miércoles, 9 de abril de 2014

Presentación libro

El próximo 25 de abril, a las 20.30 h, en La dinamo (C/Molino 1 local 3), presentación del libro "El eco de mis pasos", de Mario Ortiz, + recital poético a cargo del autor. Os esperamos.


miércoles, 12 de marzo de 2014

Despertar

Llevas razón, no ha quedado mal si se tiene en cuenta que fue improvisado. Hasta tiene una falta de ortografía de primaria, fruto del flujo de tiempos verbales que se manejan -o te manejan- y el atropello de palabras que aparecen y desaparecen a toda pastilla. Un sinfín de procesos corren desesperados por los laberintos inconscientes en un barullo entre festivo y adolescente; y un cosquilleo eléctrico se apodera de los oscuros senderillos de la mente como una dosis de cocaína. Subidón, subidón.
La culpa no fue del todo mía, la maría jamaicana también puso de su parte, que conste. El rollo zen no se me da bien, así que me lo monto con el petardo de toda la vida.
“En los directos, ya se sabe”, diría otro.
La obsesión de corregir, y el viento frío de una mañana de primavera recorriéndote el cuerpo mientras caminas Rondas adelante. La ciudad despierta. Yo despierto. Y camino y camino… 

Senderos

Buscaba entre los claroscuros del bosque el sendero de la vieja fuente de mis paseos. Los trabajos de limpieza y aclarado del año anterior habían transformado el paisaje. Trocado la pista en vereda y viceversa; cegado algunas de éstas con la maleza sobrante de la tala, y abierto caminos nuevos con la intención de facilitar la circulación de los vehículos contraincendios en este sector del parque.
Perplejo e indignado delante del lugar donde intuyo arrancaba mi camino miro hacía atrás… El viejo sendero, hecho paso a paso, hora a hora, con todo lo que hace a un  sendero serlo, su alivio en una dura ascensión o la ruta rápida, imposible para los vehículos, hasta mi fuente. La planificación había ganado la partida al hombre desnudo y su experiencia, a su sentido común, a sus latidos y afanes. 
Siempre mareando al personal. Esta vez, con la excusa de la lucha contra el imprevisible incendio forestal, que se agazapa furtivo, como una alimaña acorralada dispuesta a vender cara la piel a las primeras de cambio, me han robado un viejo camino, bello y eficaz; un lugar donde el ritmo y la sagacidad del hombre le siguen ganando la partida a las máquinas. Eran rutas compatibles, pero la pista forestal se ha impuesto y ejerce su implacable hegemonía sobre las veredas humanas, cegando mi sendero querían también arrebatarme el recuerdo de un mundo, para ellos inoperante y pasado de moda.
Más allá de la metáfora social, que el personal con mucho tiempo libre pueda llegar a interpretar al leer estas palabras, lo cierto era que la entrañable ruta era el camino más corto para llegar a la fuente y ya no existía.
¿Tendré que ir por la pista, llena como suele estar de ciclistas psicópatas bajando a toda pastilla sin tocar el timbre? Un paseo apacible se había transformado en una ruta implacable. Había que elegir… entre una batalla sobre una pista polvorienta, o arriesgarse y, en plan kamikaze, tratar de abrir trocha con mi navaja suiza por la selva inexpugnable paralela al regato de mi cañada. 
La pista es cómoda, pero peligrosa. Larga y plagada de curvas sin visibilidad, una serpenteante metáfora contra reloj por llegar a tu destino antes de morder el polvo en una profunda cuneta camino de la fuente. Los caminos sin corazón acaban matando, pero abrir trocha en esa selva es un suicidio. Tardarían años en encontrar mi cadáver y acabaría por ser pasto de las alimañas que recorren las noches del parque. ¡Noches como esta! –exclamé por lo bajini, al ver que la luz desaparecía con rapidez tras una colina próxima al Tibidabo. La noche, voraz y posesiva, se avalanzaba sobre el parque con el frenesí de una desequilibrada cachonda.  

Nunca seré un tipo de mayorías. Soy un hombre de sendero.  

miércoles, 26 de febrero de 2014

Sueño

Ahora, encogido el corazón, seca la boca,
por dejar atrás el dolor y la tragedia,
pienso en ti, te encuentro en el espejo.
Por un instante, entreveo tu rostro fugitivo
seguramente estoy dormido, y tú, desnuda,
te muestras un instante y te me escondes,
coqueta, entre ausencias, pasiones y reflejos.
Tras abismos insondables, ahora,
preso el corazón, la voz remota,
busco tus pechos, tus ojos y tu boca.
Aparece en un vocablo,
cogido al vuelo, en un susurro,
tu voz, tu acento isleño,
y no es verdad, no es más que un sueño.



sábado, 14 de diciembre de 2013

In memoriam*

Qué ligero te has ido. Qué rápido te fuiste, madre; fue doblar la esquina y ya no estabas. Tienes las manos tan frías y yo tantas cosas que decirte. Tanto lo trabajado y sufrido. Solo me queda recordarte, imaginarte cuando, después de mucho años, volvías a sonreír al mirarme  ¡Cuánto sufriste mi muerte prematura! Tienes las manos tan frías y yo tantas cosas que contarte…
Todavía recuerdo el día que te regalé un borrador de mi primer libro. La dedicatoria concisa y breve, entonces me miraste y me dijiste: -Eres más listo que los ratones coloraos. ¡Si supieras el vacío que has dejado! Te has ido al descuido, y yo tengo tanto que decirte.
De un plumazo ya no estás, tu incansable corazón se ha roto, un mundo se va con tu partida, y yo más solo, más ignoto. Tienes las manos tan frías, tan largo el silencio, que ya no puedo recobrarte; ya te fuiste. Un cuerpo ausente del que solo nos queda el aliento. ¡Qué lejos estás! ¿Por qué te fuiste?
Te has ido antes del alba ¿Por qué has de madrugar para todo? Nunca sabrás de mis últimas palabras, tienes las manos tan frías, tan lejos la mirada. Pobre de mí, condenado a escribir para quien no lo leerá.
Decirte adiós, hondo y ligero, a ti, qué tanto fuiste; está tan lejos. Una quimera. Traspasado el corazón de parte a parte, decirte adiós es regresarte.
Listo está Caronte, te espera para tu último viaje. Descartado el milagro, espero, frágil y salvaje; un mañana sombrío para hacerte el equipaje.
Doblan las campanas, listo el atrezo de tu despedida; y tienes las manos tan frías, tan desmadejadas. Tantas cosas que decirte, y las palabras son tan poco.
La he visto de nuevo, esta vez junto a tu cama, espera; siempre espera. Miro sus cuencas oscuras, le suplico. Mi hermana rompe a llorar ¿Por qué te vas? ¿Por qué te has ido? Nos dejas tan solos, tan perdidos.
Yaces inerte, los huesos moribundos. Una sombra a la izquierda de tu cama, tan sutil y tan presente. Te lloro a solas, ya sabes, como siempre.
Justo como empecé, mamá: escribo y lloro o lloro y escribo. Esta vez, la banda sonora la ponen las baladas de un joven Tom Waits. Rompen el silencio, acompañan mis pesares; ya sabes, como siempre.
Tu cocina vacía, y un viejo número de sopa de letras, ajado por el tiempo, guardados están en mi archivo de ausencias. Dejaré de verte los viernes. Todo se pierde, y la sangre llama a la sangre, lo sabes mejor que yo.
El dolor es inevitable y la felicidad una quimera, y aun así vivimos.
Levantar la copa y desearte buen viaje. Vas ideal, ligera de equipaje; y tan entera. Te va a ir muy bien, no temas.




* Para Manoli, mi madre.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Entre tinieblas (fragmento de Niebla)

Dos semanas más tarde, la luna proyectaba su luz sobre los tejados de una ciudad devorada por sus sombras; el espectáculo era sobrecogedor… La noche de la ciudad era un espectro de sí misma, y un viento helado hacía correr la hojarasca por las desiertas avenidas, transitadas únicamente por las luces amarillas de los vehículos de emergencias, que aullaban como lobos solitarios, rompiendo, de tanto en tanto, el lúgubre silencio de aquellas noches inacabables y sombrías donde reinaban las tinieblas.
A partir de aquella primera noche de oscuridad absoluta, cada mañana, desde la terraza, Andrés recorría con unos prismáticos el perfil marítimo de la ciudad para asegurarse de que el viejo carguero -rebautizado como Sant Jordi- seguía fondeado delante del puerto. Al sexto día, después de observar durante unos minutos el horizonte, dejó los binoculares sobre la mesa de la terraza y llamó a Inés.
-Toma, míralo tu misma –le dijo, dándole los gemelos. Lo más probable es que lo hayan atracado en el puerto y esté en uno de los muelles que no podemos ver desde aquí.
-Habrá que asegurase ¿No tienes un amigo en la revista esa… cómo se llama… El Vigía o algo por el estilo?
-Amigo mío no, amigo de Miquel. El viejo lobo parece una top model, tiene una agenda interminable.
-¿Dónde anda?
-Estará en La Astilla. El dueño del bar es un colega de la infancia.
-En realidad, no sé gran cosa de Miquel.
-¿No te contó nada tu tío?
-Poca cosa, aparte de recalcarme que era la persona en quién más confiaba del mundo.
-Miquel llevó una vida aventurera hasta que un accidente laboral lo dejó imposibilitado. De hecho, le pegaron un tiro en un bar del puerto de Orán. Después de aquello, le dieron una fuerte indemnización y lo jubilaron. Tras unos meses de trámites burocráticos relacionados con el asunto que lo sacó de España, vendió el piso que tenia en Marsella y volvió al barrio de su infancia. 
Tuvo que dejar el país mediado el 77, en plena Transición. Cursaba el último año de periodismo cuando “Billy el Niño” (un conocido torturador de la época) se pescó una historia para meter en el trullo a unos cuantos del grupo izquierdista en el que militaba. Uno de ellos era Miquel. Los montajes policiales eran moneda de cambio habitual en aquella época, Inés.
Su única opción era salir por patas inmediatamente, cosa que hizo; y, no me preguntes cómo ni por qué, pero acabó de oficial de información en la legión extranjera francesa.
Guapa, no te dejes engañar por los gestos de padrazo que se gasta contigo ni por su sillita de ruedas, puede llegar a ser un tipo muy peligroso.
Inés lo miró a los ojos -con la mirada risueña que parecía habérsele pegado al rostro en las últimas semanas- y le dijo: -Venga, vamos a tomar algo a La Astilla, invito yo. Hay que contarle las novedades.
-A estas alturas, me juego algo a que ya está enterado de lo del barco.
Cuando llegaron a La Astilla no había ni rastro de Miquel. El dueño del bar, un tipo larguirucho, carienjuto y cejijunto pasaba un trapo húmedo por una barra desierta.
 
(Anselmo -el dueño del bar- y Miquel, eran compañeros de correrías infantiles cuando a su barrio todavía no había llegado el urbanismo. Unas cuantas barriadas aquí y allá salpicaban el territorio, algunas pequeñas industrias que se habían atrevido a saltar la frontera de la Meridiana, los viejos talleres de RENFE junto a la tapia del cementerio de Sant Andreu, los lúgubres e imponentes pabellones del Manicomio, recortados tras los desconchados e interminables muros que lo circundaban; y las faldas de Collserola de patio trasero. El resto eran descampados, barrancos y maleza. Polvo en verano y barro en primavera y otoño. Todo un paraíso para dos niños inquietos como las moscas.)

-Anselmo, pon un orujo de hierbas y un té verde sin azúcar.
-Marchando. 
Si buscas a Ironside, se acaba de ir. Creo que iba al estanco, no tardará mucho.
Bañados por el tibio sol de media mañana que entraba por la gran cristalera que daba al paseo, Inés le contaba las dudas y el lento progreso del relato en el que estaba embarcada. Andrés, de vez en cuando asentía con la cabeza, hasta que, sorprendido, le hizo un gesto con la mano para que se detuviera; entonces le preguntó: -¿De verdad vas a poner eso? ¡Pero si fuiste tú la que…!
-Sí –cortó tajante-. Soltó una carcajada, se puso sería…, y, continuó: -Digas lo que digas queda mucho mejor así.
-El punto de vista me parece acertado. Es mejor contarlo desde el prisma de unos personajes concretos, de cómo lo perciben y afecta a sus vidas, que no de manera global, desde un ángulo más lejano; quizá más representativo y preciso, pero, por lo impersonal, más frío y carente de la tensión emocional que nos hace llegar hasta el final impacientes y curiosos, pues el destino de los personajes se ha convertido en nuestro destino.
-Todavía no tengo claro el final… ¿Que pasará con la ciudad, con todos ellos?
-Sea como sea, llegará dentro de poco.
Creo que la carta que trajiste está impregnada de la fatalidad de su autor. Tu tío, Inés, se enfrenta al fin de su vida, y es más que probable que este hecho haya afectado a su valoración de la situación; parece estar convencido de que algo saldrá mal y será la ciudad quien pague las consecuencias. Un psicólogo lo llamaría sustitución, proyección… o algo por el estilo.
La referencia a su tío pareció disgustar a Inés, que se levantó bruscamente y se acercó a la barra, pidió dos orujos, pagó las rondas y volvió a sentarse frente a Andrés al tiempo que le espetó: -¿Y a ti, qué te pasó con Laura?
Sin darle tiempo a responder, le dijo:-Mira a tu alrededor… ¿te parece normal? La gente parece agazapada, sale lo menos posible. Un miedo indefinible parece habernos poseído a todos. Un halo inquieto y sombrío se ha adueñado de la ciudad, recorre sus calles como un fantasma del que intuimos su presencia, pero, a pesar de sufrir sus efectos, sus consecuencias, nos negamos a ponerle la etiqueta de real, algo parecido a lo que la razón suele hacer con el inconsciente. La gente, aparentemente, parece creerse la tranquilizadora versión oficial, pero, al mismo tiempo, se comporta como si presintiera alguna amenaza que no alcanza a identificar…
-¡Coño, Inés! No eres solo una mirada atractiva con un culo interesante.
Es cierto, en mayor o menor medida a todos nos ha afectado, pero eso no contradice lo que dije antes, lo ratifica. Tu tío, quizá con doble motivo, el colectivo y el meramente personal, ha llegado a la conclusión de que la ciudad, como él, está atrapada, o se siente atrapada, que para el caso viene a ser lo mismo.
En cuanto a lo de Laura, me parece que no es el momento más adecuado para hablar del asun…
-Muelle Contradique Sur, en la terminal cementera. 
El tono resuelto y firme de Miquel resonó por todo el local, cortando en seco la voz de Andrés y desplazando la inquisitiva mirada de Inés hacía la izquierda para encarar al recién llegado.