martes, 1 de agosto de 2017

En la red 8 (Ámbar)

A finales de febrero la redacción del segundo relato erótico marchaba con fluidez y la comunicación con ella también, estaba mucho más cómoda y abierta; reía sin tratar de buscarle segundas intenciones a una broma y se soltaba con mucha facilidad a la hora de hablar de sí misma, como si la recurrente idea de que nuestra relación sólo era una larga burla por mi parte nunca hubiera existido. Este cambio fue de menos a más y dio pie a algunas confidencias de las que nunca pensé que fuera capaz.
Hablaba a veces de la posibilidad de subir a verme, pero llevaba mucho tiempo sin hacerlo y no era la primera vez que dejaba caer el tema, por lo que, en lo relativo a ese asunto, yo solía poner entre comillas sus palabras para evitarme frustraciones innecesarias.
En aquel momento bastante tenía ya con la atmósfera creada con la redacción del cuento que tenía entre manos como para meterle más voltaje a mi, entonces, calenturienta existencia; pero lo cierto es que estaba muy afable, cariñosa incluso. Quizá se debía a que estaba leyendo los fragmentos del relato que yo iba colgando poco a poco en el blog, pero eso sería atribuirme un mérito que no creo merecerme; y lo más probable es que su actitud se debiera a la proximidad del cambio de estación, la primavera estaba a la vuelta de la esquina. Aún así, recuerdo que le dije: - Cariño, como se te ocurra dejarte caer por aquí pienso hacerte una comida de chichi que no vas a olvidar en tu puñetera vida-. Y ella respondió al instante: - Ya me gustaría.
El equipamiento de Ámbar dispone de bastantes extras, y, sin duda alguna, aquel chochete rasuradito cargado de aromas juveniles es uno de los mejores; y merece, por derecho propio, las más cariñosas y efusivas atenciones que un servidor es capaz de proporcionarle.
Arrodillarme delante de sus piernas abiertas es un gozoso, apasionado y húmedo tributo a su belleza y juventud que estaba dispuesto a sufragar tantas veces como hiciera falta.