jueves, 8 de diciembre de 2016

Corte cuatro, Good morning little schoogirl 3 (unos días de febrero)


Desde aquel momento, mi corazón comenzó a latir desbocado.

(— Tío…,¿qué te pasa? Un poco de calma. Ya no eres un jovencito, cojones.
— Es su piel… El fantasma de su piel me toca y me desmayo.
— Pues te ha sentado como un tiro de farlopa. ¡Te gusta, eh!
— Creo que me hipnotizó el primer día. Así, a lo tonto, como sin querer…
— ¿Sin querer? Pues menos mal que fue sin querer, porque si llega a ser queriendo… No hay más que verte: Te ha dejado agilipollado)

El ambiente se había cargado de tensión. A estas alturas ya no me extraña casi nada, me dije. Hasta el sofá se ha puesto contento, parece que da saltitos y todo…
Eran las seis y media, abrí un poco las ventanas y me largué a dar una vuelta y a tomar un par cervecitas para celebrarlo… Ámbar, Ámbar, Ámbar…, mi cabeza era un tiovivo, su rostro daba vueltas y vueltas; vueltas en las vueltas de las vueltas, y faltó un pelo para que me diera de morros con una farola mientras bajaba como un autómata por la calle Artesanía camino del club.
A las ocho sonó el despertador, había dormido siete horas casi del tirón y me sentía lleno de energía. Hacía un día estupendo, y aquel inusual y plácido sol de mediados de febrero entraba sin complejos por la amplia ventana de la cocina y cruzaba decidido por delante de la estantería llenando de destellos amarillos el salón y acariciando suavemente el respaldo del sofá.
Recogí un poco la casa, me di una ducha, desayuné, barrí, abrí las ventanas y salí a tomar un café al bar de la esquina. Nada más volver a casa cerré las ventanas, encendí el radiador y le di un golpe de ambientador a toda la casa, eran las nueve y media… ¡Qué largas pueden llegar a ser las esperas…!