jueves, 12 de noviembre de 2009

Eutimio*

La noche que Eutimio reapareció en mi vida fue una de esas noches tontas y atolondradas, donde se vagabundea sin propósito ni fin, sin orden ni concierto. Noches de espíritu confuso y voluntad torcida.
Caminando por el paseo marítimo de Vinaroz esperaba el amanecer con cierta inquietud, desconfiando de lo que podrían traer consigo las dos horas largas que aún faltaban para que el sol asomara el morro en la ciudad.
La Bustillo acechaba los caminos del delta, pero iba preparado. Con un gesto inconsciente palpé el bolsillo interior de la cazadora, y, al recorrer con los dedos los contornos de mi tarjeta sanitaria suspiré aliviado. No era mucho, pero los deportes de riesgo tienen estas cosas, si no no serían de riesgo. La adrenalina, como el amor, está donde uno la encuentra.
Los locales de ocio iban cerrando sus puertas. Como fantasmas, los últimos solitarios se desperdigaban por las callejas del centro. Los letreros de neón enmudecían, hundiendo en las sombras los portales más próximos.
-¡Un buen día para morir!-. 
Me quedé clavado al oír aquella frase.
Unos metros delante, y parado justo al lado de un semáforo en verde, con los intermitentes de la izquierda parpadeando en la oscuridad, un coche me esperaba.
Desde luego no era la Bustillo. Aquellas palabras las entonamos una vez ocho voces. Nadie más sabía lo que significaban.
Abrí la puerta y me senté junto al conductor.
-¿Matías?-
-Un buen día para morir, Eutimio. ¿Recuerdas cómo seguía? Yo no.
-¡Qué alegría tío! Más de veinticinco años, y tú también la recordabas.
Pensé: Si continua tan campante después de oírla, o no es él, o no la recuerda, que para el caso vendrá a dar lo mismo. No paro y listo. Pero aquí estás.
Te he visto de lejos, caminando, mirando al mar. He reducido la velocidad.
Entonces tu perfil ha encajado con la silueta de un recuerdo. He pensado: se parece a Matías. Los dilemas de Matías. Al mar, siempre al mar.
-Piensas demasiado Eutimio, piensas demasiado. Seguramente por eso estás tan calvo, cabrón.
Arranca. ¡Vámonos de aquí!
-¿A dónde? 
-A Alcanar. A la playa de las Casas de Alcanar.
-Está todo cerrado. Tendré que parar en un puticlub a comprar priva.
-No hace falta Eutimio. Llevo en la bolsa una botella de Jack Daniels mediada.
-Mejor no ir por la nacional. Los picos suelen poner un control de alcoholemia en ese tramo. Tiro para Ulldecona. A mitad de camino hay una carretera local que nos lleva hasta allí. Damos un poco de vuelta, pero es más seguro.
¿Qué lías?
-María de primera, Eutimio. Cosecha propia, nada de mariconadas.
Ando algo alunado. Huyendo de una tía, y con ganas de romperle las bragas a otra.
-¡Cojones Matías! ¡Qué emocionante! Hace siglos que dejé a las mujeres por imposibles. Dos divorcios. Manutención para dos niños…
He acabado sobreviviendo en una pequeña y oscura buhardilla. Más de la mitad del sueldo se evapora nada mas cobrar. No puedo permitirme otra cosa.
Acabé sociología y entré en la academia de policía. Ahora soy inspector. Ya ves ¡quién lo iba a decir!
No pareces sorprendido –continuó, mirándome por el rabillo del ojo y aminorando la velocidad-.
-No, y aunque te parezca raro, ahora mismo me alegro. Quizá tengas que hacerme un favor. Vienes caído del cielo Eutimio. Caído del cielo.
-A pesar de todo no hemos tirado la toalla, Matías. ¡Un buen día para morir!
La frase me ha ayudado a superar muchas cosas.
-A mí también. Tiene la energía suficiente para sacar lo mejor de uno mismo.
A veces hay que detenerse y decirla en voz alta. La vida es un desafío sin fin.
Es un grito de batalla de los indios de las praderas. Creo que de alguna tribu Apache. El guerrero, a pesar de no tener el más mínimo control sobre su destino, lo afronta como un desafío. Pondrá lo mejor de si mismo en la contienda. Eso le quita filo al miedo.
-Ya no recordaba el concepto. Pero si el empuje que da.
-El mar de Alborán. La tormenta. El colocón. El mal rollo. Hasta que el listillo aquél del teletipo soltó la frase y la explicación. Empezamos a corearla en voz baja, y a los pocos minutos el temor se disolvió. Reímos como posesos.
Durante los pocos kilómetros que nos separaban de nuestro destino, observé a mi amigo. Los pequeños y vivos ojos de Eutimio eran, arrugas aparte, los mismos. En cambio, del pelo sólo quedaban los restos de un naufragio, apenas un poco en la nuca y por encima de las orejas que, al igual que la nariz, eran algo más grandes. Un poco más gordo y seguro de sí, más sólido.
Su mirada, aun siendo la misma, había cambiado, donde antes resaltaba un brillo juvenil, ahora reinaba un leve fulgor que daba paso a una, en aquél momento, serena profundidad.
Con los ojos fijos en carretera me iba contando su historia. De cuando en cuando recalcaba una frase o una palabra dando un golpecito en el volante con el dedo índice.
-Sabes Eutimio –le dije con rotundidad, interrumpiendo su largo monólogo-, es la primera vez que me alegro de estar con un inspector de policía. ¡Quién me lo iba decir hace unos años!
-Tú también las has pasado putas –afirmó, apartando un instante los ojos de la carretera y mirándome fijamente.
-Si, Eutimio.
-Entiendo.
Sus ojos asintieron y volvieron a la carretera, que discurría solitaria entre los invernaderos, donde, al ritmo caprichoso de los faros se iban recortando las sombras de nuestra ruta con efímeros y abovedados perfiles.
-Matías –continuó, una vez llegados a nuestro destino-, nunca te he contado el porqué de mi estrambótico nombre.
-No, y mira que llegamos a reírnos de él.
-Mi padre era bipolar. Ya sabes…, esos que, cuando se enamoran la acaban cagando siempre. Pues bien, mi madre se emperró con ese nombre. Pensaba, según me contó cuando tuve la edad suficiente para entenderlo, que quizá me protegería del mal fario de salir a mi padre.
Siempre he tenido un espíritu sereno. Bueno, casi siempre.
El caso, es que mi madre acabó hasta el coño de aquel marido depresivo e irresponsable y terminaron separándose amistosamente siendo yo muy niño.
Amanecía a lo lejos. Eutimio habló y habló. 
Sentados en la arena dábamos tragos, y mi amigo parecía cambiar de piel, de gesto y actitud, a medida que desgranaba una larga historia repleta de sueños perdidos y parejas insatisfechas. Según decía, su oficio comenzó a devorarlo muy pronto, convirtiéndolo en un ser solitario. Un fantasma del amigo alegre que fue. 
-¿Sólo eres un fantasma Eutimio? Pues a mí me pareces bastante real, -pregunté y afirmé sin darle tiempo a responder la pregunta. Yo, a veces parezco seguir buscando al hombre que quiero ser. Ya ves qué pejiguera. Durante una época de mi vida hasta hice de funambulista sin saberlo. Eso es si que estar colgado. Y en lo de funambulista no es tanta la metáfora. No te creas.
Tengo tres semanas por delante y una casa en un lugar pequeño y ventoso. Vamos a tu buhardilla, te llenas una maleta y arreando para Ventalles.
Eutimio tardó dos minutos en hacer la maleta y salir del portal con ánimo clandestino, ojos de fugitivo y la sonrisa del que se aleja de una batalla o de una coloqueta chunga. 
Se había convertido en un furtivo de sí mismo en un entrar y salir de portal.
-La vida nos devora, Matías -me decía, al tiempo que maniobraba para sacar el vehículo-. Nos va devorando como un buitre hambriento.




*Fragmento del cuento "Junto al delta".