lunes, 14 de mayo de 2018

Wish you were here 1

Al abrir los ojos vi las luces del alba asomar tímidamente por el ventanal de la cocina, había pasado la noche en el sofá. Me incorporé bruscamente para mirar la hora y la novela de Le Carré salió disparada hasta aterrizar -con bastante fortuna para ella- sobre la mesita, pero llevándose por delante la taza del té; que se hizo añicos al estrellarse contra el suelo. Eran la seis y diez.
Cogí el espray de Reflex del estante, me quité el calcetín izquierdo y le di unas cuantas aplicaciones al tobillo. Ahora sólo era cuestión de esperar unos minutos... Entonces sentí una fuerte arcada, me levanté a toda pastilla y, a pesar del tobillo y sorteando los restos de la taza, conseguí llegar al váter justo a tiempo. 
-Hoy va a ser un gran día -me susurré irónicamente en cuanto pude respirar-. Pero no seré yo quien le ponga mala cara. Qué se joda el destino.
Mientras escribía Ruido de Fondo aprendí a barrer sentado. Te sientas, das unos escobazos y haces un montoncito, arrastras un poco más allá la silla llevándote en montoncito con la escoba y así sucesivamente. Tardé diez minutos en recoger los restos de la taza. Y, por enésima vez, me pregunté por qué coño no había comprado todavía una silla de despacho con ruedas; ahora me iría de fábula.
Desplazarse por un piso a la pata coja es como tocar instrumento, un arte en el que sólo la práctica acabará determinando el grado de pericia del pringado de turno. Moverse lo justo, aprovechar bien todos los viajes, tener siempre lo más imprescindible al alcance de la mano y no ponerse demasiado pijotero pueden servir como pautas generales para los novatos atrapados en esta circunstancial y paralizante disciplina.
Pero las cosas no están tan chupadas si vives solo. La soledad en estas condiciones puede convertir cualquier actividad cotidiana en una caótica aventura de imprevisibles consecuencias. Lo más importante es la planificación -hasta la tarea más nimia la requiere-. No es cuestión de ir dando saltitos sin ton ni son a cada momento, en dos días la otra pierna comenzará a quejarse y podrías sufrir unos calambres que te harán olvidar que lo que tienes jodido es el tobillo del otro pie. 
Para evitarlo, una vez establecido el sofá como campo base, hay que ir colocando puntos de apoyo móviles -en este caso sillas- en los trayectos más frecuentes donde no los haya. Una disposición estratégica combinada: Con cuatro sillas plegables, un taburete de baño, otro de bar y el escaso mobiliario -cuarenta metros cuadrados no dan para mucho- debía diseñar una metodología que me permitiera desplazarme apoyando el peso del cuerpo en los dos brazos la mayor parte del recorrido, fuera el que fuera. En mi caso los estrictamente necesarios giraban en torno al eje sofá-baño-ordenador-cocina. Por suerte, hace unos meses -un lunes de trastos viejos- me tropecé con el taburete de bar unos portales más allá del mio, ahora me irá genial para “cocinar” y fregar platos. 
El cenizo del Enano estaba fuera de juego, si no fuera por ese cabroncete hubiera podido eliminar uno de los recorridos; pero el muy manta me tiene tomada la medida y siempre que se huele algo de curro le da un chungo. ¿Se le ha atragantado esta historia o sólo es una víctima más de la obsolescencia programada?
Eran las siete, y fuera llovía y llovía...
Ya tenía mi teatro de operaciones...