martes, 11 de julio de 2017

Bajo una sombra de mi espejo 1

Desde mi punto de vista, el numerito del casal no era más que una chiquillada propia de su edad, pero estoy convencido de que para ella debía tener otro significado, y seguramente, para un chaval de su edad también lo hubiera tenido. Y me puse a especular sobre la cuestión: ¿Intento de puteo puro y simple? ¿Una manera de tratar de herirme porque le gusto y se me había entregado? ¿O era sólo un gesto automático de su personalidad para marcar distancias debido a su falta de interés o de habilidad para las relaciones sociales? 
Fui sopesando todas las posibilidades que se me fueron ocurriendo para justificar aquel acto pueril e innecesario del que nadie iba a sacar ningún provecho, ni siquiera ella misma; pues, aunque ella lo ignorara aún, lo que creemos estar haciendo a otros en realidad nos lo hacemos a nosotros mismos.
Sea como fuere, me constaba que sufría y que a veces se sentía profundamente desgraciada. El mundo, más allá de su pequeña habitación y unos pocos espacios conocidos desde mucho tiempo atrás, era demasiado para ella; y yo formaba parte de ese mundo desconcertante e ignoto. Sé lo que es el sufrimiento, he sufrido bastante más que la mayoría; una dolorosa coincidencia que me permitió establecer una fuerte y cálida empatía con ella. No la compadecía, me atraía un montón y estaba dispuesto a hacer casi cualquier cosa por aliviar, aunque sólo fuera un poco, su pesada carga; y no me importaba si no volvía a verla en mi vida. 
Fue entonces cuando, poseído por el recuerdo de una mirada, de una escena –jovencita sentada en mi sofá con sólo una camisetita anaranjada puesta, las piernas recogidas con las rodillas ligeramente abiertas frente a los hombros y los dedos de los pies jugueteando plácidamente sobre mi muslo izquierdo; a sabiendas de que me estaba mostrando su manjar más delicado en todo su esplendor– dónde sus ojos chispearon como nunca y por primera vez, durante unos minutos pude contemplar en toda su plenitud su verdadera sonrisa de mujer, decidí inmortalizarla. 
Y si se descantillaba más de la cuenta con un servidor –que se ha metido en este berenjenal por amor a ella y a las palabras– estaba dispuesto, como amenaza el estribillo de una conocida canción de Los Van Van, “Voy a hacerte una ampliación de cuarenta por cuarenta para que la gente sepa que tú eres tremenda”, a emplear la motosierra literaria.