domingo, 23 de agosto de 2009

Farola

El escritor ha prometido un relato.
Un capricho de mujer lo hace bajar hasta el centro. En el metro, viendo pasar las paradas, piensa, algo perplejo, que, por culpa de una bravata suya, y de un antojo femenino, debe recorrer un barrio buscando una metáfora de la existencia que forma parte del mobiliario urbano. Una mañana fría, donde la llovizna tiñe de plomo la búsqueda.
Se para en una estrecha callejuela del barrio viejo, que rebulle de turistas pateando ese monumento de piedra que se extiende por todo el casco antiguo. Se pregunta que hace allí, un frío y desapacible domingo otoñal, buscando una luz para una historia.
Como un estúpido, busca una luz que ya ha encontrado. Un femenino anhelo que va a complacer, pero se distrae, y camina por las estrechas calles observándolo todo. Camina sin pensar en nada, quiere que sea el destino quién guíe sus pasos.
Se para un momento y piensa en ella ¿Qué farola será más de su agrado? Se encoje de hombros ante su propia pregunta.
Cambia de rumbo, deja el Raval. Vuelve sus pasos en dirección contraria. Ha recordado algo. Una plaza. Una farola concreta. Recuerda… la Plaza de la Palla. Una diminuta plaza que aúna cinco calles del Casc Antic. Tres de ellas con soportales donde protegerse de la lluvia. Allí nacen o mueren tres estrechas y breves callejuelas que parecen recorrer una profunda herida urbana entre bloques vetustos y deslucidos, donde el sol es incapaz de abrirse paso.
Imagina a un hombre con gabardina gris y gorra. Un hombre de otro tiempo:

“Espera en uno de los soportales una noche de invierno. Mira la farola con atención. Es su aliada y su enemiga.
Casi es la hora. Mete la mano en su bolsillo izquierdo y palpa el negro revólver que siempre lo acompaña. La policía y los verdugos de la patronal lo buscan.
Una fría llovizna comienza a caer. Un húmedo manto que hace rebotar la luz de la farola en el empedrado.
De pronto, oye un ruido. Un taconeo femenino se acerca por una de las estrechas callejas. Pone toda su atención en la cadencia de los pasos que han roto el silencio y sus pensamientos. Es ella. Es Adela.
El hombre, semioculto entre las sombras, pronuncia en voz baja un nombre: Mónica.
Los tacones avanzan por la calle Semoleres. Cuando desemboque en la pequeña plaza será el momento. La farola le facilitará el trabajo.
La mujer llega a la plaza, titubea un instante, parece presentir algo. Mira en dirección al oscuro callejón donde el hombre aguarda. Intenta huir, volver sobre sus pasos, pero el hombre no le da tiempo. Sale veloz de entre las sombras revólver en mano, flexiona un poco las rodillas y hace dos rápidos disparos. El primero, a la mujer, que cae desplomada. El segundo, a la farola, hundiendo en las sombras toda la escena.
Con paso resuelto, se acerca hasta la mujer, que yace moribunda.
-¿Julián? ¿Eres tú Julián? –pregunta con un hilo de voz.
-Si Adela, soy yo.
-Lo hice por celos Julián. La denuncié por celos. Si ella desaparecía, serías para mí.
-La torturaron hasta morir. Murió ella y el hijo de pocas semanas que llevaba en su seno. Mi hijo Adela.
-Te juro que no lo sabía Julián. No lo sabía.
-Nos veremos en el infierno Adela.
Julián, con mucha parsimonia, vuelve a sacar el revólver del bolsillo de la gabardina. Apunta a la cabeza y hace un tercer disparo.
Protegido por las sombras, entre la fría, turbia y gris llovizna, se aleja calle Carders adelante. Nadie a sus espaldas. Nadie en la conciencia.”

El poeta, en unos segundos, ha visto toda la acción. Anota lo sucedido en su vieja libreta y se aleja sonriente.