martes, 3 de mayo de 2011

Àger*

“Cuando culminemos el puerto podrás ver el valle”, me dijo Jandri.
Atardecía cuando, tras cruzar el Segre por Balaguer, encarábamos la lenta subida al puerto que dejaba atrás la llanura de Lleida, los monótonos campos de cereal y los enjaulados cultivos de fruta, que, alineados con pericia militar y ensartados cara al sol en interminables hileras de alambre, habían adornado las ventanillas del coche durante muchos kilómetros.
El paisaje se levantaba y ondulaba a medida que Balaguer se alejaba por la  C-12 y los cultivos se vestían de secano mientras avanzábamos camino del puerto. La encina carrasca se hizo omnipresente poco antes de que Jandri me anunciara la llegada del valle.
Dejaba atrás una larga, improductiva y frustrante temporada barcelonesa cargada de tedio, con salud regular y ánimo marchito y cansado.
El prepirineo se alzaba orgulloso unos minutos más adelante, y yo, como siempre que iba a su encuentro, imaginaba entonces al maqui solitario agazapado entre las altas peñas de la sierra del Montsec, esperando al resto de la partida…
Prácticamente me había pasado casi todo el camino pensando en el texto de Borroughs que preparaba como cierre de la lectura que teníamos prevista Riot y yo para un S. Jordi atípico en el Casal. Debía, en aquellos escasos dos folios y pico, recortar y pegar un texto demoledor. Tan demoledor como una primera lectura adolescente del “Almuerzo desnudo”, y acorde con los tiempos de guerra y radiación que vivimos. Corrupción, codicia, miseria, mentiras… bambalinas y largas colas de parados de mirada sombría y gesto caído…
Había elegido unos fragmentos de “Nova Expres”, y buscaba en ellos la combinación precisa para mis propósitos: Un encadenamiento de palabras que sacudiesen la imaginación de los asistentes, dándoles así, una sucinta pero eficaz visión del universo del viejo Bull Lee. Un aullido en la noche radioactiva de Japón, que los dejara atónitos y clavados en sus sillas durante cinco minutos, tiempo más que suficiente para mostrarles un pequeño fragmento de la caótica vida de mierda en la que quieren que vivamos. Mierda occidental de tercera proyectada en todas las pantallas, y en todas partes bobos y pantallas…
Huía de la ciudad, y sin embargo, llevaba en la maleta un libro de Paul Auster, su “Trilogía de Nueva York”  Una paranoia urbana a más no poder, y además por triplicado ¿Miedo a la abstinencia? ¿Masoquismo? Era mi primer libro de Auster. No podía dejarlo en casa a medias, así que, como si fuera una mascota o un talismán, viajó conmigo al Montsec.
La carretera comenzó a caer cuando lo vi por primera vez: atrapado entre sierras al norte y al sur, y cortado entre pantanos por levante y poniente, y en el centro, retrepado en una breve colina de la falda del Montsec, el pueblo de Áger desafiando a los altos farallones de la sierra, que ceñían por el norte todo el valle.
Jandri entonces redujo un poco la velocidad y me miró inquisitivo por un instante. Sus ojos parecían preguntar: ¿Y bien?
Un bello y pedregoso jardín entre agrestes y resecas montañas de monte bajo y encina cascarra –le respondo ahora.
Él vive en Corçà, un diminuto pueblo con el embalse de Canellas a sus pies,
recortado en un risco que cierra el valle por el noroeste unos pocos kilómetros después de Àger.
Aparcamos en el carrer de la Font, a escasos metros del lugar donde pasaría los próximos días, y me preguntaba, mientras sacaba mis escasos bultos del maletero, cómo estaría mi viejo amigo, enfrascado como andaba en un montón de trabajos que no había tenido que ejercer nunca. ¿Acabará deslomado, o le pondrá algo de mesura a sus esfuerzos? No era capaz de imaginarme a Alfonso haciendo de payés.
Sin duda, los requiebros que a veces da la vida nos empujan por senderos insospechados. Si hace treinta años alguien le hubiera dicho que acabaría cavando un huerto se habría pegado con él.
Subiendo las escaleras camino del segundo piso, el sordo y atronador ruido de la lejana urbe que había dejado atrás se fue disipando escalón tras escalón, hasta que Jandri, que iba delante, tocó al timbre. Ya estaba en Àger.



*Continuará...