo y ella en el mismo plan o con un poquito -muy poquito- de lencería.
Fue a finales de mes cuando comenzaron los problemas con el texto, debía ser fresco, pasional, dinámico, preciso y divertido; aquellos requisitos chocaron con mis temores nada más empezar y llegaron a ser una constante durante los largos meses que tardé en escribir “Unos días de febrero”, esas parcas veintitrés páginas tan llenas de mi.
A veces me lo miro y me digo: Parece un selfie de esos. Un autorretrato donde un cuentista inmerso en frescura, belleza y vida, trata de superar sus propios prejuicios a la hora de expresarse con entera libertad y a sus temores a que ella, el día que se levantara con el pie cambiado, malinterpretara toda la historia.
Cada vez que aquel problema me paralizaba durante unos días acababa diciéndome lo mismo: Se sincero y escribe desde el corazón, tarde o temprano acabará por entenderlo.