Por la radio suena música juvenil. La cuña del programa Nosotras acaba, y una voz dinámica y jovial lanza el tema del día: ¡Chicas, sé de buena tinta que este verano se va a llevar el novio tonto!
Como complemento es mucho mejor que un chihuahua: Es inofensivo y sumiso, no ladra, sale mucho más barato y tiene la lengua más grande; y además paga las copas. ¿No es estupendo amigas?
Este programa, en realidad es un gran negocio. Cobran una comisión de las familias por cada cretino que encaloman; lo que permite a éstas marcharse de vacaciones sin el nene. Todo un descanso.
sábado, 13 de abril de 2013
viernes, 29 de marzo de 2013
Niebla (fragmento)
Aquella mañana, al abrir las ventanas de su pequeño apartamento, el halo gélido y azul de la niebla lo sobrecogió. Una corriente eléctrica recorrió como un rayo su columna vertebral. La niebla amenazaba con entrar en su pequeño mundo, y una vaharada espesa y pútrida le llegó con toda nitidez desde la izquierda. Los incendios habían desaparecido, pero las negras columnas de humo todavía eran visibles desde la ventana.
El virus del capitalismo toca fondo, y la sociedad se depreda a sí misma, y regurgita niebla ponzoñosa y pestilente.
El caos del centro de la ciudad se aproximaba inexorable.
Es un fin de ciclo, un mundo muere, y otro, indefinido y voraz, quiere ocupar su puesto, se decía, mientras pensaba una ruta segura para llegar al Campamento…
Tres rostros infantiles alzan sus brazos cuando abre el container para tirar la basura. El parque de La Ciutadella rebosa de parados vagabundeando sin rumbo a causa de la malnutrición. Encías sangrantes y miradas perdidas alimentándose del césped. Alguien cae de un árbol cuando intenta alcanzar unas piñas. Salen de la niebla unas cuantas manos que lo despojan de todo. Ojos de animal agonizante mientras dedos de sangre y miedo se reparten sus despojos. Calzoncillos sucios y calcetines agujereados perecen con el hombre.
Un policía atado a un banco y sodomizado con su propia porra grita pidiendo ayuda, se oyen risas entre la niebla.
Formaba parte del campamento del norte. El Campamento era uno de los pocos reductos donde aún existía un mínimo de organización. Controlaban
gran parte de la zona norte de la ciudad, el segmento colindante de Collserola, y lo que es más importante, la estación de suministro de agua de la Trinitat. Aquella infraestructura era capital para la ciudad.
-Hace dos noches, todavía no se sabe desde donde, inyectaron gas en la red de alcantarillado. De día reina una calma tensa, pero de noche… de noche es una locura. Grupos de incontrolados armados con todo lo que tienen a mano montan barricadas, asaltan tiendas y domicilios.
Ayer por la noche contabilizaron doscientos muertos ¿puedes creértelo? Más allá de nuestro perímetro es el caos.
Han saqueado las armerías antes de que la policía, desbordada como está, haya podido reaccionar. Hay cantidad de cretinos vestidos de camuflaje y armados con escopetas vagando por la ciudad.
-¡Lo qué faltaba! Un montón de desesperados armados hasta los dientes buscándose el sustento por su cuenta.
¿Y los demás grupos? ¿Qué está pasando?
-Todavía no lo sabemos. Salimos cada noche. Sin duda hay otros campamentos, pero las comunicaciones… las comunicaciones no son fiables. Montar una red en estas circunstancias es muy delicado.
-¿Ves a tu chica? –preguntó con sonrisa maliciosa.
-¿A la enfermera? Sí, casi todas las noches que bajo al centro termino en su casa. Después de media vida lamiendo coños de mujeres ingratas por fin he tenido suerte.
Laura me ha dicho que una amiga suya que trabaja en el Valle Hebrón le contó hace unos días que dos cirujanos salieron de la zona de quirófanos dando alaridos bisturí en mano y repartiendo tajos por los pasillos a todo lo que se ponía por delante. Desjarretaron a una docena de pacientes antes que pudieran abatirlos a tiros.
Es más seguro moverse de día, así que espero en su casa el resto de la noche. A primera hora la acompaño al Hospital del Mar. Luego me reúno con el resto del grupo en un bar cercano al Pla del Palau y subimos todos juntos.
Cada vez hay más gente enloquecida por las calles.
En el hospital creen que la niebla es la responsable. La mayoría de ingresados no responde a los antipsicóticos. Todos soltaron el mismo rollo: Primero se sintieron atraídos por la niebla, a partir de ahí no recuerdan nada.
Ayer, mientras esperábamos a Raúl, un militar retirado ido de la olla se lió a tiros junto a la estación de Francia. Tres muertos y cinco heridos. Lo redujeron mientras intentaba cargar la pipa de nuevo.
Aquí arriba tenemos suerte, la brisa dispersa la niebla y parece que al perder densidad disminuye su eficacia.
Unos predican el Apocalipsis en las entradas del metro, otros recorren los vagones con cascos de motorista para que los extraterrestres no les lean el pensamiento y hablan de guerra interplanetaria…; los indepes lo tienen muy claro: Barcelona es víctima de una operación militar con una nueva arma estratégica. Un ataque del ejercito español contra las mentes de Catalunya, aseguran muy convencidos.
Mira, esto es nuevo, unas estampitas de la Virgen del Petróleo. Me las dieron hace unos días dos beatas que paseaban por la rambla de Poble Nou.
-¡Qué morenita!
-No te rías cabrón, no te rías… Resulta que un julai que iba a repostar dice se le apareció en uno de los postes de la gasolinera de Pere IV. Han instalado una pequeña ermita en el surtidor, y aquello se ha llenado de beatas vestidas de negro sentadas en sillitas plegables rezando el rosario a todas horas. Al parecer, piden a “La Negrita de Dios” que interceda por nosotros y consiga que el Altísimo se lleve la niebla. El dueño de la gasolinera está que se sube por las paredes con el circo que le han montado. ¡Qué flipe, eh!
Hasta el arzobispo tuvo que intervenir cuando las beatas se emperraron en encender unas velas negras para su virgencita.
¿Y tú?, ¿sabes algo sobre la niebla?
-Se investiga, se investiga… Se han puesto sensores, se recogen y analizan muestras…; incluso varios centros de meditación, junto con un reconocido lama tibetano que se encuentra en la ciudad para dar unas conferencias en la Casa Asia, convocaron una concentración de esas donde se medita colectivamente con el objetivo de crear un frente energético que neutralizara la niebla.
Quinientas personas en trance enfrentándose a la niebla… Un veinte por ciento de ellos, con sensores y cámaras instalados en la cabeza, fueron los encargados de grabar y enviar la información a tiempo real.
El envío falló a causa de los estallidos electromagnéticos que periódicamente despide la niebla, pero los equipos portátiles especiales de grabación de imágenes y registro de datos que llevaban incorporados funcionaron bien.
Parece ser que estos estallidos son de tal magnitud, que neutralizan todas las señales eléctricas en varios kilómetros a la redonda. Ni móviles, ni fijos, ni internet, nada de nada. Quinientos metros a su alrededor, la niebla es capaz de freír este tipo de conexiones, y los equipos corrientes quedan tan inservibles como si los hubieras metido en un microondas.
El maestro lama -no sé qué Rimpoché- y un centenar de discípulos suyos se levantaron tan campantes después de que, tres horas más tarde, la niebla se disipara con las embestidas del fuerte viento de levante que comenzó a soplar a medianoche; pero el resto…
-¿Qué ha pasado con el resto?
Bueno… solo han pasado dos semanas, pero…, tras un montón de pruebas, encefalogramas, análisis, tacs, resonancias magnéticas y toda la pesca, el pronóstico en general es desolador… Poco más de cien están acabados sin remedio, en estado catatónico profundo y con nulas posibilidades de volver a ser quienes fueron; setenta y uno ya han palmado, y los demás padecen psicosis más o menos agudas, y, de momento, la fuerte medicación que se les ha proporcionado parece no dar ningún resultado positivo; aunque no se descarta que más adelante puedan mejorar.
Las descargas electromagnéticas de la niebla cortocircuitan las conexiones sinápticas de las neuronas. O dicho de otra manera: la mierda esa te acaba achicharrando el cerebro, las autopsias son concluyentes en eso. Te los podrías comer con sanfaina.
Durante el experimento pasó algo muy extraño: Salieron de entre la niebla seis o siete tipos muertos de risa. Iban tan fumados que no se enteraron de nada. Pasaron por delante de los que meditaban junto al Arco de Triunfo tomándose unas latas, incluso se pararon unos minutos en un banco de los que hay frente a los antiguos juzgados a liarse unos canutos.
“La niebla azul es flipante”, aseguraron a los médicos mientras los reconocían. Nada, estaban, como ellos mismos decían, de puta madre. Se partieron de risa con las pintas que hacían los de emergencias dentro de los trajes antirradiación; incluso se tomaron unas cervezas que llevaban en un macuto enorme mientras eran interrogados por los facultativos desplegados en los alrededores… Seguramente han abierto otra línea de investigación con este asunto. Esa inmunidad, sea pasajera o permanente, ha de ser estudiada a fondo. Me han llegado sus datos.
Son socios de un club de fumadores. El Lagarto Verde creo que se llama. En fin, la dirección está en el informe.
Mañana has de hacer algo por mí. Esta silla de ruedas no me permite hacerlo con la debida discreción, y tal como está el centro…
Castellví es un sabio, una de la mentes más preclaras de la ciudad, y es de los nuestros. Un barcelonés que, por encima de todo, ama esta ciudad.
Investigador del CSIC y profesor universitario, se jubiló hace un par de años, pero sigue muy relacionado con el mundo de la ciencia. Sabe quién es quién en el pequeño mundo de la investigación catalana y española.
Te he preparado un sobre con el dossier y una carta de presentación. Tienes que dárselo cuanto antes.
-Quizá este fin de semana no pueda. Alguien ha de ir a hablar con los fumetas. Iré con Raúl, es un conocido militante cánabico. Conocemos el ambiente y pasaremos desapercibidos. Con los fumetas hay que ser discretos, tienen una locuacidad legendaria.
-Tampoco hacemos nada ilegal.
-Ya lo sé Miquel, ya lo sé, pero me huelo algo raro…; flota en el ambiente, como la niebla.
-Se ha hecho tarde ¿pasarás la noche aquí?
-Sí, oscurece y no quiero correr riesgos innecesarios.
He traído una botella de Néspola, un tinto artesanal que me regalaron hace unos meses. Nos la beberemos a la salud del Palla -uno de sus creadores- antes de que esta ciudad se vaya a la mierda con todos nosotros dentro.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad…
El imponente grupo de delincuentes juveniles baja por la calle Lepanto cantando Ciutat Podrida. Navaja en mano, destrozan a patadas coches y mobiliario urbano y sirlan a todos los que les salen al paso.
Un enjambre de treintañeras verriondas avanza por la calle Bruniquer, desnudas de cintura para abajo agitan bragas y condones levantando los brazos hacía las ventanas de los edificios adyacentes. ¡Bajar si sois hombres! ¡Bajar, hijos de puta! ¡Os vamos a enseñar lo que no os enseñaron vuestras mamás, maricones de mierda! ¡Salir si tenéis huevos! Apoyan los codos en los coches aparcados y sacuden el culo desesperadamente. Muslos mojados chispean a la luz de las farolas…
El choque con los adolescentes navajeros es inevitable.
La Abeja Reina -una enana bollera entrada en años- es la primera en verlos. ¡Zorras, id a por ellos! ¡Caparlos a todos, no dejéis ni uno! Una de las treintañeras se encara con ella y le grita: ¡Cierra el pico, puta vieja! ¡Vete a oler bragas a otra parte! Esta noche queremos nabo.
Al amanecer, cientos de bragas, gayumbos y condones usados alfombran la plaza Joanich; y tres tías despanzurradas y ocho adolescentes capados, que se han desangrado durante la noche, yacen muertos junto a la boca de metro de la esquina de la calle Lepanto.
El virus del capitalismo toca fondo, y la sociedad se depreda a sí misma, y regurgita niebla ponzoñosa y pestilente.
El caos del centro de la ciudad se aproximaba inexorable.
Es un fin de ciclo, un mundo muere, y otro, indefinido y voraz, quiere ocupar su puesto, se decía, mientras pensaba una ruta segura para llegar al Campamento…
Tres rostros infantiles alzan sus brazos cuando abre el container para tirar la basura. El parque de La Ciutadella rebosa de parados vagabundeando sin rumbo a causa de la malnutrición. Encías sangrantes y miradas perdidas alimentándose del césped. Alguien cae de un árbol cuando intenta alcanzar unas piñas. Salen de la niebla unas cuantas manos que lo despojan de todo. Ojos de animal agonizante mientras dedos de sangre y miedo se reparten sus despojos. Calzoncillos sucios y calcetines agujereados perecen con el hombre.
Un policía atado a un banco y sodomizado con su propia porra grita pidiendo ayuda, se oyen risas entre la niebla.
Formaba parte del campamento del norte. El Campamento era uno de los pocos reductos donde aún existía un mínimo de organización. Controlaban
gran parte de la zona norte de la ciudad, el segmento colindante de Collserola, y lo que es más importante, la estación de suministro de agua de la Trinitat. Aquella infraestructura era capital para la ciudad.
-Hace dos noches, todavía no se sabe desde donde, inyectaron gas en la red de alcantarillado. De día reina una calma tensa, pero de noche… de noche es una locura. Grupos de incontrolados armados con todo lo que tienen a mano montan barricadas, asaltan tiendas y domicilios.
Ayer por la noche contabilizaron doscientos muertos ¿puedes creértelo? Más allá de nuestro perímetro es el caos.
Han saqueado las armerías antes de que la policía, desbordada como está, haya podido reaccionar. Hay cantidad de cretinos vestidos de camuflaje y armados con escopetas vagando por la ciudad.
-¡Lo qué faltaba! Un montón de desesperados armados hasta los dientes buscándose el sustento por su cuenta.
¿Y los demás grupos? ¿Qué está pasando?
-Todavía no lo sabemos. Salimos cada noche. Sin duda hay otros campamentos, pero las comunicaciones… las comunicaciones no son fiables. Montar una red en estas circunstancias es muy delicado.
-¿Ves a tu chica? –preguntó con sonrisa maliciosa.
-¿A la enfermera? Sí, casi todas las noches que bajo al centro termino en su casa. Después de media vida lamiendo coños de mujeres ingratas por fin he tenido suerte.
Laura me ha dicho que una amiga suya que trabaja en el Valle Hebrón le contó hace unos días que dos cirujanos salieron de la zona de quirófanos dando alaridos bisturí en mano y repartiendo tajos por los pasillos a todo lo que se ponía por delante. Desjarretaron a una docena de pacientes antes que pudieran abatirlos a tiros.
Es más seguro moverse de día, así que espero en su casa el resto de la noche. A primera hora la acompaño al Hospital del Mar. Luego me reúno con el resto del grupo en un bar cercano al Pla del Palau y subimos todos juntos.
Cada vez hay más gente enloquecida por las calles.
En el hospital creen que la niebla es la responsable. La mayoría de ingresados no responde a los antipsicóticos. Todos soltaron el mismo rollo: Primero se sintieron atraídos por la niebla, a partir de ahí no recuerdan nada.
Ayer, mientras esperábamos a Raúl, un militar retirado ido de la olla se lió a tiros junto a la estación de Francia. Tres muertos y cinco heridos. Lo redujeron mientras intentaba cargar la pipa de nuevo.
Aquí arriba tenemos suerte, la brisa dispersa la niebla y parece que al perder densidad disminuye su eficacia.
Unos predican el Apocalipsis en las entradas del metro, otros recorren los vagones con cascos de motorista para que los extraterrestres no les lean el pensamiento y hablan de guerra interplanetaria…; los indepes lo tienen muy claro: Barcelona es víctima de una operación militar con una nueva arma estratégica. Un ataque del ejercito español contra las mentes de Catalunya, aseguran muy convencidos.
Mira, esto es nuevo, unas estampitas de la Virgen del Petróleo. Me las dieron hace unos días dos beatas que paseaban por la rambla de Poble Nou.
-¡Qué morenita!
-No te rías cabrón, no te rías… Resulta que un julai que iba a repostar dice se le apareció en uno de los postes de la gasolinera de Pere IV. Han instalado una pequeña ermita en el surtidor, y aquello se ha llenado de beatas vestidas de negro sentadas en sillitas plegables rezando el rosario a todas horas. Al parecer, piden a “La Negrita de Dios” que interceda por nosotros y consiga que el Altísimo se lleve la niebla. El dueño de la gasolinera está que se sube por las paredes con el circo que le han montado. ¡Qué flipe, eh!
Hasta el arzobispo tuvo que intervenir cuando las beatas se emperraron en encender unas velas negras para su virgencita.
¿Y tú?, ¿sabes algo sobre la niebla?
-Se investiga, se investiga… Se han puesto sensores, se recogen y analizan muestras…; incluso varios centros de meditación, junto con un reconocido lama tibetano que se encuentra en la ciudad para dar unas conferencias en la Casa Asia, convocaron una concentración de esas donde se medita colectivamente con el objetivo de crear un frente energético que neutralizara la niebla.
Quinientas personas en trance enfrentándose a la niebla… Un veinte por ciento de ellos, con sensores y cámaras instalados en la cabeza, fueron los encargados de grabar y enviar la información a tiempo real.
El envío falló a causa de los estallidos electromagnéticos que periódicamente despide la niebla, pero los equipos portátiles especiales de grabación de imágenes y registro de datos que llevaban incorporados funcionaron bien.
Parece ser que estos estallidos son de tal magnitud, que neutralizan todas las señales eléctricas en varios kilómetros a la redonda. Ni móviles, ni fijos, ni internet, nada de nada. Quinientos metros a su alrededor, la niebla es capaz de freír este tipo de conexiones, y los equipos corrientes quedan tan inservibles como si los hubieras metido en un microondas.
El maestro lama -no sé qué Rimpoché- y un centenar de discípulos suyos se levantaron tan campantes después de que, tres horas más tarde, la niebla se disipara con las embestidas del fuerte viento de levante que comenzó a soplar a medianoche; pero el resto…
-¿Qué ha pasado con el resto?
Bueno… solo han pasado dos semanas, pero…, tras un montón de pruebas, encefalogramas, análisis, tacs, resonancias magnéticas y toda la pesca, el pronóstico en general es desolador… Poco más de cien están acabados sin remedio, en estado catatónico profundo y con nulas posibilidades de volver a ser quienes fueron; setenta y uno ya han palmado, y los demás padecen psicosis más o menos agudas, y, de momento, la fuerte medicación que se les ha proporcionado parece no dar ningún resultado positivo; aunque no se descarta que más adelante puedan mejorar.
Las descargas electromagnéticas de la niebla cortocircuitan las conexiones sinápticas de las neuronas. O dicho de otra manera: la mierda esa te acaba achicharrando el cerebro, las autopsias son concluyentes en eso. Te los podrías comer con sanfaina.
Durante el experimento pasó algo muy extraño: Salieron de entre la niebla seis o siete tipos muertos de risa. Iban tan fumados que no se enteraron de nada. Pasaron por delante de los que meditaban junto al Arco de Triunfo tomándose unas latas, incluso se pararon unos minutos en un banco de los que hay frente a los antiguos juzgados a liarse unos canutos.
“La niebla azul es flipante”, aseguraron a los médicos mientras los reconocían. Nada, estaban, como ellos mismos decían, de puta madre. Se partieron de risa con las pintas que hacían los de emergencias dentro de los trajes antirradiación; incluso se tomaron unas cervezas que llevaban en un macuto enorme mientras eran interrogados por los facultativos desplegados en los alrededores… Seguramente han abierto otra línea de investigación con este asunto. Esa inmunidad, sea pasajera o permanente, ha de ser estudiada a fondo. Me han llegado sus datos.
Son socios de un club de fumadores. El Lagarto Verde creo que se llama. En fin, la dirección está en el informe.
Mañana has de hacer algo por mí. Esta silla de ruedas no me permite hacerlo con la debida discreción, y tal como está el centro…
Castellví es un sabio, una de la mentes más preclaras de la ciudad, y es de los nuestros. Un barcelonés que, por encima de todo, ama esta ciudad.
Investigador del CSIC y profesor universitario, se jubiló hace un par de años, pero sigue muy relacionado con el mundo de la ciencia. Sabe quién es quién en el pequeño mundo de la investigación catalana y española.
Te he preparado un sobre con el dossier y una carta de presentación. Tienes que dárselo cuanto antes.
-Quizá este fin de semana no pueda. Alguien ha de ir a hablar con los fumetas. Iré con Raúl, es un conocido militante cánabico. Conocemos el ambiente y pasaremos desapercibidos. Con los fumetas hay que ser discretos, tienen una locuacidad legendaria.
-Tampoco hacemos nada ilegal.
-Ya lo sé Miquel, ya lo sé, pero me huelo algo raro…; flota en el ambiente, como la niebla.
-Se ha hecho tarde ¿pasarás la noche aquí?
-Sí, oscurece y no quiero correr riesgos innecesarios.
He traído una botella de Néspola, un tinto artesanal que me regalaron hace unos meses. Nos la beberemos a la salud del Palla -uno de sus creadores- antes de que esta ciudad se vaya a la mierda con todos nosotros dentro.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad…
El imponente grupo de delincuentes juveniles baja por la calle Lepanto cantando Ciutat Podrida. Navaja en mano, destrozan a patadas coches y mobiliario urbano y sirlan a todos los que les salen al paso.
Un enjambre de treintañeras verriondas avanza por la calle Bruniquer, desnudas de cintura para abajo agitan bragas y condones levantando los brazos hacía las ventanas de los edificios adyacentes. ¡Bajar si sois hombres! ¡Bajar, hijos de puta! ¡Os vamos a enseñar lo que no os enseñaron vuestras mamás, maricones de mierda! ¡Salir si tenéis huevos! Apoyan los codos en los coches aparcados y sacuden el culo desesperadamente. Muslos mojados chispean a la luz de las farolas…
El choque con los adolescentes navajeros es inevitable.
La Abeja Reina -una enana bollera entrada en años- es la primera en verlos. ¡Zorras, id a por ellos! ¡Caparlos a todos, no dejéis ni uno! Una de las treintañeras se encara con ella y le grita: ¡Cierra el pico, puta vieja! ¡Vete a oler bragas a otra parte! Esta noche queremos nabo.
Al amanecer, cientos de bragas, gayumbos y condones usados alfombran la plaza Joanich; y tres tías despanzurradas y ocho adolescentes capados, que se han desangrado durante la noche, yacen muertos junto a la boca de metro de la esquina de la calle Lepanto.
jueves, 7 de marzo de 2013
Tal como éramos (Alberto García-Alix, Autorretrato)*
Alberto García-Alix
Autorretrato
Del 07-02 al 05-05-2013
Palau de la Virreina
La Rambla 99
De martes a domingo y festivos, de 12 a 20 h.
Entrada gratuita.
Alberto García-Alix (León, 1956) fotógrafo autodidacta y Premio Nacional de Fotografía en 1999, expuso por primera vez en la galería Buades en 1981.
Su obra recorre varios países y es publicada en Vogue, British Journal of Photography o Vanity Fair. Las motos, la contracultura, la música, los tatuajes y la noche son sus fuentes de inspiración más recurrentes.
Claramente reconocible por su gusto por el blanco y negro, el retrato y el documento social y personal, ha hecho varios trabajos en video, donde aúna fotografía, imagen secuencial, ambientaciones sonoras y narrativa.
(...)Mi deseo es verme. Lo que busco en un retrato es verme para poderme comprender. En ese momento hay una sinceridad que es ponerse bajo esa luz, sin retoque ni una posición forzada. Soy yo bajo esas luces. Me puedo ver y de ahí puedo llegar a comprenderme.
(...)Un autorretrato hay que trabajarlo siempre en positivo. Automáticamente, cuando pones la cámara, el dolor se va. Entras en el trabajo -esta foto tiene que hacerse de una manera determinada- y eso anula el dolor que puedas sentir. Cualquier cosa en ese instante se convierte en lo que es la fotografía, en un hecho fotográfico.
(...)Yo no fui el fotógrafo de la movida, yo estaba allí y fotografié mi entorno y a mis amigos
Retraté mis posesiones y mis vicios y las esquinas de las calles por las que me moví porque quería elevarlas a la altura de una épica
(...)Luego, era muy fuerte. En la soledad de mi laboratorio al revelar las fotos veía mi interior. Muchas veces pensaba: qué dura es esta foto. Hay alguna de mi hermano en la que ya el deterioro se notaba. Lo veían mis amigos. La vida va pasando. La vida pasa y de repente empecé a tener fotos de muertos, de amigos muertos.
Nacemos con miedo, vivimos y morimos con miedo.
(...)Nunca sabe uno bien lo que cuentan las imágenes.
"Para redactar necesito aislarme, en mi caso es como bucear al interior de uno mismo. No tengo material de donde sacar que no proceda de mis sentimientos y de mi vida. Lo que más me gusta es escribir, más incluso que la fotografía, todo el ritmo lo das desde las palabras".
"Coloco las fotos en primer plano y me pongo a escribir. La idea central es que las palabras, los silencios y los negros de las fotos ayuden a construir un ritmo",
El autorretrato de García Alix es el retrato de una generación. Él, siempre él, entero o fragmentado, y también desdoblado como una sombra invisible en los retratos, a veces duros, a veces festivos, de sus amigos.
Piérdete en sus yermos paisajes urbanos, en sus tapias y descampados de arrabal, en sus escenas de droga, en sus cuartos desolados, en aquella generación desafiante y suicida.
Comparto con Alberto, generación, abismo, miedos, necesidad de escribir y espíritu superviviente, así que no es extraño que recomiende al visitante un detenido y atento viaje por este vigoroso autorretrato, y, sobre todo, que deje para el final del trayecto la sala donde se proyecta el genial audiovisual De donde no se vuelve. Una vez allí, déjate llevar por la fuerza inexorable del autor y, si sobrevives, sal del Palau de la Virreina sin mirar atrás y emborráchate de vida dando un largo paseo por la ciudad.
* Para la revista Carrer
Autorretrato
Del 07-02 al 05-05-2013
Palau de la Virreina
La Rambla 99
De martes a domingo y festivos, de 12 a 20 h.
Entrada gratuita.
Alberto García-Alix (León, 1956) fotógrafo autodidacta y Premio Nacional de Fotografía en 1999, expuso por primera vez en la galería Buades en 1981.
Su obra recorre varios países y es publicada en Vogue, British Journal of Photography o Vanity Fair. Las motos, la contracultura, la música, los tatuajes y la noche son sus fuentes de inspiración más recurrentes.
Claramente reconocible por su gusto por el blanco y negro, el retrato y el documento social y personal, ha hecho varios trabajos en video, donde aúna fotografía, imagen secuencial, ambientaciones sonoras y narrativa.
(...)Mi deseo es verme. Lo que busco en un retrato es verme para poderme comprender. En ese momento hay una sinceridad que es ponerse bajo esa luz, sin retoque ni una posición forzada. Soy yo bajo esas luces. Me puedo ver y de ahí puedo llegar a comprenderme.
(...)Un autorretrato hay que trabajarlo siempre en positivo. Automáticamente, cuando pones la cámara, el dolor se va. Entras en el trabajo -esta foto tiene que hacerse de una manera determinada- y eso anula el dolor que puedas sentir. Cualquier cosa en ese instante se convierte en lo que es la fotografía, en un hecho fotográfico.
(...)Yo no fui el fotógrafo de la movida, yo estaba allí y fotografié mi entorno y a mis amigos
Retraté mis posesiones y mis vicios y las esquinas de las calles por las que me moví porque quería elevarlas a la altura de una épica
(...)Luego, era muy fuerte. En la soledad de mi laboratorio al revelar las fotos veía mi interior. Muchas veces pensaba: qué dura es esta foto. Hay alguna de mi hermano en la que ya el deterioro se notaba. Lo veían mis amigos. La vida va pasando. La vida pasa y de repente empecé a tener fotos de muertos, de amigos muertos.
Nacemos con miedo, vivimos y morimos con miedo.
(...)Nunca sabe uno bien lo que cuentan las imágenes.
"Para redactar necesito aislarme, en mi caso es como bucear al interior de uno mismo. No tengo material de donde sacar que no proceda de mis sentimientos y de mi vida. Lo que más me gusta es escribir, más incluso que la fotografía, todo el ritmo lo das desde las palabras".
"Coloco las fotos en primer plano y me pongo a escribir. La idea central es que las palabras, los silencios y los negros de las fotos ayuden a construir un ritmo",
El autorretrato de García Alix es el retrato de una generación. Él, siempre él, entero o fragmentado, y también desdoblado como una sombra invisible en los retratos, a veces duros, a veces festivos, de sus amigos.
Piérdete en sus yermos paisajes urbanos, en sus tapias y descampados de arrabal, en sus escenas de droga, en sus cuartos desolados, en aquella generación desafiante y suicida.
Comparto con Alberto, generación, abismo, miedos, necesidad de escribir y espíritu superviviente, así que no es extraño que recomiende al visitante un detenido y atento viaje por este vigoroso autorretrato, y, sobre todo, que deje para el final del trayecto la sala donde se proyecta el genial audiovisual De donde no se vuelve. Una vez allí, déjate llevar por la fuerza inexorable del autor y, si sobrevives, sal del Palau de la Virreina sin mirar atrás y emborráchate de vida dando un largo paseo por la ciudad.
* Para la revista Carrer
miércoles, 30 de enero de 2013
El bluesman
En la sede municipal del distrito de Nou Barris corrían rumores... en los lavabos, en la máquina de café, en el siniestro archivo, donde, los funcionarios que se atrevían, se detenían unos minutos y cuchicheaban, a hurtadillas, por entre las largas, polvorientas y solitarias estanterías, mirando a todos lados y bajando sensiblemente la voz... si, si, es como una maldición, otro regidor que hace toda la pinta de estar al borde de la psicosis.
Sostiene que lo persiguen sus huellas...las huellas que el mismo va dejando por ahí. Ese despacho está gafado, maldito.
Unos lo creían a pie juntillas, otros, en cambio, decían que aquello solamente eran paparruchas supersticiosas. Pero, lo que es seguro, es que ninguno le hubiera cambiado el despacho al regidor.
Era allí, según cuentan, donde las energías negativas, medidas una y otra vez, por una funcionaria con fama de vidente, tenían más vitalidad. Las malas vibraciones, tenían en aquél lugar su cuartel general. Parecían fluir a través de la puerta y extenderse por todo el edificio.
Es el regidor de turno quién las proyecta, comentaban. O eran los gritos proferidos, con muy mala leche, por las almas de los perturbados que las habitaron durante largas décadas, y que se vieron abocados, a causa de las necesidades democráticas y descentralizadoras del municipio, a una fúnebre diáspora.
Al parecer, el consistorio necesitaba el edificio más que los ancianos enfermos que tenían allí su hogar postrero, apuntaba algún otro.
Sea como fuere, no había regidor que saliera indemne después de haber ocupado durante un tiempo aquél despacho.
En las noches de luna, según averigüé más tarde, sonaba una armónica enloquecida y genial. Un ritmo, un viejo blues del delta, llenaba las solitarias estancias del edificio durante las mágicas noches, sin que, nunca nadie, hubiera dado con el responsable de los lunáticos conciertos.
Se busco en sótanos, desvanes y altillos. Por más que se investigó, nunca se supo de donde provenía aquel lamento bello y desgarrador que se adueñaba de las estancias municipales durante aquellas nocturnas horas.
Pero mejor será comenzar por el principio. Fue la casualidad, la que dirigió mis pasos hacia aquella vieja y oscura historia.
La tarde de aquel miércoles estuve en la villa Olímpica, en el despacho de Joan, un viejo amigo abogado. Tenia que hacerle una consulta sobre mi raquítica pensión. Era un atardecer de finales de primavera. En cuanto acabó su jornada nos fuimos a tomar unas copas por la zona.
Matías -me dijo, mientras paseábamos por la Av. Icaria- tengo un encargo. Un trabajo para alguien a quién no le importe ir por ahí y hacer unas cuantas preguntas.
Entonces me habló del bluesman. Había recibido instrucciones, un dossier y un generoso cheque. Una familia americana, de Memphis concretamente, buscaba información sobre un tío-abuelo que, según parece, marchó hacia Europa en 1955.
-Como bien sabes –comenzó- hace muchos años estuve implicado en la defensa de los enfermos del mental, que, en los albores de nuestra esquelética y tierna democracia, fueron desposeídos de su hogar y desperdigados sin ton ni son, porque a las flamantes autoridades del consistorio les pareció que aquél lugar sería ideal para instalar la sede municipal de Nou Barris.
Un antiguo celador de la institución mental les sugirió mi nombre cuando vinieron a verlo. Fermín contestó un anuncio de La Vanguardia donde se solicitaba información sobre un tal Zacarías Palop, músico de blues y gran especialista de armónica, a quién daban, debido a su enfermedad, por fallecido o desaparecido.
La familia estuvo dos semanas en Barcelona el último invierno. Tiempo a todas luces insuficiente para averiguar cosa alguna.
No supe nada de este asunto hasta el miércoles pasado, cuando vino Fermín a verme. Traía toda la documentación que la familia del desaparecido había conseguido reunir. Es muy poca, ellos eran niños cuando marchó, y sus mayores nunca hablaban del asunto. Lo desterraron de su memoria cuando desapareció. Ahora, fallecidos los progenitores, sus sobrinos querían saber de su tío, al que creían muerto en Europa.
Me enseñó el talón y, cuando vi la cantidad, cogí el escuálido informe y le dije: De acuerdo, si todo va bien te llevas un veinte por ciento, si va mal no me debes nada.
En cuanto llegué a casa miré el contenido de la carpeta. Era un sobre mediano de color marrón con tres escasos folios: una breve nota escrita de puño y letra, dos viejas fotografías y una hoja fotocopiada de un viejo periódico de Memphis con fecha de 1951.
Puse un CD de Eric Clapton (Me and Mister Jonson), me senté en el destartalado sofá y encendí un cigarrillo mientras el blues lo invadía todo.
En las viejas fotografías se veía a un joven de unos veinte años. En una, solo, sentado en un porche de madera, tocando la armónica con los ojos ligeramente desorbitados. La otra me llamó más la atención. Estaba de pie, junto a un árbol enorme, con una bella chica de color, algo más joven que él, que lo miraba con ojos de luna. En el reverso de esta última, había una nota escrita en inglés con letra femenina, una dedicatoria que, más o menos, venia a decir: Para Zac, con todo mi amor. Nicole
Volví a la primera fotografía, la miré con fijeza. Era vieja, pero con buena resolución. Un trabajo profesional. Mi atención se clavó en el instrumento y, de pronto, sentí un cosquilleo en la coronilla. La vieja armónica del bluesman, pensé.
Atendiendo a mí intuición, la escaneé con toda la resolución que pude. Con la foto ampliada, y mucho más clara, pude fijarme en los detalles. El Gimp hizo el resto. Recorté y volví a ampliar. Ahora tenía un primer plano del pequeño instrumento, donde se podía ver, algo desvaído, pero con meridiana claridad, una inscripción: Zac P.
En la nota manuscrita, sólo un nombre y un número de teléfono con prefijo de Barcelona. Fermín Posadas era el hilo del ovillo a desentrañar. Marqué y esperé... no estaba, no obstante, pude dejar un breve mensaje en el contestador.
Mi atención se detuvo entonces en el documento. Tres folios. Poco es, me dije.
Mi objetivo era estadounidense. Un refugiado de la diáspora republicana de nuestra guerra civil con simpatías anarquistas. Obtuvo la nacionalidad americana gracias a su padre, un reputado médico catalán, a quién el Imperio no puso impedimento alguno cuando decidió solicitar la nacionalización en 1948. Su filiación libertaria no fue un obstáculo, a pesar de los malos vientos que corrían en el país, debidos al fervor anticomunista que se gestaba en la sociedad norteamericana de la época.
Nacido en Barcelona el año 1920. Salvo la primaria, su educación fue norteamericana. Estudios superiores de música. Dominaba con soltura tres lenguas, catalán, castellano e inglés, y se defendía en gabacho, que aprendió de su madre, y practicó en las calles del barrio francés de Nueva Orleáns.
La madre, enfermera, de padre catalán y madre francesa, afincada en Barcelona.
Una familia anarquista de tradición que vino a vivir a Barcelona en 1915 huyendo de la Gran Guerra que asolaba el país vecino y buscando el calor revolucionario que rebullía en la ciudad aquella década.
La juventud, repartida entre nueva Orleáns, donde vivía con su familia, estudiaba y callejeaba por el barrio francés, y en una granja cercana a la ciudad Memphis, de la que era propietaria una hermana de su madre, donde pasaba las largas vacaciones de verano
Allí fue donde conoció a Nicole. Nicole era una bella muchacha en su plenitud. Hija de la cocinera negra a la que su tía hacia trabajar como una esclava seis días a la semana.
El padre de Nicole era medio brujo y cantante de blues. Un tipo misterioso, con fama de conocer las negras artes de los rituales vudú.
Al parecer, su relación con Nicole llegó a ser conocida por todos. Ésa, fue la causa de su desgracia.
En aquellos tiempos no estaban bien vistas ese tipo de relaciones en el Sur. Atrajeron las iras de los grupos racistas locales, y lo pagaron.
El pequeño informe, entonces, me remitía al recorte periodístico. Estaba en inglés, pero en el reverso de la vieja fotocopia había unas notas en castellano.
Hice una pausa, me levanté, busqué un CD de Luther Allison. Mientras sonaba Bad love encendí un cigarrillo y traté de ponerme en el pellejo del bluesman.
Los pillaron “in fraganti” en una vieja granja abandonada cercana a la de sus parientes. A él, lo dejaron tirado en la entrada de la casa de sus tíos y prácticamente muerto a golpes. Con ella se ensañaron. Brutalmente golpeada, quemada con cigarrillos, violada y estrangulada. Abandonaron el cadáver junto a una ciénaga pestilente próxima al lugar de sus encuentros amorosos.
Zacarías tardó un año en recuperase de las heridas físicas, pero las emocionales ya no le abandonaron jamás. Nunca volvió a Memphis. Ni quiso ver a sus tíos. Se perdió en los bajos fondos de Nueva Orleáns.
Alcohol, drogas, blues, y poco después, una canción: Nicole. La única que compuso él, o, al menos, la única de la se guarda constancia, lo enloquecieron.
Me levanté del sofá pensando: si sigue vivo debe estar en las últimas. Tendría una edad muy avanzada en caso de no haber muerto. Algo bastante probable, dadas las circunstancias que rodeaban la vida del músico. Menudo culebrón.
Busqué en el ordenador algo de blues. Seleccióne Chill Out, de John Lee Hooker, y lo dejé sonar. Aquél cd me remitía a mis propios sentimientos de desesperanza. Quería estar, en la medida de lo posible, en el pellejo del bluesman.
Nicole... –susurré.
El bluesman, pasó su año recuperación en Nort Little Rock, Arkansas, junto al río del mismo nombre, justo en la frontera entre el estado de Mississippi, y el del propio Arkansas, muy cerca, pero, a la vez, muy lejos, de los paisajes de su tragedia, como si el bluesman, inconscientemente, quisiera olvidar, y, al mismo tiempo, seguir teniendo cerca, las emociones, los sentimientos, la luz de los ojos de su Nicole.
Así se sentía el convaleciente bluesman en el 52. Sentado en una mecedora algo tronada, debajo de un porche de madera con su querida armónica al lado, oyendo, viendo, entre canción y canción, el incansable fluir del río Arkansas camino del delta, del mar Caribe.
Nueva Orleáns, el barrio francés... suspiré, fue entonces cuando supe cómo se encontraba el bluesman, cuál era el ánimo del músico aquel triste año. Sintiendo cómo el recuerdo de su tragedia perdía intensidad y, no obstante, a la vez que apaciguaba su dolor, fijaba por siempre en su corazón, en su memoria, la luz de los ojos de su Nicole.
Junto al río, lo atrapó la canción, su única canción conocida.
Sonreí como un niño pillado en una travesura. Quién no tiene, o ha tenido, los ojos de una Nicole clavados en la memoria. El tema Well Meet Again era para mí un equivalente de su canción. Ese sentimiento era un punto seguro para partir en busca del viejo bluesman.
AL
Dos días después de leer el informe, tenía localizado a Fermín, y una cita pendiente con él, al día siguiente, en una plaza del barrio Porta.
Desde que leí los documentos mi curiosidad fue en aumento. Los numerosos interrogantes danzaban, como huríes de ojos oscuros, ante mis ojos. Azúcar moreno bailando a mi alrededor.
Antes de acostarme, revisé las notas que había tomado sobre Zac. Esbozos, indicios, más o menos claros, de su personalidad. Un montón de conjeturas, nada sólido todavía. Pero eso puede cambiar mañana -musité delante del espejo, justo antes de apagar la luz.
Dando vueltas, no podía dormir pensando en el Fermín de marras. Un antiguo celador que, luego, mediante unas oposiciones internas, pasó a trabajar en el departamento de administración, lejos de mi, más que probable, objetivo.
La cita con Fermín no tuvo historia. Apenas diez minutos sentados en una plaza.
Mientras daba de comer a las palomas, me fue contando lo poco que sabia del bluesman. Apenas nada, nunca leyó su expediente, pero, recalcó varias veces: “El director odiaba a Zac sin razón aparente”. Hubo rumores de un lío de faldas con una de las monjas, rumores malintencionados -aseguró. Nada se pudo probar, y la monja, según él, estaba fuera de toda sospecha.
Al despedirnos, me dio un número de teléfono y un nombre: Alfonso Corrales, celador del hospital.
Nada mas llegar hice la llamada. Quedamos en su casa al día siguiente. Vivía al final de la carretera que une Horta y Cerdanyola, cerca de un antiguo merendero. Una casa en la montaña con un pequeño jardín mirando al Valles.
Di con la casita a la primera. Toqué al timbre y esperé unos minutos. Quizá sea un poco sordo, pensé, al no obtener respuesta. Volví a insistir... nada, ni flores. Siguiendo el alto seto fui dando la vuelta al pequeño chalet hasta llegar a la parte trasera. Allí el cercado era menos denso, pero seguía sin ver nada. Habíamos quedado por teléfono, así que no debía andar muy lejos.
-Don Alfonso –grité voz en cuello.
-Si, si, le oigo –contestó una enérgica voz-. Ya le abro.
Desandé mis pasos hasta la puerta. Cuando abrió, me encontré con un anciano de rostro curtido, pero que, a pesar de los años, desprendía una gran vitalidad.
Pase, le esperaba –dijo, abriendo la alta verja.
Mientras unos penetrantes y astutos ojos verdes me examinaban como si fuera un caballo, me fijé en el cuidado jardín delantero, donde, un bello jazmín y un cerezo, adornaban el cuidado césped
Venga por aquí, y tenga cuidado con los rosales –me previno, caminado ligero hacía la parte de atrás de la casa.
No vi ningún rosal, en cambio, unas cuidadas y frondosas plantas de marihuana, en fila india a lo largo del breve sendero, me acompañaron hasta el jardín trasero.
-Este es el lugar más preciado para mí. Este porche, es el bálsamo de los días postreros. Una buena razón para seguir viviendo –me largó, al sentarse en el cómodo sofá de madera lleno de coloridos cojines que, amplio, luminoso, acogedor, ocupaba una esquina de la fresca estancia.
El tipo, a todas luces, sabía lo que se pescaba. Los ojos inquietos, curiosos y ágiles, así lo aseguraban.
Siéntese –dijo, señalándome el sillón de color oscuro con un ademán.
Usted dirá –continuó.
-Don Alfon...
-Llámeme Al –atajó-, como Capone, es más de mi cuerda. ¿No le importará que yo lo llame Matt? –preguntó.
-En absoluto, Al. –contesté, siguiéndole la beta.
-Fermín me puso al tanto por teléfono –dijo, guiñándome un ojo-. No suelo tener demasiadas visitas Matt. Usted me cae simpático, inspira confianza. Se nota que sabe lo que es pasarlas moradas.
En este asunto es mejor no dar nombres –aseguró, mirando a todas partes-. A este lado del jardín no llegan las miradas indiscretas, ni los oídos curiosos -recalcó, entornando los ojos.
Llegó al mental con lo puesto y hecho un guiñapo. Lleno de moratones y en estado de shock. Una vieja armónica era todo lo que llevaba encima, su única posesión material.
Tardó meses en recuperarse físicamente, entonces comenzó a tocar, sobre todo las noches de luna. Era un maestro con ese pequeño instrumento. Nos entretuvo durante años.
Pasado un tiempo llegó la monja. A partir de ahí, su razón mejoró a ojos vistas. Se le veía contento. Comenzó a tocar el órgano que teníamos en la capilla, algo, que le costó mucho conseguir.
Al director no le caía bien aquél músico que hablaba la lengua del imperio con un extraño acento. Bastaba que Zac solicitara algo para que el otro le diera largas sin motivo alguno.
Cuando llevaba unos años internado comencé a sospechar que era un simulador, pero las razones que pudiera tener para seguir en un sitio tan deprimente se me escapaban.
Ese sombrero que ve ahí –continuó, cambiando de conversación- es una copia legítima del de John Lee Hooker.
Miré el sombrero.
-Tiene usted razón –contesté-. Parece recién birlado de la cabeza de Hooker.
-Le prevengo que no sé gran cosa del asunto. Zacarías no hablaba mucho, y los empleados que tenían acceso a su expediente padecían un mutismo congénito en lo referente a su persona.
Lo poco que llegué a saber lo fui descubriendo con el paso de los años. Retazos de conversaciones atrapadas al vuelo durante mis idas y venidas por los pasillos, y lo poco que él contaba en las escasas ocasiones en que estaba comunicativo. ¡En fin! poca cosa.
Era un amante del blues, de la música negra en general. Lo creíamos nacido, por alguna extraña casualidad, en el sur de Estados Unidos, donde, eso es seguro, recibió educación musical.
Camarillo, repetía con la mirada perdida. A veces creía estar en el hospital de California donde estuvo Charlie Parker. Entonces tocaba su canción preferida: Nicole. Una gran canción, a todos nos gustaba oírsela cantar. Allí, sentado debajo de las palmeras cercanas a la entrada principal, todos supimos, al oírlo tocar la armónica, que Zac era músico de blues sin ningún genero de duda.
Alguna vez lo sorprendí mirando con ojos tiernos a Lucy, la monja mulata con la que soñábamos todos, enfermos y empleados.
¿Qué le parece mi jardín? –preguntó, cambiando de onda.
Me cae usted bien Matt -aseguró, sin darme tiempo a decir nada.
Lo escuchaba observándolo todo a mí alrededor: tomateras, judías, pimientos, algunas cebollas y hierba por un tubo.
Un invernadero enorme al fondo, en un talud del que, desde allí, sólo se podía atisbar el transparente techo.
-¿Le gusta mi jardín Matt? –inquirió, al ver mi actitud.
-Desde luego Al –respondí-. Está usted preparado para el Apocalipsis.
-Mucha hierba le parece –observó, al notar mi estupor-. Quizá tenga usted razón, pero mi magra pensión y mis aficiones se han unido de forma inquebrantable en este asunto.
¡Qué quiere que le diga! Saco cinco kilos limpios de hierba durante la temporada de verano. En invierno, apenas kilo y medio. Uno me lo apalanco para mí. Lo mejor, no le quepa duda. El resto lo vende un antiguo camarada de la legión que trabaja aquí cerca. Es vigilante nocturno en el cementerio de Collserola. Todo un muermo. Si no hiciera algún trapicheo de vez en cuando su vida no tendría sentido.
No siempre fui celador Matt –continuó, sonriendo pícaramente-. Dejé el seminario unos meses antes de tomar los hábitos y me alisté en la legión. Ya ve los vuelcos que nos hace dar la vida.
Con esto tengo una economía desahogada, pero sin despilfarros. Una llamadita al puticlub de aquí al lado de vez en cuando. Un viaje a Ceuta cada año y poco más, la edad ya no da para excesivos dispendios físicos.
Zacarías –dijo, alzando bruscamente la voz- tenía un expediente que nunca vi. El director lo guardaba aparte, lejos de miradas indiscretas.
Sor Lucy era un encanto, jovencita y bien parecida. Nunca comprendí que clase de desengaño pudo llevarla tan lejos de su tierra. Cuál fue la causa que la empujó a acabar en aquél sórdido lugar.
Una Big-Band de instrumentos desafinados, decía Zac. Fue por eso. Se hartó de tanto desafine generalizado a su alrededor. Me parece que fue por eso. Debió ser por eso que, el bluesman, después de once años, cogió el tren de medianoche.
Se organizó un gran revuelo. Se llevó su expediente del despacho del director. Dejó la cabeza y plumas de un gallo en la mesa, y la sangre del ave salpicada por suelo y paredes. Una nota encima del sillón del despacho. Vudú, era todo lo que había escrito en la misiva. Esas palabras trastornaron al director. Ya no volvió a ser el mismo. Se convirtió en un excéntrico y, dos años más tarde, se colgó de una de las palmeras, junto a la verja de la puerta principal.
Qué se joda. Era un facha, un déspota hijodeputa, merecía estar muerto.
Sor Lucy nos dejó. La vi marchitarse lentamente tras la fuga de Zac. Colgó los hábitos al poco de morir el director. No la volví a ver hasta diez años más tarde, en las Ramblas, paseando con una amiga. Me la tropecé y nos reconocimos. Después de un café y una corta charla, intercambiamos teléfonos, noticias sobre este o el otro. La vi contenta. Satisfecha. Me alegré por ella.
Para Lucy todo aquello fue muy doloroso, y quizá recordar... Tenga cuidado, trátela con mucho tacto cuando la vea. Si es que ella desea verlo, cosa que no tengo clara. No la atosigue, ni la presione. Vaya despacio, déjela hablar… y ni se le ocurra ir con esa pinta de jevi metal chungo que me trae usted hoy.
Vamos dentro –dijo, levantándose-. Hago un poco de té y nos fumamos unos canutos a cuenta de la salud del bluesman.
Sentados en la cocina, lo observé con atención. Parecía sincero pero algo paranoico. Quizá fume demasiada hierba, me digo. Se movía con agilidad a pesar de los años y sabía apañárselas solo, de eso no hay duda, corroboré, mirando a mi alrededor: Una cocina limpia, bien abastecida y luminosa daba fe de ello.
-Al loro con Cleopatra -me advirtió-. Es una gata con mucho carácter. Hay días que está intratable. Pero tranquilo, usted le gusta y hoy parece de buen humor, si no ya le habría saltado encima. Supongo que le deben ir los jevis.
A los curas, testigos de Jehová, y demás fauna religiosa les tiene declarada una guerra sin cuartel. Por eso me hace compañía, es atea y no está para hostias, como yo.
Nos vamos a tomar, si no le importa, un té psicodélico. Cada semana me preparo una garrafita de dos litros y me la reparto a discreción.
Me cae usted bien –afirmó, mientras preparaba la pócima-. Le voy a regalar, sin que sirva de precedente, unos cogollitos de mi reserva especial. Lo veo algo empanado con eso de andar por ahí preguntando. Cuando necesite desconectar se me fuma un petardito de esta joya de la naturaleza.
-Si –aseguré-, mientras dure este asunto me vendrá bien un porrito de tanto en tanto. A veces, lo mejor, en caso de duda, es recurrir a la madre naturaleza.
Al –continué, después de unas caladitas-, son los interrogantes los que me desorientan. En cuanto cierro uno, ese mismo acto abre otros. Tiro de un ovillo enmarañado, de recuerdos lejanos, que la memoria con el tiempo reinterpreta. Todavía no tengo claro, con la información de que dispongo, qué testimonio es fiable y cuál no, qué partes intentar verificar antes de seguir adelante, qué descartar.
Quince minutos más tarde yacía semiinconsciente en un sofá. Postrado como una rata envenenada. Al abrir bruscamente los ojos me encontré en una salita neohippy, y sonaba, lejana, una canción de John Mayall.
Bliss, remember bliss, tarareaba mi anfitrión desde la cocina. El viejo legía parecía inofensivo, pero de eso nada, el muy cabrón sabe más de lo que cuenta. Está poniendo señuelos, mareando la perdiz, porque desconfía de mis intenciones.
En cuanto me despejé volví a la cocina, me senté, y le dije sonriendo: Al, dejémonos de cuentos, saque la reserva especial. Tenemos que conocernos a fondo. La noche acaba de empezar…, y será muy larga.
Hizo una llamada, y después comentó: Matt, hoy remataremos la noche con unas vecinas muy complacientes…
El legía seguía inconsciente después de que casi le diera un pasmo. A las tres de la mañana se quedó clavado con Rosita encima.
-Fue una falsa alarma, sólo un desmayo debido a la edad, o a la grifa -aseguró el facultativo-. No es la primera vez que le atiendo. Tiene que dosificarse. Las mujeres a su edad pueden ser mortales. Se lo tengo dicho, pero no escarmienta.
Que duerma todo lo que pueda y como nuevo. Aquí, como lo ve ahora, medio pajarito, tiene el corazón mejor que usted y yo.
Cuando el médico se marchó, las dos chicas me cogieron por su cuenta.
Querían quitarle el mal sabor de boca a un guapo cliente nuevo, dijeron entre risas. La noche estaba pagada, y tenían que ganárselo.
-Somos muy puntillosas. Profesionales de pies a cabeza –aseguraron a dúo, al tiempo que se iban desnudado, lenta, maravillosamente.
Entrada la mañana, mientras despedía a Rosa y Sofía, los dos pimpollos del vecino puticlub, palpé la nota que llevaba en el bolsillo.
Sonreí al cerrar la verja. Por fin tenía en mis manos una pista verdadera. La dirección y el teléfono de Lucy. Era ella, sin ninguna duda, la clave de aquel misterio.
Mientras desayunaba tomé unos apuntes vigilando de reojo a Cleopatra, que parecía mirarme con recelo ahora que no estaba su dueño. Esperaba que Al volviera al mundo de los vivos, pero fue imposible.
Se me hacía tarde. Recogí su obsequio, la caja de puros llena de su mejor elixir, y le dejé una nota de agradecimiento en la mesa de la cocina.
Cuando cerraba la puerta de la calle, me dije sonriendo: A veces se encuentra un oasis en la ruta.
Sentado en el autobús repasé mis notas. No me cabía duda, Zac era el tipo que buscaba. Pero necesitaba algo más que convicciones. Alguna prueba que convenciera a sus parientes de que mi Zac era el que buscaban.
Observaba con ojos chispeantes el frondoso paisaje a través de las ventanillas del destartalado autobús, que parecía ahogarse durante el sinuoso recorrido, serpenteando agonizante montaña arriba, camino del barrio de Horta.
Por la tarde ordené mis apuntes. Tenía que redactar un informe para Joan. Un informe lleno de conjeturas. No hubo manera. Decidí cambiar de táctica, encendí el ordenador, puse algo de blues y esperé...
Siguiendo un impulso di rienda suelta a las palabras, me levantaba, fumaba, y me volvía a sentar. Hice, deshice, enredé, desenredé, rehice. Mis ideas se iban clarificando a medida que el texto avanzaba, retrocedía…, y saltaba de nuevo, ahora si, hacia delante. De pronto, supe qué coño pintaba el vudú en aquella historia.
Tras finalizar el papeleo descolgué el teléfono y saqué la nota que llevaba en el bolsillo, respiré hondo y marqué un número local. Fue más fácil de lo que esperaba. En unos minutos concreté una cita con Lucy, la persona que, posiblemente, sabía más sobre el músico.
LUCY
Vera usted –comenzó-, Zacarías, era, a su manera, un simulador. Un poco tocado estaba, pero no más que cualquier otro que haya pasado por experiencias aterradoras. Un hombre guapo, según mi parecer. Aunque la mayoría fuéramos monjas, a todas nos gustaba. Alto, de pelo negro, ojos claros, de un dulce mirar que, a veces, se trasformaba en duro, indomable. No. No era violento, simplemente, en esos momentos, no se le podía engañar.
Su penetrante azul se te clavaba como una daga, entonces te sentías culpable por no ser sincera, y él, te miraba condescendiente, con aquella mirada que te hacía sentir culpable y bastante tonta.
Cuando quería, o podía, nunca lo supe, asomaba su cara de luna, el fugaz rostro de un romántico impenitente.
Al llegar al mental, yo era una monja jovencísima y bastante ñoña, que se creyó todos los rollos que le habían largado los jesuitas. Así lo conocí, a los 19 años, con su trastorno alejándose poco a poco de la memoria. Me gustó a las primeras de cambio, así que procuré evitarlo durante un tiempo.
Acabamos liados igualmente, sólo que tardamos más. Ya ve usted que gracia, era capaz de meterme mano y tocar la armónica al mismo tiempo, eso sí, ayudado por un artilugio que el mismo se fabricó.
Zac no era como los demás, su expediente tenía lagunas, no constaba absolutamente nada sobre su identidad, apenas cuatro conjeturas de su pasado, el resto, ficha médica.
Su expediente completo lo guardaba el director en su despacho. Un despacho siempre cerrado a cal y canto.
Hasta donde sé –continuó-, marcho al exilio a finales del 38 con toda su familia, justo al cumplir los 18. Del porqué no se alistó, me contó en una ocasión, la culpa la tuvo el amor. Enamorado de una miliciana diez años mayor que él, y que lo puso, como él solía decir, al corriente, apasionadamente, en los misterios de amor.
Al morir ésta en el frente de Aragón, en la primavera del, para él, maldito año 38, se hundió en una profunda depresión que le impidió alistarse y combatir. Morir por una causa que valía la pena.
La música –decía-, siempre lo rescató. Era su talismán.
Hizo una pausa, levantó la cabeza y me miró.
Aquellos ojos eran de una Nicole. Como los de su Nicole, seguro, me dije.
Lucinda, a pesar de sus años, era una mujer de buen ver, de mediana estatura y sonrisa dulce, pero con la ancestral sabiduría de su caribe natal. Una mulata de rompe y rasga.
Pensé: De joven debía ser una fiera de cuidado. Al final, el músico encontró lo que buscaba.
Llegó a Paris en el 56, creo –prosiguió-. Tocaba en los clubs de Paris. En otras ciudades francesas, en Bélgica, en la costa italiana y francesa. Alternando el trabajo de músico con el de profesor de piano, se ganaba la vida en la ciudad de la luz.
Y, según creo, alguien debió recocerlo, algún refugiado catalán, un antiguo correligionario, un compañero de ateneo, no sé. Unos meses después de aquello, durante un mes al año, y al abrigo de su pasaporte norteamericano, comenzó a tocar en el hotel Manila de Barcelona.
Siempre sospeché que hizo de correo en sus idas y venidas a la ciudad. Se lo pregunté pasados unos años y en diferentes ocasiones, entonces me miraba con ojos de luna y sonreía, y a continuación, agarraba su vieja armónica y tocaba, para mí en exclusiva, la canción de Nicole. Ésa, era su respuesta.
Siempre que tocaba en el Manila había un inspector de la Social, me contó. Sentado en la barra, lo observaba tocar, tomando una copa detrás de otra, siempre a cargo del presupuesto.
Zacarías tenía un compañero en el Hotel, un cargo de responsabilidad, que lo previno, y lo ayudaba a sortearlo, cuando quería vagar por la ciudad, persiguiendo, creo, el eco de sus pasos.
La noche fatal, Zacarías, siempre según un testigo de confianza, comenzó a temblar mientras tocaba, a tener convulsiones, hasta que cayó desplomado. Se recupera en urgencias, en el Clínico. Dos horas más tarde, sale por su propio pie, tranquilo y orientado, según consta en el informe que se hizo de su desaparición.
Según me contó, al salir del Clínico lo esperaba un coche gris con tres tipos dentro. La Social se lo llevó aquella noche. Estuvo retenido en algún lugar. Una casita de Collserola, o, al menos, dada la corta carrera del vehículo y el escaso ruido urbano del lugar de su reclusión, eso creía él.
Los primeros días fueron golpes, después inyecciones. A partir de ahí no recuerda nada más. Su conciencia despertó de nuevo en el mental.
Oficialmente, esa noche, no se sabe por qué, Zacarías se esfumó como por arte de magia. Su equipaje desapareció o fue robado esa misma noche.
El consulado americano se creyó, o hizo como si se creyera, aquella endeble historia plagada de lagunas que no debía convencer ni a sus autores.
Un mes después de la desaparición, ingresó Zac en el mental. Sin filiación alguna, un auténtico paria, olvidado para el resto del mundo, lleno de cardenales y con un brazo en cabestrillo. Corría el año 58 o 59, y Barcelona era una ciudad gris, una sombra putrefacta de lo que fue.
A esas alturas de la conversación sus ojos se cerraron, su rostro tembló, y rompió a llorar desconsoladamente. Le acerqué un pañuelo, que agradeció entre lágrimas.
-Todos moriremos Lucy, es nuestro destino, -le dije, con voz suave y cálida-. Él tuvo una larga vida. Fue feliz a su lado. Algo que, usted y yo, sabemos merecía.
De pronto levantó la cabeza sacudiéndose el pelo, y sus ojos volvieron a brillar como relámpagos negros.
Trabajó en la panadería -continuó con voz serena-. A unos pocos metros de la Plaza Llujmajor, en un extremo del enorme edificio, que, entonces, iba desde aquella plaza, hasta las casas baratas de Turó de la Peira. Una alta valla de piedra lo rodeaba a lo largo del Pº Verdún hasta, siguiendo el Pº Urrutia, dar la vuelta por detrás del mercado de la Guineueta, para, desde allí, continuando paralela al Pº Valldaura, llegar de nuevo a Llujmajor.
Como le decía, la panadería, la armónica y yo, eran sus aficiones, y, créaselo, nos costó dios y ayuda ocultar lo nuestro. Rodeados de monjas, y con el buitre del director, que solía visitarlo a primera hora de la mañana casi todos los días. Siempre cerca, como una hiena.
Estoy convencida de que la única razón que tenía aquel buitre para tanta visita era regodearse en su infortunio. Sin amigos en Barcelona que lo visitasen, lejos de su familia, y con una oscura historia detrás, Zac tenía todos los números para no salir vivo de allí.
El director era un psiquiatra mediocre y un fanático ultraderechista. Haber participado durante su juventud en la campaña rusa de la División Azul le reportó la dirección de la institución, que dirigía con mano de hierro. Un tipo desconfiado, inflexible y aprensivo. Dueño de una mirada fría, distante, calvo y con dos hilos de acero por labios, que, cuando intentaba sonreír, sólo eran un remedo, una burda mueca.
Cómo resistió aquello hasta el 69, fecha en que se dio, como el mismo decía, el piro, es difícil de entender para el que no haya vivido aquellos años. Quizá, sólo se quedó más tiempo por mí. Me amaba profundamente, y yo, naturalmente, le correspondía, eso, y su vieja armónica, que siempre llevaba encima y tocaba a todas horas, fueron su luz en la oscuridad de la noche, en aquella noche de diez años. Sinceramente, estoy convencida, esperaba algo.
Tuvo un amigo en aquél siniestro lugar del que una servidora no supo nada hasta años después, cuando, ya lejos de aquella pesadilla, conversábamos paseando, cogidos de la mano como dos quinceañeros.
Un viejo celador, antiguo militante confederal, fue su hilo de Ariadna. Una carta de puño y letra de Zac, llegó, merced a este compañero, adonde tenía que llegar. Corría el año 68, y las cosas parecían moverse en Francia, y, muy tímidamente, también en Barcelona.
A finales de ese año tuvo su primera y única visita. Un hombre negro, un músico norteamericano, según supe después, vino a verlo. Le trajo, aparentemente, sólo algo de ropa, pero, en realidad, traía también documentos y un oscuro muñeco hecho de madera. Vudú, me dijo, cuando lo encontré, mientras lo esperaba en la vieja sala de calderas, un lugar olvidado de todos, donde teníamos nuestro nidito de amor.
Si le apetece –corté, algo cansado-. Hacemos una pausa y tomamos un café mientras cambio la cinta.
Ahora se la veía altiva y orgullosa, bella, a pesar de su edad.
Mientras yo prepara el café, puso en el viejo tocadiscos un LP de Miles Davis.
Al oír el Time After Time me estremecí, aquella canción me remitía a otros tiempos, donde yo, sólo y perdido, buscaba una luz en la oscuridad, el brillo fugaz de unos ojos, los ojos de mi Nicole.
Fue entonces cuando sentí que algo no cuadraba, mentía o no decía toda la verdad.
-¿Qué pasó después de su fuga? –pregunté, cambiando de tema.
-Marchó a Paris –contestó-. Se estableció allí, y con ayuda de unos compañeros montó una academia de música, donde daba clases de piano y solfeo.
Un año después, recibí, como habíamos quedado, una carta suya explicándome sus proyectos.
-Hay algo que no me cuenta –aseguré-. No me cuadra lo del vudú con la educación racionalista de Zac, ¿sabe que hay quién oye todavía la vieja armónica en lo que queda del edificio? ¿qué el despacho del regidor está gafado? ¿qué no hay político que salga indemne de aquél despacho?
Creo que fue cosa suya lo del ritual vudú, que Zac no sabía nada de aquello. Ya no tiene sentido ocultarlo.
-Tiene usted razón –reconoció, algo avergonzada-. El muñeco era mío. Fue un regalo de mi familia. Cuando me fui de Haití mi padre me lo regaló. Estaba tallado a mano por el poderoso brujo de la aldea de mi abuela. Podía usarse contra cualquier persona, con la sola condición de ponerlo en contacto con alguna prenda de la victima, y hacer, posteriormente el ritual del gallo.
Lo escondí en el despacho del director con la esperanza de que aquél cabrón fanático lo tocara. Aproveché la noche que Zac se marchó. Maté al gallo en su despacho, le corté la cabeza encima de la mesa.
Al cabo de un año, sor Angustias, mi compañera de celda, encontró el muñeco en una papelera, justo al lado del despacho de aquella alimaña. Recordé todo el daño que aquel cabrito le hizo a Zac, cómo le confiscaba la armónica durante meses, por puro capricho, por verlo abatido, por hundirlo en la locura.
Entonces realicé un sortilegio haitiano que tenía como fin enloquecer a la victima. Maldecir su hogar para siempre. La noche de la fuga de Zac, durante un oscuro ritual, le clavé una aguja de acero al muñeco en la cabeza.
Por lo visto funciona todavía –dijo, sonriendo-. Cuando yo muera, dejará de ser eficaz por falta de energía vital.
-Salvo que me lo deje a mí en su testamento –insinué-. Así seguiríamos jodiendo al cantamañanas de turno indefinidamente.
Reímos como niños traviesos.
Cuando mi venganza hubo concluido, colgué los hábitos y me fui a Paris.
Vivimos felices en un pequeño apartamento del barrio latino hasta el 77, año en que regresamos a Barcelona.
Una vez aquí, alquilamos una planta baja en el barrio de Sants, y entonces Zac abrió una pequeña academia de música y se dedicó a escribir canciones. Blues naturalmente. No podía ser de otra manera.
-Lucy –inquirí-, necesito una prueba, algo tangible que disipe las dudas que la familia pudiera tener acerca de Zac.
Se levantó del sillón sonriendo dulcemente. Avanzó con energía, perdiéndose a lo largo de un estrecho pasillo. En ese instante comenzó a sonar una armónica. Di un respingo, me levanté impulsado por un resorte y fui tras sus pasos hasta llegar a un pequeño patio interior. Allí, sentado en una mecedora, tocando una vieja armónica que yo ya conocía, estaba el bluesman.
Sostiene que lo persiguen sus huellas...las huellas que el mismo va dejando por ahí. Ese despacho está gafado, maldito.
Unos lo creían a pie juntillas, otros, en cambio, decían que aquello solamente eran paparruchas supersticiosas. Pero, lo que es seguro, es que ninguno le hubiera cambiado el despacho al regidor.
Era allí, según cuentan, donde las energías negativas, medidas una y otra vez, por una funcionaria con fama de vidente, tenían más vitalidad. Las malas vibraciones, tenían en aquél lugar su cuartel general. Parecían fluir a través de la puerta y extenderse por todo el edificio.
Es el regidor de turno quién las proyecta, comentaban. O eran los gritos proferidos, con muy mala leche, por las almas de los perturbados que las habitaron durante largas décadas, y que se vieron abocados, a causa de las necesidades democráticas y descentralizadoras del municipio, a una fúnebre diáspora.
Al parecer, el consistorio necesitaba el edificio más que los ancianos enfermos que tenían allí su hogar postrero, apuntaba algún otro.
Sea como fuere, no había regidor que saliera indemne después de haber ocupado durante un tiempo aquél despacho.
En las noches de luna, según averigüé más tarde, sonaba una armónica enloquecida y genial. Un ritmo, un viejo blues del delta, llenaba las solitarias estancias del edificio durante las mágicas noches, sin que, nunca nadie, hubiera dado con el responsable de los lunáticos conciertos.
Se busco en sótanos, desvanes y altillos. Por más que se investigó, nunca se supo de donde provenía aquel lamento bello y desgarrador que se adueñaba de las estancias municipales durante aquellas nocturnas horas.
Pero mejor será comenzar por el principio. Fue la casualidad, la que dirigió mis pasos hacia aquella vieja y oscura historia.
La tarde de aquel miércoles estuve en la villa Olímpica, en el despacho de Joan, un viejo amigo abogado. Tenia que hacerle una consulta sobre mi raquítica pensión. Era un atardecer de finales de primavera. En cuanto acabó su jornada nos fuimos a tomar unas copas por la zona.
Matías -me dijo, mientras paseábamos por la Av. Icaria- tengo un encargo. Un trabajo para alguien a quién no le importe ir por ahí y hacer unas cuantas preguntas.
Entonces me habló del bluesman. Había recibido instrucciones, un dossier y un generoso cheque. Una familia americana, de Memphis concretamente, buscaba información sobre un tío-abuelo que, según parece, marchó hacia Europa en 1955.
-Como bien sabes –comenzó- hace muchos años estuve implicado en la defensa de los enfermos del mental, que, en los albores de nuestra esquelética y tierna democracia, fueron desposeídos de su hogar y desperdigados sin ton ni son, porque a las flamantes autoridades del consistorio les pareció que aquél lugar sería ideal para instalar la sede municipal de Nou Barris.
Un antiguo celador de la institución mental les sugirió mi nombre cuando vinieron a verlo. Fermín contestó un anuncio de La Vanguardia donde se solicitaba información sobre un tal Zacarías Palop, músico de blues y gran especialista de armónica, a quién daban, debido a su enfermedad, por fallecido o desaparecido.
La familia estuvo dos semanas en Barcelona el último invierno. Tiempo a todas luces insuficiente para averiguar cosa alguna.
No supe nada de este asunto hasta el miércoles pasado, cuando vino Fermín a verme. Traía toda la documentación que la familia del desaparecido había conseguido reunir. Es muy poca, ellos eran niños cuando marchó, y sus mayores nunca hablaban del asunto. Lo desterraron de su memoria cuando desapareció. Ahora, fallecidos los progenitores, sus sobrinos querían saber de su tío, al que creían muerto en Europa.
Me enseñó el talón y, cuando vi la cantidad, cogí el escuálido informe y le dije: De acuerdo, si todo va bien te llevas un veinte por ciento, si va mal no me debes nada.
En cuanto llegué a casa miré el contenido de la carpeta. Era un sobre mediano de color marrón con tres escasos folios: una breve nota escrita de puño y letra, dos viejas fotografías y una hoja fotocopiada de un viejo periódico de Memphis con fecha de 1951.
Puse un CD de Eric Clapton (Me and Mister Jonson), me senté en el destartalado sofá y encendí un cigarrillo mientras el blues lo invadía todo.
En las viejas fotografías se veía a un joven de unos veinte años. En una, solo, sentado en un porche de madera, tocando la armónica con los ojos ligeramente desorbitados. La otra me llamó más la atención. Estaba de pie, junto a un árbol enorme, con una bella chica de color, algo más joven que él, que lo miraba con ojos de luna. En el reverso de esta última, había una nota escrita en inglés con letra femenina, una dedicatoria que, más o menos, venia a decir: Para Zac, con todo mi amor. Nicole
Volví a la primera fotografía, la miré con fijeza. Era vieja, pero con buena resolución. Un trabajo profesional. Mi atención se clavó en el instrumento y, de pronto, sentí un cosquilleo en la coronilla. La vieja armónica del bluesman, pensé.
Atendiendo a mí intuición, la escaneé con toda la resolución que pude. Con la foto ampliada, y mucho más clara, pude fijarme en los detalles. El Gimp hizo el resto. Recorté y volví a ampliar. Ahora tenía un primer plano del pequeño instrumento, donde se podía ver, algo desvaído, pero con meridiana claridad, una inscripción: Zac P.
En la nota manuscrita, sólo un nombre y un número de teléfono con prefijo de Barcelona. Fermín Posadas era el hilo del ovillo a desentrañar. Marqué y esperé... no estaba, no obstante, pude dejar un breve mensaje en el contestador.
Mi atención se detuvo entonces en el documento. Tres folios. Poco es, me dije.
Mi objetivo era estadounidense. Un refugiado de la diáspora republicana de nuestra guerra civil con simpatías anarquistas. Obtuvo la nacionalidad americana gracias a su padre, un reputado médico catalán, a quién el Imperio no puso impedimento alguno cuando decidió solicitar la nacionalización en 1948. Su filiación libertaria no fue un obstáculo, a pesar de los malos vientos que corrían en el país, debidos al fervor anticomunista que se gestaba en la sociedad norteamericana de la época.
Nacido en Barcelona el año 1920. Salvo la primaria, su educación fue norteamericana. Estudios superiores de música. Dominaba con soltura tres lenguas, catalán, castellano e inglés, y se defendía en gabacho, que aprendió de su madre, y practicó en las calles del barrio francés de Nueva Orleáns.
La madre, enfermera, de padre catalán y madre francesa, afincada en Barcelona.
Una familia anarquista de tradición que vino a vivir a Barcelona en 1915 huyendo de la Gran Guerra que asolaba el país vecino y buscando el calor revolucionario que rebullía en la ciudad aquella década.
La juventud, repartida entre nueva Orleáns, donde vivía con su familia, estudiaba y callejeaba por el barrio francés, y en una granja cercana a la ciudad Memphis, de la que era propietaria una hermana de su madre, donde pasaba las largas vacaciones de verano
Allí fue donde conoció a Nicole. Nicole era una bella muchacha en su plenitud. Hija de la cocinera negra a la que su tía hacia trabajar como una esclava seis días a la semana.
El padre de Nicole era medio brujo y cantante de blues. Un tipo misterioso, con fama de conocer las negras artes de los rituales vudú.
Al parecer, su relación con Nicole llegó a ser conocida por todos. Ésa, fue la causa de su desgracia.
En aquellos tiempos no estaban bien vistas ese tipo de relaciones en el Sur. Atrajeron las iras de los grupos racistas locales, y lo pagaron.
El pequeño informe, entonces, me remitía al recorte periodístico. Estaba en inglés, pero en el reverso de la vieja fotocopia había unas notas en castellano.
Hice una pausa, me levanté, busqué un CD de Luther Allison. Mientras sonaba Bad love encendí un cigarrillo y traté de ponerme en el pellejo del bluesman.
Los pillaron “in fraganti” en una vieja granja abandonada cercana a la de sus parientes. A él, lo dejaron tirado en la entrada de la casa de sus tíos y prácticamente muerto a golpes. Con ella se ensañaron. Brutalmente golpeada, quemada con cigarrillos, violada y estrangulada. Abandonaron el cadáver junto a una ciénaga pestilente próxima al lugar de sus encuentros amorosos.
Zacarías tardó un año en recuperase de las heridas físicas, pero las emocionales ya no le abandonaron jamás. Nunca volvió a Memphis. Ni quiso ver a sus tíos. Se perdió en los bajos fondos de Nueva Orleáns.
Alcohol, drogas, blues, y poco después, una canción: Nicole. La única que compuso él, o, al menos, la única de la se guarda constancia, lo enloquecieron.
Me levanté del sofá pensando: si sigue vivo debe estar en las últimas. Tendría una edad muy avanzada en caso de no haber muerto. Algo bastante probable, dadas las circunstancias que rodeaban la vida del músico. Menudo culebrón.
Busqué en el ordenador algo de blues. Seleccióne Chill Out, de John Lee Hooker, y lo dejé sonar. Aquél cd me remitía a mis propios sentimientos de desesperanza. Quería estar, en la medida de lo posible, en el pellejo del bluesman.
Nicole... –susurré.
El bluesman, pasó su año recuperación en Nort Little Rock, Arkansas, junto al río del mismo nombre, justo en la frontera entre el estado de Mississippi, y el del propio Arkansas, muy cerca, pero, a la vez, muy lejos, de los paisajes de su tragedia, como si el bluesman, inconscientemente, quisiera olvidar, y, al mismo tiempo, seguir teniendo cerca, las emociones, los sentimientos, la luz de los ojos de su Nicole.
Así se sentía el convaleciente bluesman en el 52. Sentado en una mecedora algo tronada, debajo de un porche de madera con su querida armónica al lado, oyendo, viendo, entre canción y canción, el incansable fluir del río Arkansas camino del delta, del mar Caribe.
Nueva Orleáns, el barrio francés... suspiré, fue entonces cuando supe cómo se encontraba el bluesman, cuál era el ánimo del músico aquel triste año. Sintiendo cómo el recuerdo de su tragedia perdía intensidad y, no obstante, a la vez que apaciguaba su dolor, fijaba por siempre en su corazón, en su memoria, la luz de los ojos de su Nicole.
Junto al río, lo atrapó la canción, su única canción conocida.
Sonreí como un niño pillado en una travesura. Quién no tiene, o ha tenido, los ojos de una Nicole clavados en la memoria. El tema Well Meet Again era para mí un equivalente de su canción. Ese sentimiento era un punto seguro para partir en busca del viejo bluesman.
AL
Dos días después de leer el informe, tenía localizado a Fermín, y una cita pendiente con él, al día siguiente, en una plaza del barrio Porta.
Desde que leí los documentos mi curiosidad fue en aumento. Los numerosos interrogantes danzaban, como huríes de ojos oscuros, ante mis ojos. Azúcar moreno bailando a mi alrededor.
Antes de acostarme, revisé las notas que había tomado sobre Zac. Esbozos, indicios, más o menos claros, de su personalidad. Un montón de conjeturas, nada sólido todavía. Pero eso puede cambiar mañana -musité delante del espejo, justo antes de apagar la luz.
Dando vueltas, no podía dormir pensando en el Fermín de marras. Un antiguo celador que, luego, mediante unas oposiciones internas, pasó a trabajar en el departamento de administración, lejos de mi, más que probable, objetivo.
La cita con Fermín no tuvo historia. Apenas diez minutos sentados en una plaza.
Mientras daba de comer a las palomas, me fue contando lo poco que sabia del bluesman. Apenas nada, nunca leyó su expediente, pero, recalcó varias veces: “El director odiaba a Zac sin razón aparente”. Hubo rumores de un lío de faldas con una de las monjas, rumores malintencionados -aseguró. Nada se pudo probar, y la monja, según él, estaba fuera de toda sospecha.
Al despedirnos, me dio un número de teléfono y un nombre: Alfonso Corrales, celador del hospital.
Nada mas llegar hice la llamada. Quedamos en su casa al día siguiente. Vivía al final de la carretera que une Horta y Cerdanyola, cerca de un antiguo merendero. Una casa en la montaña con un pequeño jardín mirando al Valles.
Di con la casita a la primera. Toqué al timbre y esperé unos minutos. Quizá sea un poco sordo, pensé, al no obtener respuesta. Volví a insistir... nada, ni flores. Siguiendo el alto seto fui dando la vuelta al pequeño chalet hasta llegar a la parte trasera. Allí el cercado era menos denso, pero seguía sin ver nada. Habíamos quedado por teléfono, así que no debía andar muy lejos.
-Don Alfonso –grité voz en cuello.
-Si, si, le oigo –contestó una enérgica voz-. Ya le abro.
Desandé mis pasos hasta la puerta. Cuando abrió, me encontré con un anciano de rostro curtido, pero que, a pesar de los años, desprendía una gran vitalidad.
Pase, le esperaba –dijo, abriendo la alta verja.
Mientras unos penetrantes y astutos ojos verdes me examinaban como si fuera un caballo, me fijé en el cuidado jardín delantero, donde, un bello jazmín y un cerezo, adornaban el cuidado césped
Venga por aquí, y tenga cuidado con los rosales –me previno, caminado ligero hacía la parte de atrás de la casa.
No vi ningún rosal, en cambio, unas cuidadas y frondosas plantas de marihuana, en fila india a lo largo del breve sendero, me acompañaron hasta el jardín trasero.
-Este es el lugar más preciado para mí. Este porche, es el bálsamo de los días postreros. Una buena razón para seguir viviendo –me largó, al sentarse en el cómodo sofá de madera lleno de coloridos cojines que, amplio, luminoso, acogedor, ocupaba una esquina de la fresca estancia.
El tipo, a todas luces, sabía lo que se pescaba. Los ojos inquietos, curiosos y ágiles, así lo aseguraban.
Siéntese –dijo, señalándome el sillón de color oscuro con un ademán.
Usted dirá –continuó.
-Don Alfon...
-Llámeme Al –atajó-, como Capone, es más de mi cuerda. ¿No le importará que yo lo llame Matt? –preguntó.
-En absoluto, Al. –contesté, siguiéndole la beta.
-Fermín me puso al tanto por teléfono –dijo, guiñándome un ojo-. No suelo tener demasiadas visitas Matt. Usted me cae simpático, inspira confianza. Se nota que sabe lo que es pasarlas moradas.
En este asunto es mejor no dar nombres –aseguró, mirando a todas partes-. A este lado del jardín no llegan las miradas indiscretas, ni los oídos curiosos -recalcó, entornando los ojos.
Llegó al mental con lo puesto y hecho un guiñapo. Lleno de moratones y en estado de shock. Una vieja armónica era todo lo que llevaba encima, su única posesión material.
Tardó meses en recuperarse físicamente, entonces comenzó a tocar, sobre todo las noches de luna. Era un maestro con ese pequeño instrumento. Nos entretuvo durante años.
Pasado un tiempo llegó la monja. A partir de ahí, su razón mejoró a ojos vistas. Se le veía contento. Comenzó a tocar el órgano que teníamos en la capilla, algo, que le costó mucho conseguir.
Al director no le caía bien aquél músico que hablaba la lengua del imperio con un extraño acento. Bastaba que Zac solicitara algo para que el otro le diera largas sin motivo alguno.
Cuando llevaba unos años internado comencé a sospechar que era un simulador, pero las razones que pudiera tener para seguir en un sitio tan deprimente se me escapaban.
Ese sombrero que ve ahí –continuó, cambiando de conversación- es una copia legítima del de John Lee Hooker.
Miré el sombrero.
-Tiene usted razón –contesté-. Parece recién birlado de la cabeza de Hooker.
-Le prevengo que no sé gran cosa del asunto. Zacarías no hablaba mucho, y los empleados que tenían acceso a su expediente padecían un mutismo congénito en lo referente a su persona.
Lo poco que llegué a saber lo fui descubriendo con el paso de los años. Retazos de conversaciones atrapadas al vuelo durante mis idas y venidas por los pasillos, y lo poco que él contaba en las escasas ocasiones en que estaba comunicativo. ¡En fin! poca cosa.
Era un amante del blues, de la música negra en general. Lo creíamos nacido, por alguna extraña casualidad, en el sur de Estados Unidos, donde, eso es seguro, recibió educación musical.
Camarillo, repetía con la mirada perdida. A veces creía estar en el hospital de California donde estuvo Charlie Parker. Entonces tocaba su canción preferida: Nicole. Una gran canción, a todos nos gustaba oírsela cantar. Allí, sentado debajo de las palmeras cercanas a la entrada principal, todos supimos, al oírlo tocar la armónica, que Zac era músico de blues sin ningún genero de duda.
Alguna vez lo sorprendí mirando con ojos tiernos a Lucy, la monja mulata con la que soñábamos todos, enfermos y empleados.
¿Qué le parece mi jardín? –preguntó, cambiando de onda.
Me cae usted bien Matt -aseguró, sin darme tiempo a decir nada.
Lo escuchaba observándolo todo a mí alrededor: tomateras, judías, pimientos, algunas cebollas y hierba por un tubo.
Un invernadero enorme al fondo, en un talud del que, desde allí, sólo se podía atisbar el transparente techo.
-¿Le gusta mi jardín Matt? –inquirió, al ver mi actitud.
-Desde luego Al –respondí-. Está usted preparado para el Apocalipsis.
-Mucha hierba le parece –observó, al notar mi estupor-. Quizá tenga usted razón, pero mi magra pensión y mis aficiones se han unido de forma inquebrantable en este asunto.
¡Qué quiere que le diga! Saco cinco kilos limpios de hierba durante la temporada de verano. En invierno, apenas kilo y medio. Uno me lo apalanco para mí. Lo mejor, no le quepa duda. El resto lo vende un antiguo camarada de la legión que trabaja aquí cerca. Es vigilante nocturno en el cementerio de Collserola. Todo un muermo. Si no hiciera algún trapicheo de vez en cuando su vida no tendría sentido.
No siempre fui celador Matt –continuó, sonriendo pícaramente-. Dejé el seminario unos meses antes de tomar los hábitos y me alisté en la legión. Ya ve los vuelcos que nos hace dar la vida.
Con esto tengo una economía desahogada, pero sin despilfarros. Una llamadita al puticlub de aquí al lado de vez en cuando. Un viaje a Ceuta cada año y poco más, la edad ya no da para excesivos dispendios físicos.
Zacarías –dijo, alzando bruscamente la voz- tenía un expediente que nunca vi. El director lo guardaba aparte, lejos de miradas indiscretas.
Sor Lucy era un encanto, jovencita y bien parecida. Nunca comprendí que clase de desengaño pudo llevarla tan lejos de su tierra. Cuál fue la causa que la empujó a acabar en aquél sórdido lugar.
Una Big-Band de instrumentos desafinados, decía Zac. Fue por eso. Se hartó de tanto desafine generalizado a su alrededor. Me parece que fue por eso. Debió ser por eso que, el bluesman, después de once años, cogió el tren de medianoche.
Se organizó un gran revuelo. Se llevó su expediente del despacho del director. Dejó la cabeza y plumas de un gallo en la mesa, y la sangre del ave salpicada por suelo y paredes. Una nota encima del sillón del despacho. Vudú, era todo lo que había escrito en la misiva. Esas palabras trastornaron al director. Ya no volvió a ser el mismo. Se convirtió en un excéntrico y, dos años más tarde, se colgó de una de las palmeras, junto a la verja de la puerta principal.
Qué se joda. Era un facha, un déspota hijodeputa, merecía estar muerto.
Sor Lucy nos dejó. La vi marchitarse lentamente tras la fuga de Zac. Colgó los hábitos al poco de morir el director. No la volví a ver hasta diez años más tarde, en las Ramblas, paseando con una amiga. Me la tropecé y nos reconocimos. Después de un café y una corta charla, intercambiamos teléfonos, noticias sobre este o el otro. La vi contenta. Satisfecha. Me alegré por ella.
Para Lucy todo aquello fue muy doloroso, y quizá recordar... Tenga cuidado, trátela con mucho tacto cuando la vea. Si es que ella desea verlo, cosa que no tengo clara. No la atosigue, ni la presione. Vaya despacio, déjela hablar… y ni se le ocurra ir con esa pinta de jevi metal chungo que me trae usted hoy.
Vamos dentro –dijo, levantándose-. Hago un poco de té y nos fumamos unos canutos a cuenta de la salud del bluesman.
Sentados en la cocina, lo observé con atención. Parecía sincero pero algo paranoico. Quizá fume demasiada hierba, me digo. Se movía con agilidad a pesar de los años y sabía apañárselas solo, de eso no hay duda, corroboré, mirando a mi alrededor: Una cocina limpia, bien abastecida y luminosa daba fe de ello.
-Al loro con Cleopatra -me advirtió-. Es una gata con mucho carácter. Hay días que está intratable. Pero tranquilo, usted le gusta y hoy parece de buen humor, si no ya le habría saltado encima. Supongo que le deben ir los jevis.
A los curas, testigos de Jehová, y demás fauna religiosa les tiene declarada una guerra sin cuartel. Por eso me hace compañía, es atea y no está para hostias, como yo.
Nos vamos a tomar, si no le importa, un té psicodélico. Cada semana me preparo una garrafita de dos litros y me la reparto a discreción.
Me cae usted bien –afirmó, mientras preparaba la pócima-. Le voy a regalar, sin que sirva de precedente, unos cogollitos de mi reserva especial. Lo veo algo empanado con eso de andar por ahí preguntando. Cuando necesite desconectar se me fuma un petardito de esta joya de la naturaleza.
-Si –aseguré-, mientras dure este asunto me vendrá bien un porrito de tanto en tanto. A veces, lo mejor, en caso de duda, es recurrir a la madre naturaleza.
Al –continué, después de unas caladitas-, son los interrogantes los que me desorientan. En cuanto cierro uno, ese mismo acto abre otros. Tiro de un ovillo enmarañado, de recuerdos lejanos, que la memoria con el tiempo reinterpreta. Todavía no tengo claro, con la información de que dispongo, qué testimonio es fiable y cuál no, qué partes intentar verificar antes de seguir adelante, qué descartar.
Quince minutos más tarde yacía semiinconsciente en un sofá. Postrado como una rata envenenada. Al abrir bruscamente los ojos me encontré en una salita neohippy, y sonaba, lejana, una canción de John Mayall.
Bliss, remember bliss, tarareaba mi anfitrión desde la cocina. El viejo legía parecía inofensivo, pero de eso nada, el muy cabrón sabe más de lo que cuenta. Está poniendo señuelos, mareando la perdiz, porque desconfía de mis intenciones.
En cuanto me despejé volví a la cocina, me senté, y le dije sonriendo: Al, dejémonos de cuentos, saque la reserva especial. Tenemos que conocernos a fondo. La noche acaba de empezar…, y será muy larga.
Hizo una llamada, y después comentó: Matt, hoy remataremos la noche con unas vecinas muy complacientes…
El legía seguía inconsciente después de que casi le diera un pasmo. A las tres de la mañana se quedó clavado con Rosita encima.
-Fue una falsa alarma, sólo un desmayo debido a la edad, o a la grifa -aseguró el facultativo-. No es la primera vez que le atiendo. Tiene que dosificarse. Las mujeres a su edad pueden ser mortales. Se lo tengo dicho, pero no escarmienta.
Que duerma todo lo que pueda y como nuevo. Aquí, como lo ve ahora, medio pajarito, tiene el corazón mejor que usted y yo.
Cuando el médico se marchó, las dos chicas me cogieron por su cuenta.
Querían quitarle el mal sabor de boca a un guapo cliente nuevo, dijeron entre risas. La noche estaba pagada, y tenían que ganárselo.
-Somos muy puntillosas. Profesionales de pies a cabeza –aseguraron a dúo, al tiempo que se iban desnudado, lenta, maravillosamente.
Entrada la mañana, mientras despedía a Rosa y Sofía, los dos pimpollos del vecino puticlub, palpé la nota que llevaba en el bolsillo.
Sonreí al cerrar la verja. Por fin tenía en mis manos una pista verdadera. La dirección y el teléfono de Lucy. Era ella, sin ninguna duda, la clave de aquel misterio.
Mientras desayunaba tomé unos apuntes vigilando de reojo a Cleopatra, que parecía mirarme con recelo ahora que no estaba su dueño. Esperaba que Al volviera al mundo de los vivos, pero fue imposible.
Se me hacía tarde. Recogí su obsequio, la caja de puros llena de su mejor elixir, y le dejé una nota de agradecimiento en la mesa de la cocina.
Cuando cerraba la puerta de la calle, me dije sonriendo: A veces se encuentra un oasis en la ruta.
Sentado en el autobús repasé mis notas. No me cabía duda, Zac era el tipo que buscaba. Pero necesitaba algo más que convicciones. Alguna prueba que convenciera a sus parientes de que mi Zac era el que buscaban.
Observaba con ojos chispeantes el frondoso paisaje a través de las ventanillas del destartalado autobús, que parecía ahogarse durante el sinuoso recorrido, serpenteando agonizante montaña arriba, camino del barrio de Horta.
Por la tarde ordené mis apuntes. Tenía que redactar un informe para Joan. Un informe lleno de conjeturas. No hubo manera. Decidí cambiar de táctica, encendí el ordenador, puse algo de blues y esperé...
Siguiendo un impulso di rienda suelta a las palabras, me levantaba, fumaba, y me volvía a sentar. Hice, deshice, enredé, desenredé, rehice. Mis ideas se iban clarificando a medida que el texto avanzaba, retrocedía…, y saltaba de nuevo, ahora si, hacia delante. De pronto, supe qué coño pintaba el vudú en aquella historia.
Tras finalizar el papeleo descolgué el teléfono y saqué la nota que llevaba en el bolsillo, respiré hondo y marqué un número local. Fue más fácil de lo que esperaba. En unos minutos concreté una cita con Lucy, la persona que, posiblemente, sabía más sobre el músico.
LUCY
Vera usted –comenzó-, Zacarías, era, a su manera, un simulador. Un poco tocado estaba, pero no más que cualquier otro que haya pasado por experiencias aterradoras. Un hombre guapo, según mi parecer. Aunque la mayoría fuéramos monjas, a todas nos gustaba. Alto, de pelo negro, ojos claros, de un dulce mirar que, a veces, se trasformaba en duro, indomable. No. No era violento, simplemente, en esos momentos, no se le podía engañar.
Su penetrante azul se te clavaba como una daga, entonces te sentías culpable por no ser sincera, y él, te miraba condescendiente, con aquella mirada que te hacía sentir culpable y bastante tonta.
Cuando quería, o podía, nunca lo supe, asomaba su cara de luna, el fugaz rostro de un romántico impenitente.
Al llegar al mental, yo era una monja jovencísima y bastante ñoña, que se creyó todos los rollos que le habían largado los jesuitas. Así lo conocí, a los 19 años, con su trastorno alejándose poco a poco de la memoria. Me gustó a las primeras de cambio, así que procuré evitarlo durante un tiempo.
Acabamos liados igualmente, sólo que tardamos más. Ya ve usted que gracia, era capaz de meterme mano y tocar la armónica al mismo tiempo, eso sí, ayudado por un artilugio que el mismo se fabricó.
Zac no era como los demás, su expediente tenía lagunas, no constaba absolutamente nada sobre su identidad, apenas cuatro conjeturas de su pasado, el resto, ficha médica.
Su expediente completo lo guardaba el director en su despacho. Un despacho siempre cerrado a cal y canto.
Hasta donde sé –continuó-, marcho al exilio a finales del 38 con toda su familia, justo al cumplir los 18. Del porqué no se alistó, me contó en una ocasión, la culpa la tuvo el amor. Enamorado de una miliciana diez años mayor que él, y que lo puso, como él solía decir, al corriente, apasionadamente, en los misterios de amor.
Al morir ésta en el frente de Aragón, en la primavera del, para él, maldito año 38, se hundió en una profunda depresión que le impidió alistarse y combatir. Morir por una causa que valía la pena.
La música –decía-, siempre lo rescató. Era su talismán.
Hizo una pausa, levantó la cabeza y me miró.
Aquellos ojos eran de una Nicole. Como los de su Nicole, seguro, me dije.
Lucinda, a pesar de sus años, era una mujer de buen ver, de mediana estatura y sonrisa dulce, pero con la ancestral sabiduría de su caribe natal. Una mulata de rompe y rasga.
Pensé: De joven debía ser una fiera de cuidado. Al final, el músico encontró lo que buscaba.
Llegó a Paris en el 56, creo –prosiguió-. Tocaba en los clubs de Paris. En otras ciudades francesas, en Bélgica, en la costa italiana y francesa. Alternando el trabajo de músico con el de profesor de piano, se ganaba la vida en la ciudad de la luz.
Y, según creo, alguien debió recocerlo, algún refugiado catalán, un antiguo correligionario, un compañero de ateneo, no sé. Unos meses después de aquello, durante un mes al año, y al abrigo de su pasaporte norteamericano, comenzó a tocar en el hotel Manila de Barcelona.
Siempre sospeché que hizo de correo en sus idas y venidas a la ciudad. Se lo pregunté pasados unos años y en diferentes ocasiones, entonces me miraba con ojos de luna y sonreía, y a continuación, agarraba su vieja armónica y tocaba, para mí en exclusiva, la canción de Nicole. Ésa, era su respuesta.
Siempre que tocaba en el Manila había un inspector de la Social, me contó. Sentado en la barra, lo observaba tocar, tomando una copa detrás de otra, siempre a cargo del presupuesto.
Zacarías tenía un compañero en el Hotel, un cargo de responsabilidad, que lo previno, y lo ayudaba a sortearlo, cuando quería vagar por la ciudad, persiguiendo, creo, el eco de sus pasos.
La noche fatal, Zacarías, siempre según un testigo de confianza, comenzó a temblar mientras tocaba, a tener convulsiones, hasta que cayó desplomado. Se recupera en urgencias, en el Clínico. Dos horas más tarde, sale por su propio pie, tranquilo y orientado, según consta en el informe que se hizo de su desaparición.
Según me contó, al salir del Clínico lo esperaba un coche gris con tres tipos dentro. La Social se lo llevó aquella noche. Estuvo retenido en algún lugar. Una casita de Collserola, o, al menos, dada la corta carrera del vehículo y el escaso ruido urbano del lugar de su reclusión, eso creía él.
Los primeros días fueron golpes, después inyecciones. A partir de ahí no recuerda nada más. Su conciencia despertó de nuevo en el mental.
Oficialmente, esa noche, no se sabe por qué, Zacarías se esfumó como por arte de magia. Su equipaje desapareció o fue robado esa misma noche.
El consulado americano se creyó, o hizo como si se creyera, aquella endeble historia plagada de lagunas que no debía convencer ni a sus autores.
Un mes después de la desaparición, ingresó Zac en el mental. Sin filiación alguna, un auténtico paria, olvidado para el resto del mundo, lleno de cardenales y con un brazo en cabestrillo. Corría el año 58 o 59, y Barcelona era una ciudad gris, una sombra putrefacta de lo que fue.
A esas alturas de la conversación sus ojos se cerraron, su rostro tembló, y rompió a llorar desconsoladamente. Le acerqué un pañuelo, que agradeció entre lágrimas.
-Todos moriremos Lucy, es nuestro destino, -le dije, con voz suave y cálida-. Él tuvo una larga vida. Fue feliz a su lado. Algo que, usted y yo, sabemos merecía.
De pronto levantó la cabeza sacudiéndose el pelo, y sus ojos volvieron a brillar como relámpagos negros.
Trabajó en la panadería -continuó con voz serena-. A unos pocos metros de la Plaza Llujmajor, en un extremo del enorme edificio, que, entonces, iba desde aquella plaza, hasta las casas baratas de Turó de la Peira. Una alta valla de piedra lo rodeaba a lo largo del Pº Verdún hasta, siguiendo el Pº Urrutia, dar la vuelta por detrás del mercado de la Guineueta, para, desde allí, continuando paralela al Pº Valldaura, llegar de nuevo a Llujmajor.
Como le decía, la panadería, la armónica y yo, eran sus aficiones, y, créaselo, nos costó dios y ayuda ocultar lo nuestro. Rodeados de monjas, y con el buitre del director, que solía visitarlo a primera hora de la mañana casi todos los días. Siempre cerca, como una hiena.
Estoy convencida de que la única razón que tenía aquel buitre para tanta visita era regodearse en su infortunio. Sin amigos en Barcelona que lo visitasen, lejos de su familia, y con una oscura historia detrás, Zac tenía todos los números para no salir vivo de allí.
El director era un psiquiatra mediocre y un fanático ultraderechista. Haber participado durante su juventud en la campaña rusa de la División Azul le reportó la dirección de la institución, que dirigía con mano de hierro. Un tipo desconfiado, inflexible y aprensivo. Dueño de una mirada fría, distante, calvo y con dos hilos de acero por labios, que, cuando intentaba sonreír, sólo eran un remedo, una burda mueca.
Cómo resistió aquello hasta el 69, fecha en que se dio, como el mismo decía, el piro, es difícil de entender para el que no haya vivido aquellos años. Quizá, sólo se quedó más tiempo por mí. Me amaba profundamente, y yo, naturalmente, le correspondía, eso, y su vieja armónica, que siempre llevaba encima y tocaba a todas horas, fueron su luz en la oscuridad de la noche, en aquella noche de diez años. Sinceramente, estoy convencida, esperaba algo.
Tuvo un amigo en aquél siniestro lugar del que una servidora no supo nada hasta años después, cuando, ya lejos de aquella pesadilla, conversábamos paseando, cogidos de la mano como dos quinceañeros.
Un viejo celador, antiguo militante confederal, fue su hilo de Ariadna. Una carta de puño y letra de Zac, llegó, merced a este compañero, adonde tenía que llegar. Corría el año 68, y las cosas parecían moverse en Francia, y, muy tímidamente, también en Barcelona.
A finales de ese año tuvo su primera y única visita. Un hombre negro, un músico norteamericano, según supe después, vino a verlo. Le trajo, aparentemente, sólo algo de ropa, pero, en realidad, traía también documentos y un oscuro muñeco hecho de madera. Vudú, me dijo, cuando lo encontré, mientras lo esperaba en la vieja sala de calderas, un lugar olvidado de todos, donde teníamos nuestro nidito de amor.
Si le apetece –corté, algo cansado-. Hacemos una pausa y tomamos un café mientras cambio la cinta.
Ahora se la veía altiva y orgullosa, bella, a pesar de su edad.
Mientras yo prepara el café, puso en el viejo tocadiscos un LP de Miles Davis.
Al oír el Time After Time me estremecí, aquella canción me remitía a otros tiempos, donde yo, sólo y perdido, buscaba una luz en la oscuridad, el brillo fugaz de unos ojos, los ojos de mi Nicole.
Fue entonces cuando sentí que algo no cuadraba, mentía o no decía toda la verdad.
-¿Qué pasó después de su fuga? –pregunté, cambiando de tema.
-Marchó a Paris –contestó-. Se estableció allí, y con ayuda de unos compañeros montó una academia de música, donde daba clases de piano y solfeo.
Un año después, recibí, como habíamos quedado, una carta suya explicándome sus proyectos.
-Hay algo que no me cuenta –aseguré-. No me cuadra lo del vudú con la educación racionalista de Zac, ¿sabe que hay quién oye todavía la vieja armónica en lo que queda del edificio? ¿qué el despacho del regidor está gafado? ¿qué no hay político que salga indemne de aquél despacho?
Creo que fue cosa suya lo del ritual vudú, que Zac no sabía nada de aquello. Ya no tiene sentido ocultarlo.
-Tiene usted razón –reconoció, algo avergonzada-. El muñeco era mío. Fue un regalo de mi familia. Cuando me fui de Haití mi padre me lo regaló. Estaba tallado a mano por el poderoso brujo de la aldea de mi abuela. Podía usarse contra cualquier persona, con la sola condición de ponerlo en contacto con alguna prenda de la victima, y hacer, posteriormente el ritual del gallo.
Lo escondí en el despacho del director con la esperanza de que aquél cabrón fanático lo tocara. Aproveché la noche que Zac se marchó. Maté al gallo en su despacho, le corté la cabeza encima de la mesa.
Al cabo de un año, sor Angustias, mi compañera de celda, encontró el muñeco en una papelera, justo al lado del despacho de aquella alimaña. Recordé todo el daño que aquel cabrito le hizo a Zac, cómo le confiscaba la armónica durante meses, por puro capricho, por verlo abatido, por hundirlo en la locura.
Entonces realicé un sortilegio haitiano que tenía como fin enloquecer a la victima. Maldecir su hogar para siempre. La noche de la fuga de Zac, durante un oscuro ritual, le clavé una aguja de acero al muñeco en la cabeza.
Por lo visto funciona todavía –dijo, sonriendo-. Cuando yo muera, dejará de ser eficaz por falta de energía vital.
-Salvo que me lo deje a mí en su testamento –insinué-. Así seguiríamos jodiendo al cantamañanas de turno indefinidamente.
Reímos como niños traviesos.
Cuando mi venganza hubo concluido, colgué los hábitos y me fui a Paris.
Vivimos felices en un pequeño apartamento del barrio latino hasta el 77, año en que regresamos a Barcelona.
Una vez aquí, alquilamos una planta baja en el barrio de Sants, y entonces Zac abrió una pequeña academia de música y se dedicó a escribir canciones. Blues naturalmente. No podía ser de otra manera.
-Lucy –inquirí-, necesito una prueba, algo tangible que disipe las dudas que la familia pudiera tener acerca de Zac.
Se levantó del sillón sonriendo dulcemente. Avanzó con energía, perdiéndose a lo largo de un estrecho pasillo. En ese instante comenzó a sonar una armónica. Di un respingo, me levanté impulsado por un resorte y fui tras sus pasos hasta llegar a un pequeño patio interior. Allí, sentado en una mecedora, tocando una vieja armónica que yo ya conocía, estaba el bluesman.
miércoles, 19 de septiembre de 2012
DDO (El manuscrito de Juan Fernández)*
Sentado en las escaleras del destartalado porche de la casa de su madre, Juan, rodeado de un silencio ensordecedor, esperaba la llegada de la policía.
Su madre yacía inerte en el sillón de la pequeña y cuidada biblioteca. Junto a ella y al lado de la ventana que daba al patio posterior de la casa, la vieja mesita donde solía leerle de niño. Sobre ella, una cafetera, la funda de sus gafas de lectura, un tubo vacío de somníferos, una taza de café y un ejemplar de 1984 de Orwell. Encima del libro, las gafas y un sobre con el nombre de su hijo escrito. La cuidada caligrafía de la madre no dejaba dudas sobre la autoría.
Poniéndole dos dedos en la yugular, comprobó si, como parecía a primera vista, su madre había muerto. No cabía duda, estaba fría como el mármol.
Dejó la habitación sin tocar nada, llamó a la policía y salió al porche.
La mañana era fría y gris, y un ligero chirimiri comenzó a caer a la par que él, caminando lentamente de un lado a otro del jardín, rompía a llorar desconsoladamente hasta que el ruido de la grava del camino le anunció la llegada de los agentes.
Desde hacía unos años, este tipo de muertes eran bastante frecuentes, por lo que los inspectores no solían hacer muchas preguntas en estos casos. Esperaban al resultado de la autopsia para ir más allá.
-Ha dejado una nota para usted. Parece una cita de algún libro -le dijo uno de los funcionarios.
No la toque -le advirtió al mostrársela.
¿Sabe qué puede significar?
-Ni idea. Como habrá podido comprobar, mi madre era una gran amante de la lectura. Quizá haya sido su manera de despedirse de mí.
Un par de horas después, el forense, la policía y el cadáver de su madre habían desaparecido. Pero él seguía allí, sentado en el porche con la mirada fija en el jardín que lo veía jugar de niño.
Fue entonces cuando un profundo sentimiento de culpa se adueño de su ser, y, en silencio, comenzó a rememorar los últimos años de su vida
El país se hallaba entonces en una profunda crisis económica, social y moral, lo que propicio una caída en barrena de las ideas y fuerzas progresistas. Un hecho que relegó a un apéndice irrelevante la representación de estas fuerzas en el parlamento.
Esto facilitó una sólida mayoría de la derecha más cavernícola, que supo aprovechar esa oportunidad para realizar los cambios constitucionales que, dos años después, dieron paso a la aprobación de la ley conocida popularmente como DDO (Real decreto de defunción obligatoria).
A partir de ese momento, conceptos como: extinción de la renta vital, cuota vital disponible, venta de renta vital etc. se fueron haciendo habituales en las conversaciones de los ciudadanos.
Según el FMI, la longevidad era profundamente antieconómica y atentaba contra la supervivencia de nuestro modo de vida. A partir de ahí, las grandes corporaciones de relaciones públicas y las empresas publicitarias, elaboraron un cuidadoso y gigantesco plan que cambió radicalmente el modo de pensar de la gran mayoría de las personas, que llegaron a internalizar los valores desplegados con gran maestría a través de los medios de comunicación de masas. Incluso la Iglesia, reticente al principio, a cambio de generosas ventajas fiscales y grandes aportaciones económicas directas, acabó por asumirlo y declaró en pecado mortal a todos los feligreses que se rebelaran contra la normativa. Al fin y al cabo, el paraíso los esperaba más allá de este valle de lágrimas.
Él mismo era funcionario del departamento que gestionaba la RVD (renta vital disponible) de los ciudadanos, y conocía perfectamente los mecanismos administrativos que se fueron poniendo en marcha a raíz de la entrada en vigor del DDO. Jefe de una sección en la oficina encargada del fraude vital, era uno de los responsables de localizar a los ciudadanos mayores de setenta años que habían huido de sus domicilios para no firmar el requerimiento judicial que los obligaba a presentarse en el Ministerio de Finalización dos días después de cumplir los setenta.
La RVD era un bien susceptible de ser comprado y vendido como cualquier otra mercancía. Todos los contratos de compra-venta de renta vital debían formalizarse en el RCV (registro de cuota vital) para hacerse efectivos. No había excepciones ni contratos privados con valor legal.
Toda persona que ocultase o diese apoyo a los huidos era reo de alta traición y condenado a fuertes penas de reducción de su CVD.
La administración era la encargada de comprar y vender la renta vital disponible de los ciudadanos que, por contrato, habían puesto fin a su vida sin agotar su cuota vital; para después, una vez descontada su suculenta comisión, repartir el dinero obtenido entre los beneficiarios del testamento del finado.
Los ciudadanos que querían vivir más allá de su CVD (cuota vital disponible) sólo tenían dos opciones: comprar renta vital u organizarse y hacer acopio de dinero y medicamentos amén de estar dispuestos a llevar una vida clandestina hasta el fin de sus días.
Juan formaba parte de la segunda promoción de rastreadores del Ministerio de Finalización, por lo que había trabajado en todas las fases de implantación del llamado DDO y conocía de primero mano la evolución que había convertido al MF en un mastodonte burocrático ingobernable.
Al principio los rastreadores no tenían mucho trabajo, la mayoría de los jubilados, imbuidos por la intensa campaña mediática, se presentaban convencidos en las instalaciones gubernamentales que los devolverían a sus seres queridos dentro de unas toscas urnas decoradas con los colores nacionales; pero, poco a poco, comenzaron a huir de sus domicilios. Con poca maña y ninguna estrategia al comienzo y gran habilidad y maestría en los años finales de aquella pesadilla.
La respuesta ciudadana fue trasversal, pues los altos precios de los bonos de renta vital hacían inasequible su compra para la gran mayoría de la población. Este hecho facilitó que jubilados y jubiladas de todas las profesiones llegaran a formar parte de la red clandestina más importante de nuestra historia. Médicos, militares, científicos, artistas, profesores, expertos de los diferentes servicios de información, falsificadores, ladrones, en fin, profesionales de todos los ámbitos de las actividades humanas, se conocieron en los diferentes centros clandestinos donde convivían.
Desde esos centros partieron las ideas y estrategias que acabarían por llevar al colapso al temido Ministerio de Finalización, que se desplomó y, como un castillo de naipes, acabó por arrastrar en su caída al resto del entramado institucional.
Nos cuenta Fernández lo mucho que se complicó la localización de los huidos al multiplicarse las fugas de forma generalizada y bien organizada. Este hecho fue fundamental en la caída del DDO, pues, si bien el gobierno tenía razón en cuanto al cuantioso ahorro en gastos sociales, sanitarios y farmacéuticos, no contaba que, con el paso del tiempo, el MF se había ido convirtiendo en una máquina gigantesca que fue devorando más y más recursos económicos y humanos hasta convertir en una falacia estalinista las supuestas ventajas económicas que ofrecía sobre el papel la implantación del DDO.
Los últimos años fueron años de complots y emboscadas, de lucha sorda, despiadada y sangrienta. Fue en el contexto de aquellos últimos años cuando aparecieron los odiados Finalizadores, una sección de asesinos que elegía a sus funcionarios entre individuos que presentaban rasgos psicopáticos muy acusados.
Otro hecho clave fue la capacidad y pericia que mostraron los resistentes en la falsificación de documentos, pues las circunstancias dieron pie a que llegasen a trabajar juntos expertos falsificadores y funcionarios que se habían dedicado a ello en su vida activa. Ésto facilitó en gran manera la movilidad de las diferentes colectividades clandestinas y una comunicación mucho más fluida con los grupos de apoyo que se habían ido organizando entre la sociedad civil.
El conocido como Manuscrito de Juan Fernández, es un valioso documento al que tuve acceso hace unos meses. Una amiga que trabaja en el archivo histórico del DDO se lo tropezó una mañana que, a petición de un periodista que debía escribir un artículo sobre una efeméride, buscaba los documentos relativos a la finalización de un conocido escritor.
Tuvo el detalle de escaneármelo, y lo tengo por el documento más importante de los que he podido reunir en toda una vida dedicada al estudio de la negra historia del DDO.
El DDO (Real decreto de defunción obligatoria) fue en realidad la punta de lanza de los grupos de poder interesados en instaurar una sociedad totalitaria en nuestro país.
Lo que más me sigue impresionando del que podríamos llamar testamento vital de Juan Fernández, es su drama personal. Las consecuencias fueron terribles para él. Incapaz de asumir el vergonzante trabajo que su marido desarrollaba en el odiado MF, su mujer lo abandonó llevándose a sus dos hijas consigo.
Sus veinte años de lucha clandestina como infiltrado en el MF lo convirtieron en un hombre solitario y taciturno. Incluso la madre, con la bofetada moral que le dio con su suicidio, pues fue el único beneficiario de su seguro, regalándole así los diez años de vida que ya no quiso vivir, renegó del hijo.
"Nada es verdad, todo está permitido", decía la cita literaria que su madre le dejó a modo de despedida.
Por lo que he podido averiguar, el último día de Juan Fernández transcurrió en la vieja casita que con tanto cariño había conservado, la casa de su madre.
Los libros abiertos de William S. Burroughs que se encontraron en la salita de lectura donde su madre le leía libros de aventuras cuando era un muchacho, nos cuentan que estuvo buscando un fragmento en la obra del autor de la cita que ella le había dejado quince años atrás.
A las cuatro y media de la tarde hizo una llamada al centro de emergencias. Después de colgar, cargó con una sola bala el revólver que lo había acompañado durante veinte años, se sentó en el sillón preferido de su madre y se pegó un tiro.
En la mesita, el manuscrito, encabezado por un parágrafo de la novela Nova Expres escrito con una caligrafía apresurada que rezaba así:
"He dicho que las técnicas esenciales de Nova son muy simples: consisten en crear y agravar conflictos."
*Para la revista "¡A les barriades!"
Su madre yacía inerte en el sillón de la pequeña y cuidada biblioteca. Junto a ella y al lado de la ventana que daba al patio posterior de la casa, la vieja mesita donde solía leerle de niño. Sobre ella, una cafetera, la funda de sus gafas de lectura, un tubo vacío de somníferos, una taza de café y un ejemplar de 1984 de Orwell. Encima del libro, las gafas y un sobre con el nombre de su hijo escrito. La cuidada caligrafía de la madre no dejaba dudas sobre la autoría.
Poniéndole dos dedos en la yugular, comprobó si, como parecía a primera vista, su madre había muerto. No cabía duda, estaba fría como el mármol.
Dejó la habitación sin tocar nada, llamó a la policía y salió al porche.
La mañana era fría y gris, y un ligero chirimiri comenzó a caer a la par que él, caminando lentamente de un lado a otro del jardín, rompía a llorar desconsoladamente hasta que el ruido de la grava del camino le anunció la llegada de los agentes.
Desde hacía unos años, este tipo de muertes eran bastante frecuentes, por lo que los inspectores no solían hacer muchas preguntas en estos casos. Esperaban al resultado de la autopsia para ir más allá.
-Ha dejado una nota para usted. Parece una cita de algún libro -le dijo uno de los funcionarios.
No la toque -le advirtió al mostrársela.
¿Sabe qué puede significar?
-Ni idea. Como habrá podido comprobar, mi madre era una gran amante de la lectura. Quizá haya sido su manera de despedirse de mí.
Un par de horas después, el forense, la policía y el cadáver de su madre habían desaparecido. Pero él seguía allí, sentado en el porche con la mirada fija en el jardín que lo veía jugar de niño.
Fue entonces cuando un profundo sentimiento de culpa se adueño de su ser, y, en silencio, comenzó a rememorar los últimos años de su vida
El país se hallaba entonces en una profunda crisis económica, social y moral, lo que propicio una caída en barrena de las ideas y fuerzas progresistas. Un hecho que relegó a un apéndice irrelevante la representación de estas fuerzas en el parlamento.
Esto facilitó una sólida mayoría de la derecha más cavernícola, que supo aprovechar esa oportunidad para realizar los cambios constitucionales que, dos años después, dieron paso a la aprobación de la ley conocida popularmente como DDO (Real decreto de defunción obligatoria).
A partir de ese momento, conceptos como: extinción de la renta vital, cuota vital disponible, venta de renta vital etc. se fueron haciendo habituales en las conversaciones de los ciudadanos.
Según el FMI, la longevidad era profundamente antieconómica y atentaba contra la supervivencia de nuestro modo de vida. A partir de ahí, las grandes corporaciones de relaciones públicas y las empresas publicitarias, elaboraron un cuidadoso y gigantesco plan que cambió radicalmente el modo de pensar de la gran mayoría de las personas, que llegaron a internalizar los valores desplegados con gran maestría a través de los medios de comunicación de masas. Incluso la Iglesia, reticente al principio, a cambio de generosas ventajas fiscales y grandes aportaciones económicas directas, acabó por asumirlo y declaró en pecado mortal a todos los feligreses que se rebelaran contra la normativa. Al fin y al cabo, el paraíso los esperaba más allá de este valle de lágrimas.
Él mismo era funcionario del departamento que gestionaba la RVD (renta vital disponible) de los ciudadanos, y conocía perfectamente los mecanismos administrativos que se fueron poniendo en marcha a raíz de la entrada en vigor del DDO. Jefe de una sección en la oficina encargada del fraude vital, era uno de los responsables de localizar a los ciudadanos mayores de setenta años que habían huido de sus domicilios para no firmar el requerimiento judicial que los obligaba a presentarse en el Ministerio de Finalización dos días después de cumplir los setenta.
La RVD era un bien susceptible de ser comprado y vendido como cualquier otra mercancía. Todos los contratos de compra-venta de renta vital debían formalizarse en el RCV (registro de cuota vital) para hacerse efectivos. No había excepciones ni contratos privados con valor legal.
Toda persona que ocultase o diese apoyo a los huidos era reo de alta traición y condenado a fuertes penas de reducción de su CVD.
La administración era la encargada de comprar y vender la renta vital disponible de los ciudadanos que, por contrato, habían puesto fin a su vida sin agotar su cuota vital; para después, una vez descontada su suculenta comisión, repartir el dinero obtenido entre los beneficiarios del testamento del finado.
Los ciudadanos que querían vivir más allá de su CVD (cuota vital disponible) sólo tenían dos opciones: comprar renta vital u organizarse y hacer acopio de dinero y medicamentos amén de estar dispuestos a llevar una vida clandestina hasta el fin de sus días.
Juan formaba parte de la segunda promoción de rastreadores del Ministerio de Finalización, por lo que había trabajado en todas las fases de implantación del llamado DDO y conocía de primero mano la evolución que había convertido al MF en un mastodonte burocrático ingobernable.
Al principio los rastreadores no tenían mucho trabajo, la mayoría de los jubilados, imbuidos por la intensa campaña mediática, se presentaban convencidos en las instalaciones gubernamentales que los devolverían a sus seres queridos dentro de unas toscas urnas decoradas con los colores nacionales; pero, poco a poco, comenzaron a huir de sus domicilios. Con poca maña y ninguna estrategia al comienzo y gran habilidad y maestría en los años finales de aquella pesadilla.
La respuesta ciudadana fue trasversal, pues los altos precios de los bonos de renta vital hacían inasequible su compra para la gran mayoría de la población. Este hecho facilitó que jubilados y jubiladas de todas las profesiones llegaran a formar parte de la red clandestina más importante de nuestra historia. Médicos, militares, científicos, artistas, profesores, expertos de los diferentes servicios de información, falsificadores, ladrones, en fin, profesionales de todos los ámbitos de las actividades humanas, se conocieron en los diferentes centros clandestinos donde convivían.
Desde esos centros partieron las ideas y estrategias que acabarían por llevar al colapso al temido Ministerio de Finalización, que se desplomó y, como un castillo de naipes, acabó por arrastrar en su caída al resto del entramado institucional.
Nos cuenta Fernández lo mucho que se complicó la localización de los huidos al multiplicarse las fugas de forma generalizada y bien organizada. Este hecho fue fundamental en la caída del DDO, pues, si bien el gobierno tenía razón en cuanto al cuantioso ahorro en gastos sociales, sanitarios y farmacéuticos, no contaba que, con el paso del tiempo, el MF se había ido convirtiendo en una máquina gigantesca que fue devorando más y más recursos económicos y humanos hasta convertir en una falacia estalinista las supuestas ventajas económicas que ofrecía sobre el papel la implantación del DDO.
Los últimos años fueron años de complots y emboscadas, de lucha sorda, despiadada y sangrienta. Fue en el contexto de aquellos últimos años cuando aparecieron los odiados Finalizadores, una sección de asesinos que elegía a sus funcionarios entre individuos que presentaban rasgos psicopáticos muy acusados.
Otro hecho clave fue la capacidad y pericia que mostraron los resistentes en la falsificación de documentos, pues las circunstancias dieron pie a que llegasen a trabajar juntos expertos falsificadores y funcionarios que se habían dedicado a ello en su vida activa. Ésto facilitó en gran manera la movilidad de las diferentes colectividades clandestinas y una comunicación mucho más fluida con los grupos de apoyo que se habían ido organizando entre la sociedad civil.
El conocido como Manuscrito de Juan Fernández, es un valioso documento al que tuve acceso hace unos meses. Una amiga que trabaja en el archivo histórico del DDO se lo tropezó una mañana que, a petición de un periodista que debía escribir un artículo sobre una efeméride, buscaba los documentos relativos a la finalización de un conocido escritor.
Tuvo el detalle de escaneármelo, y lo tengo por el documento más importante de los que he podido reunir en toda una vida dedicada al estudio de la negra historia del DDO.
El DDO (Real decreto de defunción obligatoria) fue en realidad la punta de lanza de los grupos de poder interesados en instaurar una sociedad totalitaria en nuestro país.
Lo que más me sigue impresionando del que podríamos llamar testamento vital de Juan Fernández, es su drama personal. Las consecuencias fueron terribles para él. Incapaz de asumir el vergonzante trabajo que su marido desarrollaba en el odiado MF, su mujer lo abandonó llevándose a sus dos hijas consigo.
Sus veinte años de lucha clandestina como infiltrado en el MF lo convirtieron en un hombre solitario y taciturno. Incluso la madre, con la bofetada moral que le dio con su suicidio, pues fue el único beneficiario de su seguro, regalándole así los diez años de vida que ya no quiso vivir, renegó del hijo.
"Nada es verdad, todo está permitido", decía la cita literaria que su madre le dejó a modo de despedida.
Por lo que he podido averiguar, el último día de Juan Fernández transcurrió en la vieja casita que con tanto cariño había conservado, la casa de su madre.
Los libros abiertos de William S. Burroughs que se encontraron en la salita de lectura donde su madre le leía libros de aventuras cuando era un muchacho, nos cuentan que estuvo buscando un fragmento en la obra del autor de la cita que ella le había dejado quince años atrás.
A las cuatro y media de la tarde hizo una llamada al centro de emergencias. Después de colgar, cargó con una sola bala el revólver que lo había acompañado durante veinte años, se sentó en el sillón preferido de su madre y se pegó un tiro.
En la mesita, el manuscrito, encabezado por un parágrafo de la novela Nova Expres escrito con una caligrafía apresurada que rezaba así:
"He dicho que las técnicas esenciales de Nova son muy simples: consisten en crear y agravar conflictos."
*Para la revista "¡A les barriades!"
lunes, 16 de julio de 2012
La función
Fue en el Llantiol, en una oscura función que hablaba de desolación y conflicto, donde vi por primera vez a Estrella entre candilejas. Tras años de conocerla, de escribirla, de callarla; de verla tras una concurrida barra improvisando pequeños papeles, la sentí por fin haciendo lo que más le gustaba.
Hacía más de quince años que no entraba en Llantiol. No pasan los años por la pequeña sala de espectáculos. Recargada y coqueta, como una mujer madura que no quiere renunciar a las miradas masculinas. Por un instante me ví veinte años atrás, cuando fui con una antropóloga funcionaria de correos algo paranoica con la que salí un verano de primeros de los noventa.
Eso me vendría de perlas ahora mismo, veinte años menos, me dije mientras, dando un vistazo general por la sala, buscaba el rincón del bar.
La Cía. Imperfecta estrenaba obra, y mí me gusta un 25% de la compañía, así que no podía faltar. Sentado en tercera fila y con un chupito para matar las ganas de fumar y la impaciencia, esperaba intrigado que se levantara el telón. Asoma un ojo por entre el hilo de luz que dejan pasar las cortinas del escenario; pero no es ella.
Dijera lo que dijera el programa, me pareció una propuesta en evolución más que una fórmula. No creo que existan fórmulas para las emociones.
Una para todas y todas para una, como los Tres Mosqueteros, que también eran cuatro. ¿Cuatro sombras de una mujer o el rostro oscuro de cuatro mujeres? Un camino contradictorio y de largo recorrido sugiere la pregunta.
Un páramo donde cuatro mujeres bailan al compás de sus miedos, sus ilusiones y carencias, buscando un hilo conductor que las resuelva.
Paisajes ominosos donde a cada instante la realidad parece desplomarse sobre sus cabezas en un incansable gotear que amenaza con ahogarlas, con borrarlas
del mundo y la memoria.
Detenidas por el peso de su excesivo equipaje en un desolado cruce de caminos, contemplan el ir y venir de los otros, o, inmersas en su danza, imaginan la mirada del espectador tras las bambalinas.
Atrapado en ámbar como el mosquito de Parque Jurásico, mientras Estrella, con voz cálida, apagada y distante, interpreta una versión narcisista del Bésame mucho; toda una antítesis del Muérdeme un poco que me cantaba en sus mejores noches una tía con la que salí hace unos años.
Una sonrisa, rojo carmín y el pelo mojado y negro; negro de bote, pero negro al fin y al cabo.
Hacía más de quince años que no entraba en Llantiol. No pasan los años por la pequeña sala de espectáculos. Recargada y coqueta, como una mujer madura que no quiere renunciar a las miradas masculinas. Por un instante me ví veinte años atrás, cuando fui con una antropóloga funcionaria de correos algo paranoica con la que salí un verano de primeros de los noventa.
Eso me vendría de perlas ahora mismo, veinte años menos, me dije mientras, dando un vistazo general por la sala, buscaba el rincón del bar.
La Cía. Imperfecta estrenaba obra, y mí me gusta un 25% de la compañía, así que no podía faltar. Sentado en tercera fila y con un chupito para matar las ganas de fumar y la impaciencia, esperaba intrigado que se levantara el telón. Asoma un ojo por entre el hilo de luz que dejan pasar las cortinas del escenario; pero no es ella.
Dijera lo que dijera el programa, me pareció una propuesta en evolución más que una fórmula. No creo que existan fórmulas para las emociones.
Una para todas y todas para una, como los Tres Mosqueteros, que también eran cuatro. ¿Cuatro sombras de una mujer o el rostro oscuro de cuatro mujeres? Un camino contradictorio y de largo recorrido sugiere la pregunta.
Un páramo donde cuatro mujeres bailan al compás de sus miedos, sus ilusiones y carencias, buscando un hilo conductor que las resuelva.
Paisajes ominosos donde a cada instante la realidad parece desplomarse sobre sus cabezas en un incansable gotear que amenaza con ahogarlas, con borrarlas
del mundo y la memoria.
Detenidas por el peso de su excesivo equipaje en un desolado cruce de caminos, contemplan el ir y venir de los otros, o, inmersas en su danza, imaginan la mirada del espectador tras las bambalinas.
Atrapado en ámbar como el mosquito de Parque Jurásico, mientras Estrella, con voz cálida, apagada y distante, interpreta una versión narcisista del Bésame mucho; toda una antítesis del Muérdeme un poco que me cantaba en sus mejores noches una tía con la que salí hace unos años.
Una sonrisa, rojo carmín y el pelo mojado y negro; negro de bote, pero negro al fin y al cabo.
miércoles, 2 de mayo de 2012
Mientras tanto
Para Noni Labajos.
Eran cerca las ocho cuando llegué a l`Assosi.
En la mesa del fondo, bajo la inmensa pantalla de televisión, que solo funcionaba la noche de los sábados, cuarentona desconocida toma gin-tonic a primera hora.
Suenan los hermanos Allman (su directo en el Fillmore).
En la barra hay un tipo pequeño con greñas y patillas. Perilla igualmente jevi. Así que debe ser jueves.
-Amador, ponme una Voll que vengo nublado. Me ha parecido ver junto a la tele a una tía buena tomando un gin-tonic. Anoche debí fumar demasiado.
Amador asiente con la cabeza mientras saca una jarra fría del congelador. Cuando llega con la cerveza, en tono confidencial, me dice:
Ha llegado nada más abrir. No es de por aquí. Ha pedido el pelotazo con cara de pocos amigos y se ha largado al rincón. No va de napia, porque lleva tres cuartos de hora sentada y todavía no ha pisado el tigre; y está pa darle matarile.
Me solía fiar de sus retratos robot. La barra tiene una perspectiva privilegiada, y, desde ella, los brillantes ojos de Amador, como un láser, barrían periódicamente toda la sala.
-Será una pantera en busca de niñato chulo y pastillero -aventuré.
-Me parece que no. Si fuera de ese palo estaría sentada en la barra. Además lleva un yin-yang en cada oreja –apuntó Amador.
-Una friki de rollo oriental; y cuarentona de buen ver… Tío, tengo que encontrar la manera de entrarle; que las de por aquí están más vistas que las series de sicópatas…
-Anda con ojo, que a esa edad están todas resabiadas, y con la premenopausia a veces suelen gastar muy mala leche -me advirtió, mientras me daba el cambio.
-¿Por qué no pones algo que le vaya bien? Un poco más suburbano… La Velvet, por ejemplo. Un toque underground seguro que le cambia el humor.
Sin duda, por debajo de la inagotable guitarra de Duane Allman, nos debía oír cuchichear, porque dejó de mirar a la pared y se removió inquieta durante unos pocos segundos…; después sacó el móvil y se refugió en alguna de sus aplicaciones. Lo utilizaba a modo de escudo, como yo hacía con los cigarrillos cuando me sentía vulnerable.
Salvo dos mechas que caían a ambos lados del rostro, llevaba el pelo recogido en un pequeño moño. Pelo castaño oscuro, grandes ojos del mismo color, la nariz posee una ligera curva árabe en la punta, labios rojos, o quizá granates; entre las opacidades que proporcionaban la distancia y la escasa iluminación de la mesa rincón era difícil de asegurar. Pechos de canalillo, que, tensando en su cúspide la tela de blusa, todavía mostraban su osadía con altivez juvenil.
Cuando empezó a sonar la Velvet cogí la cerveza y me senté en una mesa. Saqué la libreta y el bolígrafo. Había ganado unos metros…
Su aspecto, con ese aire cuidadosamente desaliñado, cantaba entre las viejas y deslucidas mesas; o quizá, como si de una luciérnaga se tratara, la hacían resaltar en la yerma penumbra de su rincón.
Mientras reunía energías para entablar conversación comencé a garabatear ideas… Tenía varios versos sueltos con los que especular, y pensé que quizá podría aprovecharlos para hacerle un poema.
Ella parecía inmersa en lo suyo, pero no era del todo cierto. Varias veces, al apartar la vista de la libreta para pegar un trago, la sorprendí levantando un instante los ojos por encima del iPhone. El rincón es un agujero inexpugnable, hasta allí no llega la señal de internet ni de coña.
Era genial, estaba tonteando y aún no se había dado cuenta. O quizá era yo el que no se enteraba de nada, y no era el cazador, sino la presa. No sonaba muy bien, pero era mucho mejor para mis propósitos…
Además, iba más apretada que los tornillos de un submarino. Un cuerpo de curvas serpenteantes y armoniosas, expectante y acurrucadito en un rincón con los ojos muy abiertos. Demasiado cinematográfico para ser casual. Había premeditación. Sin duda conocía el negocio.
Con gesto decidido, me acerqué hasta su mesa y le dije: Hola, me llamo Matías.
-Yo Trinidad, pero todos me llaman Noni –contestó alargando la mano para saludarme.
Sin tener en cuenta el gesto, me agaché y la besé en ambas mejillas.
-¿Has venido por lo de los jueves? –pregunté, al tiempo que me sentaba.
-¿Qué pasa los jueves? –preguntó divertida.
-Desde hace unos meses, todos los jueves se reúne aquí una conocida asociación de fumetas. Cada uno trae su maría, y hacen intercambios de esquejes, semillas, hierba. Fuman, charlan de cultivos…
Siempre viene gente que ha contactado con ellos por internet, y suelen sentarse a esperar hasta que alguien les pregunta. Sobre todo la peña que anda de paso por Barcelona.
-Ando de paso, pero no he venido por éso -respondió.
-Este local es únicamente para los socios. Así que si no eres socia ni te ha invitado alguien que lo sea…
-Eso lo vas a tener que hacer tú –contestó, sin dejarme terminar.
-Guapa, soy socio “honoris causa”. Está hecho desde que me senté contigo.
-Mario, eres un cabrón. Deja de tomarme el pelo, la libreta te ha delatado.
-Noni, la foto que me enviaste no te hace justicia, y desde lejos este rincón yace en la más absoluta de las tinieblas. No te he reconocido hasta que me he acercado. Lo siento, no he podido resistirme.
Juraría que habíamos quedado mañana.
-Sí, pero…
-¿Has venido ha reconocer el terreno? –atajé.
Luego, sin venir a cuento, le dije: No tengo nada en contra de los abogados, pero dos colegas míos lo son; y si los hubieras conocido hace veinticinco años no te dejarías defender por ellos por nada del mundo.
-Empiezo a pensar que no ha sido buena idea venir a Barcelona –comentó, con aíre de desencanto.
-Nada de eso –respondí-. Es una ciudad de rincones preciosos. Aunque las rutas turísticas son un muermo lleno de tópicos. Hasta tienen una ácrata.
Muy cerca de aquí está la pequeña plaza de “Las Madres de la Plaza de Mayo”. Allí, entre la fuente y la acera, hay una tapa de alcantarilla con una inscripción donde se nos recuerda que “Face”, el penúltimo día de agosto del 57, cayó muerto en una emboscada de la Guardia Civil.
Los hay que vienen fascinados por pasear por que la fue la calle más revolucionaria del mundo y se meten en un caudaloso río humano donde son capaces de robarte las bragas sin quitarte los pantys… (Volvió a sonreír)
Barcelona se ha convertido en una ciudad escaparate, con decirte que, desde hace un año, en las zonas turísticas los feos se ven obligados a hacer los recados de noche para no estropear la idílica imagen que tanto dinero le ha costado a la administración, está dicho todo. Ni el alcalde, un gangoso con cara de cangrejo, se atreve a desafiar la estricta normativa. Siempre que tiene algún acto público en esa circunscripción manda a alguna agraciada representante del consistorio para que lo sustituya.
Afortunadamente, a nosotros no nos afecta ese precepto. Coge el bolso que nos largamos a dar una vuelta por ahí antes de que llegue la tribu canabica y esto se convierta en una psicodélica cámara de gas.
Salimos del metro en Urquinaona, a escasos metros del Palau…
En el primer semáforo me quedé un momento detrás de ella.
-¿Me estás mirando el culo?
-Pues sí –reconocí-. Es lo más parecido a la felicidad que he visto nunca.
Soltó una sonora carcajada… Un momento delicado. La diferencia entre un baboso y un hombre apasionado la define su capricho o sus intereses.
Delante de la puerta del Palau comenzó a hacer preguntas y más preguntas sobre el singular edificio. No me pilló desprevenido, había preparado aquella visita durante semanas. Atendiendo a sus preguntas, mientras tomábamos una copa en la cafetería le solté un rollo sobre el modernismo que había sacado de la enciclopedia Espasa.
Esta picapleitos seguro que trabaja para un oscuro grupo de inversores de la Costa del Sol, así que un gatillazo esta noche podría tener consecuencias imprevisibles, me repetía mientras salíamos del Palau y encarábamos Vía Layetana.
Cuando llegamos a la altura de la comisaría me paré empujado por un viejo resorte… Le hablé de su negra historia, del asqueroso sótano donde se hacinaba a los detenidos en tenebrosas celdas llenas de roña, del rancio olor de las mugrientas colchonetas, de mantas pringosas que no se habían lavado nunca, de aquella peste asfixiante que no te dejaba dormir…
Por zanjar el tema, le dije: Tenían que haber dinamitado el edificio cuando acabó la dictadura; pero ahí sigue este símbolo de la iniquidad, imperturbable y ajeno al dolor causado a tantos barceloneses que lucharon por la libertad.
Noni, con la complicidad de los medios de comunicación, estamos atrapados entre el cinismo político, la codicia insaciable de banqueros y mercados y la paniaguada desidia crónica de un par sindicatos eternamente claudicantes.
Camino de las Ramblas, que quería ver sin falta, no quedó más remedio que pasar por la catedral y las laberínticas calles del Call. Las románticas callejas del viejo barrio judío fueron cómplices de mi pasión y testigos de nuestros primeros besos.
Guapa mujer la picapleitos, y uno, que es vagabundo de profesión, romántico y apasionado sin remedio, cuentista de vocación y disidente por elección, comprende, mientras pasean abrazados por la C/ Ferrán camino de las Ramblas, que pertenecen a mundos muy diferentes, que nada de lo que haga cambiará eso. Pero me dejo llevar por el brillo de sus ojos, borracho de vida la aprieto contra mí, dejando atrás el escalofrío provocado por la desolada imagen de una futura derrota.
Cuando llegamos a las Ramblas había oscurecido, y la bullanguera fauna de fin de semana, bastante más tempranera que los bohemios de toda la vida a quienes pretendían emular, aprovechaban que era víspera de festivo para tirarse al ruedo de la noche barcelonesa, mezclándose con las reatas de turistas que, cumpliendo una suerte de ritual leído en alguna guía, subían y bajaban por la rambla como autómatas.
A los rambleros de toda vida parecía habérselos tragado la incesante marea de visitantes, y los eventos culturales asociados a este colectivo habían dado paso a un monótono desfile entre estatuas humanas, que, con más o menos acierto, salpican el paseo a todas horas; ni asomo de la agitación cultural y festiva de antaño.
La creatividad de las Ramblas se había institucionalizado años atrás. Lo inesperado había dejado de serlo, yacía desde mucho antes en el cajón de las subvenciones de algún estamento municipal o gubernativo. Dejó de ser una fiesta para convertirse en un negocio turístico.
La atmósfera transgresora, vitalista y tolerante de otros tiempos, devorada por los estereotipos culturales de la administración, había desaparecido o se había dispersado en las catacumbas de las calles adyacentes y los barrios periféricos.
Los empobrecidos barceloneses ya no somos dueños de nuestras calles ni protagonistas de nuestra cultura; como figurantes o convidados de piedra, presenciamos impotentes un interminable espectáculo diseñado para turistas y tontos del culo, que, salvo en contadas ocasiones, poco o nada tienen que ver con nosotros.
Caminamos Ramblas arriba sorteando transeúntes. Esta concurrida arteria de la ciudad tiene flujos y reflujos, como el mar. Hay horas que la marea humana ascendente es muy superior a la descendente y viceversa. Debíamos ir con el paso cambiado, porque ahora los turistas bajaban a mansalva rumbo al puerto.
Las putas, al amparo de la noche, empezaban a llenar las aceras laterales. Desde el quicio de un portal acechan una mirada masculina. “¡Ven p´aquí guapo, que te voy a hacer un ocho!”, se oye al pasar junto a la boca de metro del Liceo. Y huele a sexo, a mar y perfume barato hasta que, sonrientes y amartelados rebasamos el Palau de la Virreina camino del Zurich.
Tomando una copa en la concurrida terraza del establecimiento de la Plaza de Cataluña, contemplábamos en silencio el inacabable tránsito de los turistas a su paso por la fuente de Canaletas. La fauna foránea no tiene desperdicio, y Trini parecía disfrutar del espectáculo; pero…, de pronto me miró fijamente por un instante, y, dejando caer las pestañas lentamente, en tono de ruego, me dijo: Cuéntame un cuento.
-¿Ahora? –pregunté, con la esperanza de que interpretase la pregunta como un no.
-Sí. Ahora mismo –me contestó, a la par que sus ojos se clavaron en los míos.
Contra la retadora mirada de aquellos ojazos oscuros no había nada que rascar…
-El del enano maricón. Te voy a contar el de Carlitos.
Verás Noni…:
La historia del enano se remonta hasta mi tierna infancia. Carlitos, el enano, vivía entonces en un bloque contiguo al mío. Mis recuerdos comienzan con un enanito bullanguero ocho años mayor que yo, que por entonces contaba con seis o siete.
Mi barrio, un pequeño polígono de bloques de cuatro plantas situado en la zona norte de la ciudad, estaba lleno de vida, es decir, de niños correteando por calles y patios interiores, pues el tráfico rodado era inexistente a mediados de los sesenta. Las colinas del Parc de Collserola, que amurallan el barrio y la ciudad, comenzaban entonces cien metros más arriba de mi calle.
Las mujeres, cuando marchaban de compras al centro decían que iban a Barcelona, y la vida de la ciudad se desarrollaba a nuestros pies. La urbe estaba allí abajo, entre el puerto, las fábricas y empresas logísticas del Poble Nou y el centro administrativo y comercial que, durante siglos, había ido creciendo en espiral desde el barrio gótico.
Carlitos no llegaba al metro ni de puntillas, era cabezón, de pelo ralo, corto, rubio y ensortijado; barbilampiño de ojos claros, gafas de concha de culo de vaso y más boca que el tío del Netol. Patizambo y marchoso lo veía caminar con su vieja guitarra española al hombro. Calle arriba, calle abajo.
Durante las vacaciones veraniegas el enano caminaba con paso alegre y decidido por entre los patios interiores con su guitarra a cuestas. Todas las tardes se sentaba en un bordillo o un escalón, colocaba boca arriba la guitarra sobre sus cortas piernas y tocaba y cantaba canciones infantiles y populares con una técnica parecida a la de la guitarra hawaiana antecesora del estilo “slide”.
Y los niños lo escuchábamos embelesados hasta que, media hora después, la caza de lagartijas volvía a ser una novedad. Entonces se levantaba sonriente y se perdía con paso vivo por los entresijos de los patios del polígono en busca de otros ojos infantiles que lo mirasen arrobados durante unos minutos.
Esta bucólica imagen de Carlitos se fue desdibujando a medida que yo dejaba atrás la tierna infancia, hasta que, justo cuando el Tío Paco entró en capilla, comenzaron los rumores…
El lado oscuro de Carlitos se nos hizo evidente cuando éste se acercaba a los treinta años. Según corroboraron unos amigos, que se dejaron caer por el bar en cuestión, los rumores eran fundados. Al enano le gustaba chupar pollas por debajo de las mesas del bar de una conocida sala billares de Horta.
Sus padres, escandalizados por el asunto, lo facturaron con un tío suyo, abogado y representante de una pequeña compañía de enanos saltimbanquis que solía trabajar largas temporadas en un conocido circo italiano.
A partir de aquí, encanto, la historia del enano da un vuelco; y ya no es un testimonio de primera mano, sino un relato compuesto por lo leído en los papeles y algunas habladurías de testigos no demasiado fiables, que, en sus constantes entradas y salidas del trullo, iban dando retazos de información cuando alguien les preguntaba por el enano. Las noticias corrían, se contradecían y exageraban de bar en bar.
La banda cayó a mediados de los ochenta. Una organización delictiva compuesta por un tipo desgarbado de pelo blanco y unos cuantos enanos dio mucho juego a la prensa del momento; y no se limitó a las páginas de sucesos, bastantes columnistas le dedicaron su espacio en los rotativos. Carlitos ya no era el enanito cantarín, sino “El Nano”, un tipo duro de los bajos fondos.
El asunto pasó a anales del crimen como “El Caso Blancanieves”. Su tío, era sin duda la Blancanieves de aquella historia, pues los otros siete eran enanos y él lucía barba y cabellos blancos; que recogía en una coleta al estilo Radovan Karadzic en el esperpéntico papel de médico alternativo de sus años furtivos. Vamos, que se lo pusieron a huevo a los periodistas.
Robo con escalo, contrabando y tráfico de diamantes, asociación de malhechores y evasión de impuestos, fueron los delitos por los que se les juzgó y condenó según su grado de implicación, pues no todos estaban al corriente del contrabando de diamantes de sangre que “Blancanieves” y “El Nano” llevaban a cabo aprovechando las giras circenses y los contactos del primero con un temido grupo mafioso francés.
Los robos de joyas y obras de arte se organizaban a partir de la información proporcionada por una peligrosa organización de los bajos fondos de Lyón, algo que no se pudo probar fehacientemente pero estuvo en boca de todos los investigadores y periodistas próximos al caso.
Los más pringados fueron: “Blancanieves”, dieciocho años y un día, y “El Nano” y su novio Manué -el acróbata canastero-, doce años y un día.
El resto salió mejor parado: Rafi y Rufi -los gemelos funambulistas-, ocho años y un día; Jean Pierre -el trapecista- y Nené -contorsionista punkarra y amante del anterior-, seis años y un día; Jorgito -el llorón as del monociclo- fue el que salió mejor librado. Gracias al informe presentado por el psiquiatra forense no tuvo que cumplir los cuatro años, dos meses y un día que le cayeron; pues la condena le fue conmutada al acceder éste a su ingreso en una institución mental por un periodo no inferior a dos años.
Lejos de amilanarse por la larga pena que debía cumplir, Carlitos empleó el tiempo de su condena en estudiar y dar clases de guitarra a otros presos. Debido a su aprovechamiento en los estudios y su buena conducta, ocho años más tarde, una desapacible mañana de febrero del 1994, “El Nano” salía de la prisión de Lleida con un proyecto, una licenciatura en administración de empresas de la UNED y la boca llena de pupas de tanto chupársela a los funcionarios.
Cuando, pasados dos años, derrotado y enfermo del pecho, Manué era excarcelado, lo primero que hizo fue cruzar a toda prisa la calle Entenza. Después se metió en el bar que hay justo enfrente de la puerta principal de La Modelo, donde, a pesar de sus achaques, nada mas entrar pegó un acrobático salto que lo dejó sentado en un taburete de la barra y, ante el estupor general, a continuación pidió su primer café como hombre libre. Café, al que, a modo de bienvenida, tiene a gala invitar el dueño del establecimiento a todos los presos cuando les dan bola.
Al servirle el café, el camarero hizo un gesto con la cabeza para que mirase a su espalda…
-Buen salto, Manué –escuchó, segundos antes de darse la vuelta-. “El Nano” viene ahora mismo. Ha ido al estanco de la esquina a por unos puritos –gimoteó la voz.
En la mesa del rincón, sentado delante de una cerveza y medio bocata de anchoas, Jorgito lloraba como una Magdalena.
Trini, esto último te ha podido parecer inverosímil. En realidad a mí también me lo pareció. La fuente de información no es demasiado fiable, pero, de las historias que escuché, es la menos surrealista. “El Chino” -vecino de mi barrio y delincuente habitual-, fue el que me contó el desenlace del “Caso Blancanieves”:
Bajo los soportales de la ya desaparecida plaza de Verdum, mientras compartíamos unas chuletas a la brasa con alioli y una botella de priorato de granel en el bar de “El Patas Cortas”, “El Chino” me largó esta historia:
La mañana que Manué salió de la trena, “El Chino” aguardaba en el mismo bar que Jorgito; “El Chupas”, un viejo compinche suyo, debía salir en bola aquella misma mañana.
Almorzó con los enanos, pues había vivido en la misma escalera que “El Nano” durante muchos años y, además, habían compartido galería en alguna de las frecuentes entradas de “El Chino” en el talego.
Durante aquél almuerzo, los enanos le contaron que fue del resto de la banda:
A los pocos meses de su puesta en libertad, Rafi y Rufi -los más jóvenes del grupo- cruzaron el charco contratados por un circo norteamericano; Jean Pierre y Nené se casaron estando en prisión, y, en cuanto los liberaron, se marcharon a un tranquilo pueblecito del pirineo vasco-francés, donde Nené tenía un viejo caserón heredado de su abuela paterna; “Blancanieves” no sobrevivió a su cautiverio, murió de cáncer en la prisión provincial de Tarragona meses después de salir su sobrino de Lleida 1.
Los pasos de “El Nano”, según contó éste a “El Chino”, fueron discretamente vigilados durante meses; y el fulano que se asoció con él y puso el parné para montar su primer negocio -una sauna de ambiente gay en la Travessera de Gràcia- fue investigado por hacienda e interrogado en varias ocasiones por la policía.
Con Manué en libertad nada los retenía en la ciudad. Para cuando éste estuviera recuperado ya habrían ganado suficiente guita y se largarían a Madrid. Entre los tres pensaban montar un negocio en el barrio de Chueca.
El relato de “El Chino” termina aquí, y, como era de esperar, los enanos no dijeron ni una palabra sobre el suculento botín que la policía les suponía. Aunque “El Tiri” -disc-jockey y traficante de perico-, otra de las fuentes consultadas, me aseguró que, cuando él estaba en Tarragona cumpliendo su último año de condena, “Blancanieves” recibió dos visitas de un extranjero. Un abogado holandés muy elegante, según supo por boca de un funcionario con el que hacía negocios. Todo un currante “El Tiri”, no se tomaba vacaciones ni estando preso.
Las sospechas de la policía y las insinuaciones de la prensa sobre las conexiones internacionales de “Blancanieves” se quedaron en éso, meras sospechas que no habían sido capaces de demostrar y especulaciones periodísticas difundidas con ánimo de vender más periódicos.
El botín, si es que lo hubo alguna vez, se había esfumado sin dejar rastro.
Después de la última frase se hizo un largo silencio…
-Qué quieres que te diga. Guapa, el cuento termina así. Alargarlo más sería un desperdicio. Créeme, sé lo que me digo.
-Pues parece que le falte algo –contestó.
-En éso llevas razón. Falta el pastón. ¿Había o no había pastón? Nunca lo sabremos a ciencia cierta, Noni.
-Voy un momento al lavabo –dijo, levantándose bruscamente al tiempo que miraba la hora.
Saqué la libreta y me puse a emborronar.
Daba vueltas y más vueltas alrededor de una idea cuando la voz del camarero me devolvió a la realidad:
-La señorita ha pagado y me ha pedido que le diera la nota –dijo, dejando sobre la mesa la nota con el importe de la cuenta.
La malagueña fetén se acababa de largar a la francesa por la puerta lateral del Zurich.
Al menos ha pagado la cuenta, me dije, en un vano intento de salvar lo que pudiera en aquel naufragio de autoestima.
Quizá no le ha gustado el rollo del enano. Demasiado barriobajero para ella.
El ambiente delictivo de la historia lo elegí con la intención de acercarme un poco a su vida cotidiana. Pero no ha servido de mucho. Me habrá tomado por un cuentista canalla y marginal.
En eso estaba cuando me fijé en la nota. En el reverso había unas palabras escritas con tinta azul: Lo siento. Trini.
Inmediatamente, me levanté de la silla y miré el reloj de la plaza. Acababan de dar las doce…
Empujado de nuevo por aquel impulso bajé la vista y me concentré en el suelo. Junto a la silla ocupada minutos antes por la picapleitos había un abanico.
Al abrirlo apareció una estampa marinera luciendo un letrero, donde, con una tipografía marcadamente flamenca, se podía leer: “No al derribo de Los Baños del Carmen”.
Una tipa lista. Yo le he contado el de Blancanieves; pero ella, sin palabras, me está contando el de La Cenicienta.
Sin duda desvariaba. Los gin-tonic, cuando ya se ha perdido la costumbre, por lo visto son capaces de producir efectos psicotrópicos…; pero la noche era joven y, por más reivindicativo y malagueño que fuera, no estaba dispuesto a malgastarla en lamentarme mirando a un abanico.
Veinticinco minutos después, descompuesto y sin malagueña desembarcaba en la estación de metro de La Torrasa. Ya en la calle, andé un par de metros, miré unos segundos a mi alrededor… y volví sobre mis pasos para consultar el mapa del vestíbulo.
La calle que buscaba estaba allí mismo. Discurría paralela a la línea férrea, pero, entre la oscuridad del gran entramado de vías que salen del sur de la ciudad, la mísera iluminación de las obras de las calles adyacentes y el pedo que llevaba, era incapaz de reconocerla.
Apenas me separaban trescientos metros de mi objetivo, pero en la telaraña urbana, la conjugación de infraestructuras y obras públicas puede convertir el trayecto más sencillo en todo un deporte de aventura. Respiré hondo y salí de nuevo a la calle…
Giré a la derecha, bajé unas escaleras, crucé las vías por un paso subterráneo, subí escaleras, rodeé una alta valla metálica, superé un muro de hormigón, subí un terraplén, salté dos zanjas, bajé el terraplén, me di de morros con un barril lleno de agua, superé otro muro, volví a rodear una valla metálica y, a punto de sucumbir en aquella nocturna pista de obstáculos, trepé al techo de una pequeña escavadora; desde allí conseguí alcanzar el borde de la tapia que me cerraba el paso y, descolgándome por el otro lado, fui a caer a tres metros escasos de la puerta de la estación que había dejado atrás veinte minutos antes.
En todos los habitats de la selva urbana existen laberintos como éste, son el endemismo más común en el ecosistema de las grandes ciudades modernas.
El galimatías nocturno de las obras de La Torrasa era un enemigo a tener en cuenta, pero yo era un tipo bregado en asuntos de esa índole.
Durante siete ú ocho años, delante del portal tuve una zanja, qué digo una zanja, un canal de remo a medio construir, de un kilómetro de largo por cuarenta metros de ancho y ocho de profundidad.
Meses y meses sacando tierra y más tierra. Desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde, camiones y más camiones entraban y salían constantemente.
Los días sin viento, el polvo se estancaba formando tenues nubes de arcilla roja pulverizada, que las generosas brisas nocturnas se encargaban luego de repartir entre los bloques más próximos.
Cuando por fin se fueron las excavadoras y los camiones de tierra y comenzaron a llegar los camiones de hormigón, empezamos a quitarnos la costra de barro y polvo que aquella obra de los cojones había pegado a nuestras vidas; regalándonos, con ese desprendido gesto, una apariencia de nativos de las praderas norteamericanas que, con el paso de los meses, acabó por aburrir hasta a los niños más recalcitrantes.
Hicieron los enormes muros de contención, un par de puentes y se largaron para no volver en mucho tiempo. Dejando tras de si una infraestructura faraónica a medio hacer, donde, durante años, prosperaron las ratas más hermosas que haya conocido urbe alguna; y de las que las futuras generaciones de barceloneses podrán presumir por mucho tiempo, pues su excepcionalidad llamó la atención de los especialistas en fauna urbana del National Geographic, que le dedicaron un celebrado documental de cuarenta y cinco minutos.
Después de superar aquella maquiavélica experiencia me considero un experto en desatinos urbanos, perfectamente capacitado para sortear designios arquitectónicos por más mastodonticos, delirantes y retorcidos que éstos puedan llegar a ser. Si me lo proponía, ninguna manzana en obras de La Torrasa me apartaría de mi camino. Aunque, teniendo en cuenta que aquella no era precisamente mi mejor noche y mi grado de lucidez rozaba mínimos históricos, salir de aquella ratonera no era moco de pavo.
El principal problema era el desconocimiento del terreno.
En mi imaginario, La Torrasa formaba parte de un extrarradio inexpugnable, es decir, salvo dos o tres rápidas visitas con motivo de alguna lectura, nunca me había movido por l´Hospitalet; y La Torrasa solo era aquella estación y un montón de vías entre viejas naves industriales abandonadas, que, poco a poco se iban desmoronando al compás del trepidante paso de los años y los trenes.
Sentado en los escalones de la boca del metro, mientras me abanicaba enérgicamente intentando recuperar el resuello, me pregunté: ¿Qué estará haciendo Noni ahora?
Era una de esas noches de mierda en que los sucesivos fracasos invitan a la retirada estratégica, ya sea en ordenado repliegue, o, como la malagueña una hora antes, en fuga audaz y sigilosa.
Sin duda el abanico es partidario de esta opción, me dije, mirándolo de reojo. Desplegado y en movimiento, los vivos azules y verdes se contraían y dilataban, solapándose alternativamente con gran plasticidad; reclamando para sí toda mi atención, algo a lo que no estaba dispuesto. Lo cerré de un golpe contra la rodilla, cortando en seco el subyugante rollo psicodélico que se traía el muy cabrón.
Había que ponerse en marcha antes de que el abanico desplegara toda la energía del diabólico sortilegio que se emboscaba entre sus pliegues.
La opción más razonable era irse a dormir y dejar atrás cuanto antes aquella desdichada noche, sin embargo, tenía ganas de ver a “El Monstruo”.
“El Monstruo”, licenciado en historia y destacado friki de La Llagosta, es un tipo tenaz y jovial, de rostro redondo y risueño, y el único miembro aún en activo del tridente fundador del programa “Todo es mentira”. “El Lisérgico”, un tipo alto con perilla, delgadito y vivaz como una mosca veraniega, y “El Muscario”, el más bajito, un greñas de verbo fácil, inteligente, de profundos contrastes y gran sensibilidad, habían dejado el programa tiempo atrás…
“El Monstruo” era el motivo que me había traído hasta aquella estación, y largarme sin alcanzar mi objetivo añadiría un fracaso más a la lista del día; y esa noche, mi amigo y Karol celebraban el decimosexto aniversario de su programa de radio en un conocido C.S.O. de l`Hospitalet. Era una ocasión inmejorable para volver a vernos y la única manera que tenía de conjurar el mal fario que llevaba a cuestas.
Me levanté al tiempo que guardaba el abanico en la bolsa y, con gesto decidido, salí de nuevo de la estación. Esta vez no cometería el mismo error, fui caminado al hilo fragmentado y tenue que proporcionaban las farolas cercanas a la estación hasta que llegué a una calle digna de ese nombre. Tres minutos y cinco pavos menos después, cerraba la puerta de un taxi frente al C.S.O. L´Astilla.
Una estrecha calzada de adoquines, amurallada a ambos lados por sendas tapias de ladrillo, se interna unos metros en el interior de la manzana hasta una pequeña plazoleta presidida por el viejo y maltrecho muelle de carga y descarga de una fábrica abandonada; a la derecha, junto al muelle, una pequeña puerta acristalada y de un verde raído lleno de desconchones esconde una destartalada oficina y el lugar donde viven sus habitantes; a su lado y pegada al muro, una maltrecha escalera con barandilla de hierro forjado facilitaba el acceso a la planta superior, dando paso a las gafitas y la sorprendida sonrisa de Klara, que dispensaba las entradas desde un pequeño mostrador.
A partir de ese momento, el estruendo del punk de garaje se apoderó de la noche…
Eran cerca las ocho cuando llegué a l`Assosi.
En la mesa del fondo, bajo la inmensa pantalla de televisión, que solo funcionaba la noche de los sábados, cuarentona desconocida toma gin-tonic a primera hora.
Suenan los hermanos Allman (su directo en el Fillmore).
En la barra hay un tipo pequeño con greñas y patillas. Perilla igualmente jevi. Así que debe ser jueves.
-Amador, ponme una Voll que vengo nublado. Me ha parecido ver junto a la tele a una tía buena tomando un gin-tonic. Anoche debí fumar demasiado.
Amador asiente con la cabeza mientras saca una jarra fría del congelador. Cuando llega con la cerveza, en tono confidencial, me dice:
Ha llegado nada más abrir. No es de por aquí. Ha pedido el pelotazo con cara de pocos amigos y se ha largado al rincón. No va de napia, porque lleva tres cuartos de hora sentada y todavía no ha pisado el tigre; y está pa darle matarile.
Me solía fiar de sus retratos robot. La barra tiene una perspectiva privilegiada, y, desde ella, los brillantes ojos de Amador, como un láser, barrían periódicamente toda la sala.
-Será una pantera en busca de niñato chulo y pastillero -aventuré.
-Me parece que no. Si fuera de ese palo estaría sentada en la barra. Además lleva un yin-yang en cada oreja –apuntó Amador.
-Una friki de rollo oriental; y cuarentona de buen ver… Tío, tengo que encontrar la manera de entrarle; que las de por aquí están más vistas que las series de sicópatas…
-Anda con ojo, que a esa edad están todas resabiadas, y con la premenopausia a veces suelen gastar muy mala leche -me advirtió, mientras me daba el cambio.
-¿Por qué no pones algo que le vaya bien? Un poco más suburbano… La Velvet, por ejemplo. Un toque underground seguro que le cambia el humor.
Sin duda, por debajo de la inagotable guitarra de Duane Allman, nos debía oír cuchichear, porque dejó de mirar a la pared y se removió inquieta durante unos pocos segundos…; después sacó el móvil y se refugió en alguna de sus aplicaciones. Lo utilizaba a modo de escudo, como yo hacía con los cigarrillos cuando me sentía vulnerable.
Salvo dos mechas que caían a ambos lados del rostro, llevaba el pelo recogido en un pequeño moño. Pelo castaño oscuro, grandes ojos del mismo color, la nariz posee una ligera curva árabe en la punta, labios rojos, o quizá granates; entre las opacidades que proporcionaban la distancia y la escasa iluminación de la mesa rincón era difícil de asegurar. Pechos de canalillo, que, tensando en su cúspide la tela de blusa, todavía mostraban su osadía con altivez juvenil.
Cuando empezó a sonar la Velvet cogí la cerveza y me senté en una mesa. Saqué la libreta y el bolígrafo. Había ganado unos metros…
Su aspecto, con ese aire cuidadosamente desaliñado, cantaba entre las viejas y deslucidas mesas; o quizá, como si de una luciérnaga se tratara, la hacían resaltar en la yerma penumbra de su rincón.
Mientras reunía energías para entablar conversación comencé a garabatear ideas… Tenía varios versos sueltos con los que especular, y pensé que quizá podría aprovecharlos para hacerle un poema.
Ella parecía inmersa en lo suyo, pero no era del todo cierto. Varias veces, al apartar la vista de la libreta para pegar un trago, la sorprendí levantando un instante los ojos por encima del iPhone. El rincón es un agujero inexpugnable, hasta allí no llega la señal de internet ni de coña.
Era genial, estaba tonteando y aún no se había dado cuenta. O quizá era yo el que no se enteraba de nada, y no era el cazador, sino la presa. No sonaba muy bien, pero era mucho mejor para mis propósitos…
Además, iba más apretada que los tornillos de un submarino. Un cuerpo de curvas serpenteantes y armoniosas, expectante y acurrucadito en un rincón con los ojos muy abiertos. Demasiado cinematográfico para ser casual. Había premeditación. Sin duda conocía el negocio.
Con gesto decidido, me acerqué hasta su mesa y le dije: Hola, me llamo Matías.
-Yo Trinidad, pero todos me llaman Noni –contestó alargando la mano para saludarme.
Sin tener en cuenta el gesto, me agaché y la besé en ambas mejillas.
-¿Has venido por lo de los jueves? –pregunté, al tiempo que me sentaba.
-¿Qué pasa los jueves? –preguntó divertida.
-Desde hace unos meses, todos los jueves se reúne aquí una conocida asociación de fumetas. Cada uno trae su maría, y hacen intercambios de esquejes, semillas, hierba. Fuman, charlan de cultivos…
Siempre viene gente que ha contactado con ellos por internet, y suelen sentarse a esperar hasta que alguien les pregunta. Sobre todo la peña que anda de paso por Barcelona.
-Ando de paso, pero no he venido por éso -respondió.
-Este local es únicamente para los socios. Así que si no eres socia ni te ha invitado alguien que lo sea…
-Eso lo vas a tener que hacer tú –contestó, sin dejarme terminar.
-Guapa, soy socio “honoris causa”. Está hecho desde que me senté contigo.
-Mario, eres un cabrón. Deja de tomarme el pelo, la libreta te ha delatado.
-Noni, la foto que me enviaste no te hace justicia, y desde lejos este rincón yace en la más absoluta de las tinieblas. No te he reconocido hasta que me he acercado. Lo siento, no he podido resistirme.
Juraría que habíamos quedado mañana.
-Sí, pero…
-¿Has venido ha reconocer el terreno? –atajé.
Luego, sin venir a cuento, le dije: No tengo nada en contra de los abogados, pero dos colegas míos lo son; y si los hubieras conocido hace veinticinco años no te dejarías defender por ellos por nada del mundo.
-Empiezo a pensar que no ha sido buena idea venir a Barcelona –comentó, con aíre de desencanto.
-Nada de eso –respondí-. Es una ciudad de rincones preciosos. Aunque las rutas turísticas son un muermo lleno de tópicos. Hasta tienen una ácrata.
Muy cerca de aquí está la pequeña plaza de “Las Madres de la Plaza de Mayo”. Allí, entre la fuente y la acera, hay una tapa de alcantarilla con una inscripción donde se nos recuerda que “Face”, el penúltimo día de agosto del 57, cayó muerto en una emboscada de la Guardia Civil.
Los hay que vienen fascinados por pasear por que la fue la calle más revolucionaria del mundo y se meten en un caudaloso río humano donde son capaces de robarte las bragas sin quitarte los pantys… (Volvió a sonreír)
Barcelona se ha convertido en una ciudad escaparate, con decirte que, desde hace un año, en las zonas turísticas los feos se ven obligados a hacer los recados de noche para no estropear la idílica imagen que tanto dinero le ha costado a la administración, está dicho todo. Ni el alcalde, un gangoso con cara de cangrejo, se atreve a desafiar la estricta normativa. Siempre que tiene algún acto público en esa circunscripción manda a alguna agraciada representante del consistorio para que lo sustituya.
Afortunadamente, a nosotros no nos afecta ese precepto. Coge el bolso que nos largamos a dar una vuelta por ahí antes de que llegue la tribu canabica y esto se convierta en una psicodélica cámara de gas.
Salimos del metro en Urquinaona, a escasos metros del Palau…
En el primer semáforo me quedé un momento detrás de ella.
-¿Me estás mirando el culo?
-Pues sí –reconocí-. Es lo más parecido a la felicidad que he visto nunca.
Soltó una sonora carcajada… Un momento delicado. La diferencia entre un baboso y un hombre apasionado la define su capricho o sus intereses.
Delante de la puerta del Palau comenzó a hacer preguntas y más preguntas sobre el singular edificio. No me pilló desprevenido, había preparado aquella visita durante semanas. Atendiendo a sus preguntas, mientras tomábamos una copa en la cafetería le solté un rollo sobre el modernismo que había sacado de la enciclopedia Espasa.
Esta picapleitos seguro que trabaja para un oscuro grupo de inversores de la Costa del Sol, así que un gatillazo esta noche podría tener consecuencias imprevisibles, me repetía mientras salíamos del Palau y encarábamos Vía Layetana.
Cuando llegamos a la altura de la comisaría me paré empujado por un viejo resorte… Le hablé de su negra historia, del asqueroso sótano donde se hacinaba a los detenidos en tenebrosas celdas llenas de roña, del rancio olor de las mugrientas colchonetas, de mantas pringosas que no se habían lavado nunca, de aquella peste asfixiante que no te dejaba dormir…
Por zanjar el tema, le dije: Tenían que haber dinamitado el edificio cuando acabó la dictadura; pero ahí sigue este símbolo de la iniquidad, imperturbable y ajeno al dolor causado a tantos barceloneses que lucharon por la libertad.
Noni, con la complicidad de los medios de comunicación, estamos atrapados entre el cinismo político, la codicia insaciable de banqueros y mercados y la paniaguada desidia crónica de un par sindicatos eternamente claudicantes.
Camino de las Ramblas, que quería ver sin falta, no quedó más remedio que pasar por la catedral y las laberínticas calles del Call. Las románticas callejas del viejo barrio judío fueron cómplices de mi pasión y testigos de nuestros primeros besos.
Guapa mujer la picapleitos, y uno, que es vagabundo de profesión, romántico y apasionado sin remedio, cuentista de vocación y disidente por elección, comprende, mientras pasean abrazados por la C/ Ferrán camino de las Ramblas, que pertenecen a mundos muy diferentes, que nada de lo que haga cambiará eso. Pero me dejo llevar por el brillo de sus ojos, borracho de vida la aprieto contra mí, dejando atrás el escalofrío provocado por la desolada imagen de una futura derrota.
Cuando llegamos a las Ramblas había oscurecido, y la bullanguera fauna de fin de semana, bastante más tempranera que los bohemios de toda la vida a quienes pretendían emular, aprovechaban que era víspera de festivo para tirarse al ruedo de la noche barcelonesa, mezclándose con las reatas de turistas que, cumpliendo una suerte de ritual leído en alguna guía, subían y bajaban por la rambla como autómatas.
A los rambleros de toda vida parecía habérselos tragado la incesante marea de visitantes, y los eventos culturales asociados a este colectivo habían dado paso a un monótono desfile entre estatuas humanas, que, con más o menos acierto, salpican el paseo a todas horas; ni asomo de la agitación cultural y festiva de antaño.
La creatividad de las Ramblas se había institucionalizado años atrás. Lo inesperado había dejado de serlo, yacía desde mucho antes en el cajón de las subvenciones de algún estamento municipal o gubernativo. Dejó de ser una fiesta para convertirse en un negocio turístico.
La atmósfera transgresora, vitalista y tolerante de otros tiempos, devorada por los estereotipos culturales de la administración, había desaparecido o se había dispersado en las catacumbas de las calles adyacentes y los barrios periféricos.
Los empobrecidos barceloneses ya no somos dueños de nuestras calles ni protagonistas de nuestra cultura; como figurantes o convidados de piedra, presenciamos impotentes un interminable espectáculo diseñado para turistas y tontos del culo, que, salvo en contadas ocasiones, poco o nada tienen que ver con nosotros.
Caminamos Ramblas arriba sorteando transeúntes. Esta concurrida arteria de la ciudad tiene flujos y reflujos, como el mar. Hay horas que la marea humana ascendente es muy superior a la descendente y viceversa. Debíamos ir con el paso cambiado, porque ahora los turistas bajaban a mansalva rumbo al puerto.
Las putas, al amparo de la noche, empezaban a llenar las aceras laterales. Desde el quicio de un portal acechan una mirada masculina. “¡Ven p´aquí guapo, que te voy a hacer un ocho!”, se oye al pasar junto a la boca de metro del Liceo. Y huele a sexo, a mar y perfume barato hasta que, sonrientes y amartelados rebasamos el Palau de la Virreina camino del Zurich.
Tomando una copa en la concurrida terraza del establecimiento de la Plaza de Cataluña, contemplábamos en silencio el inacabable tránsito de los turistas a su paso por la fuente de Canaletas. La fauna foránea no tiene desperdicio, y Trini parecía disfrutar del espectáculo; pero…, de pronto me miró fijamente por un instante, y, dejando caer las pestañas lentamente, en tono de ruego, me dijo: Cuéntame un cuento.
-¿Ahora? –pregunté, con la esperanza de que interpretase la pregunta como un no.
-Sí. Ahora mismo –me contestó, a la par que sus ojos se clavaron en los míos.
Contra la retadora mirada de aquellos ojazos oscuros no había nada que rascar…
-El del enano maricón. Te voy a contar el de Carlitos.
Verás Noni…:
La historia del enano se remonta hasta mi tierna infancia. Carlitos, el enano, vivía entonces en un bloque contiguo al mío. Mis recuerdos comienzan con un enanito bullanguero ocho años mayor que yo, que por entonces contaba con seis o siete.
Mi barrio, un pequeño polígono de bloques de cuatro plantas situado en la zona norte de la ciudad, estaba lleno de vida, es decir, de niños correteando por calles y patios interiores, pues el tráfico rodado era inexistente a mediados de los sesenta. Las colinas del Parc de Collserola, que amurallan el barrio y la ciudad, comenzaban entonces cien metros más arriba de mi calle.
Las mujeres, cuando marchaban de compras al centro decían que iban a Barcelona, y la vida de la ciudad se desarrollaba a nuestros pies. La urbe estaba allí abajo, entre el puerto, las fábricas y empresas logísticas del Poble Nou y el centro administrativo y comercial que, durante siglos, había ido creciendo en espiral desde el barrio gótico.
Carlitos no llegaba al metro ni de puntillas, era cabezón, de pelo ralo, corto, rubio y ensortijado; barbilampiño de ojos claros, gafas de concha de culo de vaso y más boca que el tío del Netol. Patizambo y marchoso lo veía caminar con su vieja guitarra española al hombro. Calle arriba, calle abajo.
Durante las vacaciones veraniegas el enano caminaba con paso alegre y decidido por entre los patios interiores con su guitarra a cuestas. Todas las tardes se sentaba en un bordillo o un escalón, colocaba boca arriba la guitarra sobre sus cortas piernas y tocaba y cantaba canciones infantiles y populares con una técnica parecida a la de la guitarra hawaiana antecesora del estilo “slide”.
Y los niños lo escuchábamos embelesados hasta que, media hora después, la caza de lagartijas volvía a ser una novedad. Entonces se levantaba sonriente y se perdía con paso vivo por los entresijos de los patios del polígono en busca de otros ojos infantiles que lo mirasen arrobados durante unos minutos.
Esta bucólica imagen de Carlitos se fue desdibujando a medida que yo dejaba atrás la tierna infancia, hasta que, justo cuando el Tío Paco entró en capilla, comenzaron los rumores…
El lado oscuro de Carlitos se nos hizo evidente cuando éste se acercaba a los treinta años. Según corroboraron unos amigos, que se dejaron caer por el bar en cuestión, los rumores eran fundados. Al enano le gustaba chupar pollas por debajo de las mesas del bar de una conocida sala billares de Horta.
Sus padres, escandalizados por el asunto, lo facturaron con un tío suyo, abogado y representante de una pequeña compañía de enanos saltimbanquis que solía trabajar largas temporadas en un conocido circo italiano.
A partir de aquí, encanto, la historia del enano da un vuelco; y ya no es un testimonio de primera mano, sino un relato compuesto por lo leído en los papeles y algunas habladurías de testigos no demasiado fiables, que, en sus constantes entradas y salidas del trullo, iban dando retazos de información cuando alguien les preguntaba por el enano. Las noticias corrían, se contradecían y exageraban de bar en bar.
La banda cayó a mediados de los ochenta. Una organización delictiva compuesta por un tipo desgarbado de pelo blanco y unos cuantos enanos dio mucho juego a la prensa del momento; y no se limitó a las páginas de sucesos, bastantes columnistas le dedicaron su espacio en los rotativos. Carlitos ya no era el enanito cantarín, sino “El Nano”, un tipo duro de los bajos fondos.
El asunto pasó a anales del crimen como “El Caso Blancanieves”. Su tío, era sin duda la Blancanieves de aquella historia, pues los otros siete eran enanos y él lucía barba y cabellos blancos; que recogía en una coleta al estilo Radovan Karadzic en el esperpéntico papel de médico alternativo de sus años furtivos. Vamos, que se lo pusieron a huevo a los periodistas.
Robo con escalo, contrabando y tráfico de diamantes, asociación de malhechores y evasión de impuestos, fueron los delitos por los que se les juzgó y condenó según su grado de implicación, pues no todos estaban al corriente del contrabando de diamantes de sangre que “Blancanieves” y “El Nano” llevaban a cabo aprovechando las giras circenses y los contactos del primero con un temido grupo mafioso francés.
Los robos de joyas y obras de arte se organizaban a partir de la información proporcionada por una peligrosa organización de los bajos fondos de Lyón, algo que no se pudo probar fehacientemente pero estuvo en boca de todos los investigadores y periodistas próximos al caso.
Los más pringados fueron: “Blancanieves”, dieciocho años y un día, y “El Nano” y su novio Manué -el acróbata canastero-, doce años y un día.
El resto salió mejor parado: Rafi y Rufi -los gemelos funambulistas-, ocho años y un día; Jean Pierre -el trapecista- y Nené -contorsionista punkarra y amante del anterior-, seis años y un día; Jorgito -el llorón as del monociclo- fue el que salió mejor librado. Gracias al informe presentado por el psiquiatra forense no tuvo que cumplir los cuatro años, dos meses y un día que le cayeron; pues la condena le fue conmutada al acceder éste a su ingreso en una institución mental por un periodo no inferior a dos años.
Lejos de amilanarse por la larga pena que debía cumplir, Carlitos empleó el tiempo de su condena en estudiar y dar clases de guitarra a otros presos. Debido a su aprovechamiento en los estudios y su buena conducta, ocho años más tarde, una desapacible mañana de febrero del 1994, “El Nano” salía de la prisión de Lleida con un proyecto, una licenciatura en administración de empresas de la UNED y la boca llena de pupas de tanto chupársela a los funcionarios.
Cuando, pasados dos años, derrotado y enfermo del pecho, Manué era excarcelado, lo primero que hizo fue cruzar a toda prisa la calle Entenza. Después se metió en el bar que hay justo enfrente de la puerta principal de La Modelo, donde, a pesar de sus achaques, nada mas entrar pegó un acrobático salto que lo dejó sentado en un taburete de la barra y, ante el estupor general, a continuación pidió su primer café como hombre libre. Café, al que, a modo de bienvenida, tiene a gala invitar el dueño del establecimiento a todos los presos cuando les dan bola.
Al servirle el café, el camarero hizo un gesto con la cabeza para que mirase a su espalda…
-Buen salto, Manué –escuchó, segundos antes de darse la vuelta-. “El Nano” viene ahora mismo. Ha ido al estanco de la esquina a por unos puritos –gimoteó la voz.
En la mesa del rincón, sentado delante de una cerveza y medio bocata de anchoas, Jorgito lloraba como una Magdalena.
Trini, esto último te ha podido parecer inverosímil. En realidad a mí también me lo pareció. La fuente de información no es demasiado fiable, pero, de las historias que escuché, es la menos surrealista. “El Chino” -vecino de mi barrio y delincuente habitual-, fue el que me contó el desenlace del “Caso Blancanieves”:
Bajo los soportales de la ya desaparecida plaza de Verdum, mientras compartíamos unas chuletas a la brasa con alioli y una botella de priorato de granel en el bar de “El Patas Cortas”, “El Chino” me largó esta historia:
La mañana que Manué salió de la trena, “El Chino” aguardaba en el mismo bar que Jorgito; “El Chupas”, un viejo compinche suyo, debía salir en bola aquella misma mañana.
Almorzó con los enanos, pues había vivido en la misma escalera que “El Nano” durante muchos años y, además, habían compartido galería en alguna de las frecuentes entradas de “El Chino” en el talego.
Durante aquél almuerzo, los enanos le contaron que fue del resto de la banda:
A los pocos meses de su puesta en libertad, Rafi y Rufi -los más jóvenes del grupo- cruzaron el charco contratados por un circo norteamericano; Jean Pierre y Nené se casaron estando en prisión, y, en cuanto los liberaron, se marcharon a un tranquilo pueblecito del pirineo vasco-francés, donde Nené tenía un viejo caserón heredado de su abuela paterna; “Blancanieves” no sobrevivió a su cautiverio, murió de cáncer en la prisión provincial de Tarragona meses después de salir su sobrino de Lleida 1.
Los pasos de “El Nano”, según contó éste a “El Chino”, fueron discretamente vigilados durante meses; y el fulano que se asoció con él y puso el parné para montar su primer negocio -una sauna de ambiente gay en la Travessera de Gràcia- fue investigado por hacienda e interrogado en varias ocasiones por la policía.
Con Manué en libertad nada los retenía en la ciudad. Para cuando éste estuviera recuperado ya habrían ganado suficiente guita y se largarían a Madrid. Entre los tres pensaban montar un negocio en el barrio de Chueca.
El relato de “El Chino” termina aquí, y, como era de esperar, los enanos no dijeron ni una palabra sobre el suculento botín que la policía les suponía. Aunque “El Tiri” -disc-jockey y traficante de perico-, otra de las fuentes consultadas, me aseguró que, cuando él estaba en Tarragona cumpliendo su último año de condena, “Blancanieves” recibió dos visitas de un extranjero. Un abogado holandés muy elegante, según supo por boca de un funcionario con el que hacía negocios. Todo un currante “El Tiri”, no se tomaba vacaciones ni estando preso.
Las sospechas de la policía y las insinuaciones de la prensa sobre las conexiones internacionales de “Blancanieves” se quedaron en éso, meras sospechas que no habían sido capaces de demostrar y especulaciones periodísticas difundidas con ánimo de vender más periódicos.
El botín, si es que lo hubo alguna vez, se había esfumado sin dejar rastro.
Después de la última frase se hizo un largo silencio…
-Qué quieres que te diga. Guapa, el cuento termina así. Alargarlo más sería un desperdicio. Créeme, sé lo que me digo.
-Pues parece que le falte algo –contestó.
-En éso llevas razón. Falta el pastón. ¿Había o no había pastón? Nunca lo sabremos a ciencia cierta, Noni.
-Voy un momento al lavabo –dijo, levantándose bruscamente al tiempo que miraba la hora.
Saqué la libreta y me puse a emborronar.
Daba vueltas y más vueltas alrededor de una idea cuando la voz del camarero me devolvió a la realidad:
-La señorita ha pagado y me ha pedido que le diera la nota –dijo, dejando sobre la mesa la nota con el importe de la cuenta.
La malagueña fetén se acababa de largar a la francesa por la puerta lateral del Zurich.
Al menos ha pagado la cuenta, me dije, en un vano intento de salvar lo que pudiera en aquel naufragio de autoestima.
Quizá no le ha gustado el rollo del enano. Demasiado barriobajero para ella.
El ambiente delictivo de la historia lo elegí con la intención de acercarme un poco a su vida cotidiana. Pero no ha servido de mucho. Me habrá tomado por un cuentista canalla y marginal.
En eso estaba cuando me fijé en la nota. En el reverso había unas palabras escritas con tinta azul: Lo siento. Trini.
Inmediatamente, me levanté de la silla y miré el reloj de la plaza. Acababan de dar las doce…
Empujado de nuevo por aquel impulso bajé la vista y me concentré en el suelo. Junto a la silla ocupada minutos antes por la picapleitos había un abanico.
Al abrirlo apareció una estampa marinera luciendo un letrero, donde, con una tipografía marcadamente flamenca, se podía leer: “No al derribo de Los Baños del Carmen”.
Una tipa lista. Yo le he contado el de Blancanieves; pero ella, sin palabras, me está contando el de La Cenicienta.
Sin duda desvariaba. Los gin-tonic, cuando ya se ha perdido la costumbre, por lo visto son capaces de producir efectos psicotrópicos…; pero la noche era joven y, por más reivindicativo y malagueño que fuera, no estaba dispuesto a malgastarla en lamentarme mirando a un abanico.
Veinticinco minutos después, descompuesto y sin malagueña desembarcaba en la estación de metro de La Torrasa. Ya en la calle, andé un par de metros, miré unos segundos a mi alrededor… y volví sobre mis pasos para consultar el mapa del vestíbulo.
La calle que buscaba estaba allí mismo. Discurría paralela a la línea férrea, pero, entre la oscuridad del gran entramado de vías que salen del sur de la ciudad, la mísera iluminación de las obras de las calles adyacentes y el pedo que llevaba, era incapaz de reconocerla.
Apenas me separaban trescientos metros de mi objetivo, pero en la telaraña urbana, la conjugación de infraestructuras y obras públicas puede convertir el trayecto más sencillo en todo un deporte de aventura. Respiré hondo y salí de nuevo a la calle…
Giré a la derecha, bajé unas escaleras, crucé las vías por un paso subterráneo, subí escaleras, rodeé una alta valla metálica, superé un muro de hormigón, subí un terraplén, salté dos zanjas, bajé el terraplén, me di de morros con un barril lleno de agua, superé otro muro, volví a rodear una valla metálica y, a punto de sucumbir en aquella nocturna pista de obstáculos, trepé al techo de una pequeña escavadora; desde allí conseguí alcanzar el borde de la tapia que me cerraba el paso y, descolgándome por el otro lado, fui a caer a tres metros escasos de la puerta de la estación que había dejado atrás veinte minutos antes.
En todos los habitats de la selva urbana existen laberintos como éste, son el endemismo más común en el ecosistema de las grandes ciudades modernas.
El galimatías nocturno de las obras de La Torrasa era un enemigo a tener en cuenta, pero yo era un tipo bregado en asuntos de esa índole.
Durante siete ú ocho años, delante del portal tuve una zanja, qué digo una zanja, un canal de remo a medio construir, de un kilómetro de largo por cuarenta metros de ancho y ocho de profundidad.
Meses y meses sacando tierra y más tierra. Desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde, camiones y más camiones entraban y salían constantemente.
Los días sin viento, el polvo se estancaba formando tenues nubes de arcilla roja pulverizada, que las generosas brisas nocturnas se encargaban luego de repartir entre los bloques más próximos.
Cuando por fin se fueron las excavadoras y los camiones de tierra y comenzaron a llegar los camiones de hormigón, empezamos a quitarnos la costra de barro y polvo que aquella obra de los cojones había pegado a nuestras vidas; regalándonos, con ese desprendido gesto, una apariencia de nativos de las praderas norteamericanas que, con el paso de los meses, acabó por aburrir hasta a los niños más recalcitrantes.
Hicieron los enormes muros de contención, un par de puentes y se largaron para no volver en mucho tiempo. Dejando tras de si una infraestructura faraónica a medio hacer, donde, durante años, prosperaron las ratas más hermosas que haya conocido urbe alguna; y de las que las futuras generaciones de barceloneses podrán presumir por mucho tiempo, pues su excepcionalidad llamó la atención de los especialistas en fauna urbana del National Geographic, que le dedicaron un celebrado documental de cuarenta y cinco minutos.
Después de superar aquella maquiavélica experiencia me considero un experto en desatinos urbanos, perfectamente capacitado para sortear designios arquitectónicos por más mastodonticos, delirantes y retorcidos que éstos puedan llegar a ser. Si me lo proponía, ninguna manzana en obras de La Torrasa me apartaría de mi camino. Aunque, teniendo en cuenta que aquella no era precisamente mi mejor noche y mi grado de lucidez rozaba mínimos históricos, salir de aquella ratonera no era moco de pavo.
El principal problema era el desconocimiento del terreno.
En mi imaginario, La Torrasa formaba parte de un extrarradio inexpugnable, es decir, salvo dos o tres rápidas visitas con motivo de alguna lectura, nunca me había movido por l´Hospitalet; y La Torrasa solo era aquella estación y un montón de vías entre viejas naves industriales abandonadas, que, poco a poco se iban desmoronando al compás del trepidante paso de los años y los trenes.
Sentado en los escalones de la boca del metro, mientras me abanicaba enérgicamente intentando recuperar el resuello, me pregunté: ¿Qué estará haciendo Noni ahora?
Era una de esas noches de mierda en que los sucesivos fracasos invitan a la retirada estratégica, ya sea en ordenado repliegue, o, como la malagueña una hora antes, en fuga audaz y sigilosa.
Sin duda el abanico es partidario de esta opción, me dije, mirándolo de reojo. Desplegado y en movimiento, los vivos azules y verdes se contraían y dilataban, solapándose alternativamente con gran plasticidad; reclamando para sí toda mi atención, algo a lo que no estaba dispuesto. Lo cerré de un golpe contra la rodilla, cortando en seco el subyugante rollo psicodélico que se traía el muy cabrón.
Había que ponerse en marcha antes de que el abanico desplegara toda la energía del diabólico sortilegio que se emboscaba entre sus pliegues.
La opción más razonable era irse a dormir y dejar atrás cuanto antes aquella desdichada noche, sin embargo, tenía ganas de ver a “El Monstruo”.
“El Monstruo”, licenciado en historia y destacado friki de La Llagosta, es un tipo tenaz y jovial, de rostro redondo y risueño, y el único miembro aún en activo del tridente fundador del programa “Todo es mentira”. “El Lisérgico”, un tipo alto con perilla, delgadito y vivaz como una mosca veraniega, y “El Muscario”, el más bajito, un greñas de verbo fácil, inteligente, de profundos contrastes y gran sensibilidad, habían dejado el programa tiempo atrás…
“El Monstruo” era el motivo que me había traído hasta aquella estación, y largarme sin alcanzar mi objetivo añadiría un fracaso más a la lista del día; y esa noche, mi amigo y Karol celebraban el decimosexto aniversario de su programa de radio en un conocido C.S.O. de l`Hospitalet. Era una ocasión inmejorable para volver a vernos y la única manera que tenía de conjurar el mal fario que llevaba a cuestas.
Me levanté al tiempo que guardaba el abanico en la bolsa y, con gesto decidido, salí de nuevo de la estación. Esta vez no cometería el mismo error, fui caminado al hilo fragmentado y tenue que proporcionaban las farolas cercanas a la estación hasta que llegué a una calle digna de ese nombre. Tres minutos y cinco pavos menos después, cerraba la puerta de un taxi frente al C.S.O. L´Astilla.
Una estrecha calzada de adoquines, amurallada a ambos lados por sendas tapias de ladrillo, se interna unos metros en el interior de la manzana hasta una pequeña plazoleta presidida por el viejo y maltrecho muelle de carga y descarga de una fábrica abandonada; a la derecha, junto al muelle, una pequeña puerta acristalada y de un verde raído lleno de desconchones esconde una destartalada oficina y el lugar donde viven sus habitantes; a su lado y pegada al muro, una maltrecha escalera con barandilla de hierro forjado facilitaba el acceso a la planta superior, dando paso a las gafitas y la sorprendida sonrisa de Klara, que dispensaba las entradas desde un pequeño mostrador.
A partir de ese momento, el estruendo del punk de garaje se apoderó de la noche…
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