martes, 10 de mayo de 2011

L'Asosi

Jevi, radical, barriobajero, disipado, oscuro, desnortado, idealista, febril, dislocado, gris, bullanguero, descarado, inquieto, suspicaz, genial, atolondrado, siempre humeante, fumigado. Real, o quizá solo imaginado.
A mediados de marzo, y después de diez años, nos dijo adiós l`Asosi.
Deja un hueco que va a ser muy difícil de llenar. Los Inmortales deben andar moribundos buscando un garito donde seguir realizando sus oscuros y diabólicos sortilegios.
¿Adónde puede ir un tipo como yo las amuermantes tardes dominicales ahora que las negras y batientes puertas del local de la calle Boada se han cerrado?
Allí, el que esto suscribe, fumaba, elucubraba historias inverosímiles, admiraba a las jovencitas, engullía alguna que otra cerveza, tomaba apuntes buscando personajes poco convencionales y, entre guitarras de barrio y una espesa y blanquecina niebla merodeando siempre a su alrededor, seguía fumando.
Fui cliente pertinaz durante los últimos siete u ocho años. Cliente tempranero y breve, pero de una constancia casi militante, al que le gustaba pasear la mirada por las escasas y deslucidas mesas los días en que, a causa de alguna extraña circunstancia, amainaba la espesa niebla interior, haciendo posible llevar a cabo tal hazaña.
Y detrás de la barra, un suspicaz grandullón con greñas, o uno bajito de tez lechosa, coleta y gorra de visera por montera, o quizá, otro día, un tipo moreno, pequeño e inquieto, de ojos brillantes, sonrisa amplia y greñas y perilla jevis.
Imposible recordar todas las caras, todas las sonrisas, que, durante las otoñales y aromáticas Jornadas Verdes, cata tras cata se adueñaban toda una semana de todos los rostros. Mucho humo, mucho zumo…
Su banda sonora, basculando entre AC DC, Los Ramones, Rosendo… y temas canallas de casi todos los estilos, sigue sonando en mi memoria.
El núcleo creativo, radical y anarquizante, germen de l'Asosi, parece haberse ido diluyendo con el paso de los años. Aunque quisiera equivocarme, y poder, dentro de un tiempo, recobrar aquella añorada atmósfera en algún otro lugar.
Todavía hoy, cuando, huyendo por un rato del jolgorio inacabable de la plaza, mis despistados pasos me llevan a darme de bruces contra su metálica y gris persiana, me acuerdo de una pequeña barra, donde, en una esquina, sentado como una esfinge en una alta silla, y apoyando la espalda contra la pared por si acaso, había siempre un tipo gordito y con gafas jugando a los dados.