miércoles, 2 de mayo de 2018

Wish you were here

Entré en casa intelectualmente embalado pero absolutamente deslomado. Vacié la mochila, tiré el descalabrado paraguas a la basura, me quité toda la ropa, la metí en la lavadora, encendí el radiador, lo llevé hasta el lavabo y cerré la puerta. Desandé mis renqueantes pasos, me puse mi vieja bata azul, cogí un pijama limpio y lo dejé sobre el brazo del sofá. Fui hasta el cajón de la mesita donde guardo los condones y algunos medicamentos y pillé un rula de paracetamol y otra de diclofenaco, me las tragué a palo seco y me tendí sobre la cama con la esperanza de que, al menos, las punzadas más dolorosas amainaran en unos minutos.
Un buen momento para dar un repaso a las tareas que tenía por delante, y la primera y más importante era de tipo emocional. No soy rencoroso, pero cuando me molesto de verdad me suele durar lo suyo; y estaba francamente dolido ¿Cómo se le ocurre soltarme que me estoy riendo de ella? ¿Por qué clase de tipejo me habrá tomado? 

- Recuerda sus atenuantes, son de peso.
- Ya lo sé, Grillo.
- Pues deja atrás esos resquemores, no deben interferir en nuestro trabajo; y a estas alturas son una estupidez carente de utilidad, no nos hacen más feliz ni más fuerte; son un lastre inútil.
- Tienes razón. ¿Por qué te acabo dando la razón tantas veces, enteradillo?
- Soy el encargado de la empatía, de ponerme el lugar de los demás. Vamos a estar sin poder salir unos cuantos días y hay un montón de trabajo pendiente, así que menos humos y al tajo. Para narrar este embrollo sólo necesitamos dos cosas: Sinceridad y eficiencia.
- Lo primero una ducha bien caliente, después nos pondremos todo lo cómodos que podamos y le echaremos un buen vistazo a las notas de hoy. Hay un cacao de miedo.
- Esa es la onda, tío. Somos un buen tipo, que piense lo que más le convenga.
 

Treinta minutos más tarde estaba enfrascado delante de Vagabundo buscando una canción. La seleccioné, le di al play y en unos saltitos estaba en el sofá con un té bien caliente. Cuando comenzó a sonar “Wish you here were” -un tema cargado de interrogantes- abrí la libreta sonriente y me zambullí en aquel intrincado archipiélago.

El archipiélago era un guirigay de cojones... 
-!Mierda! -exclamé consternado-. Ésto va a ser un curro de chinos.
Era un caos. Salvo las notas que había tomado en el bar, más o menos sujetas a una secuencia temporal, bien articuladas y bastante concisas; el resto era un extenso catálogo de imágenes sin conexión alguna entre sí, al menos a primera vista. No me iba a quedar otra que tratar de sistematizarlas. En fin, debería categorizarlas y establecer algún tipo de patrón jerárquico. Y de postre intentar atribuirles alguna significación simbólica o emocional a todas ellas. 
-Joder Ámbar, el trabajo que me estás dando -musité aturdido-. Como no pille la onda pronto me puede llevar meses salir de aquí. Habrá que tirar de pizarra si quiero ver resultados a medio plazo.

(Lo más interesante de esta experiencia está siendo la interacción entre musa/lectora y relato, y, desde luego, a través de éste, conmigo. Estás inesperadas contribuciones están dando lugar a miradas nuevas.
La última ayer mismo: Al conectarme al feis después de un par de días sin hacerlo tenía dos peticiones de amistad pendientes. Cuando traté de echar un vistazo a los perfiles ya disfrutaban del cartelito de “no accesible”. Pero por la tarde ya había otra esperando. Esta vez era un tipo de Dubai que ofrecía servicios financieros, y en su portada, aparte de una indescifrable jeta de hindú calvito y medio devorado por los años, abajo, a la derecha -en minúsculas y entre paréntesis-, se podía leer: (babygirl).
A los dos minutos de aceptar su solicitud, en el chat apareció el aviso de llamada -un servicio del que sabe que no dispongo en el lugar donde me suelo conectar por las tardes-. Una, dos, tres veces en cinco minutos. Cerré la ventanita y sonreí, ya ha leído Ruido de Fondo. Tres o cuatro días atrás había colgado el fragmento nueve de  “Maldita sea mi estampa”, donde, a propósito de Ámbar, el protagonista le hace una confidencia a Alberti: “Está en otra frecuencia pero en la misma onda, Rafael”. 
A veces se hace querer...
Ámbar es una jovencita muy observadora y con bastante tiempo libre, aunque no muy dada a relacionarse; además, está francamente molesta -con razón o sin ella- con un servidor. No lo considero una ofensa, dada su particular manera de ser sólo era cuestión de tiempo que intentase trasformar una -al menos para mí- estimulante y seductora relación epistolar en una especie de disputa en la que yo no estaba dispuesto a participar. No tengo ningún interés en herir a nadie ni en que me hieran. “No me interesan las relaciones de dolor”, le dije.
Y desde luego tampoco me seduce la afición por ganar conversaciones ni la de competir con nadie. Las personas inseguras tienden por naturaleza a rivalizar por cualquier motivo, como los niños. En aquel momento no creo que fuera consciente de algunas de las cosas que hacía o decía, y no era saludable para mí quedarme a verlo. 
Ésto último quizá no lo ha entendido aún.)

Una vez establecida a grandes rasgos la magnitud de la tarea que me esperaba me dio un bajón del quince. Cerré la libreta abrumado. Pillé la novela de espías que tenía entre manos, me tumbé en el sofá, me tapé con una mantita y me dispuse a dejar atrás aquella sombría y descorazonadora jornada con los inquietantes agentes del astuto y viejo Smiley.