viernes, 11 de agosto de 2017

Buenos días, primavera 2 (Ámbar)

La miré -sonreía maliciosamente-, se lo miré, di unas cuantas caladas, le pasé el canuto y al instante siguiente estaba amorrado entre sus piernas de mala manera. Acomodó su postura para facilitarme el trabajo, se relajó, dio un largo suspiro y se dispuso a terminarse el porrito la mar de a gusto con mis labios pegados a su dulce chirla como un piojo a una costura.
Fueron unos minutos febriles y gloriosos, donde, entre sus cortos y discretos gemidos de placer, me bebí ávidamente todos los jugos que tuvo a bien ofrecerme aquel perfumado y generoso manantial de amor adolescente hasta que los músculos de mi cuello comenzaron a resentirse. Era el momento de cambiar de escenario, y nos metimos en los claroscuros artificiales de mi pequeña habitación con la saludable intención de no dejar aquella delicada tarea sin acabar.
Saqué el plástico que había comprado exprofeso unos meses antes por si se le antojaba hacerme una visita. La idea era que se sintiese más cómoda teniendo la seguridad de que no mojaría la ropa de cama si se le escapaba el punto en su mejor momento. Pero, mientras lo disponía sobre la bajera la miré de reojo, y tuve la sensación de que acababa de meter la pata.
Entonces creí que no era el momento adecuado para contarle una experiencia personal con una tía a la que solía sucederle a menudo, pero ahora, con tiempo y la cabeza fría sí puedo hacerlo:

A Laura la conocí un viernes de finales de junio del noventa y tres en un bar del centro donde la peña solía ir a pillar farlopa los fines de semana. El tipo que ella iba a ver era amigo mío y trabamos conversación durante la inevitable espera que suelen acarrear estos asuntos.
Yo no estaba allí por pillar nada, acababa de atisbar las primeras luces en el horizonte tras una larga y profunda depresión, y mi colega, con buen criterio, me comía el coco para que me fuera de marcha con él casi todos los viernes. Y eso solíamos hacer una vez acabado el reparto que se traía entre manos en aquel garito todos los viernes de ocho a diez.
Laura tenía veintiocho años, era secretaria de dirección de una empresa de mediano tamaño radicada en el Vallés y solía meterse un tiros casi todos los fines de semana; vivía con unas amigas en un piso del Guinardó, pero se sentía sola.
Durante la larga espera -aquel día mi amigo tuvo un problema a última hora en el curro que lo hizo retrasarse- me contó que tenía un carácter un tanto especial y debido a ello los ligues no solían durarle demasiado.
Por resumir: Llegó mi amigo, me fui con ella, pasó por su casa a recoger unas prendas -supuse que armas de mujer- mientras yo la esperaba en el coche muerto de impaciencia. Hecho el recado pasamos por un sitio de comida para llevar, compró la cena y, ahora sí, fuimos derechos como un tiro hasta mi casa.
Cuando la situación se calentó lo suficiente me explicó tranquilamente lo que pasaba, siempre llevaba un plastiquito a sus citas románticas. Dispusimos un colchón de playa doble en el suelo del salón, el plástico encima, y, sobre éste, una vieja sábana.
Fue un verano cojonudo y, todavía hoy, la recuerdo lleno de excitación: Desnuda y montada sobre mí dando pequeños gritos al tiempo que me inundaba una cálida y sensual lluvia dorada, ahí era cuando solía estallar yo.
Aquel rollo me hizo olvidar algunas penas y me tuvo tope de cachondo durante todo el verano.


A veces las mejores intenciones acaban envueltas en un halo de fatalidad y, aunque entonces todavía lo ignoraba, ésta fue una de ellas. Dio alas a sus inseguridades y acabó por complicar una situación ya de por sí bastante complicada.
Pero no adelantemos acontecimientos, de momento allí estaba otra vez, arrodillado junto a los pies de la cama delante de sus piernas abiertas con el fervor de un creyente que rinde culto a su creador.