jueves, 13 de julio de 2017

Bajo una sombra de mi espejo 2


El primer problema con el que me tropecé cuando acometí la tarea fue mi desconocimiento absoluto de los parámetros culturales en que navegan las chicas de su edad y la lejanía física y emocional entre mi musa y yo. No podía tirar exclusivamente de memoria y dejar que mi calenturienta imaginación llenara el resto.

Necesitas más información, y con Ámbar mejor guardarse bien las espaldas, ese angelito es una máquina de matar y no se fía ni de su sombra; así que estáte al loro y procura no cagarla. No vayas a perder los huevos de una patada un día de éstos, me dije mientras seleccionaba los temas y los iba añadiendo a la lista de reproducción. 

Después de darle al play me preparé un medio de whisky, terminé de llenar el vaso con agua fría, me senté en el sofá, me lié un porrito, lo encendí y solté un suspiro hondo.
La pequeña libretita roja que me iba a acompañar por la jungla en la que había desembarcado ya tenía nombre y descansaba después de un buen trote junto al cenicero, donde unas cuantas colillas, sin duda las más espabiladas, se peleaban por ser las primeras en saltar por la borda de un barco a punto de irse a pique.

Llevas cuatro horas aquí y has fumado un montón. Deja ya de darle vueltas, tendrás que chatear con ella, no hay otra manera; y acabarás envenenado por el recuerdo de su piel, tratándose de ti no hay más remedio.

Chatear no me convencía porque durante una de las primeras conversaciones que mantuvimos me vino a la mente una imagen realmente macabra: Estaba de pie con un madero a cada costado, delante de una jueza de mediana edad con cara de malfollada que iba repasando nuestras conversaciones en el móvil de Ámbar mientras me acribillaba a preguntas y movía la cabeza de un lado a otro, hasta que, con un gesto de condena inapelable, levantaba los ojos del teléfono y me dedicaba una escalofriante mirada de odio que me ponía los pelos de punta.
Tenía por delante una ardua tarea, porque, al margen de mis temores, Ámbar era una chica muy sensible y se aferraba a su soledad como un borracho se aferra a la barra de un bar, como si fuera una trinchera.