jueves, 30 de julio de 2020

tiempos sombrios

Primavera negra, Good morning, Vietnam, había pensado esos títulos para esta historia durante los primeros días de pandemia, cuando todo era nuevo y todavía nos atrevíamos a alargar un poco más de la cuenta nuestros ineludibles y cotidianos paseos para hacer las compras. Realmente, ver a Fernando Simón -todo un experto en catástrofes sanitarias- rodeado de de militares, policías y ministros, había ido calando día a día en la gente, la cosa era seria. Cifras, porcentajes..., pero sobre todo los muertos, subiendo y subiendo y todos, absolutamente todos, esperando a la curva, que se hacía de rogar más que las curvas de una top model. Desde luego no somos soldados, como desafortunadamente sugirió el jefe de la junta del estado mayor en una de sus primeras intervenciones. En nuestro país tenemos una saludable desconfianza en militares y fuerzas de seguridad, sin duda un efecto secundario de nuestra ya lejana pero aún presente dictadura. Pero lo cierto es que, al calor de los medios fueron inoculando el miedo mientras apelaban a la responsabilidad. Estamos en guerra, decía, con voz firme y serena, como quién arenga a los novatos en un campamento militar de instrucción básica. Apelar al miedo, no es para mí lo más eficaz, pero quizá lo sea para el alto porcentaje de gilipollas del que disfruta nuestra península. Y los muertos aumentaban hora tras hora. En unos días, las tragedias se fueron multiplicando aterradoramente, haciendo desparecer de las calles a los mas chulos del barrio, de todos los barrios del país, y los gilipollas se trasladaron en tromba a las redes sociales. Es la primera pandemia con redes sociales y eso, supongo que marcará la diferencia. En la red podemos encontrarnos con lo mejor y peor de nosotros mismos, y la muerte ahí fuera, esperando... Ahora, ya instalados en la catástrofe, cada día, sobre las doce, doblan las campanas al compás de la atemperada voz de Fernando y todos escuchan, escuchamos, como nos desgrana las atroces matemáticas de la pandemia, preguntándonos si mañana, o quizá la semana que viene, estaremos ahí, en esa escalofriante lista. Al comenzar la segunda quincena comprendemos que la esperada curva se ronea más que una adolescente maciza. Se toman medidas más restrictivas... Todos en casa, la vida desaparece completamente de las calles, e internet zumba y zumba intentando suplantar a la vida, como en un cuento. Te dicen cómo aprovechar tu tiempo, la oferta en la red ahora es gratuita, aprovecha, te dicen. Intentan ahogar el miedo que vomitan las noticias. El virus manda, y el resto del mundo se confina o muere. Mensajes y consejos, cómo no engordar, cómo hacer ejercicio, aprende cosas nuevas, cuida a los niños, preocúpate de los ancianos. Me cago en la puta, es el tiempo de los gilipollas y la red lo es todo, ahí te dirán lo que has de hacer y cómo y cuándo. A las ocho sal al balcón y aplaude, como mis jodidos vecinos de enfrente que ponen lucecitas y aplauden como idiotas, y después unos minutos de música de misa protestante. Oh cristo, oh cristo, berrea el altavoz, y ahí están ellos, que son un montón en un pisito de cuarenta y cinco metros, sonrientes y dando gracias al todopoderoso. Trucos y más trucos para aumentar nuestra resiliencia -otra palabra de moda- que viene a ser nuestra capacidad de aguantar cabronadas y sumirnos en la obediencia absoluta sin levantar un dedo. No salgáis condenados, la muerte patrulla las calles, como antes patrullaba el paro, la locura y la miseria. En dos semanas hemos pasado del compra, compra, compra, al no acapares, llévate lo que realmente vayas a necesitar. Una pausa, un poco menos de basura en el mundo. -Espere. No entre todavía, espere que salga alguien. Espero, espero y espero... ¡Mierda, los yanquis tardaron menos en salir de Saigon! Pasados dos o tres días Fernando estaba en el banquillo, y ya íbamos más o menos a razón de ochocientos muertos diarios -bastantes más que en muchas guerras- y los estamentos científicos seguían deseando ver a la codiciada curva en sus gráficos; y yo estaba sin cerveza y sin ganas de ir a comprar más, la ginebra también se había acabado y esta tarde me he tenido que entretener chupando medio limón. Pero no todo eran carencias, ayer tuve un golpe de suerte y me topé con un amigo del bloque de al lado en la cola del súper, le he contado que iba canino, que llevaba diez días sin fumarme un perolo. Le subiré tabaco -él convalece de una larga enfermedad y se mueve lo justo- a cambio de unos gramitos de hachís de su colega el moro. Con dos botellas de Cavernet-Sauvignon, unos gramitos de mierda, menos noticias y menos redes sociales me he propuesto acabar esta segunda quincena, desde luego habrá que estirar mucho, pero en peores garitas me he chupado un montón de guardias. Escribir, leer, un poco de música y lo que me ofrecía el entorno: silencio, paisajes solitarios, aislamiento y este mágnifico aire que hacía tantos años que no respiraba. Quizá para mí sea la mejor manera de recorrer este desastre sin acabar subiéndome por las paredes. El mes de febrero fue hace un siglo, tres semanas habían bastado para meternos en una guerra de trincheras donde se lucha contra un enemigo invisible. Una diminuta molécula que ni siquiera puede vivir por si misma ha triturado la vida que llevábamos, nos ha reducido a un rebaño asustado. La gente mira de reojo mientras compra, en guardia por si algún despistado se le acerca más de la cuenta, unos, la mayoría, tratan de ser amables y positivos, pero otros caminan hoscos y silenciosos entre las estanterías; y, desgraciadamente, algunos, los menos, llevan pintado en el rostro todo el dolor de la tragedia. Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve, media vuelta... Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve, media vuelta... Una vez, otra y otra y otra... Con ese ritmo taleguero comenzó para mí la cuarta semana de reclusión, donde mis espartanos pro- pósitos de la semana anterior se fueron diluyendo a medida que el tedio y el peso de tres interminables semanas de soledad ganaban más y más terreno. Miré al espejo, allí estaba, con greñas de poeta loco y mi límpida mirada azul deslavaza por el espanto. Muerte, muerte, muerte..., por todos lados. Ni qué decir tiene que mi determinación y mis escasas reservas desaparecieron en dos tragos y cuatro caladas. Pillar hierba en tiempos de pandemia es un cuelgue. Los clubs cerrados a cal y canto, y los precios suben, como en las verdulerías; y tus expectativas disminuyen a medida que das toques aquí y allá y te vas quedando con el percal... Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve, media vuelta... Los aplausos de las ocho perdieron fuerza, hasta mis vecinos de enfrente -los entusiastas de la ovación y el Resistiré- estaban sin fuelle; afortunadamente, ya no ponían lucecitas ni pasodobles ni pollas en vinagre, se limitaban a batir palmas tres o cuatro minutos y cerraban la ventana... La socialización de la muerte dejaba tras de sí una atmósfera de desolación, de pérdida, que poco a poco se iba adueñando de nuestras vidas... Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis ,siete, ocho y nueve, media vuelta... Pensé en las miles de mujeres y hombres atrapados en un crucero, en una residencia, en una cárcel, en un respirador... Y yo, mientras tanto, tomaba notas escuchando música de los setenta, con un gintonic en la mesita y un petardo en la boca... Esperando... Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve, media vuelta... A principios de la quinta semana una borrasca se apuntó a la fiesta y, por unas horas, desplazó al fantasmagórico silencio de metrópoli cautiva que asolaba las calles de la ciudad. Salí a por el pan bajo la lluvia, era mágico sentirla, oírla caer. Al llegar a la esquina recordé a alguien, y recordé también el paseo bajo la lluvia que nunca dimos... El anónimo y solitario ir y venir de los escasos transeúntes... Cuando se cruzan parecen envararse durante unos segundos... Dejando tras de sí una atmósfera inquietante que provocaba un gesto furtivo del paisaje, una breve distorsión en mis sentidos. Al darme cuenta me sentí fascinado, por un momento había creído estar en una ciudad ocupada, y pensé que quizá aquellos dos hombres no disponían de un salvoconducto, de ahí, su andar ligero y cauto; y la amplia gabardina de tonos grises -a juego con el día- de uno de ellos podía ocultar cualquier cosa. Silencio. Algo amarillo y un poco más enjuto reapareció Fernando Simón. Un ser estadístico: maneja las cifras, los gráficos, los porcentajes, los rangos..., como un tahúr su baraja. Desescalada, aplanamiento de la curva... Son conceptos de moda durante esta semana. Más de medio millar de muertos el menú diario y las residencias de gent gran mataderos neocon... Tiempos nuevos, tiempos salvajes... Durante la siguiente, la cuarentena llegó a cuarentona, la horquilla de muertos osciló entre los trescientos y cuatrocientos diarios, Fernando tenía mejor color, el módelo de la habitual rueda de prensa de mediodía -con una penosa -por rancia y trasnochada- puesta en escena cívico-militar- yacía moribundo y el que estaba virando al amarillo era yo. Cómo no saliéramos pronto perderíamos sine die hasta el tono de piel mediterráneo que nos es propio. Entonces intervino el Jefe por televisión y anunció que si éramos disciplinados disfrutaríamos de una desescalada gradual y asimétrica, de un prudente retorno por fases a una “nueva normalidad”. Anunció también que la semana próxima, por fin, los niños disfrutarían de una horita diaria de esparcimiento callejero. ¡Mierda, sin niños ni perro estaba perdido! A este ritmo acabaría siendo el último desconfinado -otra palabra de moda-. Recordé los novedosos primeros días del estado de alarma, la ciudad cambió de ritmo de un día para otro y la inercia acumulada me permitió sobrellevar con buen ánimo el tedio de los primeros días de la clausura...; nada que ver con el letargo actual... Salir es como un salto al vacío... ¿Mascarilla o pantalla? Una calle desierta, silencio, recogimiento, aire respirable y algo más de veinte mil muertos... Me pesaba aquel inabarcable y siniestro desfile de cadáveres multiplicándose día tras día, se apilaban en mi conciencia..., y el silencio comenzó a hacerse más y más denso hasta convertirse en una etérea y sobrecogedora neblina asomada a mi ventana, en pólvora de la mañana. En la séptima, la asfixiante atmósfera perdió un poco de presión debido a las positivas expectativas de la Moncloa y a la evidente “mejora” de los parámetros de la pandemia; y, en mi caso, al vivificante hecho de volver a ver niños correteando detrás de cualquier cosa. ¿La uniformatización del mundo que podía llegar a representar la llamada “nueva normalidad” es el exponente más claro de la pandemia, o solo es un espejismo de mis miedos ante los posibles cambios a corto plazo de una hipotética sociedad futura? Me preocupa el capitalismo de catástrofe hacia en el que nos llevan acogotados por el miedo. Repunte, rebrote. ¡Vamos a morir como chinches, como chinches!, gritaba una y otra vez ayer por la noche el lunático que vive en la esquina del bloque de enfrente. Pobre hombre, la película que se puede haber montado después de tantos días de encierro. Ya tengo una lista con lo que necesitaré para el botiquín de pandemia que pienso hacerme cuando pase los más gordo de esta puta mierda y se normalicen un poco los precios. A mí no me vuelve a pillar en bragas la estrategia suicida de nuestra civilización Quizá cuando nos volvamos a encontrar estemos más pendientes unos de otros que del esclavizante móvil, y nos sonriamos y podamos hacer un brindis sentados en una terraza a la salud de lo que se llevó esta terrible ventolera, de todos nosotros... Cuando cerré el portal y encaré la Ronda me quedé perplejo. Un ingente tropel de paseantes caminaba en todas direcciones. Ya no me acordaba de que éramos tantos, y la entrañable imagen de una Ronda de soledad y silencio casi me hace recular en busca de la aburrida pero cómoda y segura solitud de mi domicilio. La primera semana de desescalada abría un camino lleno de tensiones e incertidumbres, una nueva fase de aprendizaje. Nuevos protocolos para relacionarse iban a desplazar a parte de nuestros hábitos sociales al banquillo cultural. La mascarilla ya no sería un elemento de protección, sería un complemento. Creadores y grandes marcas competirían sin cuartel en aquel jugoso mercado en alza. Este más que probable futuro me provocó un profundo desasosiego. La siniestra sombra del experimento social a gran escala orbitaba a mi alrededor como un buitre hambriento sobrevuela la carroña. ¿Conseguiría la tecnología hacernos soportable una vida de mierda? Ya conocía esa interrogante mirada de aprensión que mostraban todos los semblantes, las había sufrido durante mucho tiempo, por lo que, como si se tratara de un viejo y destartalado polichinela, no me vino de nuevo verla asomar en todos los rostros. Se volvía a tener en cuenta el valor de las pequeñas cosas, esas que suceden mientras no tenemos tiempo. La brusca desaceleración de la vida nos había mostrado lo absurdo del vértigo capitalista. Los hámsters habían dejado de corretear frenéticamente y miraban asustados y sin rumbo a su alrededor. La red era un pozo de emociones, donde se volcaba desde lo más positivo hasta lo más vil de la condición humana, desde el trabajo de los grupos de apoyo solidario hasta la mezquina basura de los charlatanes tóxicos. Y las comunidades autónomas, al grito de maricón el último, se lanzaron a una absurda carrera por ver cuál de ellas sería la primera en superar el listón que el ministerio de sanidad les había puesto delante. Cómo si la pandemia hubiera desaparecido, cuando solo se trataba de las primeras medidas del delicado proceso de vuelta a una nueva normalidad. Tendríamos que convivir con el virus. El panorama era aterrador, las tascas nunca habían permanecido cerradas tanto tiempo, no había precedentes en nuestra dilatada historia de algo por el estilo y, por eso mismo, nos daba la verdadera y profunda dimensión de la catástrofe. Ni un bar abierto en el horizonte -en ningún horizonte-, se me hacía muy cuesta arriba acostumbrarme a semejante situación; no en vano, esa noble institución, que tanto nos define socialmente, tiene más de trescientas mil delegaciones repartidas por todo el país. ¿Dónde vamos a ir ahora a meternos unos con otros? Pienso en la insaciable industria turística y me da la risa tonta. Esa “entrañable”patronal que tanto ha trabajado por inundar las calles de visitantes, por foragitar a los vecinos de los lugares más emblemáticos de la ciudad, por colonizar viviendas, espacios públicos y negocios y por pagar salarios de mierda, ahora es un vector potencial del virus a gran escala. Una puñalada trapera para el sector, para el despiadado negocio neoliberal que dirige la economía y la vida del mundo. No me siento emocionalmente preparado para asimilar la magnitud de la tragedia, y, mucho menos, para asumir el desalentador paisaje que se nos viene encima; y me hago preguntas sin respuesta, como cuando voy al mar... ¡Qué lejos está el mar...! Es la primera vez que voy a ser testigo de cómo recupera el resuello una ciudad mediterránea. ¡Te voy a comer hasta la mascarilla! Lo oí ayer en la plaza. Los tiempos están cambiando a marchas forzadas... Ya tenemos mascarillas Vuitton. Las he visto hoy en la red, doscientos pavos nada menos, en fin... Cualquier cosa por marcar la diferencia. Después de un par de meses de letargo, el silencio dejó de ser tan concluyente, el tráfico se hizo más presente y el humo y el ruido, tímidamente, volvían a ocupar su omnipresente rol en las calles; poco a poco, irían desplazando del escenario a la onírica y fantasmal atmósfera de metrópoli durmiente que lo cubría. La colmena empezaba a zumbar de nuevo... Con la desescalada la instrumentalización política de la pandemia por parte de los grupos políticos que no habían aportado absolutamente nada durante lo más duro de la tragedia se intensificó. La colaboración que cabría esperar en una situación como la presente brilló por su ausencia, en su lugar, comenzaron a banalizar la tragedia alentando pataletas y esperpentos. Salvo contadas excepciones, tenemos una clase política realmente repugnante. La situación sanitaria había cambiado, al tiempo que se vaciaban las UCIS, el frente de la lucha contra el virus se fue desplazando paulatinamente hasta los centros de atención primaria. Seguimiento de casos, aislamiento de focos y rastreo de contactos serán estratégicos a medio y largo plazo. Eché un rápido vistazo al colectivo sanitario -un personal al que le debo mucho- y sentí un gélido escalofrío..., han caído como moscas. En la red, los bulos -esos cotidianos paradigmas de la posverdad- se convirtieron en la estrella del espectáculo. Ruido y propaganda negra y gris circulaban a todas horas por el intangible mundo virtual. Ante semejante panorama, el futuro se me antojaba macabro y desalentador. La estrategia de la civilización del capitalismo depredador era víctima de su propia lógica, de nuevo había llegado la hora de que los estados empezaran a soltar la mosca para paliar un nuevo desastre económico y social. Y me sorprendí de lo rápido que desapareció el silencio, el aire respirable y el fantasmagórico escenario de una metrópoli abandonada: la sobrecogedora imagen de ultratumba donde, mientras caminaba solitario y sin rumbo, tantas veces me pareció ver -tras el espejismo de aquellas calles desiertas- los interminables pasillos de un camposanto, un ajado y descomunal laberinto de hormigón repleto de lápidas anónimas barridas por la lluvia y el viento. Es muy probable que el futuro que nos tienen reservado no sea el jardín de las delicias precisamente: Miedo, empobrecimiento social y afectivo, vigilancia, trabajar más, cobrar menos y morirse antes serán ingredientes fundamentales de la nueva receta neoliberal. Sospecho que a estas alturas el Dr. Simón -el rostro amable en medio del desastre- debía estar ya hasta los mismísimos huevos de todos nosotros, pero daba envidia ver lo bien que lo disimulaba. Ahora se las veía con cuarenta y siete millones de expertos en pandemias que hubieran deseado no conocerlo nunca y, muchos de ellos, empezaban a estar hartos de ver todos los días aun tipo solvente haciendo bien su trabajo; ahí delante, con su peculiar tosecilla y esa enérgica fragilidad que lo caracteriza, mientras nos interpreta los terribles y laberínticos números -ahora en franco y rápido descenso- de la evolución de la primera ola de esta tragedia; que muy probablemente, para empezar, nos deje una factura de más de cuarenta mil muertos. Me eché la mascarilla en el bolsillo de atrás y salí a la calle nada más amanecer, la Ronda estaba sucia y desierta después de la larga noche de San Juan... El quince de marzo quedaba muy, muy lejos; y su trasnochada y triste banda sonora -que yo recordaba como una interminable rumba taleguera machacona y siniestra-, si prestas atención, todavía puede escucharse en muchos rincones de la ciudad. El largo confinamiento había destemplado mentes y exacerbado ánimos: Pacientes huidos en pos de la libertad, o de cualquier otra absurda quimera eran buscados por la policía, otros muchos atrapados como ratones de laboratorio por el síndrome de la cabaña, y la mayoría tratando de recobrar nuestras vidas allí donde las dejamos aquel marzo desalmado y remoto... Y la invisible amenaza de una modesta molécula orbitando sobre nuestras cabezas... ¿Qué mundo saldrá de todo esto? Lo ignoramos ¿Habremos aprendido algo? Mucho me temo que no ¿Cómo se administrará la catástrofe? De momento los asquerosamente ricos han obtenido beneficios asquerosamente altos durante la primavera. Había llegado la hora de la responsabilidad civil... Me eché a reír, me salieron desde lo más hondo unas incontenibles y rotundas carcajadas. Un viejo condenado a muerte indultado como yo seguramente no lo ve como la mayoría. A veces hace falta mucho coraje para vivir, para cuestionar vejas sendas y buscar caminos nuevos; y para eso, queridos niños, el momento actual es inmejorable.

lunes, 27 de enero de 2020

Nasti de plasti

Allí estaba de nuevo. Meses y meses de no hacer nada, intentando quizá dejar atrás su último trabajo. Fuera llovía sin parar desde hacía dos días y cuando se asomaba a la ventana a echar un cigarro de tanto en tanto, el fuerte viento azotaba su rostro, mientras él, aterrorizado, se preguntaba si sería capaz de hacerlo otra vez. 
Lejos quedaban los tiempos en que se sentía capaz de escribir sobre cualquier cosa -tras el detalle más nimio descubría una historia digna de ser contada-, ahora, en cambio, solo lo habitaba un páramo desolado a merced de los elementos. Todo era frío, distante y carente de significado. Un solar abandonado tras un infranqueable y viejo muro de piedra, un mundo despojado de horizontes...
Un año en blanco, por dios, qué desperdicio, se decía consternado. Un año de ausencias, de despedidas, de soledades, de búsquedas infructuosas. Y la muerte siempre ahí, llevándose pedacitos de su vida, uno tras otro. Un año duro y desalmado que había quedado atrás por fin.
Los personajes que solía encontrar tras cualquier esquina habían desaparecido, las mujeres inquietantes y bellas también se esfumaron hace tiempo y los paisajes de siempre ya no le decían nada. 
En aquel momento el mundo aparecía a sus ojos como un aplastante y laxo espectáculo en blanco y negro lleno de almas marchitas vagando sin rumbo, día tras día; seres errantes y moribundos arrollados por una realidad anodina y machacona. Nada que sentir, que oler, nada nuevo por lo que palpitar... 
El tiempo en que se lanzaba sobre el texto con la incosciencia y el brío de un navajero adolescente se lo habían ido sirlando las páginas ya escritas.
Malgastar las horas de las tibias y soleadas mañanas de invierno, tomando café en una terraza vacía con vistas a una plaza desierta, se había convertido en una rutina diaria. La patética imagen de un tipo sin expectativas. Estaba a verlas venir y atenazado por el tedio... 
En resumen: su vida era un muermo.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Wish here were 3

Me paré en seco en cuanto transcribí la primera nota. La borré inmediatamente, no era cuestión de ir anotando por orden cronológico -aunque la secuencia temporal pudiera tener algún significado no era el momento de tenerlo en cuenta-, así sólo obtendría una copia de las notas pero en formato xxxl.
Me eché la libreta en un bolsillo de la bata, y utilizando una de las sillas en plan taca-taca me acerqué hasta el escritorio, me senté, abrí el primer cajón y saqué una libreta nueva.
Adjudicarles un número y, en la medida de lo posible, anotarlas fielmente, me llevó tres largas y complicadas horas. Por fin estaban legibles y ordenadas, era el momento de pasar a otra fase del proceso; pero había perdido fuelle y el dolor continuo -sin ser severo- ya no me dejaba ver con claridad la finalidad de la tarea. Abatido, me dio por pensar que quizá no servirían de mucho. Un trabajo tedioso y de dudosa utilidad, me dije.
Fue entonces cuando una máxima de Sun-Tzu me atravesó: “No libres batallas que no puedas ganar. Este es un extraño fenómeno al que ya estoy acostumbrado, otra cosa era saber a cuento de qué venía la frase. ¿A cuento de Ámbar?, ¿de la historia?, ¿de las notas?, ¿de la grifa?

-Que lo dejes por hoy. Eso quiere decir. Y en cuanto a la historia: Déjate de circunloquios y busca a la mujer, cojones. ¿Una jovencita fetén rondando por aquí y no tenemos nada que decir?
-¿Más, Grillo?
-Mejor, tío. Has escrito buenas páginas en condiciones infrahumanas. En este caso, sin la perspectiva de una muerte inminente debería estar chupado. Tampoco has dicho nada del puto móvil.
-Pensaba pasar de ese trasto. Me ha recordado tanto a Ruido de Fondo... Y un toque de la muerte a veces ayuda...
-Hace diez meses que dejaste de mirar sus fotografías. Esas imágenes guardadas tan celosamente en el disco duro externo... El mismo tiempo sin atreverte a abrir el cajón donde guardas sus bragas y asumir que sólo son un recuerdo.
-Lo he intentado varias veces, Grillo; pero es como profanar el sarcófago de Nefertiti. O puede que el tiempo las haya convertido en una ominosa metáfora de sí misma, siempre en un cajón... Aunque, para mí, la imagen que mejor la representaría sería la de una mujer atrapada dentro de una burbuja luchando por ver más allá de su propio reflejo.

jueves, 17 de mayo de 2018

Wish you were here 2

Si ahora estuvieras aquí, encontrarías a un hombre abrumado por las circunstancias pero lleno de coraje.
Si ahora estuvieras aquí, lo verías programar este complicado y largo día asaltado por las dudas pero sin lamentos. 
Te sorprenderías al verlo sacar trabajosamente su pizarra, consultar una y otra vez su gastada libreta y -como un lunático- disponerse a transcribir -con una cuidada y diminuta caligrafía- aquel desmesurado tropel de breves y enigmáticas notas en el encerado. Lo sabrías resuelto ante la adversidad, si ahora estuvieras aquí.



lunes, 14 de mayo de 2018

Wish you were here 1

Al abrir los ojos vi las luces del alba asomar tímidamente por el ventanal de la cocina, había pasado la noche en el sofá. Me incorporé bruscamente para mirar la hora y la novela de Le Carré salió disparada hasta aterrizar -con bastante fortuna para ella- sobre la mesita, pero llevándose por delante la taza del té; que se hizo añicos al estrellarse contra el suelo. Eran la seis y diez.
Cogí el espray de Reflex del estante, me quité el calcetín izquierdo y le di unas cuantas aplicaciones al tobillo. Ahora sólo era cuestión de esperar unos minutos... Entonces sentí una fuerte arcada, me levanté a toda pastilla y, a pesar del tobillo y sorteando los restos de la taza, conseguí llegar al váter justo a tiempo. 
-Hoy va a ser un gran día -me susurré irónicamente en cuanto pude respirar-. Pero no seré yo quien le ponga mala cara. Qué se joda el destino.
Mientras escribía Ruido de Fondo aprendí a barrer sentado. Te sientas, das unos escobazos y haces un montoncito, arrastras un poco más allá la silla llevándote en montoncito con la escoba y así sucesivamente. Tardé diez minutos en recoger los restos de la taza. Y, por enésima vez, me pregunté por qué coño no había comprado todavía una silla de despacho con ruedas; ahora me iría de fábula.
Desplazarse por un piso a la pata coja es como tocar instrumento, un arte en el que sólo la práctica acabará determinando el grado de pericia del pringado de turno. Moverse lo justo, aprovechar bien todos los viajes, tener siempre lo más imprescindible al alcance de la mano y no ponerse demasiado pijotero pueden servir como pautas generales para los novatos atrapados en esta circunstancial y paralizante disciplina.
Pero las cosas no están tan chupadas si vives solo. La soledad en estas condiciones puede convertir cualquier actividad cotidiana en una caótica aventura de imprevisibles consecuencias. Lo más importante es la planificación -hasta la tarea más nimia la requiere-. No es cuestión de ir dando saltitos sin ton ni son a cada momento, en dos días la otra pierna comenzará a quejarse y podrías sufrir unos calambres que te harán olvidar que lo que tienes jodido es el tobillo del otro pie. 
Para evitarlo, una vez establecido el sofá como campo base, hay que ir colocando puntos de apoyo móviles -en este caso sillas- en los trayectos más frecuentes donde no los haya. Una disposición estratégica combinada: Con cuatro sillas plegables, un taburete de baño, otro de bar y el escaso mobiliario -cuarenta metros cuadrados no dan para mucho- debía diseñar una metodología que me permitiera desplazarme apoyando el peso del cuerpo en los dos brazos la mayor parte del recorrido, fuera el que fuera. En mi caso los estrictamente necesarios giraban en torno al eje sofá-baño-ordenador-cocina. Por suerte, hace unos meses -un lunes de trastos viejos- me tropecé con el taburete de bar unos portales más allá del mio, ahora me irá genial para “cocinar” y fregar platos. 
El cenizo del Enano estaba fuera de juego, si no fuera por ese cabroncete hubiera podido eliminar uno de los recorridos; pero el muy manta me tiene tomada la medida y siempre que se huele algo de curro le da un chungo. ¿Se le ha atragantado esta historia o sólo es una víctima más de la obsolescencia programada?
Eran las siete, y fuera llovía y llovía...
Ya tenía mi teatro de operaciones...

miércoles, 2 de mayo de 2018

Wish you were here

Entré en casa intelectualmente embalado pero absolutamente deslomado. Vacié la mochila, tiré el descalabrado paraguas a la basura, me quité toda la ropa, la metí en la lavadora, encendí el radiador, lo llevé hasta el lavabo y cerré la puerta. Desandé mis renqueantes pasos, me puse mi vieja bata azul, cogí un pijama limpio y lo dejé sobre el brazo del sofá. Fui hasta el cajón de la mesita donde guardo los condones y algunos medicamentos y pillé un rula de paracetamol y otra de diclofenaco, me las tragué a palo seco y me tendí sobre la cama con la esperanza de que, al menos, las punzadas más dolorosas amainaran en unos minutos.
Un buen momento para dar un repaso a las tareas que tenía por delante, y la primera y más importante era de tipo emocional. No soy rencoroso, pero cuando me molesto de verdad me suele durar lo suyo; y estaba francamente dolido ¿Cómo se le ocurre soltarme que me estoy riendo de ella? ¿Por qué clase de tipejo me habrá tomado? 

- Recuerda sus atenuantes, son de peso.
- Ya lo sé, Grillo.
- Pues deja atrás esos resquemores, no deben interferir en nuestro trabajo; y a estas alturas son una estupidez carente de utilidad, no nos hacen más feliz ni más fuerte; son un lastre inútil.
- Tienes razón. ¿Por qué te acabo dando la razón tantas veces, enteradillo?
- Soy el encargado de la empatía, de ponerme el lugar de los demás. Vamos a estar sin poder salir unos cuantos días y hay un montón de trabajo pendiente, así que menos humos y al tajo. Para narrar este embrollo sólo necesitamos dos cosas: Sinceridad y eficiencia.
- Lo primero una ducha bien caliente, después nos pondremos todo lo cómodos que podamos y le echaremos un buen vistazo a las notas de hoy. Hay un cacao de miedo.
- Esa es la onda, tío. Somos un buen tipo, que piense lo que más le convenga.
 

Treinta minutos más tarde estaba enfrascado delante de Vagabundo buscando una canción. La seleccioné, le di al play y en unos saltitos estaba en el sofá con un té bien caliente. Cuando comenzó a sonar “Wish you here were” -un tema cargado de interrogantes- abrí la libreta sonriente y me zambullí en aquel intrincado archipiélago.

El archipiélago era un guirigay de cojones... 
-!Mierda! -exclamé consternado-. Ésto va a ser un curro de chinos.
Era un caos. Salvo las notas que había tomado en el bar, más o menos sujetas a una secuencia temporal, bien articuladas y bastante concisas; el resto era un extenso catálogo de imágenes sin conexión alguna entre sí, al menos a primera vista. No me iba a quedar otra que tratar de sistematizarlas. En fin, debería categorizarlas y establecer algún tipo de patrón jerárquico. Y de postre intentar atribuirles alguna significación simbólica o emocional a todas ellas. 
-Joder Ámbar, el trabajo que me estás dando -musité aturdido-. Como no pille la onda pronto me puede llevar meses salir de aquí. Habrá que tirar de pizarra si quiero ver resultados a medio plazo.

(Lo más interesante de esta experiencia está siendo la interacción entre musa/lectora y relato, y, desde luego, a través de éste, conmigo. Estás inesperadas contribuciones están dando lugar a miradas nuevas.
La última ayer mismo: Al conectarme al feis después de un par de días sin hacerlo tenía dos peticiones de amistad pendientes. Cuando traté de echar un vistazo a los perfiles ya disfrutaban del cartelito de “no accesible”. Pero por la tarde ya había otra esperando. Esta vez era un tipo de Dubai que ofrecía servicios financieros, y en su portada, aparte de una indescifrable jeta de hindú calvito y medio devorado por los años, abajo, a la derecha -en minúsculas y entre paréntesis-, se podía leer: (babygirl).
A los dos minutos de aceptar su solicitud, en el chat apareció el aviso de llamada -un servicio del que sabe que no dispongo en el lugar donde me suelo conectar por las tardes-. Una, dos, tres veces en cinco minutos. Cerré la ventanita y sonreí, ya ha leído Ruido de Fondo. Tres o cuatro días atrás había colgado el fragmento nueve de  “Maldita sea mi estampa”, donde, a propósito de Ámbar, el protagonista le hace una confidencia a Alberti: “Está en otra frecuencia pero en la misma onda, Rafael”. 
A veces se hace querer...
Ámbar es una jovencita muy observadora y con bastante tiempo libre, aunque no muy dada a relacionarse; además, está francamente molesta -con razón o sin ella- con un servidor. No lo considero una ofensa, dada su particular manera de ser sólo era cuestión de tiempo que intentase trasformar una -al menos para mí- estimulante y seductora relación epistolar en una especie de disputa en la que yo no estaba dispuesto a participar. No tengo ningún interés en herir a nadie ni en que me hieran. “No me interesan las relaciones de dolor”, le dije.
Y desde luego tampoco me seduce la afición por ganar conversaciones ni la de competir con nadie. Las personas inseguras tienden por naturaleza a rivalizar por cualquier motivo, como los niños. En aquel momento no creo que fuera consciente de algunas de las cosas que hacía o decía, y no era saludable para mí quedarme a verlo. 
Ésto último quizá no lo ha entendido aún.)

Una vez establecida a grandes rasgos la magnitud de la tarea que me esperaba me dio un bajón del quince. Cerré la libreta abrumado. Pillé la novela de espías que tenía entre manos, me tumbé en el sofá, me tapé con una mantita y me dispuse a dejar atrás aquella sombría y descorazonadora jornada con los inquietantes agentes del astuto y viejo Smiley.