miércoles, 26 de julio de 2017

En la red 3 (Ámbar)

Fue por aquellas fechas cuando llevé mi novelita a unos amigos que tienen una pequeña y valiente editorial, necesitaba publicar aquella delirante historia salpicada de recuerdos oscuros de mis años más duros y solitarios -aquel tiempo fantasmal cargado de heroína y desesperanza- a solas con mis libros y mi omnipresente paquete de Ducados, esperando una muerte anunciada a los cuatro vientos en todos los medios de comunicación.
De momento no podía hacer nada más al respecto, y la alargada sombra de Ámbar se proyectó de nuevo en toda su magnitud en cuanto solventé el que entonces creía que sería el último trámite de mi descabalada historia.
Nuestra comunicación había mejorado bastante con el paso del tiempo. Yo era cuidadoso con las palabras y me pareció que ella era más franca, pues de tanto en tanto me hacía alguna confidencia que denotaba un cambio sustancial en su manera de entender nuestra pintoresca relación.
A veces le improvisaba algunos poemas -he de confesar que, salvo alguna excepción, no demasiado buenos- mientras conversábamos. No podía evitarlo, salían solos en cuanto imaginaba sus deslumbrantes ojos pegaditos al móvil a la espera del próximo verso.
Gracias a mi puñetera manía de tomar notas descubrí lo que podríamos llamar un hecho revelador en su manera de proceder. Un día, al repasar mis notas, encontré una incongruencia, al principio pensé que debía ser un error mío y para corroborarlo me vi en la necesidad de consultar nuestras charlas. Me quedé flipado con aquel hallazgo, al parecer habían desaparecido fragmentos enteros de algunas de ellas. Estaba intrigadísimo, yo desde luego no las había borrado y fueron conversaciones a dos, no quedaba nadie más que ella, ¿a qué se debía?, ¿qué había detrás de aquel gesto?
Gracias a la memoria que tengo para lo que realmente me interesa y a mis prolijas notas pude reconstruir algunas de ellas. No fui capaz de encontrar un porqué ni un para qué, eran bastante corrientes; ni siquiera borró las de contenido erótico-pornográfico -aquellas anhelantes palabras tan subidas de tono que, invariablemente, cuando la conversación era lo suficientemente larga acababan saliendo sin que me diera cuenta- supongo que la ponían, o al menos eso espero.
Pregunté, por supuesto que pregunté, pero como lo suele hacer ella, de perfil. Me hice el tonto y pregunté como si aquella herramienta de comunicación fuera chino para mi. La muy taimada se hizo la sueca, fue buenísimo.