miércoles, 12 de agosto de 2009

La sirena

"Pintarte en un jardín. Buganvillas y jazmín, menta y hierbabuena, rosas y claveles, en un balcón natural que, osado, asoma sobre un acantilado, junto al mar.
Tanto tiempo para comprender…
Desentrañar un ovillo complicado.
La distancia. El miedo a una misma. La pasión. Saber echar el freno…
Sentirse sola y olvidada.
Retazos. Frases sueltas. Escribe que yo te escribiré.
Pero… junto al mar, mujer.
Escribir algo nuevo y diferente. Palabras tiernas para un jardín umbrío.
Y en el viejo cajón de la memoria poner flores de esperanza y un columpio. Regarlas con mimo. Acabar un poema (una décima excéntrica) que por ahora sólo tiene tres versos.
El eco de tu voz, que, en las solitarias noches de verano, aún resuena por los rincones, me habla de miedos y desencuentros.
Una caricia soñada o recordada me despierta. Un verso, un verso perdido, aparece fugaz, como tu cuerpo. Ese perfil de mujer herida. Donde no acierto a ser bálsamo."

Las gaviotas, suspendidas en las grúas que salpican la ciudad, esperan el amanecer. En la distancia, el mar parece reclamarlas…
Una canción de Burning “Una noche sin ti”. Y escribo:

El pequeño lago orlado de chopos, que proyectan su frondosa sombra sobre el agua, parece despertar cuando el sol se traga sus negruras más hondas. Y en el rincón donde cuelga la pequeña cascada, los trinos de los pájaros y el rumor del agua interpretan melodías veraniegas justo antes de que el calor abrasador los disperse entre las frondas.
En lo alto del pequeño salto de agua aparece una mujer. Está desnuda, y una media melena adorna su rostro. De pronto, con un depurado estilo, ejecuta una pirueta en el aire y desaparece en el agua provocando unas leves ondas en la superficie. Un bello salto que la funde con el fondo de la laguna.
No me ha visto, así que procuro no fijar mi atención en ella para que no pueda percibir mi presencia. Mis ojos de voyeur no quieren delatarse.
Con apacibles movimientos, se desplaza grácil y veloz, por lo que deduzco a una buena nadadora. Surca la superficie sin un ruido. La bella cadencia de sus movimientos parece hipnotizarme, y la contemplo furtivo.
Con los pequeños prismáticos, la veo desenvolverse en el agua. Su piel aparece entera, cuando, con un impulso de los brazos, sale del agua y camina por las piedras hasta el lugar donde tiene extendida la toalla.
Su armonioso perfil resalta en la singular y agreste belleza del lugar y, sin embargo, parecía formar parte del paisaje.
Es mi turno. Salto al agua, me sumerjo un par de metros y nado hasta que me falta el aire. Al salir a la superficie me quedan treinta o cuarenta metros para llegar a las rocas donde toma el sol la bella nadadora.
El arrullador canto de la cascada parece llamarme. Nado despacio hasta que el agua del pequeño salto golpea mi cabeza. La mujer parece no haberme visto. Salgo rodeando los húmedos y ligeros hilos de la cascada. Hay una oscura cavidad justo detrás de la cortina de agua. Un espacio umbrío y cantarín. Una gran piedra plana, ribeteada de musgo en la entrada, alfombra el lugar.
El perfil de la mujer parece difuminarse detrás de la acuática cortina, y, cuando el sol aparece de entre las nubes, su piel se transforma, sus reflejos dorados se multiplican a través del manto de agua, y la convierten en una mujer de fábula. Sus brillos refulgen como una alucinación.
Seguramente pasa unos días en uno de los bungalows que hay río arriba.
De pronto, la veo levantarse bruscamente y lanzarse al agua. Nada a gran velocidad, atravesando en un momento los poco más cincuenta metros que separan una orilla de otra. Una gran nadadora, y, dicho sea de paso, con un culo de miedo. Su media melena, que ha recogido en un pequeño y coqueto moño, le da un aspecto arrebatador.
Ahora, de pie en la distancia, parece una sirena que, imitando a los salmones, ha llegado desde el mar, y tratase de situarse, de fundirse con el paisaje que la rodea.
Las bellezas solitarias, a pesar del halo de mujeres fatales que las envuelve, siempre me han atraído. Próximas, y distantes, y bellas. Y esta mujer, que, con tanta gracia, rebulle por la laguna, parece arrastrar, al mismo tiempo, una sombra densa y ligera. Un cierto aire contradictorio y hermoso.
Y yo, quisiera nadar desde aquí hasta el mar, que ahora, al volverla a mirar, creo que la envuelve.

Y las gaviotas, ahora vuelan sobre el mar, lejos de las grúas que, agresivas como arpones, sangran la ciudad. Esas grúas donde, desde hace tiempo, parecen vivir.