jueves, 9 de julio de 2009

Mariano

"Soy un experto en ausencias. Un maestro en sustraerme a ellas y seguir adelante. Soy bastante emocional, lo que conlleva una carga adicional de inquietud y desolación a la vida que uno lleva.
El cadáver de Antoñita me gustaba, lo tuve en el congelador del sótano diecisiete años, que ya son años. En cambio, Laia, no estuvo ni quince días. Tenía el mismo aspecto de profesora cacatúa viva que muerta. Cada vez que lo habría para contemplarla me daba repelús. Ni la extremadamente violenta muerte que le procuré, había cambiado un ápice su aspecto de mujer reconcomida. Como si su aletargada vida funcionarial la hubiese devorado antes de tiempo. Treinta años, y ya era una carcamal. Me saqué de encima aquel mal rollo lo antes que pude.
Alquilé un coche y la llevé a los pantanos.
Espero que los caimanes no se indigestaran demasiado, puedo llegar a necesitarlos mas adelante.
Leonor, la rubia del congelador grande, sigue teniendo el culo igual de bonito a pesar de llevar ocho años allí. A veces se lo descongelo con un soplete, lo pellizco un rato y la devuelvo a su frío hogar con una sonrisa en el rostro.
Llegué a esto a causa de mi padre.
“Mariano -me decía, el muy primo-, a las mujeres se las mata a disgustos. Es más lento, pero no está penado.”
Comencé por llevarle la contraria. Por demostrar que, por mas catedrático de derecho que fuera, con las mujeres andaba errado. Sólo es cuestión de que no te pillen.
Rosa, siempre me acuerdo de Rosa. Estaba tan apretada, que quemé la cadena de la motosierra mientras intentaba trocearla. Tuve que acabar el trabajo con una quirúrgica de mano. Una tarea de forzado. Pero, a pesar del trabajo que me dio, se imponen los bellos recuerdos…
La noche, una tibia noche de luna primaveral, la única que pasamos juntos, fue maravillosa. Ella corría desnuda por el bosque, y yo detrás, motosierra en mano, la llamaba por su nombre.
Hacer un breve apunte literario y después quitarlas del medio para poder disfrutarlas una temporada en exclusiva, así, tan fresquitas y guapas, es todo un arte.
A él me dedico en mis ratos libres…"



A Mariano, depredador sexual y asesino múltiple, lo conocí en los calabozos de los juzgados de guardia Barcelona, estando en ellos a la espera de que el juez estimara las raquíticas pruebas que la policía tenía en mi contra. Coincidimos en un chabolo, el más cercano a las escaleras que llevan a presencia del magistrado, cuando él se hallaba detenido a causa de una redada rutinaria en el barrio chino, y todavía nadie sospechaba que Mariano era el buscado depredador.
Contábamos historias para hacer más llevaderas las lánguidas horas de espera. El contó esta que he referido, que, sin duda alguna, es la más divertida que se narró jamás entre aquellos muros de techo abovedado y aherrojadas puertas.
Tres años más tarde vi su foto en primera página. Estaba detenido, y según relataba el periodista en un denso artículo, se derrotó a las primeras de cambio. Confesó, y, cuando iba por treinta y seis asesinatos, perdió el hilo y se quedó agilipollado del todo.
Tardó tres años en volver a abrir la boca.
Un mes antes del juicio fue portada de un conocido semanario. “Soy Findus, el rey de los congelados”, aseguraba, el día que rompió su largo silencio, en una entrevista, que, dada la notoria complejidad del caso y sus repercusiones mediáticas -en la calle no se hablaba de otra cosa-, se preveía largo.
La revista Interviú la sacó en exclusiva dentro de un número especial, dedicado, prácticamente en su totalidad, a los asesinos múltiples.
Las pruebas de cargo eran inapelables. El manuscrito, hallado en una vieja mesita de la cripta donde mantenía congeladas a sus victimas más queridas, donde, todo hay que decirlo, con cierto estilo, relataba sus crímenes, fue la prueba más contundente que esgrimió el fiscal, la que finalmente lo llevó a la cárcel de por vida. La afición a la literatura fue su ruina.
Vivió un tiempo en los EUA, en Florida más concretamente. Allí se volvieron a investigar algunas desapariciones ocurridas durante sus cinco años de estancia, pero no se pudo probar nada.
Había pasado largas temporadas fuera del país. Heredero de una discreta fortuna, se sospechaba que, prácticamente, dedicó su vida a quitar mujeres del medio en todo el planeta. Desgraciadamente, fue imposible probarlo.
Sólo catorce de ellas, halladas congeladas en el viejo sótano de la casa familiar, se tuvieron en cuenta durante la larga vista.
Poco faltó para que se produjese un conflicto diplomático, cuando en cónsul chino de Barcelona entró en liza, pues seis de las víctimas eran ciudadanas de ese país.
El depredador estuvo unos meses en el punto de mira de las autoridades del país asiático y, al seguirse el rastro de sus andanzas por medio mundo, se le pudo situar en Hong-Kong durante los dos primeros años del traspaso del control de la ciudad a los chinos. Scotland Yard quiso meter baza, pero los chinos dijeron nanai. Ellos se encargaron de las investigaciones en la portuaria ciudad asiática. Una vez más, no se pudo probar nada.
El sótano del viejo caserón de Vallvidrera contenía varios congeladores industriales. Recuperando las viejas galerías excavadas en la roca, abandonadas y cegadas cincuenta años atrás, había construido, el industrioso Mariano, una siniestra, ultragélida y moderna catacumba.
Durante el juicio habló de Gertrudis, su amor más distinguido. La congeló sentada para sacarla de vez en cuando y poder tomar el té con ella.
Finas gafas de cristales sin montura, y la mirada plácida del niño que nunca ha roto un plato, de complexión delgada, pero fuerte y enérgica. El pelo negro, ralo, liso y medianamente largo, que, con una corta coleta, solía reunir en la nuca, y parecía estirarle los rasgos a un rostro delgado y salpicado con algunas pecas. Mariano medía uno setenta y siete, y tenía el aspecto curtido y flexible del que pasa mucho tiempo haciendo ejercicio al aire libre.
Un papel secundario, pero destacado, jugó la mujer que escapó de sus garras, al despistarse el depredador yendo al volante la noche de su secuestro, y ocasionando un accidente contra un árbol en la carretera de l'Arrabassada. Supo aprovechar su oportunidad y, aunque maniatada, consiguió huir rodando ladera abajo. Con la descripción que hizo de Mariano la policía pudo elaborar el retrato robot que facilitó su captura.
De la heroína en cuestión, que no estuvo presente en la sala y declaró por videoconferencia, el periodista sólo aporta unas breves líneas, y nos la describe a grandes rasgos: “Metro sesenta y poco, mediada la treintena, pero de aspecto juvenil. Simpática, de sonrisa fácil, labios carnosos y sensuales, grandes y brillantes ojos, media melena de espeso cabello castaño entreverado de mechas caoba, que centelleaban en la pantalla, cuando, durante su declaración, hacía algún gesto con la cabeza”.
A Mariano, cinco años más tarde, le dio matarile un compañero de cautiverio del psiquiátrico penitenciario donde estaba recluido. En un ataque de locura, lo estranguló una noche de invierno con la goma de unas bragas que el finado guardaba celosamente dentro de la cisterna del váter, y con las que, de tanto en tanto, hacía rabiar a su compañero de celda.
El asesino, en última instancia, y a modo de justificación, arguyó en su defensa:
“El frío reinante era culpa de Mariano, porque, en sus delirios polares, jugaba constantemente con cubitos de hielo imaginarios, dejándome aterido con el trajín diario de los malditos cubitos”.
“Estamos en crisis y hay que ahorrar” -contestó Fermín, cuando, después un largo y delirante interrogatorio, se quedó en blanco.
“Ahora ya no ponen la calefacción” -aseguraba convencido a todo el que quería escucharlo. “Desde que no está con nosotros Mariano no hace falta calefacción. Lo hice por el planeta, el cambio climático nos acecha y todo sacrificio es poco”.
Así obtuvo Fermín Corrales, un psicópata asesino del montón, su pasaporte para la posteridad, sus cinco minutos de gloria.