jueves, 22 de mayo de 2014

Blues

Rocky Lawrence es el bluesman más genuino al que he tenido el placer de saludar. Un músico campechano y alegre, que aún recuerdo dando saltitos con una Fender durante la jam con “Chino”, como si la energía contenida en la guitarra le fuera dando pequeñas descargas; sin duda, ansiosa por empezar y con la intención de prolongarse más allá de sus límites.
Quizá el blues os traiga a la memoria un pequeño y tronado garito de algún suburbio de una ciudad cualquiera una noche indefinida, para mí es más que eso. También lo son las horas inacabables de una madrugada fría y desapacible, a solas con una botella de bourbon y el hipnótico y doloroso recuerdo de un amor perdido; o un vagabundo solitario caminando una noche de luna por una desierta carretera de Alabama; o un negro que llega a un cruce de esa misma carretera secundaria con una ajada gabardina, el sombrero polvoriento y la vieja guitarra apoyada en la raída maleta, donde, bajo un sol de plomo, se sienta a la espera de un conductor generoso que lo acerque a una gasolinera, da un sonoro resoplido y, con gesto cansado, se quita el sombrero y se enjuga el sudor del rostro con un pañuelo blanco y gastado. 
Mucho se ha escrito sobre el blues, tipos muy doctos han llenado páginas y más páginas sobre el tema, se han hecho multitud de documentales y cientos y cientos de entrevistas, millones de discos recorren el planeta, miles de músicos de todo el mundo están presos en sus acordes y su maldición.
El blues es una manifestación de la contienda de los hombres con su fatal e ineludible destino, desarraigo y hogar, pasión y amor fatal; y también una noche mágica de música, amigos y copas; mientras, sobre una de las tarimas del pequeño lago del Parque Central de Nou Barris, un tipo de Conneticut, a solas con su guitarra acústica y acompasándose  con el pie; con voz cálida y profunda desgarra viejos temas de Robert Johnson.