martes, 26 de enero de 2010

Konsierto

A pesar de los años transcurridos, aún hoy, cuando recuerdo aquel concierto infernal, sigo riédome como un enano.
Meses preparando el maldito concierto y, como casi siempre, alguien tuvo una idea de lo más tonta que, a todos los demás, también nos pareció cojonuda.
Entre otros grupos, tocarían unos punkis, un grupo inglés, desplazado exclusivamente para la ocasión, una leyenda musical y urbana de los noventa. En aquel instante, nadie se acordó de la piesnegrada que suelen atraer estos grupos. La cagamos, no económicamente, pero si hago un repaso a las bajas habidas entre nuestras filas, algo si la cagamos, aunque... será mejor empezar por el principio.
La sala es de mediana capacidad, unas 400 personas, dos pekeñas barras, una frente al escenario y la otra al fondo a la derecha, junto a una puerta, dando acceso a un espacio de exposiciones más pequeño y saturado de trastos, amontonados apresuradamente el día anterior en un rincón, para dejar algo más de espacio libre.
Tres grupos, aquello iba a durar horas, por lo tanto, llevo provisiones, hierba y más hierba. A mí, no me vuelven a joder la noche cuatro “pies negros” de mierda. Sé por experiencia ke, los venidos del este europeo, son especialmente cabrones, hay ke meterles de entrada, sino estás listo, te buscan la vuelta y la arman sin remedio.
Todo comienza estupendamente, la sala medio llena antes de empezar, y en la calle se van agrupando, por afinidad estética, pequeños grupos. Jevis, punkis, alternativos, y los típicos gilipollas que nunca saben donde ir.
No somos demasiados, doce o trece del colectivo y algunos amigos afines, que suelen compartir con nosotros las noches musicales. Cuatro en la puerta, dos más en cada barra y el resto dando vueltas.
Saludando a gente ke hace tiempo no veo y haciendo algo de relaciones públicas mientras me llega el turno de currar en alguna barra.
Con el primer grupo va llenándose el local. Cervezas, muchas cervezas, porros por todas partes, y en los rincones, rulos y carnés de identidad.
Se baila, y, entre tanto decibelio, se intenta sobrellevar alguna conversación. Hierba va, hierba viene.
A la primera localizo lo que ando buscando, lo que, creo, llegará a ser la fuente de nuestros problemas esta noche, un grupo de diez o doce manguis con estética punki, mucha cresta, altos y desarrapados, poniendo cara de perdonavidas y sableando tabaco a diestro y siniestro. Si había problemas vendrían de aquellos gualtrapas.
Con el primer grupo el personal iba asimilando priva y mas priva. Nadie está pedo de momento. La fiesta acaba de comenzar.
Como siempre, en la calle se amontonan los típic@s “ratas”. Tip@s incapaces de gastarse los tres euros de la entrada que, en realidad, sólo sirven para pagar los gastos y las molestias a los músicos.
Los de la puerta ya andan a la greña con los mamones de siempre, que afirman no tener dinero, y luego se lo gastan todo en alcohol, o en drogas de síntesis. No me molan los pastilleros, la mayoría están sonados y solamente disfrutan armando bronka.
Ya estoy en mi turno en la barra, y paso el tiempo observando toda la sala, atento a los pies negros, que están comenzando su función. Gorreándolo todo, utilizando un lenguaje y unos gestos amedrentatorios y prepotentes. Es su manera de camuflar las escasas luces, su incapacidad a la hora de tomar las riendas de sus propias vidas. Hacer algo por si mismos, y para si mismos, es la tarea que siempre tienen pendiente.
La atmósfera comienza a subir, el personal anda eufórico y algo salido de madre. En general, el ambiente es inmejorable, baile, risas y camaradería. Conocía a casi todos, al menos de vista, repartidos entre los pequeños grupos siempre hay algún amigo asiduo a nuestros conciertos.
Estando en la barra todo se acelera. Voy a servir una cerveza a un pies negros que, aunque parezca raro, no se ronea para pagar, a pesar de formar parte del grupito de mamones.
De pronto, oigo gritos en medio de una discusión acalorada.
Recuerdo nuestro último encuentro con aquella escoria y no me lo pienso, en vez de servir la lata, la agarro por la parte superior y descargo un golpe terrible y certero sobre su asquerosa mano que, el muy imbécil, tiene apoyada en la barra. El muy cabrón.
Ruido de huesos rotos y un grito, o más bien un siniestro aullido, sale de la boca de aquél buitre advenedizo. Intenta golpearme con la mano que todavía tiene sana, pero no le doy tiempo, mi spray para la artrosis, Reflex por mas señas, está preparado en mi mano izquierda. Se lo descargo en el morro, y vuelve a aullar como una fiera malherida.
Me agacho y saco del macuto mi viejo bastón de boj. Introduzco la mano por el cordón que tiene en un extremo mientras doy la vuelta y salgo de la barra.
El hijoputa aquél suelta maldiciones en una jerga incomprensible que suena muy mal, tiene la mano hinchada y amoratada y aún busca más gresca. Lo complazco, le arreo un bastonazo de cojones en la rodilla derecha, que cruje como un viejo tronco seco, y cae de rodillas. Riéndome, le regalo una ensalada de hostias y dos feroces viajes en las costillas con mi apreciado, viejo y curtido bastoncito. No creo que vuelva a incordiar el resto de la noche. Apesta a pies y ketamina. Me olvido de él.
Después de aquello estoy que me subo por las paredes. Busco crestosos guarrindongos. Doy con dos de ellos que ya están liados con el grupito de chicas de la radio.
Una tía canija, bajita, mucha cresta, cara de rata y ciega de ketamina, y un tipo de mediana estatura y aspecto de haber matado a su madre el día anterior andan a tortas con ellas.
La tía enclenque patalea como una gata rabiosa. Una amiga mía la tiene agarrada por la cresta. Mientras le arrea sopapos, la otra intenta arañarla ferozmente, pero ella esquiva y da risotadas, hostia va, hostia viene.
Las otras tres féminas se encargan del tipo con pinta de parricida que, a la hora de la verdad, no dura mucho, dos o tres zarpazos en su asquerosa y siniestra jeta, una patada en los huevos y un práctico spray, acaban con él.
Mientras aúlla lo arrastran al rincón, donde yace fuera de combate mi primera victima, allí lo terminan de rematar, y lo depositan, eso si, muy ordenadamente, junto al otro gilipollas.
La piesnegros paticorta corre la misma suerte, un ojo a la funerala, la ceja correspondiente partida, arañazos por todos lados, un desgarro en la oreja y un hombro dislocado, es el parte médico provisional de aquella rata urbana. A golpe de vista, el diagnóstico es de pronóstico reservado.
El grupo sigue sonando. Le ponen el ritmo al asunto. Observan alucinados tocando a toda pastilla. La selectiva y despiadada venganza acaba de comenzar.
Voy acercándome a otro barullo y tropiezo con un tiparraco de aquellos, está tirado en el suelo e intenta en vano agarrarme un pinrel. Lo pateo de muy mala hostia, dos patadas, una en toda la boca, y la definitiva, en medio de los riñones, lo mandan al mundo de los sueños.
Dando risotadas y un poco alucinado, lo arrastro junto a sus compañeros de infortunio que yacen en el improvisado depósito. Me entretengo unos minutos cortando largas y tiesas crestas apestosas con mis tijeritas de llavero. Le pongo un sello muy personal a la tarea.
Me vuelvo a mirar a nuestra última victima. Su cara parece una etiqueta de anís del mono, raída por el tiempo y la roña, esa roña antigua que nunca se quitan. Le meto un par de hostias más, no me gusta la puerca jeta que tiene el muy hijodeperra.
Es el momento de reponer fuerzas, me digo. Me acerco a la barra a buscar mi bebida isotónica y vuelvo al rincón.
Sentado al lado del aquél montón de desgraciados me lío un canuto de mi mejor hierba, mi AK-47 pata negra. Es muy energética y vivaz, justo lo que necesito ahora mismo.
Fumando, comienzo a ver surcar por los aires latas de cerveza y tetrabriks de Don Simón. El festival está en su mejor momento. Suenan gritos y hostias por todos lados. La música sólo es ruido de fondo.
Un capullo alto y desgarbado, anda haciendo preguntas walkman en mano, aparece en mi campo visual justo en el momento en que, una lata vuela despistada y acierta de lleno en el tarro de nuestro aspirante a periodista. Me parto de risa, y le birlo el walkman que cae de sus manos. El tontolaba se sienta en el suelo y llora como un niño, al que han dado un collejón y robado el caramelo.
Restablecidas las energías me incorporo rápidamente a la fiesta, no quiero perdérmela, llevaba diez años esperando una oportunidad como aquella.
El guantazo que me dieron me puso en onda, y es que a la que pierdes el ritmo llueven hostias. Me han dado de lleno, pero me ha despabilado algo el colocón que todavía me hacía flotar un poco. No sé de donde ha venido el hostiazo.
Miro en dirección de la otra barra, parece que se las apañan bien. Tirando de ellos por los pies, traen dos tipos más, me río mientras le enseño el almacén de mamones. De uno de los nuevos todavía me acordaba. Le doy un patadón de propina. Los apilan con los demás, y, muertos de risa, los van contando. Les digo: aún quedan algunos en la puerta. Voy a despedirme de ellos por todo lo alto.
Me duelen el ojo y el oído derechos y tengo un corte en la cara, justo delante de la oreja. A pesar de todo sonrío angelicalmente y avanzo entre la gente rumbo a la entrada. Esquivo una hostia lanzada al vuelo. Se la lleva el tipo alto y despistado que tenía a mi lado hace un momento.
Camino de la puerta tropiezo con un grupo de ocho o nueve jevis que conozco. Han hecho un corro y, a modo de aportación desinteresada,
se van pasando a hostias y coscorrones a otro imbécil crestoso cargado de ketamina. Le largo un guantazo yo también mientras les cuento donde los vamos almacenando y les pido que lo dejen allí cuando acaben. Ríen, el tipo no acaba de caerse y llevan 20 minutos en ese plan.
Cuando llego a mi destino tres de mis compañeros disputan ferozmente con tres tipos de la misma tribu. Esos cabrones trabajan organizados. Nos buscan la vuelta. Andan detrás del dinero de las entradas. El compañero que custodia la pasta sólo tiene tiempo para evitar que se la sirlen. Lo sustituyo diciéndole que se vaya para adentro.
Entonces los vi, de los tres, dos nos la jugaron una vez. Me da la risa mientras mis colegas esquivan hostias, agotados después de una hora larga con ese
plan de vida.
Un impulso salvaje y primitivo se apodera de todo mi cuerpo. Veo venir a uno de los crestosos, uno que recuerdo perfectamente. Ocultando mi mano izquierda detrás del cuerpo pongo el bastón fuera de su vista, y lo dejo acercarse, viene confiado y prepotente, lo tengo a medio metro, en ese momento, saco veloz mi pedacito de boj y le arreo un golpe salvaje y feroz en todo lo alto del cráneo, se tambalea, y aprovecho el pequeño hueco que deja al caer para pasar a la ofensiva cruzando el umbral de un salto.
Ya estoy en la calle, y lo primero que hago es patear al cabrón caído en el suelo. Lo saco a patadas de delante de la puerta. Intenta levantarse, se apoya en un brazo, berreando algo en su jodido idioma que no hay quién entienda. Le doy un buen bastonazo, que hace desistir a la inquieta extremidad de seguir adelante. Antes de que su jodida cara vuelva a tocar el suelo, le endiño un terrible patadón en el hígado que lo impulsa un metro más, alejándolo de la escena.
Antes de regresar de nuevo a la entrada me aseguro de que aquél cabrito no de más la tabarra, le jodo bien jodida una rodilla con mi -ya mítico- bastoncito.
Sólo quedan los dos que agobian a mis colegas. Siguen dando voces, quieren entrar a empujones. Van tan ciegos que cuesta mantenerlos a raya.
Me acerco sigilosamente por detrás, al primero, un golpe rápido en el tarro, de izquierda a derecha, uno de mis mejores golpes, al otro, un golpe más fuerte en una de sus rodillas, se oye un fuerte chasquido y cae al suelo, entonces, haciendo chistes de pies negros y conciertos, los apaleamos si compasión,
Tengo delante, después de tanto tiempo, al tipo que intentó sirlarnos el dinero de la barra diez años atrás. Tiene la cabeza abierta y llena de sangre, un brazo inútil y, posiblemente, una rodilla que ya nunca volverá a ser la que fue.
Me lío un petardo tranquilamente mirándolo fijamente, quiero ke se kede con mi cara, que la vuelva a ver en sus pesadillas. Le cuento, mientras enciendo el canuto, que la ketamina es muy chunga, que no debería tomar esas mierdas. Voy dándole hostias, fumándome mi porrito y diciéndole: “yo, so atontado, soy de Verdún, y tengo muy buena memoria”.
En el improvisado almacén ya no cabe ni un alfiler. Pido voluntarios para tirar a esa basura en el container más próximo. Si me echan una mano entrarán gratis. Enseguida salen ocho o nueve. Voy con ellos contento como unas pascuas. Les abro la tapa y les digo: lástima, acaba de pasar la recogida. Los meten a todos en el container y se van de vuelta al garito. Quieren ver lo que queda del concierto. Yo también, pero no tengo tanta prisa, espero un par de minutos, entonces, le quito el freno al dichoso trasto y lo empujo con fuerza calle abajo.
Sonriendo beatíficamente los dejo en manos del destino.