lunes, 2 de noviembre de 2009

Móvil*

Móvil ¡la vida es móvil! ¡Me cago en su puta madre oruga! Fui yo el que tuvo la brillante idea, Sonia y Maite me lo regalaron -me ha costado meses agradecérselo-, me amargó la existencia dos o tres meses, el jodido móvil.
Lo necesitaba, gastaba más en llamadas a móviles que otra cosa, todos mis compañeros iban ya con móvil -llamarlos desde el fijo era una ruina-, no obstante, contar que seguramente no fue el mejor momento es ya pura anécdota.
Idiota perdido, temblón, medio ciego, con una lista interminable de números que pasar y sin tener ni idea, con un manual que no podía leer, un cuelgue multimedia pendiente, fiebre alta, un dolor de cabeza insoportable que nada calmaba, dando saltos entre charcos de agua por toda la casa ¡en fin! el listado no salió bien hasta que lo pasó mi hermana tres meses después.
Cli, cli, cli, ese sonido me agobió un tiempo, durante el cual, no me crecieron las uñas de la mano derecha de tanto teclear el diminuto artilugio comunicativo, intentando en vano controlar los siniestros mecanismos que encierra dentro de sí, a cal y canto.
El porcentaje de aciertos no pasó del 25% en los mejores momentos. Un marroquí mosqueado llamó -intentando inútilmente quejarse-, lo mandé a tomar por el culo sin miramientos de ninguna clase, en cambio, el castellano con acento del este, que asomó otra voz, me dejó flipado -no entendí absolutamente nada-, lo primero que pensé, es que, o me estaba quedando sordo, o el castellano había cambiado mucho en poco tiempo, solventé el expediente sin complejos izquierdistas, ni contemplaciones de ninguna clase, le colgué con un "comunista de mierda" bien "apañado", con acento barriobajero y de muy mala leche. Sólo me faltó una llamada en "klingam" para cortarme las venas.
Sms, otro arcano que tuve que desentrañar sobre la marcha, esta vez, antes de amargarme la existencia dos meses más, acudí a mi hermana Sonia, que, ejercía -ya por aquél entonces- el duro papel de Pigmalion tecnológico con voluntad y resignación, esa resignación que se tiene con los moribundos emocionales que necesitan ayuda para mandar su epitafio. Cli, cli, cli, una banda sonora inacabable que me perseguía por donde iba; necesitaba comunicarme, y aquél ruidoso e inabordable artefacto era mi única herramienta disponible.
A punto estuve de estrellarlo contra la pared en varias ocasiones, frustrado, llamándome idiota y con ganas de pillar a algún accionista de Siemens para darle la del pulpo.
Largo recorrido el mío por aquella jungla tecnológica, como un niño curioso que descubre en cada recodo del menú una nueva aplicación y donde pude darme cuenta que las nuevas generaciones me llevaban siglos de ventaja, de ellas, aprendí una rara argucia sensual y sexual ejecutable con el esquivo terminal y, aún hoy, ando flipado con ella: el polvo Vodafone.
Durante mi estancia en la isla, lo perdí y encontré dos veces, la primera, cuando vino Movistar a verme, con una sonrisa y un perro al que quiero como si fuera mío. Vi a Movistar y casi pierdo el Vodafone -cosas de la vida- oruga.
Diabólico y diminuto ingenio electrónico multiusos que, cuando lo necesitas de verdad, o no tiene batería, o no hay saldo.
Las chicas y chicos de 4º de Eso, lo manejaban con una eficacia digna de imitación. Atrapé una conversación entre chicas adolescentes -en el parque de mi isla detrás de un seto, fuera de su vista-, mientras leía a Jung, tumbado en la hierba; no tenían remilgos de ninguna clase para metérselo por el coño a la espera de la tanda de mensajes que les mandaba su compañero sexual; dentro de un condón con el bloqueo puesto y el vibrador conectado pasaban ratos follando a distancia -sexo seguro, oruga- comparaban modelos y prestaciones, su discreción, las bandas sonoras de serie que incorporaban y los costes, al parecer Vodafone era el mas económico. Al levantarme muerto de risa fliparon, les dije: sois un canto a la sensualidad solitaria, pero como el rollo presencial, nada de nada, guapas. Algún pichacorta eyaculador precoz os ha comido el coco, en vez de comeros otra cosa; me partí de risa mientras me marchaba a dar mi rutinario y largo paseo por el parque.
Cuando ¡por fin! pude articular poemas sms, había hecho ya gran parte del vía crucis comunicativo, conseguir desentrañar aquél misterio fue una hazaña considerable para un tipo que todavía temblaba parkinsonianamente y era incapaz de recordar su número e incluso encontrar donde lo había escrito.
Tengo que reconocer que aquél reto tecnológico me llevó sin compasión a los poemas sms, algo que ahora agradezco, pues serenaron mi ánimo y me hicieron centrarme, me sumergieron en un mundo de rimas insospechadas que habitaban en mi corazón.
Pase horas inmerso, horas buscando un esquivo adjetivo -una fugaz rima- la fórmula para darle una bella expresión a mis miedos y pasiones. Fueron en ese instante la demostración que mi trastorno remitía.
Tratar de ajustar mis rimas a formato tan reducido, fue un reto más al que dediqué largas y tranquilas horas, donde, poco a poco, conseguí volver a ser el Mario de siempre, no, el de siempre no, algo cambió en mí después de tan dura experiencia, ahora creo ser algo mas sabio y me parezco bastante más a quien quiero ser.


*Fragmento del libro "Ruido de fondo".