domingo, 23 de agosto de 2015

Orange (fragmento)

Cuando por fin el autobús se detuvo, Matías salió de su sopor y miró adormilado a su alrededor,  apenas quedaban tres personas en el vehículo. Tras un día de viaje agotador ya estaba en su destino. Había cogido el AVE a las nueve de la mañana en Barcelona, cambió de tren en Madrid, y al llegar a Salamanca ochenta y tantos kilómetros de autobús hasta Béjar. La voz del conductor sonó por los altavoces avisándolos de que era fin de trayecto y todos los viajeros debían bajar del coche.
Salió del autobús, andó unos metros, dejó la pesada bolsa de viaje en el suelo y miró a su alrededor. Desde la esquina de la plaza donde se hallaba podía verse, a lo lejos, parte de la silueta de la sierra recortando el paisaje; atardecía y las montañas iban perdiendo verdor a medida que los últimos rayos del sol desaparecían tras incendiar sus crestas.
Mientras recorría con la mirada los viejos soportales buscando el bar que llevaba apuntado en una pequeña libreta marrón, sintió un escalofrío que le hizo abrir la bolsa que tenía a sus pies y sacar una cazadora tejana. Parecía perplejo hasta que se dio la vuelta y encontró el rótulo del bar que había dejado a la vista la marcha del autobús. Agarró sus bártulos y recorrió con paso entumecido los escasos metros que lo separaban del bar hasta que, dando un suspiro, se sentó en una de las solitarias mesas que el establecimiento tenía bajo los soportales. Dejó los bultos encima de una silla y se acercó hasta la barra.
El camarero charlaba animadamente con dos clientes y, al verlo entrar, dejó la conversación y se acercó hasta él y le preguntó: —¿Es usted Matías? 
— ¿Es usted adivino o un chamán de la sierra?
— No se sorprenda. Estaba sobre aviso. Loti me llamó hace un par de horas. Disculpe, no me he presentado: Soy Jacinto, dueño de este garito y amigo de Loti. ¿Y usted, hace mucho que la conoce?
— Bastante. La conocí en Barcelona a finales de los ochenta. Entonces era una marchosa y extravagante estudiante de arte que vivía en el bohemio barrio de la Ribera y se hacía llamar Orange.
— ¿Le sirvo alguna cosa?
— Estoy sentado ahí fuera. Tráigame una cerveza y algo para picar. Unas almendras si tiene.
— No hay almendras, pero le puedo poner un platito de zorongollo. Es una ensalada típica de la sierra. Muy rica, se lo aseguro.
Las noches de Béjar eran frescas en verano y gélidas en invierno, cuando, atraídos por la nieve, se llenaba de madrileños que iban a pasar el fin de semana. Pero un martes de finales de agosto al caer la noche no eran muchos los parroquianos que paseaban bajo los soportales buscando un sitio donde tomar una copa después de un día sofocante.
Cuando se terminó la ensalada miró de nuevo el reloj. Carlota se retrasaba y recordó que era muy capaz de dejarlo tirado. Se preguntó qué hacía allí. Cómo se había dejado convencer por aquella mujer voluble y fantasiosa. Carlota era mucha Carlota y, el otoño pasado, cuando se volvieron a encontrar, casi como la primera vez años atrás en un café del casco viejo de Barcelona, las cosas fueron rodadas. Charlaron y charlaron hasta el anochecer, tomaron unas copas y, esta vez, a diferencia de la primera, que terminaron en el bohemio ático del barrio de la Ribera donde ella vivía, acabaron en el pequeño piso de Matías. Tres días después, Matías tenía clarísimo que pasaría una temporada en la sierra de Béjar posando para unos retratos que Loti quería hacerle a toda costa. De hecho, se llevó un par de bocetos que le hizo durante un paseo por Collserola. Matías pensó que, quizá allí, en la sierra, encontraría la inspiración y el estímulo que andaba buscando desde hacía ya demasiado tiempo… Buscaba un tema especial para una novela y estaba convencido de que la sierra, aquel paisaje agreste y rotundo cargado de energía, donde todo sería nuevo para él, podía ser el catalizador que acorralase su inquieta imaginación y diera rienda suelta a su creatividad.. 
El golpeteo de unos nudillos contra la puerta acristalada que daba paso al local lo sacó de sus cavilaciones. Se dio la vuelta y vio al camarero que, gesticulando, le indicaba que tenía una llamada.
— Diga... Sí, Loti, sí. Ya sé que eres tú. No podía ser nadie más.
Estuvo unos minutos asintiendo con la cabeza hasta que colgó exclamando entre dientes: ¡Maldito chichi naranja!
— Póngame un gin tonic y déjeme el periódico, que esto va para largo –le dijo al camarero al tiempo que rodeaba la pequeña barra y salía de nuevo a la calle resignado a esperar lo que hiciera falta.