domingo, 9 de julio de 2017

Bajo una sombra de mi espejo

Si bien al principio pensaba que no volvería a verla, días después de su ruptura unilateral de una relación que prácticamente no habíamos tenido, apareció una mañana por el casal de barri con un noviete –un nene delgadito con gafas y pinta de panoli–. Estaban sentados en una de las mesas en plan acarameladito. No llegué a entrar, los vi desde fuera. 
De hecho aquella mañana había pasado por allí porque tenía que darle un recado a un amigo, pero no estaba; así que cambié de rumbo y me fui derecho al metro –iba al centro para hacer unas compras–, mascullando entre dientes que debía ser la conducta normal de una adolescente cuando corta una de sus seudorelaciones; pero mientras subía por Conflent camino de la boca de metro, noté un ligero escalofrío y sentí, temí y celebré, que la extravagante relación con Ámbar, en realidad, parecía que acababa de comenzar. 
¿Qué había tras aquella desmesurada dulzura, tras su sonrisa angelical, tras aquel chochete rasuradito y sus fascinantes tetas de alabastro? 
Para entonces mi novelita estaba ya redactada, aunque no concluida, pues acabé poco después por cambiar el orden de algunos capítulos –una decisión que, aún hoy, con el libro ya impreso, todavía me discuto– prolongando su gestación definitiva un mes y medio más; y creo recordar que, de tanto en tanto, para escapar de aquel pantanal, abría la carpeta de Ámbar y me ponía a teclear con el entusiasmo de un jovencito que arde en deseos de meterla en caliente.