lunes, 25 de mayo de 2009

Muchacho

Recuerdo a un muchacho de quince años. Acaba de terminar la escuela, y ya trabaja en un taller de impresión en ofsset. Es un aprendiz tímido y despierto. Sólo le encomiendan las tareas más ingratas. Limpiar y limpiar, aceites, tintas… A pesar de trabajar con guantes y lavarse las manos constantemente, siempre lleva las yemas de los dedos algo sucias de una tinta grasienta que se agarra entre las uñas. A veces, sobre todo cuando está con alguna chica, hace un vano esfuerzo por esconderlas.
Le gusta el trabajo, y sueña que, cuando sea mayor, él será el responsable de la incansable máquina. El olor a tinta, a disolventes, a papel, conforman un universo olfativo del que ya no se separará en mucho tiempo.
Le sangran las uñas de tanto frotarlas con el cepillo, aun así, no hay manera. Ayer estaban azules, hoy rojas ¡mierda de tinta! No hay manera de sacársela de encima. La tinta llegó para quedarse.
Imprimen historietas de Astérix. Aquello es un regalo inesperado, pues tendrá el privilegio de leerlas antes de que salgan a la venta. Siempre guarda un par de copias de cada hoja, para después plegarlas a mano, y obtener así, unos ejemplares sin tapas que leerá con sus amigos.
A Franco le quedan tres años, y él, todavía es un muchacho ingenuo e ignorante y, desde luego, no sabe la vida que le espera. Sólo ve chicas, libros y tinta.
Lee como un poseso. Ha dejado atrás la literatura juvenil y se adentra ahora en la novela (un mundo desconocido) sin pautas claras. Lee de todo. Poesía de la generación del veintiocho y clásicos españoles. Algo de los románticos, a caballo entre los siglos diecinueve y veinte.
Todavía desconoce que tendrá un encuentro literario que cambiará su vida para siempre, que le hará vivir un infierno. Que será anarquista. Que irá a la cárcel. Que sucumbirá ante las drogas, y, por supuesto, no sabe que sobrevivirá a todo eso.
Le dan envidia los escritores, pero ni siquiera se atreve a soñar con serlo. Se siente un ignorante. No está cualificado. Pero lee y lee. Por lo menos un libro a la semana, al menos uno.
Tinta y disolventes. El libro para el autobús, no olvides el libro.
Cuando sale a la ventana después de cenar, pues fuma a escondidas, siempre aparece la chica del bloque de enfrente. Tiende la ropa y apenas levanta la vista, pero siempre esta ahí, puntual como un reloj.
Una noche, el muchacho no puede más y le dirige unas palabras. La chica no responde, se ha puesto nerviosa y le cae el canasto de las pinzas a la calle.
Él se sonríe hasta que la madre asoma, como un halcón, detrás de ella. La reprende en voz baja. La mujer levanta la cabeza, lo mira con simpatía y esconde una cómplice sonrisa antes de cerrar la ventana.
Aunque comienza a vislumbrarlos, todavía faltan dos años para su encuentro con la Beat Generation, con la cultura underground, con el anarquismo, y, por supuesto, -quizá lo más importante- el mar todavía no lo ha golpeado a fondo.
Dieciocho meses más tarde, la Policía Armada le da la primera gran paliza de su vida. Durante un intento de concentración -convocada a raíz de la ejecución a garrote vil de Salvador Puig Antich en la cárcel Modelo- lo apalean con saña en la plaza Urquinaona. Lo cazan en una esquina, y lo arrastran hasta el centro de la plaza. Por suerte, sus compañeros han tenido más fortuna. Escapan al cerco y corren Vía Layetana abajo…

Linda, espero que te haya gustado el pequeño relato. Nada que ver con la realidad (puro cuento). Porque la vida eso es apenas. Eso, y el brillo de tus ojos en la oscuridad.