jueves, 9 de junio de 2011

Aniversario

Este mes cumple cuatro años el día que nos conocimos. No sé si lo recuerdas, pero fue viéndote bailar una danza triste que llamaste mi atención: ¿Qué se escondía tras ese círculo sin fin de muerte y resurrección?  ¿Tras esos bonitos y cambiantes ojos?  ¿Tras el corto e intermitente vuelo del ave malherida? 
Yo, de convaleciente en franca y lenta recuperación, y tú en una noria sin fin. Andaba entonces perplejo ante mi incapacidad de corregir mi primer y caótico libro. Gramática y ortografía se habían dispersado en los recovecos más profundos de lo inconsciente, y solo el tiempo y el esfuerzo llegarían a corregir esta disfunción emocional. Escribía ya otras cosas, y observaba de soslayo cómo mi aterradora experiencia iba quedándose atrás, y otras luces, otras emociones, iban sustituyendo a las aterradoras imágenes de “Ruido de Fondo”, que fueron perdiendo intensidad a medida que ¡vete a saber por qué! emborronaba folios con cuentos cortos para amores imposibles y escenas barriobajeras de mi juventud. 
Y a veces te preguntas por qué sigo queriendo verte. Mi menda también lo hace, y siempre busca razones; sinceramente, creo que no las hay. También en el corazón anida un pedacito de la sinrazón humana.
Recuerdo tus dos caras: la víctima permanente asustada de sí misma que intenta alejar sus sentimientos de culpa haciendo responsables a los demás del resultado de sus acciones; y la de madura adolescente, que, temerosa y ardiente, viene a por caricias de hombre. 
Supongo que es tu fuego adolescente lo que me enrolla. Ese fin de semana donde todo gira en torno a una cama. La niña mala a la que hay que dar una lección que olvidará en cuanto salga por la puerta. Mi chica del revés, bella y partida en dos… Ese contradictorio paisaje donde, a qué engañarnos, pesa más la hembra inacabable de noches desenfrenadas, de amor sin fin, que la brujita perversa que alimentas. 
Tengo catalogados tus improperios telefónicos. Casi todos son clásicos latinoamericanos, ni asomo de arte en ellos; aunque, todo hay que decirlo, han enriquecido mi vocabulario cotidiano. 
Radiante y fugaz, como los fuegos de artificio, te contemplo y te disfruto, te lamo y te penetro, me muero y resucito; así te tengo, te gozo y delimito.
Olvidada en un rincón te imagino. Me subleva esa imagen que no puedo romper, ese callejón oscuro, ese pozo  profundo y solitario que tanto habitas, y, a veces, pienso en trenzar una bella cuerda de palabras, lanzarla a lo más profundo de tu corazón y regresarte. Construir un bello hilo de Ariadna que te rescate del Minotauro que todo todos llevamos dentro, y poder así, verte sonreír al aire de mi mirada. Pero solo construyo hilos frágiles que acaban por devolverte a lo profundo. Incapaz de trenzar un resistente cabo marinero, donde pudieras asirte para siempre, me siento; y solo puedo entregarte un deshilvanado y frágil filamento, a todas luces insuficiente para rescatar al escalador de su destino.
Y un montón de hojas arrugadas llenan la papelera.