miércoles, 2 de marzo de 2016

Segis 1 (jamón de mono)

Verá usted, don Matatías: Yo era profesor de secundaría en un instituto de Béjar. Daba clases de historia y literatura. Un profesor un tanto despistado y no demasiado sociable. No me queda más remedio que reconocerlo, después de años de vagar por la península por fin conseguí plaza en mi pueblo natal, años me costó, años y años de solicitarlo, de reclamaciones; de instituto en instituto como un nómada, siempre de aquí para allá, dando vueltas y vueltas como una peonza, y no crea que me salió gratis, de eso nada, don Matatías; tuve que acostarme con dos tías que formaban parte del tribunal de méritos. Siempre lo mismo, para bien y para mal, don Matatías. Y ya ve usted, a los dos años de regresar a mi sierra natal el infortunio se cebó conmigo. Sí, don Matatías, sí. Usted no sabe las que me han hecho pasar esas condenadas con tanta sonrisa y tanto parpadeo, esas gatas despiadadas y egoístas. La condenada de la rumana, que se me llevó al huerto de mala manera y me buscó un lío de tres pares de cojones. Verá usted, la rumana apareció por Béjar de la mano del Picao, que la sacó de la rotonda de las afueras de Madrid donde trabajaba. Montó un bar en las afueras del pueblo, y con lo buena que está y esa mano izquierda que tiene con los hombres, siempre está lleno. Se le da bien el negocio, buen servicio y buenas vistas. Todo empezó después de las navidades en que me tocó la lotería, Ya ve, tres décimos del gordo para mi solito nada menos. Usted dirá, qué suerte. Pues no, don Matatías, no. Fue el principio de mis desgracias más negras. Poco tardó la rumana en intentar echarme el guante, y por mi madre que se habría salido con la suya de no ser por el cabrón del Picao; algún chivato de los que tiene por ahí le fue con el cuento. Una mujer de miedo, de miedo don Matatías, de miedo; alta, rubita, con todo súper bien puesto y un castellano de sensual y exótico acento eslavo que te dejaba transido. Y si al principio se fijo en mí por mero interés económico, poco de después la cosa derivó en un asunto pasional. Aunque está mal que yo lo diga, don Matatías, fueron las proporciones de mis atributos masculinos los que nos llevaron a un frenesí que se nos fue de las manos y se hizo más que evidente para los parroquianos del bar. Las lánguidas miradas que me dedicaba cuando iba a tomar el café o la cervecita de la tarde no pasaron mucho tiempo desapercibidas para aquellos sátiros malfollados que se pasaban la vida allí. La envidia, don Matatías, la cochina envidia que anida en los corazones de mis paisanos de la sierra… Veo que me mira con sorna, don Matatías. No se cree usted que fueran mis atributos viriles los que la hicieran perder los papeles ¿verdad? Ya verá, ya verá, ahora le muestro…
— Deja, deja, te creo Segis, te creo –contestó el aludido, viendo que su interlocutor parecía dispuesto a bajarse los pantalones.
— Ya verá, ya verá, le voy a enseñar una foto de cuando hice la mili. Ni las curtidas putas de Cartagena, salvo alguna especialmente furibunda, que se han triscado reemplazos y más reemplazos de marineros durante años y años, se atrevían a pasar un rato conmigo. Ahora se la enseño, creo que la tengo en un cajón de la cómoda.
Segis se levantó a buscar la fotografía. Carlota hacía rato que se había quedado dormida bajo el influjo de las cálidas manos de Matías y su masaje de pies. Y éste, aprovechando el respiro que el cese momentáneo de la aplastante oratoria de su anfitrión le brindaba, decidió liarse un porrito que amortiguara, al menos en parte, aquel torrente verbal, aquel proceloso caudal de elocuencia que lo tenía enmudecido y atónito. Trataba de fijarlo en su memoria, pues no le pareció adecuado sacar la libreta y tomar algunas notas. Deseaba que el sorprendente monólogo fluyera tal y como era, natural, implacable e insólito; un despliegue dialéctico que, sin duda, con él tomando notas, perdería espontaneidad y brío.