jueves, 13 de agosto de 2009

A una flor solitaria

Escribe flor solitaria. Cuéntame, cuéntate. Escribe tus miedos, tus dudas, tus sueños. Cuéntame tu soledad, tus mentiras, tus miserias. El cuento de tu vida es el de todas las vidas, porque más allá de la locura no hay nada, sólo el vacío multiplicándose.
Escribe lo que somos, lo que eres, de lo que ha sido -lo reprimido y que está enraizado-. Y de tu sombra –lo que todavía no es y está germinando- escríbeme, porque detrás de la sombra ya no hay nada, salvo el pecado original, el odio, el diablo, la nada.
Escribe para no cruzar esa puerta que la sombra guarda. Y baila, porque el baile, al igual que la escritura, es un ritual que ahuyenta a los malos espíritus.
Pero escríbete en la libreta de negras tapas.
La que tú me regalaste está vacía. Páginas en blanco. Porque mi sombra, señora mía, se alimenta en otras fuentes, quizá más humildes y, por eso mismo, y aunque no lo creas, no implica a nadie en sus andanzas.
Yo, señora, que he visto la muerte de cara, y también el infierno, el odio y la locura, he aprendido algunas cosas importantes.
Mi paseo por el dolor, por el amor y la muerte, plasmados están en unas torpes y apresuradas letras.
Así, desde esa dura cátedra que representa lo vivido, desde esa humilde tarima que, con valor, paciencia y esperanza me he ganado; desde ese escaño donde los insolventes morales jamás articularán ningún discurso, la disculpo y le deseo el bien.
“Escribe que yo te escribiré” estas palabras son de mi sombra. Tras ellas se escondía una vocación frustrada. Un día, con la razón nublada por el sufrimiento, por fin conseguí escucharla, eso, señora mía, es, al menos para mí, el Tao. Me devolvió la vida y la cordura.
El sueño cumplido de mí primera obra curó las heridas, me limpió el alma. Todo lo que de negativo hice en la vida lo pagué paseando con la muerte del brazo.
Has de saber que, según cuentan, limpiarse uno mismo su propia mierda es una cuestión de madurez, por eso te digo: escríbete.
El amor, señora, desgraciadamente no está al alcance de cualquiera, y lamentablemente, para algunas personas ni siquiera el sexo es accesible.
Para mí el amor es luz, para ti sombra.
Cuenta tu cuento libreta negra, página en blanco.
En la libreta tan linda que me regalaste no hay nada escrito, pues no consigo encontrar palabras que me seduzcan lo suficiente para ir llenando las pálidas hojas de tu oscuro obsequio.
Quizá, con ese gesto, me pedías algo de puño y letra. Algo especial, único.
Seguramente mis reticencias se deban a causas que desconozco, pero en definitiva, no me decido, dudo. Quizá no quiera alimentar tu desesperanza, o la mía. Flor solitaria, libreta negra, página en blanco.
Porque para mí, como ya debes intuir, la escritura es arrebato y arrobo. Me cautivan las palabras casi tanto como tú, flor de un día.
De mí tienes besos de carne y de papel, y puede que de aire también. Esos besos que recorren el espacio para buscar tu boca, tu sexo dorado, me parecen de aire. Pero… seguramente sean más de tu gusto los de mar. Esos besos en tus rizos; tan próximos y llenos de espuma con sabor a caracolas, como el mar, como las olas.
El jaguar, hembra efímera, es un latido en mi interior, un salto ancestral y salvaje hasta lo más profundo de uno mismo. A el debo mis paginas más lúcidas. Es el lugar donde habitan las palabras no leídas, no dichas.
Esas esquivas palabras olvidadas que a veces parecen no existir, se ocultan en ese mundo intangible y fugaz; donde la improvisación es el único instrumento capaz de atraparlas y traerlas al papel.
El jaguar no piensa, actúa. Escribe historias para tu corazón, para tu tímido y voraz sexo, para tus dulces labios y bellos ojos.
Las palabras pueden ser un bálsamo o una maldición. A cada uno corresponde la interpretación, pues en ellas, se enmascaran muchos significados posibles, y siempre es el lector quién, en última instancia, al hacerlas suyas articula y define su mensaje.
Me gusta tu mirada, y ese sexo adolescente que olfateo en la distancia, que beso con pasión, que sorbo entre gemidos de placer.
Unas bragas multicolores guardadas con celo, que admiro y huelo apasionado; acompañan mi existencia de náufrago de mil tormentas.