jueves, 10 de diciembre de 2015

Orange 7 (fragmento)

Hizo un disparo al aire y los monos huyeron en todas direcciones, enfocó la linterna sobre el bulto tirado en el suelo mientras se acercaba sigilosamente; nada más llegar a su lado se oyó un gemido, entonces vio al hombre. Se aguantaba las tripas con las manos y, por entre sus dedos, la sangre escapaba a borbotones. La imagen del hombre tirado sobre la nieve desangrándose llenó sus ojos de pánico y tuvo un flash-back, por unos minutos creyó estar de nuevo en el cerco de Leningrado bajo el fuego de la ofensiva rusa que trataba de romper la línea del frente y atacar al ejecito alemán por la retaguardia. Podía oír las balas silbando sobre sus cabezas, el tableteo de las ametralladoras y los gritos enloquecidos de los soldados rusos, mientras avanzaban entre los estallidos de los obuses para caer sobre ellos con sus lanzallamas. Como un autómata, Alejandro se quitó la bufanda y la anudó alrededor del vientre del herido. Lo arrastró con cuidado hasta un árbol cercano y lo recostó contra el tronco. Entonces sus miradas se cruzaron. Ninguno hizo preguntas, ambos sabían que el final solo era cuestión de minutos, poco más de media hora como mucho.
Alejandro se sentó a su lado y le ofreció un cigarrillo. El hombre asintió con los ojos, Alejandro lo encendió y, como tantas veces había hecho sobre la nieve del sitio de Leningrado, se lo puso en los labios. No cruzaron palabra alguna mientras el herido se despedía del mundo. Cuando terminó de fumar, dejó caer el cigarrillo de la boca, levantó la mirada y asintió con un breve gesto de la cabeza;  Alejandro supo de inmediato lo que debía hacer, acercó el cañón de su Tokarev a la sien del moribundo y apretó el gatillo. Un segundo después, como si despertara de una pesadilla, la escena de la ofensiva rusa desapareció, y oyó el ruido del disparo recorriendo la noche del valle como un aullido. Los ecos que devolvían las colinas próximas rebotaron en su cabeza mientras arrastraba trabajosamente el cadáver del desconocido hasta la puerta de la casa del guarda contigua al viejo laboratorio, pensando que los disparos de la Tokarev, más allá del valle, se habrían confundido perfectamente con los de algún furtivo de la sierra. Resoplando, se quitó el guante de la mano derecha, la introdujo en el bolsillo del abrigo donde llevaba el manojo de llaves y buscó a tientas hasta que sus dedos reconocieron la que necesitaba.
Al darle a la luz, ésta se proyectó sobre el cadáver, que yacía frente a la puerta. Alejandro examinó uno a uno los bolsillos del muerto. Al llegar al bolsillo interior de la cazadora encontró la cartera del intruso. Entró en la casa y encajó la puerta, atizó el fuego de la estufa, introdujo un par de troncos y acercó la mesa camilla a la estufa, se quitó la bufanda, el abrigo y la gorra y los dejó sobre el sofá; después se enjugó el sudor de la frente con la manga del brazo izquierdo, cogió una silla, se sentó junto a la mesa y, una vez sereno, vació el contenido de la cartera.
El carnet de conducir inglés confirmó sus sospechas, iban tras ellos. Nacido en Gibraltar pero con residencia en Madrid. Agente comercial de una empresa británica, según constaba en un carnet profesional. Treinta mil pesetas, doscientas libras y una tarjeta de American Expres.


miércoles, 11 de noviembre de 2015

Orange 6 (fragmento)

Matías puso el cofre sobre la mesita, se sentó frente a él y cogió el oxidado juego de llaves. Eligió las que más se ajustaban al diseño de la cerradura y las fue probando hasta que una de ellas pareció encajar a la perfección. La hizo girar, pero solo había dado media vuelta cuando se quedó atascada. Intentó varias veces volverla a su posición original sin ningún resultado. La herrumbre había hecho mella en la vieja cerradura, y no era cuestión de forzarla; no quería estropear el cofre que tanto había encandilado a Loti, convencida como estaba de que las iniciales A.V., grabadas en una pequeña placa dorada atornillada a uno de sus costados, correspondían a las de su padre, Alejandro Valcárcel; a quien apenas conoció y al que su madre llegó a aborrecer. Desde niña se acostumbró a las frecuentes disputas entre los cónyuges, que solían acabar con la marcha del padre dando un fuerte portazo seguido de los amargos sollozos de su madre, que, desde la salita de la planta baja, llegaban lúgubres y apagados hasta su habitación.
Fue al coche, estuvo un rato rebuscando en el portamaletas y regresó con un destornillador y un bote de spray tres en uno; dio un par de cortas aplicaciones a través de las ranuras que había entre la llave y la embocadura y se dispuso a esperar unos minutos ojeando sus notas.
Pasado un rato se puso a forcejear con la llave, en un par de minutos consiguió que regresara a su posición original y pudo sacarla. Volvió a rociar con espray el agujero de la cerradura, hizo lo propio con la llave y fue a la cocina a por un estropajo de aluminio, con el que frotó enérgicamente los herrumbrosos dientes hasta dejarlos tan relucientes como una sonrisa de anuncio. La introdujo de nuevo y la fue girando con cuidado hasta que ésta se detuvo. Dio marcha atrás y otra vez hacia adelante. Esta vez giró completamente. Matías miró satisfecho el cofre, lió un cigarrillo y fue a avisar a Loti, que seguía en el taller a pesar de saber que la hora a la que solían comer estaba más que tocada.
Después de comer, Matías fue a la cocina a preparar el café. Loti recogió los platos, los dejó en el fregadero, sacó un par de tazas de uno de los armarios, lo miró expectante y, viendo que él no reaccionaba, le preguntó: — ¿Qué, has conseguido abrir el cofre?
— Por supuesto.
— ¿Cabrón, por qué no me lo has dicho antes? –preguntó–. Y acto seguido, sin soltar las tazas salió disparada hacia la salita del piso superior
— Porque la comida se habría enfriado y el cofre no va a salir corriendo  — contestó Matías, subiendo tras ella.
Por un instante, Loti se quedó parada delante del cofre; después lanzó un suspiro, dejó las tazas encima de la mesita, levantó la tapa con mucha cautela, introdujo la mano en su interior y sacó una vieja lata de galletas. En ese momento, Matías oyó hervir el café y bajó a apagar el fuego.
Al entrar de nuevo en la salita casi se le cae la cafetera al suelo. Loti sostenía en la mano izquierda una vieja fotografía y con la derecha empuñaba una pistola.
Dejó la cafetera sobre la mesa, le arrebató la pistola, comprobó que no tenía puesto el cargador y  tiró hacia atrás de la corredera, que, contra todo pronóstico, se desplazó sin muchos esfuerzos, la recámara también estaba vacía. La examinó detenidamente durante varios minutos, y después la dejó junto a los dos cargadores que había al lado de la caja de galletas diciendo: — Cariño, las carga el diablo. Es una Tokarev TT 33 de calibre 7.62. Una reliquia soviética de la segunda guerra mundial. La más utilizada por el ejército ruso en aquella época.
El contenido del cofre era el siguiente: una lata de galletas en la que había una libreta manuscrita en bastante buen estado y unas cuantas fotografías; y una pequeña bolsa impermeable de donde habían salido: la pistola, dos cargadores llenos, una cajita de cartón que contenía catorce balas, un trapo sucio y una botellita de aceite para limpiar armas de fuego.
Las cuatro fotografías, con una caligrafía menuda y cuidada, llevaban anotaciones al dorso. Un par estaban hechas  en Grafenwöhr el día 31 de julio del 41, inmediatamente después del juramento al Führer. En una aparecían Alejandro y su hermano Saturnino con el uniforme de la 250 ª división de infantería de la Wehrmacht, y en la otra, de nuevo los dos hermanos, esta vez formando parte de un grupo de veintitantos voluntarios del SEU de Salamanca que saluda  brazo en alto. De las otras dos, una era del 19 de agosto del mismo año –un día antes de su partida hacia el frente oriental-. En ella, Alejandro posa con una joven alemana del brazo. La otra está fechada el 20 de agosto, y se ve al mismo grupo de salmantinos posando, unos minutos antes de partir, junto al camión que los había de llevar a la estación donde tomarán el tren que los trasladará hasta Smolensk.
— A mi padre lo hirieron gravemente en el asedio a Leningrado. Allí se acabó la campaña de Rusia para él –dijo Loti.
Pero fue la ajada libreta de colegial lo que más llamó la atención de Matías. Ojeó rápidamente las amarillentas páginas manuscritas por las dos caras y, lleno de curiosidad, le preguntó: — ¿Te importa si la leo?
— No. Desde luego que no.
— Tiene una delicada caligrafía.
— Antes, esas cosas se enseñaban en el colegio, Matías. 

domingo, 4 de octubre de 2015

Orange 5 (fragmento)

Dejó caer un Alka-Seltzer en el vaso, lió un cigarrillo y salió a la calle. Mientras fumaba comenzaron a llegar los parroquianos que Matamoros había puesto es desbandada. Uno de ellos al pasar junto a él, le preguntó: — ¿Qué, cómo se ha portado El Picao? Es un tocapelotas. Desde que se lió con la rumana del bar de la carretera no hace mas que ir tocando los cojones por ahí con la esperanza de acabar con la competencia.
Al entrar en el local todos los clientes dejaron de hablar y lo miraron como si fuera un principiante que acaba de sufrir una novatada. Jacinto carraspeó para llamar su atención y les dijo: — Os presento a Matías, el novio de la pintora. Después de los saludos y los preceptivos apretones de manos, mientras Matías se tomaba un cortado ya frío, Jacinto, entre comentarios jocosos acerca de la novia y el noviazgo, pasó a relatar con todo lujo de detalles las peripecias del lance.
— ¡Joder, con lo buena que está la pintora… Menudo braguetazo! –exclamó un tipo bajito que Matías no alcanzo a ver.
A las dos y media, cuando el local comenzaba a vaciarse, llegó Loti exultante y lo besó apasionadamente delante de los parroquianos. Saludó a todo el mundo, pidió un vermú, agarró a Matías por la cintura y le dijo: — Vamos a una de las mesas de fuera, tengo que darte una buena noticia. Ya en la calle, continuó: — Esta mañana he vendido un par de cuadros y es bastante probable que en unos meses exponga en una galería de Londres. Matías, llevas la suerte allí donde vas.
— Será a los demás, porque la mía. Estoy resacoso y famélico. Necesito comer, una siesta y un masajito de Orange. Lo de anoche a mi edad se paga.
— Fue maravilloso. En el tercero flojeaste un poco, pero cumpliste como un hombre. Estoy convencida de que Orange te hará un masaje de ático barcelonés. 
Mi sobrina ya se ha ido de vacaciones. En estas fechas baja un poco el negocio, es el momento ideal para ir a Santibáñez. Si hay cualquier imprevisto estamos a diez minutos en coche. Trabajaremos por la mañana y tendremos las tardes para nosotros. He comprado unas cuantas pastillitas azules, pienso cobrarme cada beso, cada caricia, cada pincelada.
— Moriría entre tus piernas.
— No es cierto, pero da gusto oírtelo decir.
— ¿Quieres que comamos aquí? Jacinto no es un gran cocinero, pero el calderillo bejarano lo borda.
Matías asintió con la cabeza, luego se quedó como ausente un par de minutos, sacó su pequeña libreta y empezó a tomar notas.
 — El vermú –dijo Jacinto, al tiempo que dejaba el vaso y un platito de olivas aliñadas sobre la mesa y se sentaba con ellos. Miró a Matías, que seguía ensimismado, y acto seguido, le lanzó una mirada interrogante a Loti.
— Es escritor. Un escritor sin suerte que cree que morirá sin haber contado nada digno de tenerse en cuenta. Déjame unos minutos para el vermú, y después nos traes una ensalada para dos, un calderillo para él y un bistec a la plancha poco hecho para mí. Y agua mineral para beber, que Matías anda con resaca.
— Ha tenido su primer encuentro con El Picao –dijo el camarero,levantándose rápidamente tras apuntar el pedido.
Loti soltó una carcajada y Matías levantó la vista de su libreta, se la quedó mirando un instante y, poniendo de nuevo la atención en la libreta, le pregunto: — ¿Dónde está la gracia? Porque yo no se la veo.
— ¿Qué impresión te ha dado? 
— ¿Qué impresión me ha dado? Pues me ha parecido que está más sonao que un antidisturbios con veinte años de servicio. Un tipo atolondrado y ansioso carente de profesionalidad. Y facha, facha por un tubo.
— Cariño, tienes un don especial para las primeras impresiones. Yo no lo habría resumido mejor a pesar de llevar años y años aguantándolo. Cambiando de conversación, continuó: — Ya verás cuando veas el estudio, te va a encantar. Desde hace unos pocos años mis cuadros se venden bien. Bueno, relativamente bien. Me ha permitido comprar el estudio y hacer las obras necesarias. Ahora es uno de mis sueños cumplidos. He conseguido un espacio apartado y lleno de luz donde puedo aislarme del mundo y crear. Es mi pequeño universo. Cuando estoy allí, cada día al levantarme yo decido qué es qué.
— ¿Intentas acojonarme? He estado en lugares muy bellos y en antros apestosos, así que lo tienes complicado. ¿Qué quiere hacer conmigo tu universo?
— Básicamente desnudar tu alma, tu corazón. Ver la tristeza, la pasión, el fuego en tus ojos.
En esas llegó Jacinto con el mantel. Apartaron el servicio y la libreta, y Jacinto extendió el mantel y puso cubiertos y servilletas. Al acabar, miró a Matías y le dijo: — No crea que fue una encerrona. La clientela aprovechó el momento en que El Picao fue al lavabo para poner tierra de por medio. Entonces llegó usted.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Orange 4

El ritmo de unos acordes se fue abriendo paso en su sueño hasta que despertó. Al abrir los ojos la luz lo cegó por un instante y los volvió a cerrar rápidamente cubriéndose la cabeza con la almohada. Poco después estiró los brazos, sacó la cabeza de debajo de la almohada y se dio cuenta de que estaba solo. Para entonces el Sweet Jane de la Velvet estaba en su apogeo, y supo que no era una coincidencia. Loti había programado el despertador especialmente para él. Miró hacia la mesita. Era la una y media.
La habitación era amplia, luminosa y sobria. La piedra de la sierra, una constante en todo el hotel, lo vestía todo, y los escasos pero imponentes muebles de madera de cerezo hacían resaltar el cuadro  que Loti tenía en la habitación. 
La tela -una acuarela de sesenta centímetros de ancho por metro treinta de alto que descansaba en el suelo y subía por la pared junto a un costado del enorme cristal que había sustituido al grueso muro contiguo a la terraza- era sencilla y bella: Una maceta de barro cocido donde un par de frágiles tallos de buganvilla se ramificaban a medida que ascendían hasta estallar en unas cuantas flores escarlata.
Cuando entró en el lavabo encontró un posit pegado al espejo. Después de leerlo, lo arrugó, lo tiró por el inodoro y se metió en la ducha. Cuando regresó a la habitación se quedó mirando el lienzo pensando en que le resultaba familiar, sexy incluso. Se tomó un Alka-Seltzer, se vistió, abrió la puerta de la terraza, volvió a mirar el cuadro lleno de curiosidad y salió de la habitación; cogió unas llaves que había sobre la mesa de la cocina y echó a andar hacia la puerta
Mientras bajaba las escaleras del hotel camino del bar de Jacinto recordó donde había visto por primera vez aquel cuadro. Era una buganvilla de la terraza del caótico ático donde vivió Loti cuando estudiaba en Barcelona y que, desde hacía unos meses, arrancaba también desde los gemelos de su pierna izquierda y trepaba entre pequeñas flores carmesí por la cara posterior del muslo para acabar dispersándose pletórica de color por sus inmarcesibles nalgas.
Al llegar a la puerta del bar se tropezó con unos cuantos parroquianos que salían atropelladamente. Los dejó pasar y, un instante antes de cruzar el umbral, se giró con curiosidad y los vio alejarse apresuradamente en varias direcciones. Iba a preguntarle al camarero por el motivo de aquella fuga, pero Jacinto estaba recogiendo un par de mesas; por lo que se sentó en la barra y esperó a que volviera hojeando el periódico. 
Nada más abrir El País sintió unos toquecitos en la espalda. Se dio la vuelta y se encontró con un tipo de mediana estatura, de rostro renegrido y picado de viruela que exhibía un bigote a lo Sáenz de Santamaría.
— ¿Qué se le ofrece?  –le preguntó, dando un suspiro de empacho. 
— A ver, identifíquese.
— Y usted, ¿piensa hacer lo propio o espera que el bigote cuartelero sea suficiente? 
El hombre estuvo un par de minutos buscando en sus bolsillos hasta que dio un resoplido y le mostró una placa que lo acreditada como miembro de la Benemérita.
Matías le entregó el carnet. El agente sacó una libreta y anotó su filiación. Después, se encaró con el y le espetó: — Así que de Barcelona, eh. Rojo o separatista. O lo que es peor, las dos cosas.
— No sabría decirle. Últimamente el panorama político es tan voluble que ya no sé si voy o vengo.
— ¿Dónde se hospeda? Y no me mienta, porque iré a comprobarlo.
— En La Casona. Estoy en La Casona. Vengo invitado por una vieja amiga y me estaré una temporada  –concluyó, exasperado.
— Tenga, y páselo bien –le dijo, en tono sarcástico. 
Matías cogió el DNI, lo guardó en la cartera y cuando levantó la vista el tipo había desaparecido.
Jacinto volvió a la barra, se puso a fregar unos vasos y le dijo con una risita: — Le presento al sargento Segundo Matamoros, comandante de puesto y azote de la sierra.
— Estupendo. No hay manera de librarse de esta plaga. Cuando hablaba, el tono altisonante y el ritmo atropellado me han recordado a don Manuel.
— Y que lo diga. Igualito que Fraga.
Se echaron a reír. 
Matías pidió un cortado descafeinado y un vaso de agua y, mientras Jacinto le servía el vaso de agua, le preguntó a qué se debía aquella grotesca conducta.
— Cosas de la rumana, que le tiene sorbido el seso…

martes, 15 de septiembre de 2015

Orange 3 (fragmento)

Estaba fascinado delante aquel bigotito naranja y pensó que, en realidad, aquel chichi jugoso e inquieto no había cambiado tanto. Se engañaba, veinte años son veinte años, pero también era cierto que en aquel escenario improvisado seguía teniendo bastante gancho.
Ella sacó del neceser una botellita con cuentagotas, unas pinzas para las cejas y una maquinilla de afeitar de color rosa. Cogió las pinzas con la mano derecha, alzó las rodillas y apoyó las plantas de los pies en el borde de la mesa. Con la otra mano agarró el espejo, lo apoyó en el sofá justo delante de la vagina y comenzó a extraer pelos rebeldes. Los localizaba con el espejo, después, con cuidado, los atrapaba con las pinzas y daba un brusco tirón al tiempo que su rostro dibujaba una mueca de dolor que se desvanecía rápidamente, entonces levantaba la vista y lo miraba sonriendo.
Los grandes ojos castaños brillaron como espejos y Matías supo que la farla empezaba a hacer su trabajo. Entre pelo y pelo, le contó que, con el lío de los del SEPRONA no había tenido tiempo de hacerlo por la tarde y de esta manera la espera sería estimulante para los dos.
Una corriente eléctrica recorrió el cerebro de Matías, sus ojos se abrieron como platos y un nudo le atenazó la garganta, entonces tuvo una arcada y salió corriendo hacia el lavabo. Cuando regresó traía los ojos enrojecidos y la garganta seca como un zapato. Para entonces Orange había terminado con los pelos rebeldes y se rasuraba con mucho cuidado el pubis, perfilando el bigotito naranja que, bajo la luz del foco, brillaba como un sol naciente.
Cuando llegó el momento de rasurar los labios externos lanzó un suspiro y le dijo: — Anda ven y termina tú, no tengo el pulso firme. Matías se acercó al sofá, apartó la mesita, se arrodilló delante de su sexo y cogió la maquinilla; ella abrió las piernas de par en par y le dijo: — Ten cuidado, no vayas a joder la noche. Él no dijo nada y se aplicó a la tarea con toda la atención de la que era capaz dadas las circunstancias. Primero se dispuso a rasurar el labio derecho. Iba despacio, en parte por precaución y en parte por placer, cuando terminó ese lado cambió de posición y comenzó con el derecho. No era una tarea complicada, pues el bello apenas comenzaba a aparecer, pero sí muy delicada. Cuando terminó dejó la maquinilla en el suelo y, de sopetón, le metió el índice y el pulgar de la mano derecha en el coño. Se oyó un gemido, y Matías comenzó a desplazar los dedos adentro y afuera. Ella le paró la mano y le dijo: — Se bueno y acércame el frasquito.
El pequeño frasco era el culpable de que Matías la llamara a veces “mi chichi naranja”. Contenía un perfume que ella misma se hacía desde que era una jovencita. La fórmula era muy sencilla: consistía en una combinación de aceite esencial y esencia de flor de naranjo.
Se levantó a su pesar, tomó el pequeño frasco, se arrodillo de nuevo y lo agitó suavemente; después fue dejando caer lentamente unas cuantas gotas sobre el pubis. Ponía unas gotas y luego extendía el denso líquido de manera suave y uniforme; después repetía la operación en otra pequeña porción de piel. Cuando le tocó el turno a la vagina presionó la zona con un poco más de firmeza hasta que terminó la tarea y, aprovechando que ella estaba en el paraíso, volvió a introducirle los dedos con un golpe seco. Esta vez no se demoró, sacó los dedos y se los metió en la boca mientras ella se dejaba caer hacía atrás levantando las piernas con las rodillas flexionadas y susurrando: — Eso es, chúpatelos. Chúpalo todo cariño. 

sábado, 5 de septiembre de 2015

Orange 2 (fragmento)

— Abajo están el almacén y los vestuarios. Y en esta planta el vestíbulo, la recepción y un pequeño restaurante. Tiene otra entrada que da a la calle de atrás, pero a esta hora ya estará cerrada –dijo Loti al ver la curiosidad que asomó a los ojos de Matías nada más cruzar el letrero de la entrada donde se podía leer escrito a fuego sobre madera “Bienvenidos a La Casona”. En las dos plantas siguientes están las habitaciones –continuó–, y la última es una planta privada con dos áticos independientes donde vivimos mi sobrina y yo.
— Me gusta el cuadro. Es un paisaje impresionista ¿No?
— Sí. Es mío. Lo pinté expresamente para este vestíbulo. Intenta mostrar la belleza indómita de la sierra azotada por los primeros vientos del otoño. El bosque empieza a perder sus tonos verdes y los tostados y ocres avanzan sierra abajo desde los parajes más altos, al tiempo que la fauna comienza a replegarse  buscando un refugio donde pasar el invierno o inicia la migración a lugares menos inhóspitos. Está pintado en Santibáñez. Tengo el estudio allí.   
— Es sobrecogedor. Al primer vistazo ya dan ganas de abrigarse.
— Espérame aquí. Cojo algo para cenar y subimos.
Matías seguía parado a cuatro metros del cuadro, atrapado en aquel paisaje agreste y amenazador que parecía querer extenderse más allá de la recepción. La voz de Loti, que lo llamaba desde la puerta del ascensor, lo sacó de su ensueño. Giró la cabeza en dirección a la voz y echó a andar hasta el fondo del vestíbulo.
Ya en albornoz, mientras ella terminaba de ducharse, se acercó al ordenador, abrió el Winamp y puso música. Suena mejor el vinilo, los graves en digital pierden mucho, se dijo mientras caminaba hasta la cocina. Preparó la pequeña mesa, y cuando empezó a sacar la comida de las bandejas, el ruido de un secador de pelo disparó su imaginación y se estremeció exclamando: ¡Maldito chichi naranja! Y a punto estuvo de acabar por los suelos la ternera en salsa.
Mientras cenaban Loti le explicó el motivo de su retraso. Un imprevisto en Los Comuneros –la pequeña finca familiar, una finca rústica junto a la carretera del Guijo, que con muchos esfuerzos las dos mujeres lograron salvar de la debacle familiar-, al parecer, las lluvias torrenciales de la semana anterior habían dejado al descubierto una fosa llena de esqueletos de animales de una especie nunca vista en la sierra. Los agentes del SEPRONA acotaron la zona, hicieron fotografías y levantaron un acta que debían hacer llegar al juez a la mañana siguiente por si creía oportuno abrir diligencias.
 
Después de cenar; él se puso a fregar los platos y Loti desapareció en el lavabo soltando una risita que Matías conocía muy bien. Estaba terminando de limpiar la mesa cuando una voz profunda y aterciopelada lo reclamó desde el salón. Se secó las manos pensando en que quizá aquella fuera la noche especial que ella le había prometido mientras cenaban.
— Siéntate en el sillón –le dijo.
Matías obedeció sin rechistar. La miró detenidamente y completamente abducido vio como el salón se trasformaba en un pequeño escenario. Loti apagó la luz cenital y encendió un pequeño foco, empujó un sofá de dos plazas tapizado de color salmón hasta la pequeña mesita que había en el centro de la sala, buscó en el ordenador, puso música chill out, orientó la concentrada luz del foco hacía el sofá, y le pidió que desplazara el sillón un poco más lejos de la mesita. 
Para entonces el cansancio que traía del largo viaje había desaparecido. Estaba excitado y muerto de curiosidad. Recordó los viejos tiempos, cuando, ocasionalmente, ella hacía de performer en algún espectáculo extravagante y provocador.
— Tardo un minuto, ponte una copa si te apetece  –dijo ella desapareciendo en la oscuridad del pasillo. Le hizo caso, buscó entre las botellas que había en la pequeña barra que tenía detrás hasta que encontró whisky de malta. Fue a la cocina y volvió con un vaso largo con un cubito de hielo y una botella de agua mineral fría. Buscó en su pequeño bolso uno de los petardos que traía liados desde Barcelona y no había tenido oportunidad de fumarse durante el viaje. Lo encendió y volvió a sentarse en el sillón. Con el pelotazo en una mano y el canuto en la otra, se dispuso a disfrutar del espectáculo que se avecinaba.
No la oyó llegar, venía descalza y con una corta bata llena de arabescos multicolores, se sentó en el sofá y, con el aplomo que le da a una mujer el saberse una cuarentona follable, dejó sobre la mesita el neceser y el espejo de mano que traía y se abrió la bata de par en par.
— Qué sensual estás, Loti.
— Cierra el pico. Ahora no soy Loti. Esta noche, para ti soy Orange.

lunes, 31 de agosto de 2015

Orange 1 (fragmento)

Cerró el periódico, lió un cigarrillo y miró a su alrededor. Se levantó, caminó unos pasos en dirección al centro de la plaza y levantó la vista. A pesar de las farolas, el cielo de la sierra era abrumador; aprovechando la ausencia de la luna, las estrellas se amontonaban como si estuvieran en un planetario, y sintió cómo el peso de aquel paisaje deslumbrante y lejano se desplomaba sobre él, despojándolo de la estéril carga emocional acumulada en Barcelona durante meses. 
Por un instante se contempló insignificante y renovado en aquel espacio inabarcable enmarcado por las luces de los fanales que, fijados en la parte exterior de los pilares que sostenían los arcos de los soportales, recorrían el perímetro de la plaza. Desandando sus pasos volvió a la terraza, apagó el cigarrillo y dio un trago largo, muy largo. Abrió la pequeña mochila. Buscó dentro del neceser, sacó un blister plateado y extrajo un paracetamol, con gesto cansado se lo introdujo en la boca, y, ayudado con un poco de gin tonic, lo dejó resbalar garganta abajo.
Fue entonces cuando oyó la voz cálida y profunda de Loti llamándolo a medida que se acercaba caminando bajo los soportales. Levantándose bruscamente, sonrió y se abrazaron. Después de tantos meses volvían a estar juntos. Se despidieron de Jacinto, cruzaron la plaza mirando las estrellas y, aprovechando las sombras de una calleja próxima, se besaron largamente. Una euforia imparable se fue apoderando de Matías a medida que, cogidos por la cintura, quedamente dejaban la plaza atrás y se acercaban a la casona.
Si bien en principio la casona fue la casa señorial de los Valcárcel, una de las familias pequeño burguesas de la comarca que, durante la guerra y la posguerra -primero gracias a la industria, a la que benefició estar en el lado “nacional”, y una vez acabado el conflicto gracias al estraperlo- había prosperado más de lo que se merecían al amparo de su filiación franquista; la mala traza para los negocios, y el desenfreno y abulia de los hermanos Valcárcel durante sus últimos años, a punto estuvo de despojar a sus herederos de la casona donde la familia había vivido desde que fue edificada a mediados del diecinueve. Situada en una calle próxima a la plaza del ayuntamiento, la vieja casona -trescientos metros cuadrados con un sótano y cuatro plantas construidas- gracias al esfuerzo de Loti y de su sobrina Inés, últimos vástagos de la saga familiar, se había transformado en un hotelito de quince habitaciones que funcionaba bastante bien gracias a que la UNESCO había declarado a la sierra de Béjar reserva de la biosfera.

domingo, 23 de agosto de 2015

Orange (fragmento)

Cuando por fin el autobús se detuvo, Matías salió de su sopor y miró adormilado a su alrededor,  apenas quedaban tres personas en el vehículo. Tras un día de viaje agotador ya estaba en su destino. Había cogido el AVE a las nueve de la mañana en Barcelona, cambió de tren en Madrid, y al llegar a Salamanca ochenta y tantos kilómetros de autobús hasta Béjar. La voz del conductor sonó por los altavoces avisándolos de que era fin de trayecto y todos los viajeros debían bajar del coche.
Salió del autobús, andó unos metros, dejó la pesada bolsa de viaje en el suelo y miró a su alrededor. Desde la esquina de la plaza donde se hallaba podía verse, a lo lejos, parte de la silueta de la sierra recortando el paisaje; atardecía y las montañas iban perdiendo verdor a medida que los últimos rayos del sol desaparecían tras incendiar sus crestas.
Mientras recorría con la mirada los viejos soportales buscando el bar que llevaba apuntado en una pequeña libreta marrón, sintió un escalofrío que le hizo abrir la bolsa que tenía a sus pies y sacar una cazadora tejana. Parecía perplejo hasta que se dio la vuelta y encontró el rótulo del bar que había dejado a la vista la marcha del autobús. Agarró sus bártulos y recorrió con paso entumecido los escasos metros que lo separaban del bar hasta que, dando un suspiro, se sentó en una de las solitarias mesas que el establecimiento tenía bajo los soportales. Dejó los bultos encima de una silla y se acercó hasta la barra.
El camarero charlaba animadamente con dos clientes y, al verlo entrar, dejó la conversación y se acercó hasta él y le preguntó: —¿Es usted Matías? 
— ¿Es usted adivino o un chamán de la sierra?
— No se sorprenda. Estaba sobre aviso. Loti me llamó hace un par de horas. Disculpe, no me he presentado: Soy Jacinto, dueño de este garito y amigo de Loti. ¿Y usted, hace mucho que la conoce?
— Bastante. La conocí en Barcelona a finales de los ochenta. Entonces era una marchosa y extravagante estudiante de arte que vivía en el bohemio barrio de la Ribera y se hacía llamar Orange.
— ¿Le sirvo alguna cosa?
— Estoy sentado ahí fuera. Tráigame una cerveza y algo para picar. Unas almendras si tiene.
— No hay almendras, pero le puedo poner un platito de zorongollo. Es una ensalada típica de la sierra. Muy rica, se lo aseguro.
Las noches de Béjar eran frescas en verano y gélidas en invierno, cuando, atraídos por la nieve, se llenaba de madrileños que iban a pasar el fin de semana. Pero un martes de finales de agosto al caer la noche no eran muchos los parroquianos que paseaban bajo los soportales buscando un sitio donde tomar una copa después de un día sofocante.
Cuando se terminó la ensalada miró de nuevo el reloj. Carlota se retrasaba y recordó que era muy capaz de dejarlo tirado. Se preguntó qué hacía allí. Cómo se había dejado convencer por aquella mujer voluble y fantasiosa. Carlota era mucha Carlota y, el otoño pasado, cuando se volvieron a encontrar, casi como la primera vez años atrás en un café del casco viejo de Barcelona, las cosas fueron rodadas. Charlaron y charlaron hasta el anochecer, tomaron unas copas y, esta vez, a diferencia de la primera, que terminaron en el bohemio ático del barrio de la Ribera donde ella vivía, acabaron en el pequeño piso de Matías. Tres días después, Matías tenía clarísimo que pasaría una temporada en la sierra de Béjar posando para unos retratos que Loti quería hacerle a toda costa. De hecho, se llevó un par de bocetos que le hizo durante un paseo por Collserola. Matías pensó que, quizá allí, en la sierra, encontraría la inspiración y el estímulo que andaba buscando desde hacía ya demasiado tiempo… Buscaba un tema especial para una novela y estaba convencido de que la sierra, aquel paisaje agreste y rotundo cargado de energía, donde todo sería nuevo para él, podía ser el catalizador que acorralase su inquieta imaginación y diera rienda suelta a su creatividad.. 
El golpeteo de unos nudillos contra la puerta acristalada que daba paso al local lo sacó de sus cavilaciones. Se dio la vuelta y vio al camarero que, gesticulando, le indicaba que tenía una llamada.
— Diga... Sí, Loti, sí. Ya sé que eres tú. No podía ser nadie más.
Estuvo unos minutos asintiendo con la cabeza hasta que colgó exclamando entre dientes: ¡Maldito chichi naranja!
— Póngame un gin tonic y déjeme el periódico, que esto va para largo –le dijo al camarero al tiempo que rodeaba la pequeña barra y salía de nuevo a la calle resignado a esperar lo que hiciera falta.


martes, 28 de abril de 2015

Días de escuela*

Corría el año 1967 cuando, temeroso, subí por primera vez las escaleras que llevan al coro de la iglesia de Sta Engracia. No me detuve allí y, junto con otros niños, continuamos dos tramos de escalones hasta llegar a una pequeña puerta. Tras ella la pequeña clase de grades ventanales y, al fondo, otra puerta que daba acceso a la clase del piso superior.
Nada que ver con el siniestro colegio estatal de donde venía.
Los deslavazados y viejos, viejísimos pupitres, tantas veces barnizados. La luz que entraba a raudales por las ventanas, la gran pizarra y la mesa del señor Font -quizá el mejor maestro que tuve nunca-, el hombre que, con aquella pasión que ponía en su trabajo, viendo mis notas, me aguijoneó sin tregua hasta convertirme un enamorado de la lectura.
Dos cursos más tarde las cosas cambiaron: Niños y niñas juntos en dos pequeñas clases encima de la secretaría, donde me aburría, enredaba y sacaba estupendas notas.
— ¡Mario, vete a la biblioteca!
La pequeña biblioteca, donde, a falta de otra cosa, leí y leí sin descanso; al principio sin pautas, y después con una lista de lecturas interminable. Allí se fraguó mi pasión por los libros, por los intangibles mundos escondidos tras aquellos lomos redondeados de letras doradas.
El recuerdo de Julia, una rubita de ojos claros que vivía en la calle Sta Engracia, y nuestras no demasiado inocentes citas, mis primeras citas. De Julián, mi compañero de pupitre y de risas contagiosas. O las obligatorias misas de los jueves por la tarde, que acabaron como el rosario de la aurora, tras un zafarrancho de risa colectiva que terminó con aquella puñetera costumbre para siempre.
Aún hoy, cuando paso por delante del viejo edificio, me parece ver al niño inquieto y aplicado que fui, asomando una mirada traviesa y furtiva tras los grandes ventanales; hasta que la voz profunda del señor Font amonestándome me devuelve de nuevo a la realidad.


*Para la revista anual La Prosperitat









martes, 7 de abril de 2015

domingo, 5 de abril de 2015

El caso Coelho

Lucía Domínguez (la conocida coñokiller) está de gira brasileña con una banda de lolailo-punk. Según la INTERPOL, utiliza la gira como coartada para camuflar su verdadero propósito: Darle matarile a Paulo Coelho con un cortaplumas envenenado. Afortunadamente, Coelho en este momento está dando clases en la universidad de Yakarta como profesor invitado, tarea que compagina con la de conferenciante en varias universidades de Indochina.
Ultimas noticias: Según la agencia Reuter, la INTERPOL acaba de perder la pista de la conocida coñoterrorista tras el concierto del grupo en un matadero clandestino de caimanes próximo a Manaos.
Ultima hora: La Domínguez ha sido vista en un barco de buscadores de oro. Navega rápidamente Amazonas arriba intentando sortear a las autoridades fronterizas y llegar a Colombia, donde se le suponen conexiones con el hampa autóctona
Manaos tv:
Tragedia en el Amazonas: Una lancha de turismo fluvial zozobra en la confluencia del Río Negro con el Amazonas falleciendo todos sus ocupantes. Los miembros del conocido grupo español lolailo-punk “Sangre Garrula”, entre las víctimas.
Fue a partir de esta insignificante pérdida para la música española que me interesé por el destino de la Domínguez.
Se la suponía, más o menos, perdida en la selva colombiana, pero yo, que la había conocido un par de años antes y sabía de su capacidad para evaporarse a las primeras de cambio, presentí que el asunto Coelho acabaría mal, sobre todo para Coelho.
No tuve pues, más que seguir las noticias que fue goteando la red durante los siguientes diez o doce días.
El Despertador de Bogotá en sus páginas centrales: El chamán habla.
El chamán de una de una tribu de la amazonia colombiana reconoce haber vendido cinco gramos de su mejor curare a una española morena y bajita que tenía mucha prisa y parecía muy cabreada.
La conocida pornoterrorista (como ya la llaman en Colombia) amenaza:
Cuelgan en la red una supuesta entrevista con la Domínguez. De espaldas a la cámara y con la voz distorsionada, la poeta amenaza a Coelho: “Lo llevas claro, enterao del parchís”.
Encuentran una bolsa con una nueve milímetros automática y un cortaplumas pringadísimo en curare en un muelle de un puerto colombiano del Pacifico. La policía se niega a dar más datos de momento, pero alerta a las autoridades malayas.
La policía del país asiático toma medidas: refuerza la vigilancia en el campus de la universidad de Yakarta y pone guardaespaldas a Coelho, que se niega a marchar de la universidad, pero vivirá en un furgón blindado junto a la facultad de letras.
La policía colombiana no haya huellas ni ADN en la bolsa encontrada en el puerto que se correspondan con la buscada poeta, y no descarta que todo el asunto no sea más una cortina de humo.
Sin salir de su furgón, Coelho contraataca: “Lucía no es más que una poetastra pajillera con una inclinación enfermiza por la mugre”.
Luto en las letras brasileñas: Salta por los aires el furgón donde vivía Coelho. A las tres de la madrugada (hora de Yakarta), una granada antitanque de alta potencia tipo RPG ha impactado contra el furgón de Coelho. Según el ministro del interior malayo, todo parece apuntar a que los restos humanos hallados dentro del furgón pertenecen al señor Coelho. “Aunque, visto lo poco que ha quedado del escritor, habrá que esperar los resultados de los análisis géneticos para confirmar su identidad”, ha apostillado el ministro.
“Detenida una mujer que se ajusta a la descripción de la poeta cuando intentaba cruzar la frontera hacia Camboya”.
“La detenida escapa de una furgoneta policial cuando era trasladada a una comisaría para confirmar su identidad y mata a los dos policías que la custodiaban”.
“El coronel Kurtz, que en realidad no murió en la película Apocalipsis Now y parece haber hallado la fuente de la eterna juventud en la selva camboyana donde continua viviendo con la tribu que le dio asilo, afirma: “Tuve un tórrido romance con la poeta durante el corto tiempo que pasó con nosotros. Y no se lo van a creer, pero intentó asesinarme la última noche. Si no llega a ser por mi adiestramiento de comando, ahora mismo sería pasto de las alimañas de la selva”.
La INTERPOL no da crédito a las declaraciones del coronel: “No es más que un venao egocéntrico en busca de la notoriedad perdida”, declara su portavoz para el caso.
“Giro inesperado en el caso Coelho: La poeta se presenta en el juzgado de guardia de Barcelona y presta declaración ante el juez, que abre diligencias y ordena prisión preventiva. Dos inspectores, uno de la policía tailandesa y otro de la malaya, vuelan en este momento rumbo a la ciudad condal”.
“Los dos socios de la pequeña editorial “En su Tinta”, que preparan la edición de un poemario de Lucía Domínguez, se felicitan por la publicidad gratuita. “Por fin comeremos caliente” han asegurado a un conocido periodico barcelonés”.
Exclusiva de El Periodico: La Domínguez  habla desde su cautiverio: “No sé absolutamente nada del caso Coelho. He estado todo el mes navegando por el mediterráneo en el velero de unos amigos, incluso estuvimos unos días alojados en un hotel de la isla de Creta. Nada más llegar a la ciudad y enterarme de que me andaban buscando me presenté en el juzgado. Estoy convencida de que se trata de un asunto de suplantación de identidad, y espero que el juez agilice todas las diligencias y me devuelva la libertad lo antes posible”.
Feliz desenlace para la Domínguez: Inminente puesta en libertad sin cargos de la poeta barcelonesa implicada en el caso Coelho. Una vez interrogados sus compañeros de crucero, recibido el informe de la policía griega, y escuchadas las declaraciones de los inspectores de las policías malaya y tailandesa desplazados exprofeso para esclarecer este asunto, el juez, con toda seguridad, mañana ordenará el archivo de la causa y la inmediata puesta en libertad sin cargos de la sospechosa.
Declaración a los medios que la esperaban en la puerta de Wad-Ras. “Iros todos a tomar por culo, me voy a tomar unos quintos”.

Para Lucía.

lunes, 30 de marzo de 2015

Incertidumbre

Tengo una duda: No sé si mantenerme en la franja educada o mandarte a la mierda directamente.

sábado, 28 de marzo de 2015

El almuerzo

Estuvieron toda la noche a remojo en lejía, los pasé unos minutos por la plancha, a continuación los salé con mataratas y los unté con mierda fresca de perro, mientras se secaban, puse un par de hamburguesas de Maldonas en la picadora hasta reducirlas a una pasta muy fina, rebocé los pinchos morunos en la pasta y, echándome a reír, me dije: Si con esto no palma ese hijoputa habrá que meterle unos tiros.

domingo, 15 de marzo de 2015

Ana

Nos volvemos a encontrar, Matajari de mercadillo. Andaba con lo del cuento erótico cuando me han asaltado las dudas. El prisma desde donde enfocarlo me atenaza y, solo ante el dilema, he tomado la decisión de consultar a la fuente. La fuente eterna que vas a representar en una de sus facetas más gozosas me hace dedicarte estas líneas.
Dado mi carácter, me inclino por el relato apasionado de tonos suaves, y te veo sentada en un bidet refrescándote el chichi, una escena con gancho, no te quepa duda. Luego he pensado en tu imagen de ayer –toda una actuación de alguien que reclama atención-, esa femme fatale seudo rockera, y me he dicho: quizá prefiera que la sodomicen borracha en un callejón poligonero después de un concierto. Sinceramente, lo veo un poco sórdido para esa sonrisa de chochete televiso de programa canalla que te gastas.
Después he barajado una posibilidad más sofisticada, mi postre preferido: un plátano bien macerado en tus jugos más íntimos servido dentro de tu vagina, sin duda una buena opción. Pero entonces me ha venido una imagen más carnal, encendida y gozosa: desnuda y sentada sobre mi rostro moviendo las caderas adelante y atrás lentamente mientras te doy palmaditas en el culo. O quizá prefieres a una mujer solitaria con un montón de artilugios a pilas en un cajón de la mesita de noche que se satisface a si misma ensoñando un polvo que jamás tendrá.
En fin, ya ves mis dudas. Trato de ser un cuentista honesto, dentro de lo cabe en un cuentista honesto; por eso te consulto, Ana.
¿Hay alguna opción de tu gusto?
Espero tus sugerencias.

viernes, 6 de febrero de 2015

Niebla (completo)

Aquella mañana, al abrir las ventanas de su pequeño y casi deshabitado apartamento, el halo gélido y azul de la niebla lo sobrecogió. Una corriente eléctrica recorrió como un rayo su columna vertebral. La niebla amenazaba con entrar en su pequeño mundo, y una vaharada pútrida le llegó con toda nitidez desde la izquierda. Los incendios habían desaparecido, pero las negras columnas de humo todavía eran visibles desde su ventana.
El caos del centro de la ciudad se aproximaba inexorable.
Tres rostros infantiles alzan sus brazos cuando abre el container para tirar la basura. El parque de La Ciutadella rebosa de parados vagabundeando sin rumbo a causa de la malnutrición. Encías sangrantes y miradas perdidas alimentándose del césped. Alguien cae de un árbol cuando intenta alcanzar unas piñas. Salen de la niebla unas cuantas manos que lo despojan de todo. Ojos de animal agonizante mientras manos de sangre y miedo se reparten sus despojos. Calzoncillos sucios y calcetines agujereados perecen con el hombre.
Un policía atado a un banco y sodomizado con su propia porra grita pidiendo ayuda, se oyen risas entre la niebla.
Formaba parte del grupo de la zona norte. La zona norte era uno de los pocos reductos donde aún existía un mínimo de organización. Controlaban gran parte de ésa área de la ciudad, el segmento colindante de Collserola, y lo que es más importante, la estación de suministro de agua de la Trinitat. Aquella infraestructura era capital para la ciudad.
— Hace dos noches, todavía no se sabe desde donde, inyectaron gas en la red de alcantarillado. De día reina una calma tensa, pero de noche… De noche es una locura. Grupos de incontrolados armados con todo lo que tienen a mano montan barricadas, asaltan tiendas y domicilios.
Ayer por la noche contabilizaron doscientos muertos ¿Puedes creértelo? Más allá de nuestro perímetro es el caos.
Han saqueado las armerías antes de que la policía, desbordada como está, haya podido reaccionar. Hay cantidad de cretinos vestidos de camuflaje y armados con escopetas vagando por la ciudad.
— ¡Lo qué faltaba! Un montón de desesperados armados hasta los dientes buscándose el sustento por su cuenta.
¿Y los demás grupos? ¿Qué está pasando?
— Todavía no lo sabemos. Salimos cada noche, pero las patrullas han estado en los lugares de cita varias noches y no ha aparecido ni un alma. Estamos convencidos que otros grupos de la periferia siguen funcionando, pero las comunicaciones… las comunicaciones son un problema. Montar una red en estas condiciones es muy complicado.
— ¿Ves a tu chica? — preguntó, con sonrisa maliciosa.
— ¿A la enfermera…? Sí, casi todas las noches que bajo al centro termino en su casa. Después de media vida lamiendo coños de mujeres ingratas por fin he tenido suerte.
Laura me ha dicho que una amiga suya que trabaja en el Valle Hebrón le contó hace unos días que dos cirujanos salieron de la zona de quirófanos dando alaridos bisturí en mano y repartiendo tajos por los pasillos a todo lo que se ponía por delante. Desjarretaron a una docena de pacientes antes que pudieran abatirlos a tiros.
Es más seguro moverse de día, así que espero en su casa el resto de la noche. A primera hora la acompaño al Hospital del Mar. Luego me reúno con el resto del grupo en un bar cercano al Pla del Palau y subimos todos juntos.
Cada vez hay más gente enloquecida por las calles.
En el hospital creen que la niebla es la responsable. La mayoría de ingresados no responde a los antipsicóticos. Todos soltaron el mismo rollo: Primero se sintieron atraídos por la niebla, a partir de ahí no recuerdan nada.
Ayer, mientras esperábamos a Raúl, un militar retirado ido de la olla se lió a tiros junto a la estación de Francia. Tres muertos y cinco heridos. Lo redujeron mientras intentaba cargar la pipa de nuevo.
Aquí arriba tenemos suerte, la brisa dispersa la niebla y parece que al perder densidad disminuye su eficacia.
Unos predican el Apocalipsis en las entradas del metro, otros recorren los vagones con cascos de motorista para que los extraterrestres no les lean el pensamiento y hablan de guerra interplanetaria…; los indepes lo tienen muy claro: Barcelona es víctima de una operación militar con una nueva arma estratégica. Un ataque del ejercito español contra las mentes de Catalunya, aseguran muy convencidos.
Mira, esto es nuevo, unas estampitas de la Virgen del Petróleo. Me las dieron ayer dos beatas que paseaban por la rambla de Poble Nou.
— ¡Qué morenita!
— No te rías cabrón, no te rías… Resulta que un julai que iba a repostar dice se le apareció en uno de los postes de la gasolinera de Pere IV. Han instalado una pequeña ermita en el surtidor, y aquello se ha llenado de beatas vestidas de negro sentadas en sillitas plegables rezando el rosario a todas horas.
Al parecer, piden a “La Negrita de Dios” que interceda por nosotros y consiga que el Altísimo se lleve la niebla. El dueño de la gasolinera está que se sube por las paredes con el circo que le han montado. ¡Qué flipe, eh!
Hasta el arzobispo tuvo que intervenir cuando las beatas se emperraron en encender unas velas negras para su virgencita.
¿Y tú?, ¿sabes algo más?
— Se investiga, se investiga… Se han puesto sensores, se recogen y analizan muestras…; incluso varios centros de meditación, junto con un reconocido lama tibetano que se encuentra en la ciudad para dar unas conferencias en la Casa Asia, convocaron una concentración de esas donde se medita colectivamente con el objetivo de crear un frente energético que neutralizara la niebla.
Quinientas personas en trance enfrentándose a la bruma… Un veinte por ciento de ellos, con sensores y  cámaras instalados en la cabeza, fueron los encargados de grabar y enviar la información a tiempo real.
El envío falló a causa de los estallidos electromagnéticos que periódicamente despide la niebla, pero los equipos portátiles de grabación de imágenes y registro de datos que llevaban incorporados funcionaron bien.
Parece ser que estos estallidos son de tal magnitud, que neutralizan todas las señales eléctricas en varios kilómetros a la redonda. Ni móviles, ni fijos, ni internet, nada de nada. Quinientos metros a su alrededor, la niebla es capaz de freír este tipo de conexiones, y los equipos corrientes quedan tan inservibles como si los hubieras metido en un microondas.
El maestro lama -no sé qué Rimpoché- y un centenar de discípulos suyos se levantaron tan campantes después de que, tres horas más tarde, la bruma se disipara con las embestidas del fuerte viento de levante que comenzó a soplar a medianoche; pero el resto…
— ¿Qué ha pasado con el resto?
Bueno… solo han pasado dos semanas, pero…, tras un montón de pruebas, encefalogramas, análisis, resonancias magnéticas y toda la pesca, el pronóstico en general es desolador… Poco más de cien están acabados sin remedio, en estado catatónico profundo y con nulas posibilidades de volver a ser quienes fueron; setenta y uno ya han palmado, y los demás padecen psicosis más o menos agudas, y, de momento, la fuerte medicación que se les ha proporcionado parece no dar ningún resultado positivo; aunque no se descarta que más adelante puedan mejorar.
Las descargas electromagnéticas de la niebla cortocircuitan las conexiones sinápticas de las neuronas. O dicho de otra manera: la mierda esa te acaba achicharrando el cerebro. Las autopsias son concluyentes en eso. Te los podrías comer con sanfaina.
Durante el experimento pasó algo muy extraño: Salieron de entre la niebla seis o siete tipos muertos de risa. Iban tan fumados que no se enteraron de nada. Pasaron por delante de los que meditaban junto al Arco de Triunfo tomándose unas latas, incluso se pararon unos minutos en un banco de los que hay frente a los antiguos juzgados a liarse unos canutos.
“La niebla azul es flipante”, aseguraron a los médicos mientras los reconocían. Nada, estaban, como ellos mismos decían, de puta madre. Se partieron de risa con las pintas que hacían los de emergencias dentro de los trajes antirradiación. Hasta se tomaron unas cervezas que llevaban en un macuto enorme mientras eran interrogados por los facultativos desplegados en los alrededores…
Seguramente han abierto otra línea de investigación con este asunto. Esa inmunidad, sea pasajera o permanente ha de ser estudiada a fondo.
Me han llegado sus datos. Son socios de un club de fumadores. El Lagarto Verde, creo que se llama. En fin, la dirección está en el informe.
Mañana has de hacer algo por mí. Esta silla de ruedas no me permite hacerlo con la debida discreción, y tal como está el centro…
Castellví es un sabio, una de las mentes más preclaras de la ciudad, y es de los nuestros. Un barcelonés que, por encima de todo, ama esta ciudad.
Investigador del CSIC y profesor universitario, se jubiló hace un par de años; pero sigue muy relacionado con el mundo de la ciencia. Sabe quién es quién en el pequeño mundo de la investigación catalana y española.
Te he preparado un sobre con el dossier y una carta de presentación. Tienes que dárselo cuanto antes.
— Quizá este fin de semana no pueda. Alguien ha de ir a hablar con los fumetas. Iré con Raúl, es un conocido militante cánabico. Frecuentamos el ambiente, no daremos el cante. Con los fumetas hay que ser discretos, tienen una locuacidad legendaria.
— Tampoco hacemos nada ilegal.
— Ya lo sé Miquel, ya lo sé, pero me huelo algo raro…; flota en el ambiente, como esta pesadilla.
— Se ha hecho algo tarde ¿pasarás la noche aquí?
— Sí, oscurece y no quiero correr riesgos innecesarios.
He traído una botella de Néspola, un tinto artesanal. Me lo regalaron hace unos meses. Nos la beberemos a la salud del Palla -uno de sus creadores- antes de que esta ciudad se vaya a la mierda con todos nosotros dentro.

Mientras tanto, en otra parte de la ciudad…
El imponente grupo de garrulos poligoneros baja por la calle Lepanto cantando Ciutat Podrida. Navaja en mano, destrozan a patadas coches y mobiliario urbano. Tatareando el viejo tema Trapero van sirlando a todos los que les salen al paso.
Un enjambre de treintañeras verriondas avanza por la calle Bruniquer, desnudas de cintura para abajo agitan bragas y condones levantando los brazos hacía las ventanas de los edificios adyacentes. ¡Bajar si sois hombres! ¡Bajar, hijos de puta! ¡Os vamos a enseñar lo que no os enseñaron vuestras mamás, maricones de mierda! ¡Salir si tenéis huevos! Apoyan los codos en los coches aparcados y sacuden el culo desesperadamente. Muslos mojados chispean a la luz de las farolas…
El choque con los adolescentes navajeros es inevitable.
La Abeja Reina -una choni bollera entrada en años- es la primera en verlos. ¡Zorras, ir a por ellos! ¡Caparlos a todos, no dejéis ni uno!
Una de las treintañeras se encara con ella y le grita: —“¡Cierra el pico, puta vieja! ¡Vete a oler bragas a otra parte! Esta noche queremos nabo”.
Al amanecer, cientos de bragas, gayumbos y condones usados alfombran la plaza Joanich; y tres tías despanzurradas y ocho adolescentes capados, que se han desangrado durante la noche, yacen muertos junto a la boca de metro de la esquina de la calle Lepanto.


— Bueno, ahora somos socios del Lagarto Verde…
— Menuda movida para entrar… ¿Dónde están los garitos llenos de humo y  tías poco recomendables?
— Han pasado a la historia, Andrés; salvo en fiestas clandestinas y algunos conciertos en centros sociales ocupados. Y ni allí es lo que era…
— ¿Por qué tanta ventilación?
— Dicen que han de cumplir una normativa muy estricta, pero estoy convencido de que lo hacen para que la gente no se ponga gratis.
¿Los tipos del club te han parecido fiables?
— Bueno…, al principio sí; pero cuando el soplapollas aquel, el bajito de las gafas de concha, ha empezado con su rollo ya no lo ha soltado: “¡Cómo mola, tío, cómo mola! ¡Qué guay, tío, qué guay! ¡Lo flipas, tío, lo flipas!”.
Si son capaces de aguantar horas y horas a un tipo así es que son unos santos o no se enteran de nada. ¡Qué hijoputa! No puedo quitármelo de la cabeza: ¡Lo flipas, tío, lo flipas! ¡Qué guay, tío, qué guay!
— Un colgado hiperpelma. Si fuera un poco más listo se podría buscar la vida abriendo cajas de caudales a base de palique.
Menos mal que lo grabé todo. Dos horas… La primera es la que más nos interesa. Están los hechos. Casi toda la segunda son interpretaciones y opiniones personales, que pueden aportar algunos detalles pasados por alto al principio de la entrevista, pero nada más. Lo fundamental está en la primera hora. Cuando el julandrón de las gafas ha empezado con sus: ¡Cómo mola, tío, cómo mola! ¡Lo flipas, tío, lo flipas!..., nos hemos descentrado un poco.
Tengo que pasar por el viejo rascacielos de Urquinaona. He de llevar unos documentos a un amigo de Miquel. ¿Qué haces? ¿Te vienes?
— No. Tengo las niñas en casa de un amigo. Si no voy a buscarlas antes de las diez mi mujer me cortará el cuello.


La tarde del día siguiente, Miquel y Andrés escuchaban atentamente la grabación en el despacho del primero, que hacía las veces de sala de música y lectura desde que vivían juntos. De vez en cuando paraban la grabación, y Miquel tomaba notas apoyándose en los comentarios que Andrés le iba proporcionado a medida que sus recuerdos de la tarde anterior, envueltos en una densa nube canabica, reaparecían poco a poco.
Era un trabajo tedioso, pues a cada pregunta, los encuestados respondían a la vez, atropellándose las voces de unos y otros en un confuso parloteo donde se
cruzaban las respuestas con la música del local. De tanto en tanto, el tono decido de la voz de Raúl acallaba la embrollada cháchara, poniendo algo de orden en el discurso de éstos. Durante unos minutos la cosa iba bien, hasta que, empujados por los efectos de la maría volvían a embalarse de nuevo, mezclando ocurrencias, respuestas y risas contagiosas.
Después de varias horas de oír los: ¡Qué guay, tío, qué guay! del cretino del club, habían desentrañado lo esencial de la historia de los fumetas identificados en el Arco de Triunfo:
La guardia urbana les entregó a domicilio un documento de las autoridades sanitarias para que se presentaran en la fecha y hora indicadas en el Hospital Clínic.
Un responsable municipal del Control de Epidemias les explicó el motivo de su presencia allí: Al parecer, habían estado expuestos a un virus desconocido, y, aunque durante las pruebas hechas en primera instancia no se encontró nada fuera de lo normal y se creía que el THC les había proporcionado cierta inmunidad, era extremadamente importante que durante unos días se sometiesen a un estudio suplementario para corroborar científicamente este hecho, de lo contrario, las autoridades sanitarias los harían responsables del posible contagio a terceros.
Estarían confinados durante diez o quince días en un entorno controlado.
Por formar parte del estudio serían remunerados, además de suscribirles una jugosa póliza de seguros por si alguien sufría algún tipo lesión, física o psíquica.
Una vez firmados los documentos correspondientes, y después de asegurar a los que formaban parte del colectivo de afortunados que todavía tenía un empleo, que sus puestos de trabajo no se verían afectados por su ausencia, bajaron al garaje del hospital, subieron a una furgoneta cerrada y salieron con destino desconocido.
Una hora después, la furgoneta los dejaba en un garaje del extrarradio barcelonés. Allí los esperaban dos tipos corpulentos vestidos de enfermeros, que los acompañaron hasta un ascensor que los dejó en la segunda planta.
Los repartieron en tres habitaciones contiguas. Tras despojarse de la ropa y los efectos personales firmaron un documento, pasaron por la ducha, les dieron ropa nueva y les hicieron los primeros análisis.
Sala de conferencias: suelo y paredes de un blanco impoluto, grandes ventanales de cristal esmerilado, sillas y pequeñas mesas azules; y presidiendo el aula, una mesa grande con tres tipos de bata blanca que los urgían para que tomasen asiento.
Tras la charla introductoria se repartieron unos folletos relativos al estudio, donde se explicaban detalladamente las pautas que se iban seguir durante todo el proceso, así como las normas fundamentales de convivencia y un plano de las instalaciones y sus correspondientes servicios. Uno a uno, el medio centenar de participantes de ambos sexos pasó por una ventanilla donde una enfermera rubita repartía bolsitas con dos gramos de marihuana.
Sala de lectura, de televisión, de juegos de mesa, un pequeño gimnasio, una enfermería donde se tomaban las muestras; y lo más importante: la inmensa sala que acabaron por llamar “el submarino”. El lugar donde, día a día, se enfrentaron a la niebla.
Un pequeño grupo no fumaba marihuana. Utilizaba un preparado farmacéutico compuesto por dos sustancias psicoactivas: el tetrahidrocannabinol y el cannabidiol, que se administraba en pulverizaciones orales por medio de un espray, absorbiéndose a través de las mucosas bucales.


Pasaron dos semanas sin novedades. La niebla parecía haberse estancado por alguna razón que no alcanzaban a conocer, y la policía, reforzada por efectivos venidos de otras ciudades y protegida contra el fenómeno por unos nebulizadores bucales que se autoadministraban cada hora, poco a poco se iba haciendo con el control de la situación. Aunque las noches seguían siendo un caos, de día volvía a reinar una relativa tranquilidad.
Como cada mañana, los dos amigos se interrogaban sobre las causas de la aparente ralentización del fenómeno; especulaban mientras esperaban las noticias que, por fin, llegarían hoy a mediodía. 
—La cuenta de correo la abrí la semana pasada en un locutorio de Sant Andreu. Recuerda: te metes en ella y descargas todos los archivos adjuntos del remitente que te he anotado. Los guardas en el lápiz y cancelas la cuenta.
—Bien, conspirador. Si a tu amigo Castellví y a ti os gusta jugar a los espías no seré yo el que os corte la diversión. Antes de subir a comer me acerco al locutorio de Enric Casanovas.
—Castellví y yo somos viejos camaradas. Y olemos la mierda de lejos. Mientras no sepamos más tomaremos precauciones.
—Bien, me voy. A la una y media estoy aquí con tus archivos  –dijo Andrés, al tiempo que se ponía la bufanda, subía la cremallera de la cazadora y cerraba la puerta del ático.
Después de comer se metieron en el ordenador y Andrés conectó el lápiz a la máquina diciendo:—Solo ha enviado un archivo. Le he echado un vistazo en el locutorio y es un galimatías de números.
—Son grupos de tres números separados por comas, y corresponden a un número de página, un número de línea y un número de palabra en la línea. Es algo muy viejo y eficaz. Pertenecen a un libro de una edición concreta. El emisor y el receptor tienen sendos ejemplares del libro. Sin saber qué libro y qué edición, es indescifrable. En este caso es Rayuela, de Córtazar. Me llevará una hora, o quizá algo más.
—Mientras tanto fregaré los platos y haré café.

Estaba adormilado en el sofá cuando Miquel salió del estudio con un par de folios escritos apresuradamente, carraspeo para llamar su atención y le dijo: — Toma, léela tú mismo.

Miquel:
Malas noticias. Tengo pruebas de que la situación es catastrófica; por lo tanto, no es de extrañar el apagón informativo sobre la cuestión fundamental: ¿Qué esta pasando en Barcelona?
Sobre este tema se están  desplegando técnicas desinformativas propias de una guerra. La situación de la ciudad suscita un consenso informativo muy sospechoso.
Vamos hacía un apagón energético generalizado; es bastante probable que dentro de muy poco tiempo estemos completamente aislados del resto del mundo. Sé de buena tinta que se están diseñando campañas de comunicación para que los ciudadanos lleguen a aceptar la situación sin demasiadas preguntas; y evitar así una fuga masiva de la ciudad que conllevaría ingentes pérdidas económicas de sectores con mucho poder. Seguramente, se hablará de algún extraño fenómeno natural producto del cambio climático para distraer a la opinión pública de la gravedad de la situación.
Miquel, de mis indagaciones, que han sido muy sutiles y complejas, se puede deducir un futuro más negro que el de, el mal llamado estado del bienestar…
Supongo que has leído algo sobre el término “Plaga gris” que acuñó el pionero de la nanotécnologia Eric Drexler. Habla de un Apocalipsis en que estaría involucrada la nanotécnologia molecular.
Con los datos de que dispongo yo no puedo ir tan lejos… Pero han montado en un tiempo record un laboratorio del que nadie dice saber la ubicación. Un laboratorio donde priman renombrados especialistas en todas las ramas de la nanotécnologia supervisados por militares, incluso, sé de buena fuente, que dos tipos del Pentágono forman parte del numeroso grupo de  científicos que trabajan en esa sofisticada instalación.
La niebla azul, amigo mío, es un organismo bionanotécnologico autoreplicante. Hablamos de manufactura molecular, de un ensamblador autoreplicante de dimensiones nanométricas, de un replicador autótrofo diseñado por humanos o de un cyborg nanométrico capaz de autoreplicarse y que podría llegar dispersarse como el polen.
No sé si has oído alguna vez el nombre de Víktor von Kartoffen. Víktor fue uno de los primeros especialistas el nanotécnologia de nuestro país, y digo fue, porque hace unos meses lo hallaron muerto en la explosión, supuestamente de gas, de un edificio de su propiedad sito en el ensanche.
Lo cierto es que Víktor tenía montado un laboratorio de alta tecnología en el sótano del inmueble, un hecho que puso al descubierto la investigación  llevada a término por la compañía de seguros, pero que nunca se hizo público.
Estudió con el con el anteriormente citado Eric Drexler. Nieto del científico nazi Klaus von Kartoffen -refugiado en nuestro país al abrigo de los servicios de información de la dictadura hasta su muerte-, Víktor era un tipo inquietante y furtivo. Todo un “martínvilla” de la ciencia, por decirlo más gráficamente. Experto también en sistemas microelectromecánicos, se da por hecho que, sea lo que sea la niebla azul, es consecuencia del citado accidente; de ahí la hipótesis del cyborg nanotécnológico autoreplicante. Al parecer, se propaga como un virus; absorbiendo energía y produciendo estallidos de energía con el único propósito de seguir multiplicándose.
La disponibilidad energética y la temperatura son los factores determinantes para su desarrollo. Por debajo de los diecisiete grados centígrados la replicación se ralentiza sensiblemente y por debajo de los diez es imposible; más allá de los veintisiete tampoco puede replicarse, y por encima de los treinta y cinco puede llegar a explotar con una alta capacidad destructiva. Por eso prefiere la noche.
Se han desplegado pequeños drones. Realizan vuelos nocturnos a gran altura para evitar los efectos de la niebla con objeto de estudiar sus caóticos flujos y reflujos y tratar de encontrar algún patrón que permita adelantarse a su progresivo despliegue. Porque, amigo mío, cuando llegue la primavera será imparable.
Sobre cómo derrotar a esta amenaza se están barajando varias posibilidades, pero todas son terribles para el futuro de Barcelona. Pintan bastos para nuestra querida ciudad, viejo amigo.
De todas ellas, hay una que, según uno de mis informantes, cuenta con el apoyo mayoritario del numeroso grupo de científicos implicados; aunque la decisión todavía no se ha tomado. Si saliera bien, quizás las consecuencias para la ciudad serían mínimas; pero…, dada la complejidad de la operación y la, de momento, imprevisible y cambiante actividad de la letal amenaza que se cierne sobre la ciudad, sobre esto último no hay tanto consenso.
Mi informante todavía no conoce los detalles de esta operación, así que, por ahora, me es imposible trasladártelos.
Es posible que en unos días se imponga el toque de queda, así que andar con tiento, porque la cosa se puede complicar de un día para otro y podemos acabar bajo algún tipo de legislación especial que implique la suspensión de algunas libertades públicas. Esto podría comprometer gravemente vuestra labor.
En cuanto sepa algo más, mi sobrina Inés os hará llegar la información. Cuando la veas no la vas a conocer.
Suerte, y ándate con cuidado, viejo lobo.


— ¿Crees que Víktor trabajaba solo?
— No lo sé, Andrés, no lo sé. Pero montar algo así implica tener un propósito a largo plazo o algún tipo de trastorno mental que no alcanzo a ver. Quizá haya detrás un proyecto político totalitario liderado por fanáticos del Tercer Reich. O por falangistas en conserva, que haberlos haylos.
Me consta que están investigado con lupa la vida del cabrón de Víktor, pero de momento no hay pruebas que apunten hacia conexiones terroristas.


A principios de diciembre, con la llegada de los primeros fríos invernales, la ciudad recuperó una aparente normalidad. El fenómeno de la Niebla Azul se fue replegando paulatinamente; tanto, que los periódicos poco a poco fueron arrinconando la información sobre el asunto –un mes antes había sido objeto de un seguimiento masivo por parte de los medios, ocupando portadas y páginas y páginas centrales con todo tipo de especialistas y teorías pintorescas- hasta quedar reducida a puntuales notas en las páginas interiores.
La policía había tomado de nuevo el control de las infraestructuras estratégicas y de los barrios más afectados por la niebla.
Pequeños focos de la plaga iban apareciendo intermitentemente, una noche en un barrio, otra noche en otro. La niebla se agazapaba, daba un zarpazo y volvía a desaparecer…


Cuando abrió la puerta se encontró con una mujer de mediana estatura, de pelo negro, ojos pardos y mirada soñadora.
— ¿Qué desea?
Sonriendo y alargando el brazo izquierdo, le dio un grueso sobre marrón mientras decía: — Soy Inés, la sobrina de Castellví.
— Pasa, pasa…— le dijo, dejando el paquete encima de las piernas y empujando las ruedas de la silla hacía atrás.
La última vez que te ví eras casi una niña… Y ahora… ¡Vaya! Tenía razón tu tío.
Hay un paragüero en el baño. Es la puerta de enfrente. Deja la maleta por ahí y siéntate mientras llevo ésto al despacho -continuó, alzando el sobre con la mano izquierda. Volvió a dejar el sobre en las rodillas. Giró a la derecha, atravesó la salita y se perdió pasillo adelante.
Ya en el despacho, se acercó a la mesa, cogió el cortaplumas, abrió el sobre y  volcó su contenido encima del escritorio.
Tres cartas y un cedé cayeron sobre la mesa. Leyó el nombre del destinatario de cada una de ellas, dejó el cedé y uno de los sobres dentro de un cajón y abrió el que llevaba su nombre. Apenas dos folios que pasó a leer ávidamente:

Amigo mío:
Como ya debes sospechar,  el hecho de que sea Inés quien te ha llevado esta carta es una muy mala noticia. He pasado estos últimos días arreglando mis asuntos. No quiero cargar en las espaldas de Inés el doloroso trance de tener que encargarse de mis exequias. Te parecerá una locura, pero quiero ver la explosión, porque habrá explosión Miquel, habrá explosión.
Las últimas tres semanas han sido agotadoras. He pedido favores, he presionado, amenazado, suplicado… En fin, hace dos días  que llegaron los expertos rusos, desde entonces, mis fuentes, al igual que todos los implicados en la futura operación, están incomunicadas con el exterior. Así que ya no me es posible obtener más información. Podría haber cambios de última hora, aunque estoy convencido de que no será así.
Me ha costado dios y ayuda poner en orden toda la información que ha llegado a mis manos y encontrar la manera de hacerte un breve resumen (el grueso de la documentación va en el cd, por si quieres echarle un vistazo).
La estrategia que se ha diseñado tiene un setenta por ciento de posibilidades de salir bien, pero, en caso de que algo salga mal, la ciudad pagará las consecuencias. De hecho, me consta que ya hay discretos movimientos en el mundo inmobiliario para deshacerse de algunos edificios importantes cercanos al frente marítimo, no solo en Barcelona.
Los jerifaltes de la ciudad han tenido acceso a más información de la que yo dispongo. No tengo dudas sobre la calidad de la misma, pero esta operación es un tema muy complicado. Intervienen demasiados departamentos políticos y militares y se trabaja en compartimentos cerrados. Salvo una cúpula directriz, el resto solo maneja la información estrictamente necesaria para desarrollar su labor, así que existe la posibilidad de que, debido a esto, mis conclusiones sean erróneas, aunque mucho me temo que estoy en lo cierto. La ciudad está dejada a su suerte, no permitirán bajo ningún concepto que la niebla salga de la ciudad y se extienda incontroladamente.
Ya no es Barcelona, es salvar el resto ¿comprendes? En eso andan ahora, diseñan una campaña para que la gente acepte esa premisa. Los acojonarán, les harán conocer lo terrible de la epidemia y los grandes esfuerzos que se hacen para contenerla en la ciudad. En fin, van a acabar con la niebla, si la ciudad sale ilesa perfecto, si no…pues mala suerte.
La operación militar que cerraría Barcelona en caso de que fuera necesario ya está preparada.
No me hagas mucho caso, me estoy poniendo catastrofista. Todo saldrá bien. La que ha armado el fanático de Víctor pasará a la historia.
Han dividido el teatro de operaciones (así llaman a la ciudad y su área metropolitana) en cinco anillos, como las compañías de trasportes, y, días después del toque de queda, comenzarán los apagones nocturnos en los anillos exteriores. El objetivo es que, debido a su dependencia energética, la niebla se vaya replegando hacia el centro en busca de fuentes energéticas, para, una vez concentrada en algún lugar, poder eliminarla de raíz. De ahí que los apagones empiecen por el anillo exterior. Aprovechando que la niebla de día no tiene ninguna actividad, los apagones serán únicamente de noche, preservando así, en la medida de lo posible, el funcionamiento económico de la ciudad. Cada semana se irá añadiendo un nuevo anillo al apagón nocturno.
Serán los FT ALTEA, hasta ahora usados para vigilar los desplazamientos del fuego en incendios forestales, equipados para esta misión con toda clase de sensores, los que llevarán a cabo el seguimiento de todas las fases de la operación. Verificarán si la calima se repliega y a qué ritmo lo hace. Una vez verificado el repliegue se procederá a apagar un nuevo anillo.
Este proceso está previsto que dure alrededor de siete u ocho semanas como mucho. Para entonces se espera que la niebla esté diezmada y arrinconada en el puerto y sus alrededores.
A partir de ahí comenzará lo más delicado de la operación:
Se ha fletado un barco. Un barco especialmente equipado para atraer a la plaga mediante un complejo sistema electromagnético. Comenzará a funcionar cuando se tenga la seguridad de que la niebla se ha concentrado en el área prevista, y se espera que la atraiga como un imán. Una vez conseguido este objetivo, el barco zarpará tripulado por un sistema automático hasta una boya situada a cuarenta millas de la costa y se detendrá junto a ella. Ésto activará el sistema de ignición que detonará la bomba rusa de alta potencia instalada en el buque, provocando  una enorme explosión que lo vaporizará todo en media milla a la redonda.
Sobre el papel parece factible, y así se lo han vendido a las autoridades locales, pero…amigo mío, a mí me recuerda al cuento de la lechera. Y entraña grandes riesgos para la ciudad.
El más preocupante es el sistema de detonación de la FOAB, que, por mucho que digan los rusos, no es del todo estable. Si llegase a explotar antes de tiempo, la ciudad sería barrida por la onda expansiva supersónica que generaría la explosión y la ola gigantesca que provocaría.
Ni qué decir tiene que los ciudadanos de a pie no seremos informados de todo esto. La excusa de siempre: “Que no cunda el pánico, no es bueno para los negocios”.
El día crítico será el de la partida de buque, lo que tenga que pasar pasará esa noche. Una vez haya zarpado, si algo sale mal puede tener graves consecuencias para todos nosotros.
Con el objetivo de no arriesgar las vidas de las élites de la ciudad se ha establecido una señal para la noche que zarpe barco. Las potentes luces de Montjuich se encenderán al caer la tarde. Ésa será la contraseña para que todos los que están sobre aviso se alejen de la costa y abandonen Barcelona discretamente.
Espero que la red que habéis montado sea capaz de alertar al mayor número de barceloneses que sea posible.
Con la excusa de un estudio científico, he conseguido, de los vecinos del rascacielos, el visto bueno para montar una cámara en la azotea. Funciona con baterías y se puede manejar por control remoto. Ésto me permitirá grabar el evento sentado en mi terraza.
Miquel, he decidido correr la suerte de la ciudad. Sea cual sea el resultado, será digno de presenciar. Por si no volvemos a vernos, te ruego que pongas la supervivencia de Inés por encima de cualquier otra consideración. Tómatelo como el pago a mi trabajo.
La forma más rápida de ponerse fuera del alcance de la onda expansiva sería protegerse en la cara opuesta al mar de las colinas de Collserola. Nada de alejarse hacía el Vallés, bien pegados a la montaña.
A partir de ahora es conveniente que no volvamos a ponernos en contacto, pues creo que alguien se ha ido de la lengua; han entrado en mi ordenador y puede que hayan encontrado alguna pista sobre lo que he estado haciendo.
En fin, viejo amigo, si todo va bien volveremos a vernos en primavera. Si no es así, cuida de Inés en mi nombre.
 
Poco después reapareció con una carta sobre las piernas. Junto al ventanal de la terraza, Inés miraba pensativa el lluvioso atardecer que desaparecía vertiginoso tras las colinas de Collserola. Carraspeó para llamar su atención. Ella rompió a llorar y se volvió a mirarlo. Esperó a que se acallaran los sollozos, carraspeó de nuevo; la miró a los ojos y le dijo: -Supongo que tu tío ya te ha hablado de todo esto. Hay una carta para ti. Has de leerla ahora.
Inés cogió la carta, la puso sobre la mesita y se dejó caer en el sofá. Se secó las lágrimas con un pañuelo de papel, suspiró hondo…, abrió la boca como para decir algo…, pero no lo hizo. Suspiró de nuevo, dejó el pañuelo en la mesita y cogió la carta murmurando entre dientes…
Miquel no intentó consolarla, abrió la puerta corredera y salió a la terraza. Chispeaba sobre la ciudad. En unos minutos, el añil profundo desapareció devorado por la oscuridad. Entonces sintió las manos de Inés sobre sus hombros… — ¿Y bien…? -preguntó calidamente al tiempo que hacía girar la silla de ruedas para encararse con ella-. Será mejor que entremos -continuó- o nos pondremos chorreando.
Ya en la salita, la miró un instante y le dijo: — No te quedes ahí pasmada. Al fondo del pasillo hay una habitación. Será la tuya mientras estés aquí. Puedes dejar tus cosas allí. Más adelante, si necesitas algo más, Andrés se acercará a casa de tu tío a buscarlo. Todo va a salir bien, no te preocupes.


A media mañana del día siguiente, cuando Andrés llegó cargado con las bolsas de la compra y entró en la cocina, se encontró de sopetón con Inés, que fregaba la vajilla de la noche anterior. Sorprendido, dejó las bolsas encima de la pequeña mesa donde solían comer los dos amigos y se quedó mirándola como si fuera una aparición.
Ella se secó las manos, se dio la vuelta sonriendo tímidamente y, extendiendo la mano derecha, le dijo: — Hola, me llamo Inés. Miquel ya me ha hablado de ti. Está en la terraza de atrás liado con sus plantas.
Sin salir de su estupor, Andrés salió de la cocina en busca de Miquel.
— ¿De dónde ha salido la morenita de bote?  — le preguntó.
— ¡Hombre, ya estas aquí! Es Inés, la sobrina de Castellví. Es el único pariente vivo que le queda. Llegó ayer, coincidiendo con la implantación del toque de queda. Hacía veinte años que no la veía. A partir de ahora es una más. ¿Qué? ¿Te ha gustado la media melenita o la mirada ingenua?
Sus padres fallecieron en un accidente aéreo cuando ella tenía cinco años. Desde entonces ha vivido con los Castellví, que eran sus únicos parientes. Hace cuatro años, cuando murió Laia (la mujer de Ramón), sufrió una fuerte depresión que requirió tratamiento psiquiátrico durante unos meses. Estaba muy unida a su tía, y ahora, que su tío le ha contado lo de su enfermedad…
Castellví se muere. Le han dado poco más de un año a todo estirar. Y cree que su sobrina no será capaz de superarlo.
Hay traído un sobre con toda la información de que disponía su tío. Está en el despacho por si quieres leerla. Según él, la cuenta atrás de la ciudad ya ha comenzado. En fin… está convencido de que las dos malas noticias juntas van a ser demasiado para Inés. Hasta el momento ha demostrado bastante entereza, pero las depresiones son traicioneras y teme que se derrumbe. Él ya no tiene fuerzas para ayudarla, no le ha quedado más remedio que hablar con ella…; y aquí está. Has de tratarla con mucho tacto. Como si fuera la única mujer que queda en el mundo.
Desde la terraza delantera del ático de Miquel, el mar acaparaba la mayor parte del horizonte, y un viento gélido y vertiginoso, silbando con fuerza en los recovecos de los edificios de la avenida, recorría la noche; dificultando la discreta charla que sostenían los dos amigos fuera del alcance de los oídos de Inés. Ésta los observaba desde la ventana del despacho, a sabiendas de que los dos hombres, con la excusa de fumar un cigarrillo, querían sostener una conversación lejos de su presencia. Por un momento se sintió ofendida, pero…, al poco, el lenguaje corporal de los dos amigos la llevó en otra dirección… Envidió la fuerte compenetración que había entre ellos. Sin duda, su inesperada llegada iba a modificar los hábitos de la casa. Había hecho su aparición sin avisar, con una maleta y malas noticias. Todos necesitarían algo de tiempo para acostumbrarse…
Acodado en el pretil de la terraza, Andrés escuchaba las explicaciones de su amigo; de vez en cuando asentía con la cabeza al tiempo que trataba de encender el cigarrillo que sostenía en la mano izquierda; tras varios intentos fallidos, con un gesto resignado volvió a dejarlo dentro del paquete.
El rostro grave de Andrés, recortado entre las sombras intermitentes de la terraza, la llenó de inquietud. Apartó la mano que sostenía la cortina, encendió la luz y se sentó delante del ordenador…


A unos cables de distancia del herrumbroso buque, dos fragatas de la Armada custodian el puerto. El moribundo carguero griego, destinado al desguace meses antes, está siendo remozado para su último viaje. Fondeado a pocas millas de la bocana, el constante ir y venir de las lanchas le había dado una nueva vida al marchito navío.
En proa, colgados de un andamio, tres marineros pintan el nombre escogido para su postrera singladura. El viejo Dyonisios, ahora rebautizado como Sant Jordi, era el instrumento elegido para acabar con la pesadilla que asolaba la ciudad.
En ese mismo momento, en un lugar desconocido del área metropolitana, un científico español y tres ingenieros rusos expertos en armamento supervisan la descarga de dos traileres llegados durante la noche.
La FOAB (bomba termobárica de alto impulso) rusa, sin duda alguna, era el arma no nuclear más potente del mundo. Con un peso cercano a las ocho toneladas, producía una energía equivalente a 44 toneladas de TNT, por lo que tenía el mismo poder de destrucción que una bomba nuclear táctica. Probada con éxito en el 2007, está destinada a sustituir las armas nucleares tácticas del ejército ruso. Sus características más peligrosas eran su onda expansiva supersónica y lo complicado de su control.
Cuatro veces más potente que su homóloga norteamericana, la FOAB estaba diseñada para ser lanzada desde un avión y detonada desde tierra; pero en esta ocasión sería diferente: los técnicos rusos montaban un nuevo sistema de detonación que minimizaría en parte su alto poder destructivo.


Los hechos fueron dando la razón a Castellví. Los plazos previstos en su carta se fueron cumpliendo puntualmente. La tercera semana les tocó el turno a ellos, a partir de las seis de la tarde su barrio se sumergía en las sombras hasta la mañana siguiente.
Los medios dieron extensas explicaciones acerca del porqué de la declaración de estado de emergencia. Era la comidilla de todos los días.
Barcelona había superado la crisis provocada por un organismo hasta ahora desconocido, pero, con el fin de evitar futuros rebrotes, se la iba a someter a una desinfección preventiva barrio a barrio.
Para hacer creíble esta versión, por las noches, la zona afectada por el apagón era recorrida por un verdadero ejército de cubas municipales cargadas con agua y un fuerte desinfectante. Los operarios, embozados en máscaras de gas y monos reflectantes de color butano; y equipados con mangueras a presión, recorrían la noche limpiando calle por calle, acera por acera…
A pesar de  la buena disposición de los ciudadanos, ávidos por creerse cualquier versión tranquilizadora que les ofrecieran por inverosímil que pudiera parecer a primera vista, la ciudad, recelosa, yacía inmersa en un extraño estado de ánimo, ya no era una alegre ciudad mediterránea: las miradas apagadas, las conversaciones lacónicas, el gesto agazapado y furtivo. La gente caminaba presurosa de una tienda a otra. Una vez hechas las compras imprescindibles volvían a sus casas. Nadie paseando, parques desolados, autobuses vacíos, bares y comercios prácticamente desiertos. La ciudad enmudecía temerosa; y una sutil atmósfera de desaliento, de condenación, se iba adueñando del paisaje conforme el apagón avanzaba hacia el centro.
El enorme despliegue mediático afectó gravemente la credibilidad de los grupos ciudadanos que, no fiándose de las autoridades supuestamente competentes, habían estado recogiendo información por su cuenta. La red bullía de informaciones tendentes a socavar la credibilidad conseguida hasta ese momento, sistemáticamente eran tratados de “conspiranoicos antisistema” en el mejor de los casos.
Gracias a las atribuciones legales que otorgaba al gobierno la declaración de estado de emergencia, algunos de estos grupos fueron identificados y puestos a disposición judicial.


En el ático del Pº Valldaura, Miquel ordenaba y cifraba la información recogida durante los meses anteriores, Inés pasaba su tiempo delante del ordenador intentando relatar la crónica de todo aquello, las imágenes de una ciudad atrapada en un momento decisivo; y Andrés, que acababa de romper con Laura, solía pasear por las cercanas colinas de Collserola. Intentaban estar ocupados, era el único modo de sobrellevar el ominoso compás de espera que se cernía sobre sus cabezas.
Eran conscientes del trabajo realizado durante los meses anteriores y de la poca credibilidad que se le estaba dando al mismo. Ésto les generaba cierta frustración, y todos trataban de evitar el tema; pero contaban los días como reos que esperan su sentencia. La fatalidad parecía haberse apoderado de ellos mucho antes de producirse -sí es que se producía-, rondaba sus vidas como un buitre acecha a un moribundo.
Por la noche solían salir a la terraza a contemplar la ciudad. El fulgor nocturno de lo que todavía parecía la Barcelona de siempre. Del ensanche hasta el mar todo era luz, el resto era tiniebla. A partir de las once entraba en vigor el toque de queda; y el ruido de la ciudad se apagaba progresivamente hasta convertirse en un leve susurro que solía dejar en las calles próximas alguna brigada de limpieza; y, desde la terraza, si se prestaba atención, de vez en cuando se oía, sordo y lejano, el motor de un FT-ALTEA patrullando las fantasmagóricas noches de aquel invierno.


Eran las dos de la mañana cuando se le acabó la batería al pequeño portátil de Inés. Hizo un mohín de disgusto, se desperezó caminando a oscuras hasta la cocina, sacó un mechero del bolsillo derecho de la bata, encendió la pequeña lámpara de gas, abrió el cajón de los cubiertos para coger una cucharilla, después se acercó a la nevera, abrió la puerta y sacó un yogurt. Volvió sobre sus pasos hasta llegar al perchero del pasillo, de donde cogió su colorido gorro de lana, se lo encasquetó y salió a la terraza.
Sentada en el pequeño banco de madera, la luz que salía de la cocina recortaba su perfil sobre el suelo de la terraza. Dejó el yogurt ya vacío en el banco, suspiró profundo y quedo, rompiendo un instante del silencio de ultratumba de aquella noche. Caminó hasta el pretil de la terraza, apoyó los codos sobre éste y buscó en el bolsillo superior de la bata, de donde extrajo un cigarrillo torpemente liado; lo encendió y dio tres profundas caladas, después miró hacía el cielo. La noche de la ciudad se había llenado de estrellas, justo encima de ella, la constelación de Orión espejeaba como nunca. 
Los, para entonces, traviesos ojos de Inés comenzaron a chispear, volvió hasta la mesa, apagó la colilla del canuto y se sentó de nuevo. Se recostó en el banco, abrió ligeramente las piernas e introdujo la mano izquierda dentro de la bata hasta llegar a las bragas, metió la mano por dentro de éstas y comenzó un suave movimiento giratorio. Tres minutos más tarde ardía como un volcán. Entró en la casa, dejó el gorro en el perchero, apagó la lámpara de la cocina y se abrió paso con el mechero hasta la siguiente puerta, entró, se quitó la bata, el pijama y las bragas…  Y se metió en la cama de Andrés.


Dos semanas más tarde, la luna proyectaba su luz sobre los tejados de una ciudad devorada por sus sombras; el espectáculo era sobrecogedor… La noche de la ciudad era un espectro de sí misma, y un viento helado hacía correr la hojarasca por las desiertas avenidas, transitadas únicamente por las luces amarillas de los vehículos de emergencias, que aullaban como lobos solitarios, rompiendo, de tanto en tanto el lúgubre silencio de aquellas noches inacabables y sombrías donde reinaban las tinieblas.
A partir de aquella primera noche de oscuridad absoluta, cada mañana, desde la terraza, Andrés recorría con unos prismáticos el perfil marítimo de la ciudad para asegurarse de que el viejo carguero -rebautizado como Sant Jordi- seguía fondeado delante del puerto. Al sexto día, después de observar durante unos minutos el horizonte, dejó los binoculares sobre la mesa de la terraza y llamó a Inés.
— Toma, míralo tu misma — le dijo, dándole los gemelos. Lo más probable es que lo hayan atracado en el puerto y esté en uno de los muelles que no podemos ver desde aquí.
— Habrá que asegurase ¿No tienes un amigo en la revista esa… cómo se llama… El Vigía o algo por el estilo?
— Amigo mío no, amigo de Miquel. El viejo lobo parece una top model, tiene una agenda interminable.
— ¿Dónde anda?
— Estará en La Astilla. El dueño del bar es un colega de la infancia.
— En realidad, no sé gran cosa de Miquel.
— ¿No te contó nada tu tío?
— Poca cosa, aparte de recalcarme que era la persona en quién más confiaba del mundo.
— Miquel llevó una vida aventurera hasta que un accidente laboral lo dejó imposibilitado. De hecho, le pegaron un tiro en un bar del puerto de Orán. Después de aquello, le dieron una fuerte indemnización y lo jubilaron. Tras unos meses de trámites burocráticos relacionados con el asunto que lo sacó de España, vendió el piso que tenia en Marsella y volvió al barrio de su infancia.
Tuvo que dejar el país mediado el 77, en plena Transición. Cursaba el último año de periodismo cuando “Billy el Zurdo” -un conocido torturador de la época- se pescó una historia para meter en el trullo a unos cuantos del grupo izquierdista en el que militaba. Uno de ellos era Miquel. Los montajes policiales eran moneda de cambio habitual en aquella época, Inés.
Su única opción era salir por patas inmediatamente, cosa que hizo; y, no me preguntes cómo ni por qué, pero acabó de oficial de información en la legión extranjera francesa.
Guapa, no te dejes engañar por los gestos de padrazo que se gasta contigo ni por su sillita de ruedas, puede llegar a ser un tipo muy peligroso.
Inés lo miró a los ojos -con la mirada risueña que parecía habérsele pegado al rostro en las últimas semanas- y le dijo: — Venga, vamos a tomar algo a La Astilla, invito yo. Hay que contarle las novedades.
— A estas alturas, me juego algo a que ya está enterado de lo del barco.
Cuando llegaron a La Astilla no había ni rastro de Miquel. El dueño del bar, un tipo larguirucho, carienjuto y cejijunto pasaba un trapo húmedo por una barra desierta.

(Anselmo -el dueño del bar- y Miquel eran compañeros de correrías infantiles cuando a su barrio todavía no había llegado el urbanismo. Unas cuantas barriadas aquí y allá salpicaban el territorio, algunas pequeñas industrias que se habían atrevido a saltar la frontera de la Meridiana, los viejos talleres de RENFE junto a la tapia del cementerio de Sant Andreu, los lúgubres e imponentes pabellones del Manicomio, recortados tras los desconchados e interminables muros que lo circundaban; y las faldas de Collserola de patio trasero. El resto eran descampados, barrancos y maleza. Polvo en verano y barro en primavera y otoño. Todo un paraíso para dos niños inquietos como las moscas.)

— Anselmo, pon un orujo de hierbas y un té verde sin azúcar.
— Marchando. Si buscas a Ironside, se acaba de ir. Creo que iba al estanco, no tardará mucho.
Bañados por el tibio sol de media mañana que entraba por la gran cristalera que daba al paseo, Inés le contaba las dudas y el lento progreso del relato en el que estaba embarcada. Andrés, de vez en cuando asentía con la cabeza, hasta que, sorprendido, le hizo un gesto con la mano para que se detuviera; entonces le preguntó: -¿De verdad vas a poner eso? ¡Pero si fuiste tú la que…!
— Sí -cortó tajante-. Soltó una carcajada. Carraspeó, y en unos segundos estaba seria de nuevo, y, continuó: —Digas lo que digas queda mucho mejor así.
— El punto de vista me parece acertado. Es mejor contarlo desde el prisma de unos personajes concretos, de cómo lo perciben y afecta a sus vidas, que no de manera global, desde un ángulo más lejano; quizá más representativo y preciso, pero, por lo impersonal, más frío y carente de la tensión emocional que nos hace llegar hasta el final impacientes y curiosos, pues el destino de los personajes se ha convertido en nuestro destino.
— Todavía no tengo claro el final… ¿Qué pasará con la ciudad, con todos ellos?
— Sea como sea, llegará dentro de poco.
Creo que la carta que trajiste está impregnada de la fatalidad de su autor. Tu tío, Inés, se enfrenta al fin de su vida, y es más que probable que este hecho haya afectado a su valoración de la situación; parece estar convencido de que algo saldrá mal y será la ciudad quien pague las consecuencias. Un psicólogo lo llamaría sustitución, proyección… o algo por el estilo.
La referencia a su tío pareció disgustar a Inés, que se levantó bruscamente y se acercó a la barra, pidió dos orujos, pagó las rondas y volvió a sentarse frente a Andrés al tiempo que le espetó: —¿Y a ti, qué te pasó con Laura?
Sin darle tiempo a responder, le dijo: — Mira a tu alrededor… ¿Te parece normal? La gente parece agazapada, sale lo menos posible. Un miedo indefinible parece habernos poseído a todos. Un halo inquieto y sombrío se ha adueñado de la ciudad, recorre sus calles como un fantasma del que intuimos su presencia, pero, a pesar de sufrir sus consecuencias, nos negamos a ponerle la etiqueta de real, algo parecido a lo que la razón suele hacer con el inconsciente. La gente, aparentemente, parece creerse la tranquilizadora versión oficial, pero, al mismo tiempo, se comporta como si presintiera alguna amenaza que no alcanza a identificar…
— Es cierto, en mayor o menor medida a todos nos ha afectado, pero eso no contradice lo que dije antes, lo ratifica. Tu tío, quizá con doble motivo, el colectivo y el meramente personal, ha llegado a la conclusión de que la ciudad, como él, está atrapada o se siente atrapada, que para el caso viene a ser lo mismo.
En cuanto a lo de Laura, me parece que no es el momento más adecuado para hablar del asun…
— Muelle Contradique Sur, en la terminal cementera.
El tono resuelto y firme de Miquel resonó por todo el local, cortando en seco la voz de Andrés y desplazando la inquisitiva mirada de Inés hacía la izquierda para encarar al recién llegado.
Andrés saco un arrugado paquete de tabaco del bolsillo, se levantó y caminó hacía la puerta, se paró delante de la misma y encendió un cigarrillo. Cuando agarró el tirador y levantó la vista comenzaron a llover macetas…
Un grito, y todos corren y se agachan detrás de barra. Desde allí oyeron la explosión. El sordo y profundo rugido de la onda expansiva recorrió la ciudad como un fantasma, trayendo consigo los objetos más inverosímiles, que caían del cielo por todas partes.

Sentados en el suelo tras la barra, los amantes se miraron consternados durante los minutos de silencio sólido y profundo que siguieron a la explosión. Una soledad de camposanto recorrió la ciudad, se apoderó del tiempo y el espacio. En sus ojos palpitaba el mismo desamparo: Laura, el tío de Inés… La inutilidad de sus esfuerzos, de sus meses de trabajo… Los interrogantes se les amontonaban al tiempo que se cogían las manos. La magnitud de la tragedia los había atravesado en un instante. El silencio cómplice de la ciudad parecía hacerse las mismas preguntas: ¿Dónde habrá sido? ¿Durante el recorrido? ¿Ya en el puerto?
— Esperemos que la explosión haya ocurrido durante el embarque –dijo Andrés como quién piensa en voz alta. Montjuich habría parado gran parte del golpe. Es el mejor pronóstico posible. ¿Qué opinas Miquel?
Entonces se dieron cuenta de que Miquel no estaba con ellos. Inés se incorporó con recelo y, aún aturdida, sus ojos asomaron con cautela por encima de la barra.
Miquel no se había movido de la mesa. Parecía mirar hacía la calle atónito, quizá hipnotizado con la rápida evolución de los acontecimientos que se sucedían más allá de la maltrecha cristalera; pero no era así, en realidad había muerto.
En aquel instante, el aullido apremiante de las sirenas lo inundó todo, acabando de un plumazo con aquel pavoroso silencio cargado de espantos e incógnitas, que por unos minutos había interrumpido el latido de la ciudad, dejando tras de sí un montón de ruinas  y grandes columnas de humo que, a medida que ascendían, fueron ennegreciendo más y más cielo hasta que el tibio sol de enero desapareció como si nunca hubiera existido.