miércoles, 10 de noviembre de 2010

El trapi* 2ª parte

Cuando, dos días más tarde, entré en el colmado, me crucé con una sombra que salía murmurando enfurruñada y dejando tras de sí un poderoso y rancio olor a aguardiente barato, por unos segundos me quedé petrificado. Una mirada cejijunta y torva me atravesó. 
Una bizca de ojos oscuros, de pañuelo en la cabeza anudado bajo la barbilla -estilo moda rabiosa de finales de los cincuenta-. 
Me volví para verla alejarse. Una vieja y siniestra mesa camilla de dos patas vestida de negro que, renqueante y destilando alcohol, se perdía en la distancia. Camino de la taberna que hay junto al cruce de la comarcal, como si lo viera.
Mal rollo –pensé-. Los bizcos, no sé por qué, siempre me han dado mal rollo.
-No veas tu madre, casi me acojona -le dije, cerrando la puerta con llave-.
-No es mi madre. Es una amiga suya que la suple un par de horas. 
El tercer martes de cada mes la sustituye a última hora. Mi madre tiene un rollo con un amigo de un pueblo vecino y se va un par de horas antes del cierre.
Mañana me tocará abrir a mí, Matías. 
Matías, Delfina, al verte, ha debido pensar que venimos a otra cosa –concluyó, soltando una risita.
-¿Delfina? ¡Joder! parece recién salida de una novela sobre los bajos fondos de la Barcelona de primeros del siglo veinte. Quizá huyó de su fatal destino novelesco y vino a refugiarse junto al delta. Huyendo de su literaria y negra suerte barcelonesa, debió recalar en este pueblo.
-¿Intentas ligar, Matías? 
-Si. Me parece que si. Y deja de decir continuamente Matías esto; Matías lo otro; Matías lo de más allá.
-Buen intento. Apuntas maneras, Matías.
Apagó las luces de la tienda y se perdió en la oscuridad hasta que una mortecina luz se encendió al fondo de un pasillo que arrancaba justo a mi derecha un metro más adelante.
En ese preciso momento pensé en Eutimio. Acababa de oscurecer y había luna, así que andaría paseando entre algarrobos y almendros hasta la hora de cenar, como solía hacer los días en que ninguno de los dos proponía otra cosa. Una cena tranquila, donde, seguramente, mi amigo querría conversar hasta muy tarde. 
Los largos años de vida furtiva, sin amigos fuera de su órbita profesional, sin nadie a quien confiarse, le habían pasado factura, y ahora deambulaba tranquilo por los campos cuando anochecía, buscando quizá la reconciliación con esa parte de sí mismo que había sacrificado al elegir su profesión…
Un callejón sin salida. Forzosamente se impone un cambio de rumbo. Una fractura. Desdecirse de parte de lo ya vivido. Volver sobre tus pasos hasta encontrar el recodo preciso donde equivocaste la senda… y perdonarte. 
Los sueños y el destino, por más que digan, suelen ir de la mano en muy pocas ocasiones. Y si te sucede, si eres uno de esos afortunados, respira hondo, y, si puedes, tómatelo con calma, porque será terrible y/o maravilloso; aunque igualmente impagable.
-¿Matías?
La voz de Mabel me sacó de mis cavilaciones, rompiéndome el discurso en un tono sutilmente disfrazado de frágil impaciencia, acaramelado y sugerente, que, sin darme cuenta, me arrastró como un imán hasta la trastienda.
-¿Cuánto hace que lo sacaste del congelador? –pregunté-.
-Fue ayer, a mediodía –contestó, levantando la vista de la enorme bolsa de deportes-.
-Mañana apestará. Después de pesarlo intentaremos sellarlo un poco. 
Rodeados de estantes llenos de latas, bidones de aceite y enormes paquetes de papel de váter, y presidiendo la escena el enorme arcón congelador -que ocupaba todo el bajo de la pared más larga de la trastienda, donde, encima de una de las puertas de acero inoxidable, Mabel dispuso y calibró la balanza-, comenzamos la tarea.
Saturada de una londinense y humeante neblina, la trastienda, en una suerte de sortilegio, nos había transfigurado en dos conspiradores que, en completo silencio y como en sueños, fumaban, sacaban una pieza de la balanza, ponían otra, anotaban su peso y la dejaban sobre un anaquel, que, justo encima y sin perderse detalle ni quitarle ojo al congelador, parecía observar, inmutable, toda la operación.
Tabletas rectangulares de unos dieciocho por trece centímetros, de acabado redondeado por ambos extremos y tres centímetros de grueso. En teoría son de cuarto de kilo, pero casi nunca es cierto. Salvo dos, que tenían tres gramos de más, en casi todas faltaba un poco de peso. No era mucho, pero noventa posturas de cuarto se habían trasformado en veintidós kilos y doscientos catorce gramos. Pesarlo, y, de tanto en tanto, sacar y probar una muestra, nos llevó casi dos horas.
Los enrojecidos, grandes y rasgados ojos de Mabel -antes de alejarse hasta la entrada de la trastienda, darle al interruptor del extractor y caminar pasillo adelante hasta que su bonito culo desapareció tras la cortina que da paso a la tienda-, por un instante, y con fulgor de hembra, me escudriñaron sin ningún disimulo.
Volvió con un rollo de cinta americana y un ambientador.
La niebla se disipaba a la par que yo iba metiendo el material en la bolsa de deportes y sellaba con cinta todas las cremalleras. 





*Fragmento de "Junto al delta".