miércoles, 14 de abril de 2010

Autoretrato (enero 06)

Pasamos los primeros veinte años de nuestra vida decidiendo qué partes de nosotros mismos debemos meter en el saco y ocupamos el resto tratando de vaciarlo.
Robert Bly. Encuentro con la sombra. Pág. 98.

Sal en los labios. Pimienta y asfalto en el paladar. Eléctricos y ácidos pinchazos, como agujas atrapadas en un árbol milenario. Sabor de menta almidonada en la garganta, donde se mueven alfileres a la velocidad de la luz. Los ojos centelleantes, de un tono displicente, desvaído, como si buscaran todavía la luz que ya tienen, que ocultan muchas veces, sólo por pura y simple malicia, o quizá pura exhibición de colores. 
Rayos, truenos, se lanzan como una luz eterna, primitiva, capaz de agujerear almas duras, aceradas.
Miradas como serpientes luminosas, diamantinas, afilan sus colmillos en las imágenes que transpiran las farolas, el sol, el mar. Luces frías, como premisas nunca resueltas, devuelve el espejo, al mirar distraídamente mis tres ojos al afeitarme. Rasuro el mundo mientras lo hago. Le arranco la enmascarada y oscura mirada durante la delicada y pueril tarea.
Acero y mierda, basura metálica, vulgar, sin brillos ni luces, como una orgánica cadena de un gris maloliente que se pudre al sol.
La multitud observa al pasar a su lado, se siente atraída de forma malévola y repulsiva. El muerto levanta un dedo y grita: quiero arroz, sólo arroz, agua y saludos. 
Visitas al interior de mis ojos, como un turista extranjero que, por un instante, se ve a si mismo vuelto del revés, iluminado por un haz de luz oscuro, introvertido, curioso y penetrante a la vez. 
Recorre su rostro con la cuchilla, recogiendo nieve salpicada de puntos negros, como semillas de opio entre cúmulos espesos y blancos.
La sonrisa en el cálido rostro, resplandeciente, como una danza ancestral, enérgica, primitiva, desmesurada. Luminosa y eterna se extiende en toda su potencia. Hace reír, se ríe de si mismo, de todo. 
Pasea su alma entre vidas ajenas. Dando vistazos cortos, rotundos. Oliendo, lamiendo todo lo que encuentra a su paso. Sacando a la expresión toda su arcaica fuerza, su luz primordial, con una energía, un vigor, que sólo la tierra seca y polvorienta es capaz de reflejar. 
Luz, esa luz brillante y audaz, ligeramente azul, con finos y fugaces reflejos turquesa, teñidos, en ocasiones, de un breve hálito gris espumoso. Donde el sol se abre paso como una delicada y suave melodía marinera. La luz de su viejo y esperanzado mar, su mar, el mar mediterráneo.
El espejo devuelve entonces una nueva faz, surcada de arrugas y cicatrices, producto del tiempo y la vida a partes iguales. Los ojos recuperan un cambiante azul que disfraza su tono, como el azul del mar. Ora algo verdoso, ora azul profundo, a veces, salpicado de grises leves y metálicos, plomizos tonos que alternan brillos con los formidables e inquietos rayos de sol.
Sus labios, como su boca, amplios y sensuales, siempre andan a la búsqueda de besos inalcanzables, lejanos. Anhelan una boca soñada, real, labios, ojos que absorban su luz y su mirada. 
Una risa franca, tronante, sale resuelta de su interior a la menor oportunidad. Mirando siempre a su alrededor buscando un rostro, unos ojos donde sumergirse y nadar, bucear almas femeninas, mundos insondables donde suele perderse y encontrarse. Rostro de superviviente, de vagabundo de infinitos paisajes.
Me veo a mí mismo como si fuera otro. Diapositivas pasan ante el espejo, distintas, iguales, consecutivas, y río. Río ante el calidoscopio de gestos, miradas, poses, que corren fugaces ante la mirada atónita, mientras se reconoce en mil lugares cuando se limpia la cara de jabón.
La imagen, juguetona, hace guiños, como un felino camuflado en mil rostros que son el mismo, visto de cerca, de lejos, de perfil, audaz y temerario, débil y escurridizo, amistoso, duro, y en algunas ocasiones, casi feroz, como un leopardo en una cacería que, sin embargo, sonríe plácidamente mientras espera a su presa sin buscarla, sin planearlo. 
Mientras tanto, con movimientos ágiles y furtivos, contempla el mundo maravillado, curioso, con una traviesa curiosidad infantil, inocente, sin edad.