lunes, 2 de octubre de 2017

Un día de furia

Hoy, en medio del desolador paisaje después de la batalla que nos han dejado, quiero agradecer al gobierno español -especialmente a su presidente-, a los partidos que tan “dignamente” lo sostienen, a la policía nazional y a la warner civil, el hecho de que, a pesar de haber pisoteado uno de nuestros derechos más fundamentales, no nos hayáis tiroteado. Un humanitario y “europeo” detalle que jamás olvidaré; al fin al cabo, los civiles pacíficos y desarmados son pan comido, carne de balacera; os tiene que haber costado un enorme esfuerzo no tirar de gatillo. Gracias, sois lo más.







No tengo por norma publicar temas ajenos a la poesía o la narrativa breve, sin embargo, los vergonzosos hechos de ayer en Barcelona, donde el régimen del 78 nos mostró su verdadero rostro, me obligan a saltármela, una vez puesto a desobedecer... 

lunes, 4 de septiembre de 2017

Amanecer

Hacerte unos versos esta mañana
así, a bote pronto
quizá un largo suspiro
o puede que un grito en la noche
o mejor: el eco de tu voz vagando por una senda sombría y polvorienta
por no hablar de un amanecer dorado junto al mar
ese momento sublime que devora todas las estrellas
caminando por la orilla de una playa desierta
mientras las olas corren tras tu recuerdo borrando la impronta de mis pasos.
Y al final una sonrisa, o un desperezo.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Anoche

Anoche no hubo lugar para las flores,
las sombras, aquellas imágenes fantasmagóricas de lo que un día fui, desfilaron.
Y tomé una copa a solas, sentado en el sofá
nadie tras los cristales de mi ventana
los senderos, mis senderos, se esfumaron...
y fui corriendo hasta el espejo, y allí estaba yo,
de nuevo al principio del camino...
sonreí y eché a andar resuelto.
Te estaba escribiendo ésto cuando ha saltado tu ventana del chat como un muñeco de resorte.

viernes, 18 de agosto de 2017

Un perfil

Te me pones de perfil
así no hay dios que te coja
mi inquietante paradoja.

Donde da la vuelta el aire final (Ámbar)

Un par de días más tarde concluí, después de meses y meses de trabajo lento y cuidadoso, “Unos días de febrero” y, aguijoneado por su reciente visita al casal, comencé un nuevo relato relacionado con ella, formaría parte también de un trabajo un poco más extenso que convine en titular, como no podía ser de otra manera: ÁMBAR.
Cuando llegó el día de su dieciocho cumpleaños monté un pdf con todos los capítulos y se lo envié junto a su felicitación y un texto explicativo.
En su respuesta eché a faltar el “gracias” de cortesía, no obstante, sí comentó haber leído algo del nuevo texto en mi blog; donde, según su parecer, seguía riéndome de ella. Había confundido un fragmento que hacía referencia al año pasado con la actualidad. No era cierto y así se lo hice saber, pero aun en el caso de que lo hubiera sido era una interpretación profundamente egocéntrica, daba por sentado que ella podía burlarse de mí pero estaba muy mal que yo pudiera hacer algo por el estilo. Un, cuando menos, curioso punto de vista.
También advertí que había borrado mi “Feliz cumpleaños” de la conversación, por ese pequeño detalle supe que mi salida del casal con Andrea no le había hecho ninguna gracia. Una conducta de la que, por razones más que evidentes, no podía quejarse abiertamente.

(-Bueno tío, ésto tiene pinta de que ya no da más de sí.
-Eso parece, después de un año de trabajo acabo de cerrar un círculo. Corto de páginas pero lleno de emociones, Grillo, lleno de emociones. Un año apasionante con sus ojos girando y girando a mi alrededor.
-¿Y ahora qué?
-¿Qué, de qué?
-¿Qué pasará con la chica, tío?
- No sé, quizá salga alguna poesía. Por mi madre que no tengo ni idea, pero si vino buscando hacer de musa se ha salido con la suya. Ha sido todo un privilegio asomarse a su mundo, a sus tetas, a su soledad. Por no hablar de sus besos. Va a ser duro de olvidar. En realidad no creo que la pueda olvidar nunca.
-¿Qué habrías hecho la noche del casal si hubieras tenido veinte años?
- Montarle una escena: Me hubiera sentado tranquilamente en su mesa con una cerveza, y, encarando al maromo de turno, le habría preguntado en tono afable: ¿Ya te ha contado que viene a mi casa para que le coma el chochete? ¿O que me ha regalado unas braguitas sin lavar preciosas? ¡Ah, la testosterona de los veinte años! A veces la echo de menos...
-¿Volverías a verla?
-Joder, claro que volvería a verla, Grillo. Cada vez que se le antoje. Tengo sus ojos clavados en el corazón. Pero no creo que suceda, después de lo que escrito lo más probable es que no le caiga demasiado bien. Se trataba de escribirla, no de darle coba para que venga a verme.
-Pues a mí el texto me parece que está escrito con mucho cariño. Raya la mariconada.
-Está escrito desde el corazón, pero si lo lee con ojos de niña estoy acabado en cuanto a ella se refiere. Si lo hace con ojos de mujer, cuando se le pase el más que probable cabreo inicial... En fin, Grillo, lo escrito, escrito está.
-¿Crees que volverá a verte?
-¡Joder Grillo, hoy estás tope de pelma! Visto el paisaje emocional que lleva a cuestas no lo creo. No espero volver a verla en mi vida. Pero como ella misma me dijo una vez cuando le hice una pregunta parecida: "Nunca se sabe".
¿Sabes, Grillo? A veces tengo la extravagante sensación de haberme tirado por su desconcertante y seductor canalillo como se tira un niño travieso cuando se enfrenta por primera vez con el vertiginoso y sobrecogedor tobogán de un parque acuático, como si fuera un descabellado pero irrenunciable desafío.
-¿Si tuvieras que definirla en unas pocas palabras cuáles serían?
- "La abruma estar presente pero desea que la echen de menos". Y cierra el pico de una puta vez.
- Estás poniéndote de perfil. Escurres el bulto.
- Temo herirla.
- Ya está herida, y no es culpa tuya.
- Eres un cabroncete muy listo, Grillo. Aun así, el resto se queda entre ella y yo.)



                                                  Perplejo ante la certeza
                                            de saberme adicto a su belleza

jueves, 17 de agosto de 2017

Donde da la vuelta el aire 1 (Ámbar)

Fiel a esa línea de conducta, no volví a dejarle ningún mensaje en el chat desde mediados de mayo. No quería que mis palabras pudieran alterarla de ningún modo y la mejor manera era dejarla tranquila y esperar a que fuera ella, si algún día le apetecía, la que diera el primer paso.
Me puse a trabajar con todas mis energías en “Unos días de febrero” con la intención de que estuviera listo para su cumpleaños y poder regalárselo para la ocasión. De hecho me fue muy bien no saber nada de ella durante ese tiempo, pues me permitió concentrarme de lleno en el tema.
Me había dado cuenta que nuestras conversaciones solían por lo general ralentizar mi tarea, que, en aquel momento, consistía en ordenar mis recuerdos del año anterior; y el interaccionar con ella en el presente me ocasionaba un vaivén emocional que repercutía severamente en mi trabajo, una constante desde que empecé su relato a la que solía echar la culpa de lo poco productivo que había sido el año anterior.
El último capítulo fue progresando con bastante soltura a pesar de escribir a contrarreloj y de estar completamente superado por un incomprensible proceder que basculaba entre el candor y una suerte de ingenua perversidad, un intrincado barullo de pulsiones contradictorias que no había dios que entendiera ni por donde cogerlo; el lóbrego laberinto donde anida perezosamente el confuso y desolado corazón de Ámbar.
A primeros de julio volvimos a vernos, se pasó por el casal durante la jam de blues de todos los años. Aprovechando que sabía que aquella noche yo estaría allí, se pasó todo el concierto con un grupito de jovencitos entre los que se encontraba su nuevo noviete, con quien estuvo muy acaramelada. Estaba clarísimo que con la sana intención de intentar incomodarme.
Pero aquella película ya la había visto el año pasado y a punto estuve de soltar una carcajada, afortunadamente tuve el buen criterio de contenerme. Con el rollo que había pillado con el asunto de que me reía de ella lo último que deseaba era dar pábulo a sus desacertadas impresiones. Pero esta vez, aprovechando que unos minutos antes Willy y Ricardo me habían presentado a una rubia madurita de ojos azules, me propuse darle a probar de su propia medicina y comencé a trabájarmela.
No tenía ninguna intención de ligar con ella, pero quería que lo pareciera, así que charlamos y charlamos junto a la barra. Estaba pasando una mala racha y le regalé un libro, en fin, trabamos una animada conversación que duró toda la noche.
En una de las ocasiones en que salí a fumar me dijo de sentarnos, asentí y le dije que cuando volviera entrar la buscaría. Cuando regresé dio la casualidad de que mi acompañante había escogido la mesa situada justo delante de donde estaba sentada mi querida y traviesa musa. No me gustó, pero fue cosa del destino.
Pasamos el resto del concierto charlando animadamente hasta que Andrea, mirando el reloj, me dijo que se estaba haciendo tarde para ella, vivía en Vallvidrera, tenía el coche aparcado en el quinto pino y al día siguiente madrugaba. Era hora de abrirse y cumplir con mi objetivo: que Ámbar nos viera salir juntos de allí.
Sin tan siquiera mirarla, nos levantamos y salimos del casal. Caminamos juntos por Pablo Iglesias hasta Argullós, allí me despedí de ella y comencé a subir la interminable cuesta que me llevaría a casa mientras ella continuaba paseo adelante.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Donde da la vuelta el aire (Ámbar)

Durante el mes de marzo continuamos conversando vía chat, un hecho que me resultó un tanto insólito si lo comparó con la ocasión anterior que, poco después de su visita y tras un poema romántico -ahora estoy convencido de que cumplió la función de catalizador o actuó como desencadenante-, me envió a paseo poco más o menos.
Esta vez el asunto fue muy distinto, empezó a dejarse caer por la plaza de vez en cuando en compañía de unas amigas, allí pasaban el rato y a veces solíamos intercambiar miradas cómplices en la distancia. Un detalle que a veces me hacia me hacía sonreír por lo ingenuo y bello que era. Buscaba tenerme cerca de la única manera que le era posible. Y tengo la sospecha de que aquellas sonrisas mías más adelante llegaron a consolidar sus erróneas sospechas.
Yo trataba de no dar muestras de demasiada atención hacia ella, no tanto por mí como por Ámbar. Lo último que deseaba era que nuestra relación -fuera la que fuera- llegara a formar parte del cotilleo cotidiano de la gente que no tiene nada mejor que hacer.
“Un relato oscuro” llevaba un par de semanas en la imprenta y solíamos hablar de aquel asunto cuando conversábamos. Sobre todo del tema de la presentación del libro, cuya fecha no estaba todavía fijada, pues no sabía cuando estaría la pequeña edición en mis manos.
El libro llegó por fin el doce de abril, sin tiempo material de organizar una presentación como es debido hasta después de semana santa. No hubo más remedio que organizarla para el sábado veintidós -víspera de Sant Jordi-. No era una mala fecha, aunque a mí me habría gustado que la maldita semana santa me hubiera permitido hacerla el sábado anterior.
Cuando se lo comenté me dijo que no podría estar ese día -había pagado unas clases de artes marciales con un profesor extranjero ese mismo fin de semana- y si tenía previsto organizar alguna otra más adelante.
-No te preocupes, mis musas nunca han venido a mis presentaciones, no será nada nuevo - me parece recordar que le contesté.
Un par de días después de la presentación preguntó por cómo había ido y le envié un enlace con las fotografías del acto.
Semana y media más tarde me escribió un par de enigmáticos mensajes donde venía a decir que nunca podría estar con nadie, que siempre andaría sola o algo por el estilo. Era su manera de finalizar lo nuestro. Y al poco un mensaje que olía a paranoia a un kilómetro: “Me entristece que te lo tomes en plan personal”. Al que yo contesté: “La cuestión no es ésa para mí, la cuestión es que me afecte lo menos posible”. Un asunto -éste último- al que, como comprobaría más adelante, ella no estaba dispuesta a renunciar.
Tras mi contestación, me dijo que creía que me estaba riendo de ella, que todo era muy extraño. Aquellas palabras me reafirmaron en mi idea de que algo totalmente ajeno a mí le había sucedido y había dado pie a su cambio de actitud.
No obstante, vino al pequeño recital poético que hice en fiestas y me la tropecé alguna noche de concierto, incluso trató de decirme algo una vez que nos cruzamos, pero me desentendí con un gesto de la mano al ver su iniciativa. No estaba dispuesto a alimentar ningún mal rollo. Tiempo al tiempo.