lunes, 24 de julio de 2017

En la red 2 (Ámbar)

Andando el tiempo mi libretita de notas se fue llenando y llenando, acumulaba información  sin método alguno y era consciente de lo poco que me cundía; no había más que ver los resultados. Estaba en un punto muerto, su ausencia me había dejado seco, seco del todo.
No escribía nada nuevo, al menos nada consistente.
El otoño se desplegó gris para Ámbar, que parecía estar pasando una mala racha. No es que en aquel momento conversáramos mucho, pero se dejaba entrever en las breves y poco frecuentes charlas que manteníamos.
Entonces decidí que cada mañana, cuando despertara, tendría una canción en la ventana del chat. Fue todo un éxito, no en vano la música era una de las pocas pasiones que compartíamos; y material no iba faltar, después de veinte años de radio uno está mas bien surtido. Una canción y un comentario positivo, con la intención de paliar la soledad y la tristeza que se desprendían de sus lacónicos y negativos mensajes de texto.
Su mundo parecía haberse empequeñecido drásticamente después del verano. Y mi menda, para no contagiarse demasiado de aquel mundo oscuro y sin esperanza que la embargaba, de vez en cuando la miraba como a un personaje; entonces sonreía y pensaba “vaya con la niña, está de miedo; y no veas el tirón que tiene, sería capaz de patear cien kilómetros con tal de comerle el coño otra vez”.
He de confesar que aquel otoño, ante el estancamiento creativo y emocional, no se me ocurrió otra cosa que ponerme a estudiar los textos de “Unos días de febrero”. Buscaba algo, pero no sabía qué y estaba convencido de que la clave estaba incrustada allí, quizá entre líneas, más allá de las palabras. No sé si encontré lo que buscaba, pero me sirvió para corregir o matizar algunos pasajes.

­-Si lo matizas tanto se va a quedar en ná.

Mi Pepito Grillo particular es una especie de enterao de corte barriobajero, pero esta vez tenía razón, por ese camino acabaría convirtiéndose en un trabajo ramplón que no interesaría a nadie; así que después de un par de semanas lo dejé, es importante saber cuando hay que dejarlo.
Lo cierto es que el ritmo de aquella relación no podía ser otro mas que el de su voluntad o su capricho; pero el que yo deseaba no era mucho mejor: Encerrarme con ella y estar follando a toda pastilla hasta que me diera un infarto y a tomar por culo todo. En fin, peores maneras de diñarla hay.