viernes, 28 de agosto de 2009

De repente ll

Al llegar al hospital me deja en la puerta de urgencias y marcha a buscar el inasequible hueco para meter el coche, y yo, entro con mi bolsita repleta de papel de water y sangre.
Dando boqueadas me toman la filiación. A partir de ese momento todo va muy deprisa. Me ponen en una silla de ruedas y del tirón a la sala de urgencias, una sala llena de camillas, pacientes, goteros, y familiares con cara de preocupación.
Me aparcan allí, en medio de todo el turrón, y cuando llega mi amiga pone el grito en el cielo. Ya me habían visto. Andan preparando un box.
En un instante, una avalancha de enfermeras y médicos, se lanzan sobre mí sin compasión. Una voz masculina va dando órdenes, haciéndome preguntas todo el tiempo. Alguna de las enfermeras me abre dos vías, una en cada brazo. Auscultan, toman la presión y hablan entre ellos.
A los 5 minutos el paisaje ha cambiado a mí alrededor. Recostado en una camilla observo todo el despliegue sanitario que se desarrolla delante de mis ojos. Contesto preguntas, toso, y escupo dentro de unos botecitos que van guardando en una repisa.
Ya cuelgan de una percha, suero, coagulante y antibiótico.
-Procura contener la tos, te hemos dado codeína para eso, pero tardará un poco en hacer efecto. Tienes la tensión alta.
¿Haces algún tratamiento?..., ¿has tomado drogas?..., ¿no?..., bien..., ¿cuanta sangre has escupido?..., vale.
Ahora hay que esperar..., no debes moverte para nada, procura no toser... la doctora se quedará aquí un rato para controlar la tensión, y después iremos viniendo de tanto en tanto.
-Me ponen oxígeno. Eran las diez de la noche. Las próximas tres horas iban a ser cruciales, por lo tanto, me someten a una estrecha vigilancia.
Calculo la sangre, de momento la cosa sigue igual. Tan igual, que acaban por ponerme una tira roja en la muñeca. Ya tengo sangre reservada. Lleva un código numérico que, afortunadamente no tiene un 5 entre sus dígitos.
A partir de las once y media la cosa comienza a decrecer. En ese momento entra una enfermera con una jeringuilla llena, y me cuenta: Es morfina, no te preocupes, es un analgésico como otro cualquiera.
Por mí cojonudo, con la noche que me espera, seguramente es lo único agradable que me va a pasar, le digo.
Una sonrisa maliciosa se adueña de mi rostro mientras la morfina me invade en cálidas oleadas, adormece mis sentidos, dejando en mis ojos una mirada de otros tiempos, una luz azul de brillos apagados, vidriosa, de un pálido y sutil gris, un gris sin esperanza. Me relaja, pone distancia emocional entre la realidad y yo.
Llega una doctora nueva que, al parecer, teme una parada cardiorrespiratoria, me mira y dice: “eras paciente del Dr. Crespo”.
¡Quién puede olvidar una cara como la suya! me cuento. Es cardióloga, y desprende un aura, una energía, que la convierten en una mujer con gran magnetismo, además, extremadamente atractiva. Me pone un parche de nitro y mira el electrocardiograma mientras su bonito rostro dibuja una afectuosa sonrisa.
Me quedo con las ganas de decirle: doctora, usted, sin duda, se hizo cardióloga debido a su mala conciencia. Ha roto tantos corazones, que ahora, para compensar, se dedica a arreglarlos.
La conocí hace poco más de un año, al final de mi jodido tratamiento para la hepatitis c. Lo recuerda seguramente porque fue un culebrón de lo más entretenido. Tuve ratos espeluznantes, con la tensión por las nubes. Quizá batí alguna marca, porque andaba por la consulta durante mi penúltima visita del maldito tratamiento.
Poco a poco, van llegando familiares y amigos que, al verme, parecen alarmados, tienen la palabra cáncer escrita en la mirada.
Montse se va. Ha de trabajar por la mañana.
Aquella noche la traspasé despacio, contando el caer de las horas… largas, cortas, ligeras, esperando el luminoso amanecer con una leve y tierna sonrisa en el apagado rostro, recostado en una insufrible camilla, a duermevela, con una antigua y denostada novia, la morfina, que me dio, por unas horas, un billete para el tren del olvido, dejando atrás el -casi mortal- crepúsculo, el dolor.
Sólo mi sombra permanece. Al acecho, atenta al menor cambio. El brillo de mis ojos en la oscuridad desprende suaves y cálidas luces, rebotando en las oscuras esquinas. Un láser de neón azul, fugaces destellos amarillos. Inundándolo todo de energía, y relegando, a un lejano segundo plano, un nombre, y la luz de la última mirada, los ojos -como corales rojos- de una mujer.