domingo, 5 de marzo de 2017

Corte cuatro, Good morning little schoolgirl 9 (unos días de febrero)

Allí estaba, tal como la había soñado, tumbadita en la barra sujetándose los tobillos con las manos y las piernas bien separadas. Es un placer de dioses asomarse a un sexo abierto como una flor primaveral, rasuradito, terso, entregado y expectante.
 
(Lo bueno que tienen los coños libres de pelambrera es que los puedes lamer a gusto por dentro, por fuera, darles mordisquitos o sorber sus jugos más cariñosos sin tragarte ningún pelo cabroncete. No hay nada tan incordiante como  que se te enrosque alguno de aquellos rizos furibundos en la garganta, se pueden tirar horas y horas allí; y por más miga de pan que te tragues, ni suben ni bajan.)

La única receta posible era hacerlo con mucha atención, echarle toda la pasión que ella necesitaba sentir y dar rienda suelta a los instintos. 
Comencé dándole unos cuantos lametones que le hicieron abrir un poco más las piernas, y, pillando al vuelo la oportunidad, le solté un par de contundentes salivazos que, entre gemido y gemido, cariñosamente pasé a repartir con la lengua por todos lados. 
Tuve que abrir con los dedos sus pliegues más tiernos para que la lengua llegara limpiamente hasta su botoncito del amor, una tarea delicada en una mujer tan sensible: suave, poco a poco y alternándola con otras tareas en las zonas limítrofes hasta que sientes que sus músculos se relajan y sus jugos más entrañables comienzan a fluir y te bañan toda la cara. 
Ése fue el momento de aumentar el ritmo y la presión de la lengua, cosa que hice, como todo aquella mañana, cargado de pasión y con los cinco sentidos puestos en la tarea. 
A los tres o cuatro minutos la niña estaba en el país de las maravillas, y podía oír como su respiración se hacía cada vez más profunda y se iba alternado con pequeños gemidos que fueron amplificándose a medida que mi menda cambiaba de ritmo y de caricias: un par de tiernos mordisquitos en la vulva, unos cuantos lametones en los labios internos, unos besos en el culo…, y otra vez al clítoris como quien hace una ronda. Y recuerdo que fue entonces cuando comenzó a sonar, golfa y lejana, la vieja balada de Burning que comienza con el estribillo: “No, no es extraño, que tú estés loca por mí”.
Era el momento de hacer una pausa para beber algo y de paso ver como le iba a la nena con el plátano. La cabrona es capaz de habérselo comido, pensé. Al parecer le iba bastante bien, se lo metía el la boca, lo sacaba y se daba tiernos golpecitos en los pezones con él hasta que se quedaba sin saliva y volvía a chuparlo otro ratito.
Con el coño bien agarrado con la mano izquierda, me bebí un par de vasos de agua mientras la miraba hacer y le serví otro a ella. Dejó el plátano sobre su ombligo, se incorporó un poco apoyando el codo derecho en la barra y cogió el vaso de agua dándome las gracias. Fue el aquel instante cuando dejándome llevar por un impulso agarré el plátano y se lo clavé sin compasión lo más hondo que pude. Casi escupe el último sorbo, se lo tragó como pudo y con una mirada sorprendida y radiante exclamó: — ¡Ah, qué bueno Mario!
— Cariño, tienes un coño precioso –le contesté, al tiempo que le rodeé la espalda con el brazo derecho y comencé a besarla y a meter y sacar el plátano con la mano que me quedaba libre–. Procura estar bien relajada, y ten cuidado no vayas a espachurrarlo, porque te podrías tirar una semana sacándote tropezones del chichi.
Sentado delante de su entrepierna y amorrado a su sexo, de lo primero que me di cuenta era que no pinchaba como la primera vez; y por un instante la imaginé en el lavabo de su casa dándose una rasuradita rápida justo antes de subir a verme. Me estremecí de placer recreando aquella imagen tan sensual y sugerente a la par que comenzaba a jugar recorriendo con la lengua la circunferencia formada por la punta del plátano, que parecía brotar de su coño como la raíz de una semilla de marihuana. 
Agarré aquel brote con los dientes y, rogándole que se relajara todo lo que pudiera, lo fui metiendo y sacando durante unos minutos. Al principio la oí respirar profundamente, al poco su aliento se transformó en tiernos suspiros que fueron en aumento a medida que yo me apasionaba con la tarea hasta convertirse en irresistibles y hondos gemidos. 
Le abría el sexo con los dedos y aleteaba la lengua alrededor de la base del plátano que asomaba entre sus labios menores. Los empujaba hacia dentro con los labios, se lo lamía todo, y lo volvía a sacar cogiéndolo con los dientes y tirando despacio hacia fuera. 
Su esencia de mujer me fue bañando y bañando la cara y las manos, y estoy convencido de que fue entonces cuando el cálido y arrebatador sabor de Ámbar me poseyó. 

(Y ahora, escribiendo estas líneas, aquel dulce y seductor aroma de jovencita un tanto esquiva me ha vuelto al paladar cargado de pasión y nostalgia.)

En aquel momento me dejé llevar, me levanté, le saqué el plátano y, sin dejar de acariciarle el coño ni un instante, se lo acerqué a la boca. Ella lo miró con los ojos enturbiados de placer, lo chupo unos segundos, le dio un suave mordisco y comenzó a masticar lentamente mientras mi boca se perdía en sus pechos.
Volví a sentarme frente a ella, me metí una parte del plátano en la boca, me acerqué hasta su sexo y se lo fui clavando poco a poco. Fue muy fácil, la niña tenía madera; estaba bien engrasado y muy acogedor.
Estaba enfrascado lamiendo como un caniche adiestrado, cuando sucedió algo inesperado: al pasar la lengua sobre el plátano éste desapareció sin dejar rastro, oí una risita y reapareció entre sus pliegues. Debe ser algo innato, supuse gratamente sorprendido. Es imposible que en este país a su edad haya podido adquirir mañas de putón tailandés.
Yo lamía y ella hacía entrar y salir el plátano entre risitas, que se fueron trastocando poco a poco hasta convertirse en grititos, al poco la sentí vibrar como un arpa de boca; al principio de vez en cuando, pero al cabo de unos minutos aumentaron la frecuencia y la intensidad, fue entonces cuando me levanté, le saqué el plátano bruscamente, comencé a estimularle frenéticamente el clítoris y sus áreas adyacentes y, rogándole que me mirara, mientras me comía el plátano a cara de perro, contemplé toda la belleza de su rostro durante aquel orgasmo convulso y feroz que la dejó como muerta durante varios minutos.…
Estaba sentado en el sofá liándome un porrito cuando abrió los ojos, estiró los brazos desperezándose y me miró sonriente. Sus grandes ojos castaños  miraban soñadores y brillaron como nunca.
Y cuando saltó de la barra y se sentó apretándose contra mí, me sentí un privilegiado al poder contemplar tan cómplicemente el rostro de mujer más bello que he visto en mi vida