miércoles, 9 de diciembre de 2009

Cuento de navidad*

Cuando miro atrás y recuerdo tan sólo hace cinco días -teníamos tropecientos problemas y más trabajo del que nunca seríamos capaces de hacer-, ¡qué tranquilidad!
Los días en que nada surtía efecto, encendía el receptor de radio y lo intentaba sintonizar el 99.00 FM ¡no veas a veces lo qué costaba! El hecho de escuchar nuestra señal, era un estímulo adicional para mis días tristes y confusos, en los que fumando petardos en el sofá, mientras oía -a veces algo mal- nuestra señal, dejaba transcurrir las horas tristes de la desesperanza, las horas solitarias de los miedos íntimos, profundos, esos que sólo sabe cada uno y casi nunca contamos a nadie.
Horas apacibles, en las que trataba de ordenar mis sentimientos a un lado y mis razonamientos a otro -otra tarea, como todos sabéis, inalcanzable-. Así, rodeado de tareas inalcanzables, y de un espeso humo blanco, que se olía desde tres pisos mas abajo, trascurría mi apacible existencia.
De repente, el martes a mediodía comenzaron a sentirse los primeros ruidos, luego interferencias, y poco después… ¡radio cinco noticias!, ¡joder, qué susto! El petardo cayó de mi boca -otro jersey a la mierda-.
Si llega a ser la voz del Urdaci, habría tenido que irme al aeropuerto más cercano, y confiar en la estupidez innata de las fuerzas de seguridad para pillar un vuelo a cualquier parte.
Afortunadamente para mí, no fue así, porque mi poder adquisitivo no alcanzaba ni para llegar al aeropuerto.
Se me quitó el globo de repente ¡lástima de hierba! Desde ese momento, se desató una vorágine de acontecimientos que todavía ahora -cinco días después-, andan revueltos dentro de mí, y cada vez que los recuerdo, a pesar del tiempo transcurrido, me siguen llenando de confusión y espanto.
Los costes, las afinidades y lealtades rotas -las intenciones más tristes aflorando justo en el peor momento. Las ambiciones personales por encima de las convicciones… Ya nada volverá a ser como antes, me decía -entre dientes-, mientras me liaba otro canuto.
Después del asalto de Radio 5 ya nada volvió a ser lo mismo. Pasó como un huracán, y, por supuesto, no acabó con nosotros, pero cambió aptitudes y amistades, las menos, se destruyeron, las más, se conocieron mejor, se fortalecieron.
Fui ha echar mano de la piedra… ¡coño! no me queda, me he fumado dos gramos en un solo punto y aparte. No veas lo caro que me iba a salir esto del relato. Habrá que ir más al grano o fumar menos -pensé con un estremecimiento-.
Intenté calcular los gramos que me habría tenido que fumar para escribir los episodios nacionales de Gáldos, por ejemplo. Pero no hubo ni que calcular, no seré novelista me dije, a esos precios, ni el relato breve podía permitirme.
Minotaurear mi mente laberíntica por mi cuenta salía más caro que la terapia. Levanté el teléfono y marqué el número de un terapeuta que trató con éxito a un amigo que, cuando se le iba la flapa, se creía Durruti. A grandes males grandes remedios, pensé heroicamente, mientras sonaba el tono correspondiente.
Lejos queda también, aquella llamada y aquel cabrón de terapeuta lacaniano. Cuando entré en la consulta y le vi la cara a la recepcionista, tendría que haberme largado. A grandes rasgos, era alta, y más siniestra que ninguno de los camellos que he conocido nunca -y han sido unos cuantos centenares-.
Tres tipos por delante. Como dejen fumar esto puede ser ruinoso. De pronto, me llamó la atención un tipo pequeño y de aspecto furtivo que movía la cabeza constantemente de un lado a otro. Debe ser un espía –pensé-, un espía en paro o estresado.
Cuando me terminé el canuto, el espía había desaparecido. En su lugar, una boa de tres metros me miraba con cara de póquer, al otro extremo del animal había una morena de grandes ojos, mucho parpadeo y un equipamiento con todos los extras. Si hay que esperar, se espera -me dije-.
La morena hablaba por los codos de cualquier cosa constantemente. Conseguí no oírla convenciéndome a mí mismo que era hilo musical mal personalizado. En ese instante, un siseo me llama la atención. Pensé: La boa esta me mira de forma extraña. Por suerte, vi el reflejo negro en los ojos de aquel reptil asqueroso y tuve el tiempo justo de amagar hacia un lado. Un pasador de pelo de trece centímetros, de puro acero toledano, pasó veloz ante mis ojos y se fue a clavar en el respaldo del sofá, justo donde debería haber estado mi cabeza.
Tengo que reconocer que llegado este punto me mosqueé de verdad. Aquella consulta era más peligrosa que la selva del amazonas -rápidamente antes de que vuelva a aparecer el espía estresado, me dijo mi instinto-.
Apagué, veloz como el rayo, el canuto recién encendido en el ojo más cercano de la boa, mientras, con la otra mano, atrapé el pasador toledano del respaldo y se lo clavé en el ojo útil que le quedaba.
La morena ya no estaba allí y el tipo de la gabardina parecía ausente, pero yo, ya no me fiaba de nadie. Así, que agarré a la boa discapacitada por el extremo mas alejado de su cabeza y le estuve dando boazos hasta que desapareció la gabardina no sé dónde. Si después de todo esto, intentan cobrarme la visita habrá sangre, me decía, mientras buscaba con la mirada a la siniestra recepcionista.
Allí estaba, entre una planta de plástico y un póster del Dalai Lama -con aquella cara de ardilla-. Le lancé, con toda mi mala leche, lo que me quedaba de la boa, pero -cosas del destino- pilló el Dalai Lama. Eso te pasa por pacifista, le dije.
Ahora que tenía las manos libres podía intentar fumarme un petardo entero. Justo cuando iba a darle el lengüetazo final, la recepcionista, que se había recuperado del susto como si nada, comenzó a contraatacar con lanzamientos de listines telefónicos caducados. Uno me dio en la frente, me partió la boca y el canuto que había en ella. Ciego de rabia, empecé a reenviarle los listines en una batalla sin cuartel.
En lo más duro de la refriega suena el interfono, pero no puedo oír lo que dice, pues la recepcionista da unos alaridos tremendos. Justo ahora solo falta que aparezca el espía estresado para acabar de liarla, pensé.
Aquello no podía durar mucho más, no por falta de motivación, sino de munición, por lo tanto, ya empezaba a planear un golpe de mano en plan comando contra aquella arpía y su deposito clandestino de listines telefónicos, cuando, un guiñapo oscuro y alargado salido de la nada, se lanza de un salto sobre la recepcionista, que, aprovechando mi repliegue estratégico, intentaba en vano llamar al 912.
El guiñapo se la merendó en un plis. Ver como medio metro de boa despanzurrada, se tapiñaba a una recepcionista de metro ochenta y cara de ardilla a dos metros de distancia, fue superior a mis fuerzas. Decidí hacerme un último canuto por si no salía vivo de allí.
Por raro que parezca, llevábamos un minuto sin que pasara nada, cuando, por una puerta lateral, aparece el psiquiatra con cara amable y distraída, resbala con la sangre de la boa o de la recepcionista -no sé- y cae encima mío -justo cuando me iba fumar el ultimo canuto de mi existencia-.
Esto es demasiado -aquí arde Troya, me dije-. Cogí al psiquiatra por las solapas y lo lancé, con toda la furia que me quedaba, por la ventana (6 pisos).
Éste no le jode ningún canuto más a nadie.
Pero en aquella consulta, el más tonto hacía encaje de bolillos, así que, veo flipado por la raída ventana, como el psiquiatra, aprovechando la suave brisa mediterránea del momento, parece que remonta el vuelo utilizando la bata como ala delta.
Me lo miro con curiosidad, pero sin alarma. He sido marino y conozco las veleidades de las brisas mediterráneas. Mientras tanto, una sonrisa de hiena se va adueñando de mi rostro. Un brusco cambio en la dirección del viento hace perder el plan de vuelo al lacaniano cabrón, que se estrella contra el edificio de enfrente y cae al vacío. Para su mala suerte estaba mas alto que al principio. Así, que a fumar sin interrupciones.
Para entonces ya no recordaba donde estaba, ni que me había traído hasta allí. Me senté en el suelo confuso y aturdido, mirando sigilosamente en todas direcciones, casi ni respiraba. Ahora sólo me falta una alarma de incendios -me digo-, mientras busco la piedra que he conseguido salvar en esta especie de Bagdad domestico.
No aparece y me estremezco de ira, mis ojos, son ya dos hilos de acero batiendo el terreno, buscando pistas de su paradero, entre restos de boa y de recepcionista al 50%.
Me da un ataque de risa pensando en la faena que va a tener el forense para sacar algo en limpio -con la tecnología española- de aquella carnicería. ¡Qué se joda! por funcionario -me dice mi instinto de conservación, así que le hago caso-. Dejo de preocuparme de minucias y me concentro en la piedra desaparecida.
No iba a ser tarea fácil, la dichosa piedra se escondía mejor que un inmigrante sin papeles y el ecosistema se había complicado mucho en 15 minutos. Restos de plantas verdes con la cara de un chino al fondo (parecía el Vietnam).
Debe ser lo que queda del póster del Dalai Lama, me dije. Boa, recepcionista, sangre, trozos de gabardina y listines telefónicos de medio mundo por todas partes, había tarea para rato.
Me pongo a cuatro patas para otear el suelo más de cerca, cuando una puntera de zapato asoma por debajo del sofá. Tiro rápidamente de aquel zapato y aparece el espía estresado -un listín telefónico mal dirigido parecía haber acabado con su inquieta existencia-.
Iba a continuar la búsqueda, pero, de pronto, la cabeza se le empieza a mover como un metrónomo enloquecido. Le endíño con una botella de anís del mono que llevaba el tipo en un doble fondo de la chaqueta. Si con esto no te dan la baja, deja el oficio gilipollas -le digo-, clavándole un abrelatas oxidado que me he tropezado durante la búsqueda.
Después de aquello, ni piedra, ni leches. Había que darse el piro rápidamente. Antes de darme cuenta estaba dentro del ascensor. Pulso la planta baja, y en cuanto arranca, me percato de una nevera enorme que hay junto al espejo. Oigo un ruido mientras se abre la puerta de golpe, ¡sorpresa¡ ¡fóllame así, fresquita¡ ¡Hostias¡, es la morena desaparecida y con las bragas en la mano. Salto hacia atrás, dándome un costalazo contra la puerta del elevador. De todas maneras, la frase "fóllame así, fresquita", selló su destino.
La estrangulé con sus propias bragas y la volví a meter en la nevera. Eso sí, con la etiqueta de producto ecológico caducado, colgando de una zanahoria congelada, que le metí por el culo de una patada.
Salí como una sombra del edificio, por una puerta trasera, esa que siempre sale en las películas americanas. Aquello me salvó la vida.
Al día siguiente, mientras leía la prensa en mi mansión de 40 metros cuadrados, me llamó la atención un titular:
"Matanza en una consulta" El asesino en serie conocido como "Tic Tac", buscado por la INTERPOL, entre las victimas. Fuentes de la policía aseguran que la escena era dantesca. Todo hace pensar que el asesino falló en su intento criminal, y se entabló una lucha a muerte, donde a su vez, fue muerto por alguno de los fallecidos.
Sonreí cínicamente mientras me fumaba un dos papeles que me supo a gloria. ¡Jóder cómo está el mundo! Casi se me hace tarde.
Hoy lunes, 27 de Diciembre del 2004, en una asamblea con caras de cansancio, y con la que nos está cayendo, ¡por fin! después de mucho -mucho tiempo-, nos echamos todos a reír.
Radio Bronka en el 99.00 de la FM era ya historia.

Barcelona, día de los inocentes del 2004.




*Fragmento del libro "Ruido de fondo"