lunes, 10 de abril de 2017

Corte cinco, Who are you (unos días de febrero)

El domingo por la mañana, como casi todos los domingos, transcurrió delante del ordenador intentando trabajar en el texto que me llevaba de cabeza desde hacía meses. Los resultados fueron escasos, apenas pude sacar adelante un fragmentado e impreciso esquema argumental sobre una secuencia de acontecimientos que debían llevar a la Carlota sensual y segura de sí pintando un retrato oscuro, hasta una escena donde, sorprendida y desconcertada, empuñaba una vieja Tokarev… Durante toda la mañana mi atención fue un caótico y constante ir y venir desde los brumosos senderos de la sierra de Béjar, donde vivía y pintaba mi madura y bella protagonista, a las barcelonesas y juveniles tetas de Ámbar, que, además de no ser un producto más de mi, en aquellos momentos, calenturienta imaginación, olían de muerte.
No hubo manera de darle solidez al vago bosquejo escrito a primera hora, y es que, hasta donde yo he experimentado, una mujer imaginaria suele ser muy poca cosa para competir con una de carne y hueso; sobre todo si tenemos en cuenta que ésta última era una preciosa jovencita de piel tersa y perfumada.
Era el día de los enamorados, y a pesar de no tener la mala costumbre de dar pábulo a engañifas comerciales como ésa, dado que no iba a comprar nada y su tentadora imagen no hacía más que dar vueltas y vueltas en mi cabeza, decidí hacerle un regalo. Un pequeño detalle que nadie le podría comprar nunca: un poema.
No comí apenas, las malditas palabras no me dejaban en paz. De la mesa a la libreta de mi escritorio una y otra vez, recorriendo otro recóndito sendero de aquel febril camino –ese tránsito inefable–. En demasiadas ocasiones, al menos para mí, es una senda feroz, inquietante e inhóspita, donde generalmente suelo comenzar ebrio de palabras y embalado, y concluir, indefectiblemente, fumado y con resaca; pero esta vez partía con la imponente ventaja de tener en nómina una musa de tres pares de cojones, de eso no cabía la menor duda.
Aquel gozoso y martilleante incordio me iba a tener en vilo horas y horas, no lo acabaría a tiempo. No lo acabé a tiempo.