martes, 15 de septiembre de 2015

Orange 3 (fragmento)

Estaba fascinado delante aquel bigotito naranja y pensó que, en realidad, aquel chichi jugoso e inquieto no había cambiado tanto. Se engañaba, veinte años son veinte años, pero también era cierto que en aquel escenario improvisado seguía teniendo bastante gancho.
Ella sacó del neceser una botellita con cuentagotas, unas pinzas para las cejas y una maquinilla de afeitar de color rosa. Cogió las pinzas con la mano derecha, alzó las rodillas y apoyó las plantas de los pies en el borde de la mesa. Con la otra mano agarró el espejo, lo apoyó en el sofá justo delante de la vagina y comenzó a extraer pelos rebeldes. Los localizaba con el espejo, después, con cuidado, los atrapaba con las pinzas y daba un brusco tirón al tiempo que su rostro dibujaba una mueca de dolor que se desvanecía rápidamente, entonces levantaba la vista y lo miraba sonriendo.
Los grandes ojos castaños brillaron como espejos y Matías supo que la farla empezaba a hacer su trabajo. Entre pelo y pelo, le contó que, con el lío de los del SEPRONA no había tenido tiempo de hacerlo por la tarde y de esta manera la espera sería estimulante para los dos.
Una corriente eléctrica recorrió el cerebro de Matías, sus ojos se abrieron como platos y un nudo le atenazó la garganta, entonces tuvo una arcada y salió corriendo hacia el lavabo. Cuando regresó traía los ojos enrojecidos y la garganta seca como un zapato. Para entonces Orange había terminado con los pelos rebeldes y se rasuraba con mucho cuidado el pubis, perfilando el bigotito naranja que, bajo la luz del foco, brillaba como un sol naciente.
Cuando llegó el momento de rasurar los labios externos lanzó un suspiro y le dijo: — Anda ven y termina tú, no tengo el pulso firme. Matías se acercó al sofá, apartó la mesita, se arrodilló delante de su sexo y cogió la maquinilla; ella abrió las piernas de par en par y le dijo: — Ten cuidado, no vayas a joder la noche. Él no dijo nada y se aplicó a la tarea con toda la atención de la que era capaz dadas las circunstancias. Primero se dispuso a rasurar el labio derecho. Iba despacio, en parte por precaución y en parte por placer, cuando terminó ese lado cambió de posición y comenzó con el derecho. No era una tarea complicada, pues el bello apenas comenzaba a aparecer, pero sí muy delicada. Cuando terminó dejó la maquinilla en el suelo y, de sopetón, le metió el índice y el pulgar de la mano derecha en el coño. Se oyó un gemido, y Matías comenzó a desplazar los dedos adentro y afuera. Ella le paró la mano y le dijo: — Se bueno y acércame el frasquito.
El pequeño frasco era el culpable de que Matías la llamara a veces “mi chichi naranja”. Contenía un perfume que ella misma se hacía desde que era una jovencita. La fórmula era muy sencilla: consistía en una combinación de aceite esencial y esencia de flor de naranjo.
Se levantó a su pesar, tomó el pequeño frasco, se arrodillo de nuevo y lo agitó suavemente; después fue dejando caer lentamente unas cuantas gotas sobre el pubis. Ponía unas gotas y luego extendía el denso líquido de manera suave y uniforme; después repetía la operación en otra pequeña porción de piel. Cuando le tocó el turno a la vagina presionó la zona con un poco más de firmeza hasta que terminó la tarea y, aprovechando que ella estaba en el paraíso, volvió a introducirle los dedos con un golpe seco. Esta vez no se demoró, sacó los dedos y se los metió en la boca mientras ella se dejaba caer hacía atrás levantando las piernas con las rodillas flexionadas y susurrando: — Eso es, chúpatelos. Chúpalo todo cariño.