lunes, 27 de julio de 2009

Epístola

Estas palabras, viejo amigo, ahora que los años ya vividos te cercan el cuerpo y el ánimo, quisieran ser bálsamo y panacea. Una suerte de entretenido pasatiempo donde encontrases evasión. Apenas unos minutos, donde quisiera regalarte una sonrisa cómplice y un brazo amigo, que, a modo de barandal de hueso y sangre, pudieras utilizar cuando tu ánimo decaiga, y necesites, como náufrago que nada en el océano de la existencia, un tirón hacia arriba. Un tirón que te rescate de los peligros, de sentir el vértigo que el abismo ha dispuesto bajo tus pies.
Dentro de poco tendrás tiempo, y deberías, y fíjate que te digo deberías, emplear algo de ese tiempo, que la mala fortuna te ha regalado, en ver algún pequeño sueño cumplido. Uno pequeño y gratificante, de esos que tus afanes cotidianos nunca te dejaron tiempo suficiente para poder satisfacer.
Y… te digo, porque lo sé, será tu especial manera de sentir el calor del planeta debajo de los pies. Busca, en tu viejo cajón de los sueños olvidados, ese algo que quisiste hacer y nunca tuviste tiempo para ello.
Siempre quise tener la capacidad de regalarte un poco del tiempo libre que tengo la suerte, o la desgracia –creo que la suerte- de disfrutar. No está en el destino de los hombres disponer de tal don ¡qué más quisiera viejo amigo!
Pero…, estas palabras, que con gusto barajo o escupo, según sea el caso, son quizá, la única manera de ver realizado ese prodigio, pues la enorme distancia que hay entre el tiempo dedicado a la elaboración de las mismas, y el poco más de un minuto, que, como mucho, se puede llegar a invertir en leerlas de corrido, son, creo, la mejor metáfora de que dispongo para hacerte ese regalo que los dioses no me permiten llevar a cabo de otra manera. Es mi fuerza y mi ventaja.
Y…, sin mirar atrás, camina, con paso ligero y firme, por donde el corazón te lleve.
Yo, en mi caminar, preñado de tropiezos y adversidades, tuve la fortuna de encontrar una bella senda. Una ruta hacia mis sueños. Es casi lo único que tengo verdaderamente mío. Hay que ser tan torpe como yo para encontrarla a los cuarenta y siete; aunque si se tiene en cuenta que uno no sabía que buscaba…
Un corazón no resuelto. Eso he sido yo casi toda la vida, pero…, ahora me rio de los dioses. Los burlo, y, siempre que puedo, les robo un pedacito del paraíso donde viven. (…) Ya sabes…, más allá de la conciencia.