martes, 25 de agosto de 2009

Mapas

"Sería capaz de arrastrarme por una alcantarilla del Raval por tener la oportunidad de suplicarte un poco de amor".
La frase era inapelable. Lo decía todo acerca del autor de la misma. Prácticamente, era una declaración de principios en toda regla.
-No hace falta -dijo con una sonrisa. Escríbeme algo sobre mapas.
¡Maldita sea su hermosa estampa! Llevo meses con uno delante. Con el tiempo, ha llegado ha convertirse en una especie de Pepito Grillo que me recuerda un trabajo inacabado o inacabable. "Junto al delta" no parece querer terminarse.
El mapa del esquivo e impenitente delta lo tengo desplegado delante de las narices desde hace tiempo, mucho tiempo.
A todo el que llega a casa le suelto el mismo rollo: Si. Lo puse para ambientarme, y parece haberle cogido el punto al ecosistema. No hay manera de sacárselo de encima. Está apalancado en el salón como un piojo a una costura.
No es un mapa, es un parásito que me chupa la energía como un buitre hambriento. El día que se me crucen los cables, lo pongo de patitas en la calle y le pego fuego con gasolina sin plomo.
El último capítulo, el decisivo, no sale. Se esconde y exhibe con virginal audacia. Y ahí está el jodido mapa para recordármelo.
Mapas, mapas. ¡Qué sabrá ella de mapas! No estudia topografía que yo sepa. Si quiere saber sobre mapas que espabile. La facultad del ramo en cuestión, sita en el antiguo Cuartel del Bruch (también llamado, durante la guerra civil, Cuartel Bakunin) espera con los brazos abiertos a estudiantes fascinados por los misterios de esa ciencia. Remitirla al estamento científico correspondiente es lo más ético, pero no creo que sea lo que busca.
Las búsquedas y los mapas son endogámicos, o simbióticos. La historia está plagada de ejemplos: Alguien encuentra un mapa o sabe de la existencia de uno. Lo comenta con sus compadres... y, cómo te descuides, al poco se monta una expedición para ir a buscar algo que, por norma general, suele estar en algún lugar remoto, y además, con el grave inconveniente de ser prácticamente imposible el regreso sano y salvo.
Los mapas incitan a la búsqueda. Atizan nuestra curiosidad y estimulan la imaginación, pero también alimentan la codicia. Las tramas, las traiciones más negras y siniestras, se nutren en esas aguas revueltas, y alejan a los hombres de sus mujeres, a las madres de los hijos... Y todo por una quimera imposible de verificar.
Tesoros enterrados, mundos desconocidos, barcos perdidos, terribles tormentas, bucaneros, marinos abandonados en islas remotas...
A todo eso nos arrastró nuestra insana, pero necesaria, inclinación por los mapas, por saber que hay más allá del horizonte de tus bellos ojos mujer.
Por saber si la belleza existe más allá de ellos.
La búsqueda de la sabiduría, de la plenitud, de la felicidad, y su cúspide, el inmenso privilegio de amar y ser correspondido, no tiene límites geográficos ni mapas de referencia.
No fue el deseo de ir, sino el de regresar, lo que fomentó la necesidad de mapas. Siempre dejamos cosas atrás, y ejercen una poderosa influencia.
"Si, yo estuve allí", es la frase que sólo pueden acuñar los privilegiados que acertaron a regresar de su odisea.
Me cuento entre ellos -ahora vendría al pelo un pequeño fragmento del libro "El siglo de las luces" de Alejo Carpentier, pero... cómo no lo recuerdo, nos quedamos sin el-.
A ella no le cuesta nada pedir. Y aquí estoy, como un primo, levantándome temprano y acostándome tarde. Busco palabras para ella como la grúa busca incautos vehículos mal aparcados.
Sube mi consumo de psicodélicos estupefacientes.
Anoto y guardo.


"Cuando necesito un mapa me acerco al barrio gótico. En una vieja tienda especializada en el asunto, semioculta en una oscura calleja próxima a la Plaza de Pí, hago mis escasas adquisiciones topográficas.
Una vetusta tienda donde puedes encontrarte con avezados viajeros que vuelven de supuestos viajes por tierras lejanas.
Un frustrado y metafórico astronauta, que se perdió y no llegó ha tiempo a Cabo Cañaveral, busca un mapa que le indique el camino de vuelta.
El dueño del negocio, un tipo amable, alto, calvo, desgarbado y con gafas, que luce un viejo, siniestro y deslucido guardapolvo de color azul desvaído, sin duda a causa de los muchos lavados, escucha, con la atención de un comerciante fenicio, el rollo patatero que le endilga, con nerviosismo y sin compasión, el presunto astronauta. No es más que un chiflado por los mapas celestes, que trata, sin asomo de misericordia que alguien escuche su odisea.
Mientras tanto, con una sonrisa de hiena, me paseo por la tienda curioseando sin rumbo...
De pronto, oigo el rechinar del muelle de la puerta. Vuelvo la cabeza ¡sorpresa! Un foráneo y bello delta de venus acaba de traspasar en umbral. Veo mi oportunidad, y suplanto, con toda solvencia, al tipo de la tienda que anda medio narcotizado con el rollo inacabable del friky astronauta.
-¿En que puedo ayudarla señorita? -Le digo, acercándome con paso decidido.
Una gorra negra de golfillo 1920 sobre media melena roja, grandes e inquietos ojos, nariz de Cleopatra, labios carnosos y sonrisa abundante.
El abierto abrigo azul marino deja ver un bonito jersey de cuello amplio y color canela, que resalta sus pequeños, altos y algo separados pechos.
¿Ya sabe lo que busca? le pregunto, intentando acercarme lo suficiente para poder asomarme al balcón de su cuerpo.
-Pues un mapa, como todo el mundo ¿Acaso venden algo más en esta tienda? Bonito timbre de voz y acento del sur -me digo, buscando a toda velocidad un cuento que atrape su curiosidad.
¿Canaria? -pregunto, seguro de acertar y con media sonrisa de suficiencia.
-Pues no. Sevillana. No da ni una.
-Supongo que querrá un mapa de la ciudad -continuo, cambiando de conversación.
-Ahora si que ha acertado. Es usted un lince -me larga, siguiendo el juego.
En la otra esquina, la calva del taciturno empleado comienza a sudar mientras escucha un cuento que llena al friky de satisfacción. Va de una estancia de dos semanas en la estación espacial internacional. El alegórico astronauta parece haberse vuelto más ligero, y se diría que comenzará a flotar por la tienda de un momento a otro.
-¿De veras trabaja aquí? -pregunta incrédula.
-No. Sólo soy un becario, un desinteresado voluntario que se dedica a entretener a las clientas guapas para que no se vayan cansadas de esperar y sin comprar nada.
Pero venga, acérquese a la puerta que quiero mostrarle algo. ¿Ve usted el local de enfrente? Pues lleva años y años cerrado a cal y canto. ¿Y sabe por qué? Al último propietario le dio jamacuco y salió por patas como alma que lleva el diablo. No se le ha vuelto a ver por aquí. Se hizo jipi y se fue a vivir a Ibiza. Allí lo conocí un verano. Al calor de unas setas sicodélicas, me contó lo sucedido:
Tras ese enorme portalón, ahora hay una tienda, pero..., en otros tiempos, tuvo usos muy tétricos. Una siniestra maldición se adueñó del lugar, y por más rituales benéficos que el dueño llevó a cabo, no hubo manera.
Entonces recurrió a la ciencia, y, por medio de un amigo, contactó con un profesor de la politécnica aficionado a lo oculto. Las investigaciones parasicológicas, llevadas a término por dos profesores, y tres de sus más intrépidos alumnos, arrojaron algo de luz, de conocimiento de la causa, pero no hallaron la solución.
Amariconados lamentos, suenan y resuenan sin cesar entre los centenarios y gruesos muros de piedra.
Ese inofensivo portalón, era, en otro tiempo, una entrada secreta que daba paso a las temidas mazmorras de la infausta inquisición. Por aquí solían sacar de tapadillo los restos de los detenidos que no sobrevivieron al martirio.
En estas mazmorras recalaban los acusados de sodomía que no podían pagar la connivencia del brazo secular.
El pecado nefando, azuzaba el verdugo brazo con saña. El inquisidor general saciaba en los prostíbulos de fuera de las murallas sus instintos más animales, para después, sin remordimientos ni compasión, descargar sus sentimientos de culpa, con sádica y refinada crueldad, sobre los reos.
Los pobres desdichados que caían en sus manos sentían el infierno antes de morir. Por esa causa, y sin que se sepa como, los afeminados y terroríficos gritos de dolor continúan clamando clemencia.
Sus amariposadas almas siguen recorriendo sótanos y pasillos sin descanso, llenado de asarasados lamentos todo el local, inasequibles a los innumerables sortilegios que su dueño llevó a cabo entre esos muros.
Maricas de todo el planeta vienen hasta el portal a rendir tributo a los mártires caídos en las lúgubres mazmorras eclesiásticas de aquél tiempo…
No señorita, no estoy chiflado -le explico con una sonrisa.
Soy cuentista, y estas centenarias calles rezuman historia y autenticidad. Animan a la fabulación. Un lugar idóneo para mis propósitos...
-¿Qué son? -pregunta divertida.
-De momento invitarla a un café. Hay un bar con terraza aquí al lado, a la vuelta de la esquina...