viernes, 28 de agosto de 2009

De repente lll

Después de 22 horas en urgencias me llevan a la planta. Son las siete de la tarde. Estoy en un séptimo, justo encima de las consultas externas. Es una sala de Nefrología y Neumología con pocas camas, y sin el barullo habitual de estos sitios. El ambiente rebosa tranquilidad.
Con el oxígeno puesto -y 48 horas por delante sin comer ni beber, de estricta inmovilidad- me lo miro todo, dolorido y cansado. Contento de haber dejado atrás un día terrible. Pendiente de unas pruebas que no se harán hasta el lunes y determinarán mi destino.
En realidad, eso no me preocupa ahora mismo. No es cáncer, estoy seguro sin necesidad de ninguna prueba.
Tengo cuatro días por delante, me digo. Vas a descansar. No debes moverte para nada -un muermo insoportable para un tipo como yo-.
Están probando un medicamento para la tensión. Hay que pillarle el punto y pautarlo, pues la tensión ha sido una de las culpables de que esté aquí ahora.
Pienso, en este momento, en los días con un poco de falta de aire, en lo intranquilo que me ponía, me recordaban, en cierto modo, el brote sicótico. Quizá eso, y la tensión alta, me han confundido, y equivocadamente, he achacado al tratamiento que sigo estos síntomas que, por otro lado, era plausible tenerlos con lo que tomo.
El tabaco es mi próximo objetivo. Será duro, pero no hay más remedio.
Vienen a verme numerosos amigos, por lo tanto, almaceno un montón de libros y comics que han ido dejando por aquí. Trivi, trajo, con algo de ironía supongo, la 1ª parte de las obras completas de Freud. Sería capaz de terminarlo en estos días, pero no tengo fuerzas para sostenerlo, es un ladrillo enorme, pesa una tonelada.
El domingo por la mañana ¡por fin! me levanto. Después de la dosis de antibiótico paseo despacito por el largo pasillo. Son las siete y media, tengo el tiempo justo para acercarme a las ventanas de la sala de espera, para desde allí, ver el mar, y al sol despuntar en el horizonte. Iluminan mis sombras.
Me llena de energía sentirlo despertar sobre el azul del mar, el paisaje es maravilloso. La ciudad despierta llena de luces, largos rosarios amarillentos iluminan las calles, y la gente va presurosa en sus vehículos, que hormiguean por ellas, entre brumas, con brillos tenues, como serpenteantes luciérnagas en la huidiza oscuridad.
Camino despacio, pasillo arriba, pasillo abajo, pensando en todo. En el último poema, en “Ruido de fondo”, en mi incierto futuro, en la muerte, en lo cerca que ha estado. Dos días a mi lado, afilando su siniestra guadaña, mientras yo, me la miraba con una medía sonrisa socarrona, diciéndole: “Me sabe mal cortarte el rollo, pero…, creo que todavía no es tu momento. No seas impaciente, no es mi hora, además, no me verás triste, ni me oirás lamentarme, nadie, ni siquiera tú, podrá borrar la sonrisa de mi rostro”.
El lunes me vuelven a dejar en ayunas. Tengo dos pruebas cruciales hoy. Una fibrobroncoscopia, que jode bastante más tenérsela que hacer que pronunciar el estrafalario nombrecito, y un escáner, entre las dos me han hecho polvo el día.
De la primera, aunque parezca raro, salgo riéndome.
¿De qué ríes? -pregunta la enfermera.
Del colocón de la anestesia y del pobre desgraciado que me sigue en el turno -le digo, con una media carcajada algo flipada.
Si con el primer cigarro que uno se fumó le hubieran hecho una prueba como esta, no quedaría ni un fumador en el planeta.
Dos horas de buen humor me dejó, de efecto secundario, la asesina prueba. Eso lo único bueno que tiene, eso, y quedarte descansadísimo en cuanto terminan.
Esa noche pensé en los resultados. Iban a ser malas noticias, en cualquier caso serán malas noticias. Si todo va mal, si todo ha de acabar pronto, me quedará el alivio de, al menos, tener acabado mi primer libro de cuentos.
Durante la mañana siguiente me traen el diagnostico: un enfisema pulmonar con hemorragia masiva, a modo de complemento directo, han sido l@s responsables de mi ingreso.
El tabaco -el muy cabrón- y la tensión alta, fueron los vehículos que me secuestraron, me trajeron a esta sala, y casi me cuesta la vida.
Salgo de aquí mañana, después de comer. He de dejar el tabaco, otro culebrón. Vienen sin pausa, uno detrás de otro.
Al atardecer de ese día, viendo la oscuridad caer desde un ventanal, le doy las gracias a mi buen corazón -el responsable, otra vez, de que salga de un mal trago-, mirando el cielo cambiar de color, primero azul y rojo, después viran, parecen desaparecer y fundirse en un fugaz violeta profundo que la noche se traga rápidamente.
Veo sus ojos, sus brillos, danzando en el horizonte, de repente, sonrío y le digo: voy a escribir un pequeño y bello poema. Un poema como tú, ¿sabes?
Escribo un poema pequeñito, tierno y algo triste, pero lleno de misterio y energía, un poema de sombras tímidas, audaces palabras de amor.
Reflejos inconscientes toman mi voz, los sonidos ya no me pertenecen. Salen disparados -como rayos azules- del bolígrafo. Veloces, van estrellándose contra el papel. Es la hora del leopardo, de la sombra en el espejo.