miércoles, 1 de junio de 2011

Postales del Montsec

El culo del mundo. La antesala de la nada.
Tres bares restaurante, dos pequeños colmados (uno con estanco), dos escuelas de vuelo, una pequeña oficina bancaria, y la residencia de ancianos frente al balcón, donde han tenido el fino detalle de, justo en la planta baja, debajo de sus pies literalmente, construirles el tanatorio. Y al otro lado de la comarcal, a medio camino de los enormes despeñaderos de la sierra, un camping, ahora desolado por la ausencia de campistas.
Unos cientos de habitantes los fines de semana, y en verano verdaderas invasiones de adictos a la adrenalina en busca de deportes de riesgo.
En todo eso pensaba la primera noche, asomado en el balcón, desde donde, iluminada levemente por el cuarto creciente, se veía casi toda la sierra. Entonces lo sentí por primera vez. El hondo silencio del valle llegó desde el este y absorbió Àger.

Alfonso pertenece al colectivo de personas inquietas, hiperactivas. Esas personas que andan constantemente de aquí para allá, hasta que, de golpe, se les agotan las pilas y caen desplomadas en el sofá. Es de pila alcalina. Yo soy de pila convencional, tengo menos energía y, aunque procuro administrarla bien, voy siempre con menos de media carga.

A Gemma apenas si la había visto de refilón un par de veces cuando vivían en Barna. Habíamos cruzado saludos y poco más. Animalista y vegetariana, morena, bien parecida, de ojos oscuros, mirada tímida y curiosa, gesto juvenil y felino, suave y pausado el caminar, y, como a casi todas las de su género, le encanta refunfuñar de vez en cuando.

Dos momentos impagables desde el balcón: el cigarro solitario avanzada la noche. El silencio acariciador del valle, profundo y sólido como una roca. Un silencio sepulcral que rompía cada pocos minutos el intermitente croar de una rana que, frente al balcón, cien metros más abajo, junto al pequeño arroyo que manaba de la fuente de Áger, parecía estar buscando rollo; y el del amanecer, cuando el silencio comienza a replegarse hacía lo más alto de sierra, y el sol, dándome en el rostro, despunta en el horizonte mientras un lejano taconeo femenino, bajando rítmicamente por el carrer de la Font, acaba con el silencio. Y una mujer vestida blanco llega solitaria hasta la puerta de la residencia de ancianos y se detiene justo delante de la entrada. Parece buscar algo en un pequeño bolso negro… hasta que saca una llave y abre la puerta principal.

En la ladera sur de la colina de Àger el huerto -ocho por doce metros de buena tierra-, que abierto por el sur -donde se acaba la terraza-, y rodeado de un muro de piedra el resto del perímetro, soleado y fértil parecía reclamar su rescate del olvido.

En la rambla: cafeterías, tiendas, tenderetes, plantel, mossos d'escuadra y montones de  bragas de mercadillo caminando de puesto en puesto. Siempre me han gustado las bragas de mercadillo, sobre todo si se mueven. Tremp a media mañana.