-Damián, ¿se puede vivir con cuatrocientos pavos al mes?
Me miró de arriba abajo, volvió a levantar despacio la cabeza, sonrió socarrón y me dijo: Si y no, pero no se debería.
Damián llevaba ya cinco años en el, cada vez menos exclusivo, Club 400.
Hacía tiempo que no lo veía y parecían irle bien las cosas.
-Verás Matías –continuó-, depende de muchos factores. No todos los agraciados con esa limosna del estado tienen la misma edad ni circunstancias. El sexo también cuenta en la lucha por la supervivencia; asimismo, el entorno puede ser propicio u hostil…
Mientras Damián estrenaba conmigo su conferencia, poniendo el énfasis en que las diferentes circunstancias sociológicas del entorno de cada cual eran el elemento clave, el que con más frecuencia decantaba el resultado, comencé a repasar su historia:
Los seis primeros meses de Damián en el Club 400 fueron un desastre, los días diez ya no tenía un duro, perdió quince de sus ochenta kilos, la poca barriga que tenía y las ganas de vivir.
Pero no todo fue infortunio, pues fue entonces cuando conoció a Rosita, una de esas solitarias madres Teresa ateas que van por la vida intentando salvar hombres descarriados a toda costa.
Se llevó a Damián a su casa. Y en tres semanas, con tres comidas por día, un par de tubos de pastillas efervescentes polivitamínicas, y unos cuantos polvos, Damián dio un cambio radical, y comenzó la planificación de su futuro. Al calor de las tetas de Rosita tomó la decisión que cambiaría el rumbo de su vida.
Al comenzar su periplo, Damián era un tipo tímido, respetuoso con las leyes y temeroso de Dios; pero los innumerables días de arroz a la cubana a mediodía y bocata de chopped a la hora de cenar, que casi acaban con él, lo convirtieron en otro hombre.
Lo primero que hizo al llegar de nuevo a casa fue llamar a un amigo para que le pinchara la luz; después habló con Carmen (la vecina cajera de un supermercado próximo).
Al poco, todos los jueves Damián iba al súper a una hora previamente convenida y llenaba el carro de delicatessen pagando por ello un precio irrisorio. Viandas que luego revendía a medias con la cajera.
Aprendió a cambiar las etiquetas de las prendas caras en el Decatlon, lo que renovó su vestuario y le hacía ganar un dinerillo extra con los excedentes de alta calidad que no necesitaba.
A pesar de que se movía bastante, gastaba un promedio de dos tarjetas multiviaje al año, algo que, de facto, lo convertía en uno de tipos que más sabía sobre transportes públicos de la ciudad.
Dejó de beber y de fumar, y hasta perdió la pinta de pagafantas que siempre había tenido.
Disfrutaba orgulloso de una cubertería que había ido sustrayendo poco a poco del Casal de Barri. Tres años había tardado en procurársela; tres años de una hábil y paciente labor de zapa fueron necesarios para hacerse con ella sin que nadie se enterara. Un trabajo expuesto y muy sutil, que le sirvió para afinar sus dotes de superviviente en medios densamente poblados.
Nunca más compró un periódico o un libro, el diario lo leía en el bar; y de libros se proveía en las bibliotecas públicas, salvo las novedades, de las que, todos los Sant Jordi, aprovechando el barullo de los tenderetes, se despistaba una docenita el año que venía malo y unos cuantos más los años afortunados.
Se convirtió en un manitas de las chapuzas caseras; y reciclaba muebles, electrodomésticos, ordenadores, lámparas… ¡en fin! todo lo que se terciara.
Experto también en ofertas, promociones y productos low cost, sus gastos fueron disminuyendo en picado, un hecho que causó un enorme impacto entre los socios del club, que lo nombraron presidente honorario el año pasado.
A partir de ahí, Damián complementa sus ingresos con sus celebrados seminarios sobre supervivencia urbana, que imparte los fines de semana por toda la geografía catalana y que dieron pie a que la facultad de sociología de la UAB lo invitara a dar una conferencia.
-¡Qué te ha parecido? –preguntó, cuando acabó la perorata que no había oído.
-¿Cómo piensas llamarla?
-“La influencia de los factores socioeconómicos del entorno más próximo en la planificación y desarrollo de estrategias de supervivencia urbana” –afirmó, con rotundidad-, y, a continuación, me espetó: Hay quién dice que se está desmantelando el estado del bienestar, pero no es cierto; no nos pueden arrebatar lo que nunca hemos tenido.
*Para la revista anual La Prosperitat
lunes, 23 de abril de 2012
jueves, 19 de enero de 2012
Fragmento (mientras tanto)
Veinticinco minutos después, descompuesto y sin malagueña desembarcaba en la estación de metro de La Torrasa. Ya en la calle, andé un par de metros, miré unos segundos a mi alrededor
y volví sobre mis pasos para consultar el mapa del vestíbulo.
La calle que buscaba estaba allí mismo. Discurría paralela a la línea férrea, pero, entre la oscuridad del gran entramado de vías que salen del sur de la ciudad, la mísera iluminación de las obras de las calles adyacentes y el pedo que llevaba, era incapaz de reconocerla.
Apenas me separaban trescientos metros de mi objetivo, pero en la telaraña urbana, la conjugación de infraestructuras y obras públicas puede convertir el trayecto más sencillo en todo un deporte de aventura. Respiré hondo y salí de nuevo a la calle
Giré a la derecha, bajé unas escaleras, crucé las vías por un paso subterráneo, subí escaleras, rodeé una alta valla metálica, superé un muro de hormigón, subí un terraplén, salté dos zanjas, bajé el terraplén, me di de morros con un barril lleno de agua, superé otro muro, volví a rodear una valla metálica y, a punto de sucumbir en aquella nocturna pista de obstáculos, trepé al techo de una pequeña escavadora; desde allí conseguí alcanzar el borde de la tapia que me cerraba el paso y, descolgándome por el otro lado, fui a caer a tres metros escasos de la puerta de la estación que había dejado atrás veinte minutos antes.
En todos los habitats de la selva urbana existen laberintos como éste, son el endemismo más común en las grandes ciudades modernas.
El galimatías nocturno de las obras de La Torrasa era un enemigo a tener en cuenta, pero yo era un tipo bregado en asuntos de esa índole.
Durante siete ú ocho años, delante del portal tuve una zanja, qué digo una zanja, un canal de remo a medio construir, de un kilómetro de largo por cuarenta metros de ancho y ocho de profundidad.
Meses y meses sacando tierra y más tierra. Desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde, camiones y más camiones entraban y salían constantemente.
Los días sin viento, el polvo se estancaba formando tenues nubes de arcilla roja pulverizada, que las generosas brisas nocturnas se encargaban luego de repartir entre los bloques más próximos.
Cuando por fin se fueron las excavadoras y los camiones de tierra y comenzaron a llegar los camiones de hormigón, empezamos a quitarnos la costra de barro y polvo que aquella obra de los cojones había pegado a nuestras vidas; regalándonos, con ese desprendido gesto, una apariencia de nativos de las praderas norteamericanas que, con el paso de los meses, acabó por aburrir hasta a los niños más recalcitrantes.
Hicieron los enormes muros de contención, un par de puentes y se largaron para no volver en mucho tiempo. Dejando tras de si una infraestructura faraónica a medio hacer, donde, durante años, prosperaron las ratas más hermosas que haya conocido urbe alguna; y de las que las futuras generaciones de barceloneses podrán presumir por mucho tiempo, pues su excepcionalidad llamó la atención de los especialistas en fauna urbana del National Geographic, que le dedicaron un celebrado documental de cuarenta y cinco minutos.
Después de superar aquella maquiavélica experiencia me considero un experto en desatinos urbanos, perfectamente capacitado para sortear designios urbanísticos por más mastodonticos, delirantes y retorcidos que éstos puedan llegar a ser. Si me lo proponía, ninguna manzana en obras de La Torrasa me apartaría de mi camino. Aunque, teniendo en cuenta que aquella no era precisamente mi mejor noche y mi grado de lucidez rozaba mínimos históricos, salir de aquella ratonera no era moco de pavo.
El principal problema era el desconocimiento del terreno.
En mi imaginario, La Torrasa formaba parte de un extrarradio inexpugnable, es decir, salvo dos o tres rápidas visitas con motivo de alguna lectura, nunca me había movido por l`Hospitalet, y La Torrasa solo era aquella estación y un montón de vías entre viejas naves industriales abandonadas, que, poco a poco se iban desmoronando al compás del trepidante paso de los trenes.
Sentado en los escalones de la boca del metro, mientras me abanicaba enérgicamente intentando recuperar el resuello, me pregunté: ¿Qué estará haciendo Noni ahora?
Era una de esas noches de mierda en que los sucesivos fracasos invitan a la retirada estratégica, ya sea en ordenado repliegue, o, como la malagueña una hora antes, en fuga audaz y sigilosa.
Sin duda el abanico es partidario de ésta opción, me dije, mirándolo de reojo. Desplegado y en movimiento, los vivos azules y verdes se contraían y dilataban, solapándose alternativamente con gran plasticidad; reclamando para sí toda mi atención, algo a lo que no estaba dispuesto. Lo cerré de un golpe contra la rodilla, cortando en seco el subyugante rollo psicodélico que se traía el muy cabrón.
Había que ponerse en marcha antes de que el abanico desplegara toda la energía del diabólico sortilegio que se emboscaba entre sus pliegues.
La calle que buscaba estaba allí mismo. Discurría paralela a la línea férrea, pero, entre la oscuridad del gran entramado de vías que salen del sur de la ciudad, la mísera iluminación de las obras de las calles adyacentes y el pedo que llevaba, era incapaz de reconocerla.
Apenas me separaban trescientos metros de mi objetivo, pero en la telaraña urbana, la conjugación de infraestructuras y obras públicas puede convertir el trayecto más sencillo en todo un deporte de aventura. Respiré hondo y salí de nuevo a la calle
Giré a la derecha, bajé unas escaleras, crucé las vías por un paso subterráneo, subí escaleras, rodeé una alta valla metálica, superé un muro de hormigón, subí un terraplén, salté dos zanjas, bajé el terraplén, me di de morros con un barril lleno de agua, superé otro muro, volví a rodear una valla metálica y, a punto de sucumbir en aquella nocturna pista de obstáculos, trepé al techo de una pequeña escavadora; desde allí conseguí alcanzar el borde de la tapia que me cerraba el paso y, descolgándome por el otro lado, fui a caer a tres metros escasos de la puerta de la estación que había dejado atrás veinte minutos antes.
En todos los habitats de la selva urbana existen laberintos como éste, son el endemismo más común en las grandes ciudades modernas.
El galimatías nocturno de las obras de La Torrasa era un enemigo a tener en cuenta, pero yo era un tipo bregado en asuntos de esa índole.
Durante siete ú ocho años, delante del portal tuve una zanja, qué digo una zanja, un canal de remo a medio construir, de un kilómetro de largo por cuarenta metros de ancho y ocho de profundidad.
Meses y meses sacando tierra y más tierra. Desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde, camiones y más camiones entraban y salían constantemente.
Los días sin viento, el polvo se estancaba formando tenues nubes de arcilla roja pulverizada, que las generosas brisas nocturnas se encargaban luego de repartir entre los bloques más próximos.
Cuando por fin se fueron las excavadoras y los camiones de tierra y comenzaron a llegar los camiones de hormigón, empezamos a quitarnos la costra de barro y polvo que aquella obra de los cojones había pegado a nuestras vidas; regalándonos, con ese desprendido gesto, una apariencia de nativos de las praderas norteamericanas que, con el paso de los meses, acabó por aburrir hasta a los niños más recalcitrantes.
Hicieron los enormes muros de contención, un par de puentes y se largaron para no volver en mucho tiempo. Dejando tras de si una infraestructura faraónica a medio hacer, donde, durante años, prosperaron las ratas más hermosas que haya conocido urbe alguna; y de las que las futuras generaciones de barceloneses podrán presumir por mucho tiempo, pues su excepcionalidad llamó la atención de los especialistas en fauna urbana del National Geographic, que le dedicaron un celebrado documental de cuarenta y cinco minutos.
Después de superar aquella maquiavélica experiencia me considero un experto en desatinos urbanos, perfectamente capacitado para sortear designios urbanísticos por más mastodonticos, delirantes y retorcidos que éstos puedan llegar a ser. Si me lo proponía, ninguna manzana en obras de La Torrasa me apartaría de mi camino. Aunque, teniendo en cuenta que aquella no era precisamente mi mejor noche y mi grado de lucidez rozaba mínimos históricos, salir de aquella ratonera no era moco de pavo.
El principal problema era el desconocimiento del terreno.
En mi imaginario, La Torrasa formaba parte de un extrarradio inexpugnable, es decir, salvo dos o tres rápidas visitas con motivo de alguna lectura, nunca me había movido por l`Hospitalet, y La Torrasa solo era aquella estación y un montón de vías entre viejas naves industriales abandonadas, que, poco a poco se iban desmoronando al compás del trepidante paso de los trenes.
Sentado en los escalones de la boca del metro, mientras me abanicaba enérgicamente intentando recuperar el resuello, me pregunté: ¿Qué estará haciendo Noni ahora?
Era una de esas noches de mierda en que los sucesivos fracasos invitan a la retirada estratégica, ya sea en ordenado repliegue, o, como la malagueña una hora antes, en fuga audaz y sigilosa.
Sin duda el abanico es partidario de ésta opción, me dije, mirándolo de reojo. Desplegado y en movimiento, los vivos azules y verdes se contraían y dilataban, solapándose alternativamente con gran plasticidad; reclamando para sí toda mi atención, algo a lo que no estaba dispuesto. Lo cerré de un golpe contra la rodilla, cortando en seco el subyugante rollo psicodélico que se traía el muy cabrón.
Había que ponerse en marcha antes de que el abanico desplegara toda la energía del diabólico sortilegio que se emboscaba entre sus pliegues.
martes, 27 de diciembre de 2011
El enano maricón (mientras tanto)
La historia del enano se remonta hasta mi tierna infancia. Carlitos, el enano, vivía entonces en un bloque contiguo al mío. Mis recuerdos comienzan con un enanito bullanguero ocho años mayor que yo, que por entonces contaba con seis o siete.
Mi barrio, un pequeño polígono de bloques de cuatro plantas situado en la zona norte de la ciudad, estaba lleno de vida, es decir, de niños correteando por calles y patios interiores, pues el tráfico rodado era inexistente a mediados de los sesenta. Las colinas del Parc de Collserola, que amurallan el barrio y la ciudad, comenzaban entonces cien metros más arriba de mi calle.
Las mujeres, cuando marchaban de compras al centro decían que iban a Barcelona, y la vida de la ciudad se desarrollaba a nuestros pies. La urbe estaba allí abajo, entre el puerto, las fábricas y empresas logísticas del Poble Nou y el centro administrativo y comercial que, durante siglos, había ido creciendo en espiral desde el barrio gótico.
Carlitos no llegaba al metro ni de puntillas, era cabezón, de pelo ralo, corto, rubio y ensortijado; barbilampiño de ojos claros, gafas de concha de culo de vaso y más boca que el tío del Netol. Patizambo y marchoso lo veía caminar con su vieja guitarra española al hombro. Calle arriba, calle abajo.
Durante las vacaciones veraniegas el enano caminaba con paso alegre y decidido por entre los patios interiores con su guitarra a cuestas. Todas las tardes se sentaba en un bordillo o un escalón, colocaba boca arriba la guitarra sobre sus cortas piernas y tocaba y cantaba canciones infantiles y populares con una técnica parecida a la de la guitarra hawaiana antecesora del estilo “slide”.
Y los niños lo escuchábamos embelesados hasta que, media hora después, la caza de lagartijas volvía a ser una novedad. Entonces se levantaba sonriente y se perdía con paso vivo por los entresijos de los patios del polígono en busca de otros ojos infantiles que lo mirasen arrobados durante unos minutos.
Esta bucólica imagen de Carlitos se fue desdibujando a medida que yo dejaba atrás la tierna infancia, hasta que, justo cuando el Tío Paco entró en capilla, comenzaron los rumores…
El lado oscuro de Carlitos se nos hizo evidente cuando éste se acercaba a los treinta años. Según corroboraron unos amigos, que se dejaron caer por el bar en cuestión, los rumores eran fundados. Al enano le gustaba chupar pollas por debajo de las mesas del bar de una conocida sala billares de Horta.
Sus padres, escandalizados por el asunto, lo facturaron con un tío suyo, abogado y representante de una pequeña compañía de enanos saltimbanquis que solía trabajar largas temporadas en un conocido circo italiano.
A partir de aquí, encanto, la historia del enano da un vuelco; y ya no es un testimonio de primera mano, sino un relato compuesto por lo leído en los papeles y algunas habladurías de testigos no demasiado fiables, que, en sus constantes entradas y salidas del trullo, iban dando retazos de información cuando alguien les preguntaba por el enano. Las noticias corrían, se contradecían y exageraban de bar en bar.
La banda cayó a mediados de los ochenta. Una organización delictiva compuesta por un tipo desgarbado de pelo blanco y unos cuantos enanos dio mucho juego a la prensa del momento; y no se limitó a las páginas de sucesos, bastantes columnistas le dedicaron su espacio en los rotativos. Carlitos ya no era el enanito cantarín, sino “El Nano”, un tipo duro de los bajos fondos.
El asunto pasó a anales del crimen como “El Caso Blancanieves”. Su tío, era sin duda la Blancanieves de aquella historia, pues los otros siete eran enanos y él lucía barba y cabellos blancos; que recogía en una coleta al estilo Radovan Karadzic en el esperpéntico papel de médico alternativo de sus años furtivos. Vamos, que se lo pusieron a huevo a los periodistas.
Robo con escalo, contrabando y tráfico de diamantes, asociación de malhechores y evasión de impuestos, fueron los delitos por los que se les juzgó y condenó según su grado de implicación, pues no todos estaban al corriente del contrabando de diamantes de sangre que “Blancanieves” y “El Nano” llevaban a cabo aprovechando las giras circenses y los contactos del primero con un temido grupo mafioso francés.
Los robos de joyas y obras de arte se organizaban a partir de la información proporcionada por una peligrosa organización de los bajos fondos de Lyón, algo que no se pudo probar fehacientemente pero estuvo en boca de todos los investigadores y periodistas próximos al caso.
Los más pringados fueron: “Blancanieves”, dieciocho años y un día, y “El Nano” y su novio Manué -el acróbata canastero-, doce años y un día.
El resto salió mejor parado: Rafi y Rufi -los gemelos funambulistas-, ocho años y un día; Jean Pierre -el trapecista- y Nené -contorsionista punkarra y amante del anterior-, seis años y un día; Jorgito -el llorón as del monociclo- fue el que salió mejor librado. Gracias al informe presentado por el psiquiatra forense no tuvo que cumplir los cuatro años, dos meses y un día que le cayeron; pues la condena le fue conmutada al acceder éste a su ingreso en una institución mental por un periodo no inferior a dos años.
Lejos de amilanarse por la larga pena que debía cumplir, Carlitos empleó el tiempo de su condena en estudiar y dar clases de guitarra a otros presos. Debido a su aprovechamiento en los estudios y su buena conducta, ocho años más tarde, una desapacible mañana de febrero del 1994, “El Nano” salía de la prisión de Lleida con un proyecto, una licenciatura en administración de empresas de la UNED y la boca llena de pupas de tanto chupársela a los funcionarios.
Cuando, pasados dos años, derrotado y enfermo del pecho, Manué era excarcelado, lo primero que hizo fue cruzar a toda prisa la calle Entenza. Después se metió en el bar que hay justo enfrente de la puerta principal de La Modelo, donde, a pesar de sus achaques, nada mas entrar pegó un acrobático salto que lo dejó sentado en un taburete de la barra y, ante el estupor general, a continuación pidió su primer café como hombre libre. Café, al que, a modo de bienvenida, tiene a gala invitar el dueño del establecimiento a todos los presos cuando les dan bola.
Al servirle el café, el camarero hizo un gesto con la cabeza para que mirase a su espalda…
-Buen salto, Manué –escuchó, segundos antes de darse la vuelta-. “El Nano” viene ahora mismo. Ha ido al estanco de la esquina a por unos puritos –gimoteó la voz.
En la mesa del rincón, sentado delante de una cerveza y medio bocata de anchoas, Jorgito lloraba como una Magdalena.
Trini, esto último te puede parecer inverosímil. En realidad a mí también me lo pareció. La fuente de información no es demasiado fiable, pero, de las historias que escuché, es la menos surrealista. “El Chino” -vecino de mi barrio y delincuente habitual-, fue el que me contó el desenlace del “Caso Blancanieves”:
Bajo los soportales de la ya desaparecida plaza de Verdum, mientras compartíamos unas chuletas a la brasa con alioli y una botella de priorato de granel en el bar de “El Patas Cortas”, “El Chino” me largó esta historia:
La mañana que Manué salió de la trena, “El Chino” aguardaba en el mismo bar que Jorgito; “El Chupas”, un viejo compinche suyo, debía salir en bola aquella misma mañana.
Almorzó con los enanos, pues había vivido en la misma escalera que “El Nano” durante muchos años y, además, habían compartido galería en alguna de las frecuentes entradas de “El Chino” en el talego.
Durante aquél almuerzo, los enanos le contaron que fue del resto de la banda:
A los pocos meses de su puesta en libertad, Rafi y Rufi -los más jóvenes del grupo- cruzaron el charco contratados por un circo norteamericano; Jean Pierre y Nené se casaron estando en prisión, y, en cuanto los liberaron, se marcharon a un tranquilo pueblecito del pirineo vasco-francés, donde Nené tenía un viejo caserón heredado de su abuela paterna; “Blancanieves” no sobrevivió a su cautiverio, murió de cáncer en la prisión provincial de Tarragona meses después de salir su sobrino de Lleida 1.
Los pasos de “El Nano”, según contó éste a “El Chino”, fueron discretamente vigilados durante meses; y el fulano que se asoció con él y puso el parné para montar su primer negocio -una sauna de ambiente gay en la Travessera de Gràcia- fue investigado por hacienda e interrogado en varias ocasiones por la policía.
Con Manué en libertad nada los retenía en la ciudad. Para cuando éste estuviera recuperado ya habrían ganado suficiente guita y se largarían a Madrid. Entre los tres pensaban montar un negocio en el barrio de Chueca.
El relato de “El Chino” termina aquí, y, como era de esperar, los enanos no dijeron ni una palabra sobre el suculento botín que la policía les suponía. Aunque “El Tiri” -disc-jockey y traficante de perico-, otra de las fuentes consultadas, me aseguró que, cuando él estaba en Tarragona cumpliendo su último año de condena, “Blancanieves” recibió dos visitas de un extranjero. Un abogado holandés muy elegante, según supo por boca de un funcionario con el que hacía negocios. Todo un currante “El Tiri”, no se tomaba vacaciones ni estando preso.
Las sospechas de la policía y las insinuaciones de la prensa sobre las conexiones internacionales de “Blancanieves” se quedaron en éso, meras sospechas que no habían sido capaces de demostrar y especulaciones periodísticas difundidas con ánimo de vender más periódicos.
El botín, si es que lo hubo alguna vez, se había esfumado sin dejar rastro.
Mi barrio, un pequeño polígono de bloques de cuatro plantas situado en la zona norte de la ciudad, estaba lleno de vida, es decir, de niños correteando por calles y patios interiores, pues el tráfico rodado era inexistente a mediados de los sesenta. Las colinas del Parc de Collserola, que amurallan el barrio y la ciudad, comenzaban entonces cien metros más arriba de mi calle.
Las mujeres, cuando marchaban de compras al centro decían que iban a Barcelona, y la vida de la ciudad se desarrollaba a nuestros pies. La urbe estaba allí abajo, entre el puerto, las fábricas y empresas logísticas del Poble Nou y el centro administrativo y comercial que, durante siglos, había ido creciendo en espiral desde el barrio gótico.
Carlitos no llegaba al metro ni de puntillas, era cabezón, de pelo ralo, corto, rubio y ensortijado; barbilampiño de ojos claros, gafas de concha de culo de vaso y más boca que el tío del Netol. Patizambo y marchoso lo veía caminar con su vieja guitarra española al hombro. Calle arriba, calle abajo.
Durante las vacaciones veraniegas el enano caminaba con paso alegre y decidido por entre los patios interiores con su guitarra a cuestas. Todas las tardes se sentaba en un bordillo o un escalón, colocaba boca arriba la guitarra sobre sus cortas piernas y tocaba y cantaba canciones infantiles y populares con una técnica parecida a la de la guitarra hawaiana antecesora del estilo “slide”.
Y los niños lo escuchábamos embelesados hasta que, media hora después, la caza de lagartijas volvía a ser una novedad. Entonces se levantaba sonriente y se perdía con paso vivo por los entresijos de los patios del polígono en busca de otros ojos infantiles que lo mirasen arrobados durante unos minutos.
Esta bucólica imagen de Carlitos se fue desdibujando a medida que yo dejaba atrás la tierna infancia, hasta que, justo cuando el Tío Paco entró en capilla, comenzaron los rumores…
El lado oscuro de Carlitos se nos hizo evidente cuando éste se acercaba a los treinta años. Según corroboraron unos amigos, que se dejaron caer por el bar en cuestión, los rumores eran fundados. Al enano le gustaba chupar pollas por debajo de las mesas del bar de una conocida sala billares de Horta.
Sus padres, escandalizados por el asunto, lo facturaron con un tío suyo, abogado y representante de una pequeña compañía de enanos saltimbanquis que solía trabajar largas temporadas en un conocido circo italiano.
A partir de aquí, encanto, la historia del enano da un vuelco; y ya no es un testimonio de primera mano, sino un relato compuesto por lo leído en los papeles y algunas habladurías de testigos no demasiado fiables, que, en sus constantes entradas y salidas del trullo, iban dando retazos de información cuando alguien les preguntaba por el enano. Las noticias corrían, se contradecían y exageraban de bar en bar.
La banda cayó a mediados de los ochenta. Una organización delictiva compuesta por un tipo desgarbado de pelo blanco y unos cuantos enanos dio mucho juego a la prensa del momento; y no se limitó a las páginas de sucesos, bastantes columnistas le dedicaron su espacio en los rotativos. Carlitos ya no era el enanito cantarín, sino “El Nano”, un tipo duro de los bajos fondos.
El asunto pasó a anales del crimen como “El Caso Blancanieves”. Su tío, era sin duda la Blancanieves de aquella historia, pues los otros siete eran enanos y él lucía barba y cabellos blancos; que recogía en una coleta al estilo Radovan Karadzic en el esperpéntico papel de médico alternativo de sus años furtivos. Vamos, que se lo pusieron a huevo a los periodistas.
Robo con escalo, contrabando y tráfico de diamantes, asociación de malhechores y evasión de impuestos, fueron los delitos por los que se les juzgó y condenó según su grado de implicación, pues no todos estaban al corriente del contrabando de diamantes de sangre que “Blancanieves” y “El Nano” llevaban a cabo aprovechando las giras circenses y los contactos del primero con un temido grupo mafioso francés.
Los robos de joyas y obras de arte se organizaban a partir de la información proporcionada por una peligrosa organización de los bajos fondos de Lyón, algo que no se pudo probar fehacientemente pero estuvo en boca de todos los investigadores y periodistas próximos al caso.
Los más pringados fueron: “Blancanieves”, dieciocho años y un día, y “El Nano” y su novio Manué -el acróbata canastero-, doce años y un día.
El resto salió mejor parado: Rafi y Rufi -los gemelos funambulistas-, ocho años y un día; Jean Pierre -el trapecista- y Nené -contorsionista punkarra y amante del anterior-, seis años y un día; Jorgito -el llorón as del monociclo- fue el que salió mejor librado. Gracias al informe presentado por el psiquiatra forense no tuvo que cumplir los cuatro años, dos meses y un día que le cayeron; pues la condena le fue conmutada al acceder éste a su ingreso en una institución mental por un periodo no inferior a dos años.
Lejos de amilanarse por la larga pena que debía cumplir, Carlitos empleó el tiempo de su condena en estudiar y dar clases de guitarra a otros presos. Debido a su aprovechamiento en los estudios y su buena conducta, ocho años más tarde, una desapacible mañana de febrero del 1994, “El Nano” salía de la prisión de Lleida con un proyecto, una licenciatura en administración de empresas de la UNED y la boca llena de pupas de tanto chupársela a los funcionarios.
Cuando, pasados dos años, derrotado y enfermo del pecho, Manué era excarcelado, lo primero que hizo fue cruzar a toda prisa la calle Entenza. Después se metió en el bar que hay justo enfrente de la puerta principal de La Modelo, donde, a pesar de sus achaques, nada mas entrar pegó un acrobático salto que lo dejó sentado en un taburete de la barra y, ante el estupor general, a continuación pidió su primer café como hombre libre. Café, al que, a modo de bienvenida, tiene a gala invitar el dueño del establecimiento a todos los presos cuando les dan bola.
Al servirle el café, el camarero hizo un gesto con la cabeza para que mirase a su espalda…
-Buen salto, Manué –escuchó, segundos antes de darse la vuelta-. “El Nano” viene ahora mismo. Ha ido al estanco de la esquina a por unos puritos –gimoteó la voz.
En la mesa del rincón, sentado delante de una cerveza y medio bocata de anchoas, Jorgito lloraba como una Magdalena.
Trini, esto último te puede parecer inverosímil. En realidad a mí también me lo pareció. La fuente de información no es demasiado fiable, pero, de las historias que escuché, es la menos surrealista. “El Chino” -vecino de mi barrio y delincuente habitual-, fue el que me contó el desenlace del “Caso Blancanieves”:
Bajo los soportales de la ya desaparecida plaza de Verdum, mientras compartíamos unas chuletas a la brasa con alioli y una botella de priorato de granel en el bar de “El Patas Cortas”, “El Chino” me largó esta historia:
La mañana que Manué salió de la trena, “El Chino” aguardaba en el mismo bar que Jorgito; “El Chupas”, un viejo compinche suyo, debía salir en bola aquella misma mañana.
Almorzó con los enanos, pues había vivido en la misma escalera que “El Nano” durante muchos años y, además, habían compartido galería en alguna de las frecuentes entradas de “El Chino” en el talego.
Durante aquél almuerzo, los enanos le contaron que fue del resto de la banda:
A los pocos meses de su puesta en libertad, Rafi y Rufi -los más jóvenes del grupo- cruzaron el charco contratados por un circo norteamericano; Jean Pierre y Nené se casaron estando en prisión, y, en cuanto los liberaron, se marcharon a un tranquilo pueblecito del pirineo vasco-francés, donde Nené tenía un viejo caserón heredado de su abuela paterna; “Blancanieves” no sobrevivió a su cautiverio, murió de cáncer en la prisión provincial de Tarragona meses después de salir su sobrino de Lleida 1.
Los pasos de “El Nano”, según contó éste a “El Chino”, fueron discretamente vigilados durante meses; y el fulano que se asoció con él y puso el parné para montar su primer negocio -una sauna de ambiente gay en la Travessera de Gràcia- fue investigado por hacienda e interrogado en varias ocasiones por la policía.
Con Manué en libertad nada los retenía en la ciudad. Para cuando éste estuviera recuperado ya habrían ganado suficiente guita y se largarían a Madrid. Entre los tres pensaban montar un negocio en el barrio de Chueca.
El relato de “El Chino” termina aquí, y, como era de esperar, los enanos no dijeron ni una palabra sobre el suculento botín que la policía les suponía. Aunque “El Tiri” -disc-jockey y traficante de perico-, otra de las fuentes consultadas, me aseguró que, cuando él estaba en Tarragona cumpliendo su último año de condena, “Blancanieves” recibió dos visitas de un extranjero. Un abogado holandés muy elegante, según supo por boca de un funcionario con el que hacía negocios. Todo un currante “El Tiri”, no se tomaba vacaciones ni estando preso.
Las sospechas de la policía y las insinuaciones de la prensa sobre las conexiones internacionales de “Blancanieves” se quedaron en éso, meras sospechas que no habían sido capaces de demostrar y especulaciones periodísticas difundidas con ánimo de vender más periódicos.
El botín, si es que lo hubo alguna vez, se había esfumado sin dejar rastro.
martes, 22 de noviembre de 2011
Desnuda
Desnuda, te imagino desnuda
te veo desnuda, desnuda te sueño
desnuda, siempre desnuda
te escribo desnuda
boca vestida de coral, pelo recogido y clavel tinto
en los ojos miel de romero
las pestañas puñales negros
teñida al sol la piel desierta,
tostadas, las cumbres de tu pecho
solitario liguero negro
diez rubís en las manos
húmedo y cobrizo el sexo
hueles a crepúsculo de mar desnuda
a noche interminable, a hembra sedienta,
brisa fugaz de horas lentas y negras,
mudo acento acento del sur,
y desnuda, siempre desnuda.
te veo desnuda, desnuda te sueño
desnuda, siempre desnuda
te escribo desnuda
boca vestida de coral, pelo recogido y clavel tinto
en los ojos miel de romero
las pestañas puñales negros
teñida al sol la piel desierta,
tostadas, las cumbres de tu pecho
solitario liguero negro
diez rubís en las manos
húmedo y cobrizo el sexo
hueles a crepúsculo de mar desnuda
a noche interminable, a hembra sedienta,
brisa fugaz de horas lentas y negras,
mudo acento acento del sur,
y desnuda, siempre desnuda.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Picapleitos (mientras tanto)
Salimos del metro en Urquinaona, a escasos metros del Palau…
En el primer semáforo me quedé un momento detrás de ella.
-¿Me estás mirando el culo?
-Pues sí -reconocí-. Es lo más parecido a la felicidad que he visto nunca.
Soltó una sonora carcajada… Un momento delicado. La diferencia entre un baboso y un hombre apasionado la define su capricho o sus intereses.
Delante de la puerta del Palau comenzó a hacer preguntas y más preguntas sobre el singular edificio. Yo había preparado aquella visita durante semanas, así que no me pilló desprevenido. Le solté un rollo sobre el modernismo que había sacado de la enciclopedia Espasa mientras tomábamos una copa en la cafetería del inmueble.
Esta picapleitos seguro que trabaja para un oscuro grupo de inversores de la Costa del Sol, así que un gatillazo esta noche podría tener consecuencias imprevisibles, me repetía mientras salíamos del Palau y encarábamos Vía Layetana.
Cuando llegamos a la altura de la comisaría me paré empujado por un viejo resorte… Le hablé de su negra historia, del asqueroso sótano donde se hacinaba a los detenidos en tenebrosas celdas llenas de roña, del rancio olor de las mugrientas colchonetas, de mantas pringosas que no se habían lavado nunca, de aquella peste asfixiante que no te dejaba dormir…
Por zanjar el tema le dije: Tenían que haber dinamitado el edificio cuando acabó la dictadura; pero ahí sigue este símbolo de la iniquidad, imperturbable y ajeno al dolor causado a tantos barceloneses que lucharon por la libertad.
Noni, con la complicidad de los medios de comunicación, estamos atrapados entre la extrema hijoputez política, la codicia insaciable de banqueros y mercados y la paniaguada desidia crónica de un par sindicatos eternamente claudicantes.
Camino de las Ramblas, que quería ver sin falta, no quedó más remedio que pasar por Sant Jaume y las calles del Call. Las románticas callejas del viejo barrio judío fueron cómplices de mi pasión y testigos de nuestros primeros besos.
Guapa mujer la picapleitos, y uno, que es soñador de profesión, vagabundo por destino, romántico y apasionado sin remedio, cuentista de vocación y disidente por elección, comprende, mientras caminan abrazados por el C/ Ferrán rumbo a las Ramblas, que pertenecen a mundos muy diferentes, que nada de lo que haga cambiará éso. Pero me dejo llevar por el brillo de sus ojos, borracho de vida la aprieto contra mí, dejando atrás el escalofrío provocado por la desolada imagen de una derrota.
Cuando llegamos a las Ramblas había oscurecido, y la fauna noctámbula de fin de semana, bastante más tempranera que los bohemios de toda la vida a quienes pretendían emular, aprovechaban que era víspera de festivo para tirarse al ruedo de la noche barcelonesa, mezclándose con las reatas de turistas que, cumpliendo una suerte de ritual leído en alguna guía, subían y bajaban por la rambla como autómatas.
A los rambleros de toda vida parecía habérselos tragado la incesante marea de visitantes, y los eventos culturales asociados a este colectivo habían dado paso a un monótono desfile entre estatuas humanas, que, con más o menos acierto, salpican el paseo a todas horas; ni asomo de la agitación cultural y festiva de antaño.
La creatividad de Las Ramblas se había institucionalizado años atrás. Lo inesperado había dejado de serlo, yacía desde mucho antes en el cajón de las subvenciones de algún estamento municipal o gubernativo. Dejó de ser una fiesta para convertirse en un negocio.
La atmósfera transgresora, vitalista y tolerante de otros tiempos, devorada por los estereotipos culturales de los cuadros técnicos de la administración, había desaparecido o se había dispersado en las catacumbas de las calles adyacentes y los barrios periféricos.
Los empobrecidos barceloneses ya no somos dueños de nuestras calles ni protagonistas de nuestra cultura; como figurantes o convidados de piedra, presenciamos impotentes un interminable espectáculo diseñado para turistas y tontos del culo que, salvo en contadas ocasiones, poco o nada tienen que ver con nosotros.
En el primer semáforo me quedé un momento detrás de ella.
-¿Me estás mirando el culo?
-Pues sí -reconocí-. Es lo más parecido a la felicidad que he visto nunca.
Soltó una sonora carcajada… Un momento delicado. La diferencia entre un baboso y un hombre apasionado la define su capricho o sus intereses.
Delante de la puerta del Palau comenzó a hacer preguntas y más preguntas sobre el singular edificio. Yo había preparado aquella visita durante semanas, así que no me pilló desprevenido. Le solté un rollo sobre el modernismo que había sacado de la enciclopedia Espasa mientras tomábamos una copa en la cafetería del inmueble.
Esta picapleitos seguro que trabaja para un oscuro grupo de inversores de la Costa del Sol, así que un gatillazo esta noche podría tener consecuencias imprevisibles, me repetía mientras salíamos del Palau y encarábamos Vía Layetana.
Cuando llegamos a la altura de la comisaría me paré empujado por un viejo resorte… Le hablé de su negra historia, del asqueroso sótano donde se hacinaba a los detenidos en tenebrosas celdas llenas de roña, del rancio olor de las mugrientas colchonetas, de mantas pringosas que no se habían lavado nunca, de aquella peste asfixiante que no te dejaba dormir…
Por zanjar el tema le dije: Tenían que haber dinamitado el edificio cuando acabó la dictadura; pero ahí sigue este símbolo de la iniquidad, imperturbable y ajeno al dolor causado a tantos barceloneses que lucharon por la libertad.
Noni, con la complicidad de los medios de comunicación, estamos atrapados entre la extrema hijoputez política, la codicia insaciable de banqueros y mercados y la paniaguada desidia crónica de un par sindicatos eternamente claudicantes.
Camino de las Ramblas, que quería ver sin falta, no quedó más remedio que pasar por Sant Jaume y las calles del Call. Las románticas callejas del viejo barrio judío fueron cómplices de mi pasión y testigos de nuestros primeros besos.
Guapa mujer la picapleitos, y uno, que es soñador de profesión, vagabundo por destino, romántico y apasionado sin remedio, cuentista de vocación y disidente por elección, comprende, mientras caminan abrazados por el C/ Ferrán rumbo a las Ramblas, que pertenecen a mundos muy diferentes, que nada de lo que haga cambiará éso. Pero me dejo llevar por el brillo de sus ojos, borracho de vida la aprieto contra mí, dejando atrás el escalofrío provocado por la desolada imagen de una derrota.
Cuando llegamos a las Ramblas había oscurecido, y la fauna noctámbula de fin de semana, bastante más tempranera que los bohemios de toda la vida a quienes pretendían emular, aprovechaban que era víspera de festivo para tirarse al ruedo de la noche barcelonesa, mezclándose con las reatas de turistas que, cumpliendo una suerte de ritual leído en alguna guía, subían y bajaban por la rambla como autómatas.
A los rambleros de toda vida parecía habérselos tragado la incesante marea de visitantes, y los eventos culturales asociados a este colectivo habían dado paso a un monótono desfile entre estatuas humanas, que, con más o menos acierto, salpican el paseo a todas horas; ni asomo de la agitación cultural y festiva de antaño.
La creatividad de Las Ramblas se había institucionalizado años atrás. Lo inesperado había dejado de serlo, yacía desde mucho antes en el cajón de las subvenciones de algún estamento municipal o gubernativo. Dejó de ser una fiesta para convertirse en un negocio.
La atmósfera transgresora, vitalista y tolerante de otros tiempos, devorada por los estereotipos culturales de los cuadros técnicos de la administración, había desaparecido o se había dispersado en las catacumbas de las calles adyacentes y los barrios periféricos.
Los empobrecidos barceloneses ya no somos dueños de nuestras calles ni protagonistas de nuestra cultura; como figurantes o convidados de piedra, presenciamos impotentes un interminable espectáculo diseñado para turistas y tontos del culo que, salvo en contadas ocasiones, poco o nada tienen que ver con nosotros.
miércoles, 12 de octubre de 2011
Se llama Trinidad (mientras tanto)
Eran cerca las ocho cuando llegué al garito, y ya estaba allí. Sentada en la mesa del rincón, bajo la inmensa pantalla de televisión que solo funcionaba la noche de los sábados.
Cuarentona desconocida toma gin-tonic en un rincón a primera hora. Suenan los hermanos Allman (su directo en el Fillmore).
En la barra hay un tipo pequeño con greñas y patillas. Perilla igualmente jevi. Así que debe ser jueves.
-Amador, ponme una Voll que vengo nublado. Me ha parecido ver junto a la tele a una tía buena tomando un gin-tonic. Anoche debí fumar demasiado.
Amador asiente con la cabeza mientras saca una jarra fría del congelador. Cuando llega con la cerveza, en tono confidencial, me dice:
-Ha llegado nada más abrir. No es de por aquí. Ha pedido el pelotazo con cara de pocos amigos y se ha largado al rincón. No va de napia, porque lleva tres cuartos de hora sentada y todavía no ha pisado el tigre; y está pa darle matarile.
Me solía fiar de sus retratos robot. La barra tiene una perspectiva privilegiada, y, desde ella, los brillantes ojos de Amador, como un láser, barrían periódicamente toda la sala.
-Será una pantera en busca de niñato chulo y pastillero, aventuré.
-Me parece que no. Si fuera de ese palo estaría sentada en la barra. Además lleva un yin-yang en cada oreja –apuntó Amador.
-Una friki de rollo oriental; y cuarentona de buen ver… Tío, tengo que encontrar la manera de entrarle; que las de por aquí están más vistas que las series de sicópatas…
-Anda con ojo, que a esa edad están todas resabiadas, y con la premenopausia a veces suelen gastar muy mala leche -me advirtió, mientras me daba el cambio.
-¿Por qué no pones algo que le vaya bien? Un poco más rockero… La Velvet, por ejemplo. Un toque underground seguro que le cambia el humor.
Sin duda, por debajo de la incansable guitarra de Duane Allman, nos debía oír cuchichear, porque dejó de mirar a la pared y se removió inquieta durante unos pocos segundos…; después sacó el móvil y se refugió en alguna de sus aplicaciones. Lo utilizaba a modo de escudo, como yo hacía con los cigarrillos cuando me sentía vulnerable.
Salvo dos mechas que caían a ambos lados del rostro, llevaba el pelo recogido en un pequeño moño. Pelo castaño oscuro, ojos grandes del mismo color, la nariz posee una ligera curva árabe en la punta, labios de un rojo discreto, o quizá granate; entre las opacidades que proporcionaban la distancia y la escasa iluminación de la mesa rincón, era difícil de asegurar. Pechos medianos, que, tensando en su cúspide la tela de blusa, todavía mostraban su osadía con altivez juvenil.
Cuando empezó a sonar la Velvet cogí la cerveza y me senté en una mesa. Saqué la libreta y el bolígrafo. Había ganado unos metros…
Su aspecto, con ese aire cuidadosamente desaliñado, cantaba entre las viejas y deslucidas mesas; o quizá, como a una luciérnaga, la hacían resaltar en la yerma penumbra de su rincón.
Mientras reunía energías para entablar conversación, comencé a garabatear ideas… Tenía varios versos sueltos con los que especular y pensé que quizá podría aprovecharlos para hacerle un poema.
Ella parecía inmersa en lo suyo, pero no era del todo cierto. Varias veces, al apartar la vista de la libreta para pegar un trago, la sorprendí levantando un instante los ojos por encima del iPhone. El rincón es inexpugnable, hasta allí no llega la señal de internet ni de coña.
Era genial, estaba tonteando y aún no se había dado cuenta. O quizá era yo el que no se enteraba de nada, y no era el cazador, sino la presa. Sonaba mal, pero era mucho mejor para mis propósitos… Además, iba más apretada que los tornillos de un submarino. Un cuerpo de curvas serpenteantes y armoniosas, expectante y acurrucadito en un rincón con los ojos muy abiertos. Demasiado cinematográfico para ser casual. Había premeditación. Sin duda conocía el negocio.
Con gesto decidido, me acerqué hasta su mesa y le dije: Hola, me llamo Matías.
-Yo Trinidad, pero todos me llaman Noni –contestó alargando la mano para saludarme.
Sin tener en cuenta el gesto, me agaché y la besé en ambas mejillas.
-¿Has venido por lo de los jueves? –pregunté, al tiempo que me sentaba.
-¿Qué pasa los jueves? –preguntó divertida.
-Desde hace unos meses, todos los jueves se reúne aquí una conocida asociación de fumetas. Cada uno trae su maría, y hacen intercambios de esquejes, semillas, hierba. Fuman, charlan de cultivos…
Siempre viene gente que ha contactado con ellos por internet, y suelen sentarse a esperar hasta que alguien les pregunta. Sobre todo la peña que anda de paso por Barcelona.
-Ando de paso, pero no he venido por éso -respondió.
-Este local es únicamente para los socios. Así que si no eres socia ni te ha invitado alguien que lo sea…
-Éso lo vas a tener que hacer tú –contestó, sin dejarme terminar.
-Guapa, soy socio “honoris causa”. Está hecho desde que me senté contigo.
-Mario, eres un cabrón. Deja de tomarme el pelo, la libreta te ha delatado.
-Noni, la foto que me enviaste no te hace justicia, y desde lejos este rincón yace en la más absoluta de las tinieblas. No te he reconocido hasta que me he acercado. Lo siento, no he podido resistirme.
Juraría que habíamos quedado mañana.
-Sí, pero…
-¿Has venido ha reconocer el terreno? –atajé.
Luego, sin venir a cuento, le dije: No tengo nada en contra de los abogados, pero dos colegas míos lo son; y si los hubieras conocido hace veinticinco años no te dejarías defender por ellos por nada del mundo.
-Empiezo a pensar que no ha sido buena idea venir a Barcelona –comentó, con aíre de desencanto.
-Nada de eso –respondí-. Es una ciudad de rincones preciosos. Aunque las rutas turísticas son un muermo lleno de tópicos. Hasta tienen una ácrata.
Muy cerca de aquí está la pequeña plaza de “Las madres de la Plaza de mayo”. Allí, entre la fuente y la acera, hay una tapa de alcantarilla con una inscripción que nos recuerda que “Face”, el penúltimo día de agosto del 57, cayó muerto en una emboscada de la Guardia Civil.
Los hay que vienen fascinados por pasear por que la fue la calle más revolucionaria del mundo y se meten en un caudaloso rio humano donde son capaces de robarte las bragas sin quitarte los pantys… (Volvió a sonreír)
Barcelona se ha convertido en una ciudad escaparate, con decirte que, desde hace un año, en las zonas turísticas los feos se ven obligados a hacer los recados de noche para no estropear la imagen que tanto dinero le ha costado al consistorio, está dicho todo.
Ni el alcalde, que es gangoso y más feo que un cangrejo, se atreve a desafiar la estricta normativa. Así que cuando tiene algún acto público en esa zona manda siempre a alguna agraciada representante del municipio para que lo sustituya.
Afortunadamente, a nosotros no nos afecta ese precepto. Coge el bolso que nos largamos a dar una vuelta por ahí antes de que llegue la tribu canábica y esto se convierta en una psicodélica cámara de gas.
Cuarentona desconocida toma gin-tonic en un rincón a primera hora. Suenan los hermanos Allman (su directo en el Fillmore).
En la barra hay un tipo pequeño con greñas y patillas. Perilla igualmente jevi. Así que debe ser jueves.
-Amador, ponme una Voll que vengo nublado. Me ha parecido ver junto a la tele a una tía buena tomando un gin-tonic. Anoche debí fumar demasiado.
Amador asiente con la cabeza mientras saca una jarra fría del congelador. Cuando llega con la cerveza, en tono confidencial, me dice:
-Ha llegado nada más abrir. No es de por aquí. Ha pedido el pelotazo con cara de pocos amigos y se ha largado al rincón. No va de napia, porque lleva tres cuartos de hora sentada y todavía no ha pisado el tigre; y está pa darle matarile.
Me solía fiar de sus retratos robot. La barra tiene una perspectiva privilegiada, y, desde ella, los brillantes ojos de Amador, como un láser, barrían periódicamente toda la sala.
-Será una pantera en busca de niñato chulo y pastillero, aventuré.
-Me parece que no. Si fuera de ese palo estaría sentada en la barra. Además lleva un yin-yang en cada oreja –apuntó Amador.
-Una friki de rollo oriental; y cuarentona de buen ver… Tío, tengo que encontrar la manera de entrarle; que las de por aquí están más vistas que las series de sicópatas…
-Anda con ojo, que a esa edad están todas resabiadas, y con la premenopausia a veces suelen gastar muy mala leche -me advirtió, mientras me daba el cambio.
-¿Por qué no pones algo que le vaya bien? Un poco más rockero… La Velvet, por ejemplo. Un toque underground seguro que le cambia el humor.
Sin duda, por debajo de la incansable guitarra de Duane Allman, nos debía oír cuchichear, porque dejó de mirar a la pared y se removió inquieta durante unos pocos segundos…; después sacó el móvil y se refugió en alguna de sus aplicaciones. Lo utilizaba a modo de escudo, como yo hacía con los cigarrillos cuando me sentía vulnerable.
Salvo dos mechas que caían a ambos lados del rostro, llevaba el pelo recogido en un pequeño moño. Pelo castaño oscuro, ojos grandes del mismo color, la nariz posee una ligera curva árabe en la punta, labios de un rojo discreto, o quizá granate; entre las opacidades que proporcionaban la distancia y la escasa iluminación de la mesa rincón, era difícil de asegurar. Pechos medianos, que, tensando en su cúspide la tela de blusa, todavía mostraban su osadía con altivez juvenil.
Cuando empezó a sonar la Velvet cogí la cerveza y me senté en una mesa. Saqué la libreta y el bolígrafo. Había ganado unos metros…
Su aspecto, con ese aire cuidadosamente desaliñado, cantaba entre las viejas y deslucidas mesas; o quizá, como a una luciérnaga, la hacían resaltar en la yerma penumbra de su rincón.
Mientras reunía energías para entablar conversación, comencé a garabatear ideas… Tenía varios versos sueltos con los que especular y pensé que quizá podría aprovecharlos para hacerle un poema.
Ella parecía inmersa en lo suyo, pero no era del todo cierto. Varias veces, al apartar la vista de la libreta para pegar un trago, la sorprendí levantando un instante los ojos por encima del iPhone. El rincón es inexpugnable, hasta allí no llega la señal de internet ni de coña.
Era genial, estaba tonteando y aún no se había dado cuenta. O quizá era yo el que no se enteraba de nada, y no era el cazador, sino la presa. Sonaba mal, pero era mucho mejor para mis propósitos… Además, iba más apretada que los tornillos de un submarino. Un cuerpo de curvas serpenteantes y armoniosas, expectante y acurrucadito en un rincón con los ojos muy abiertos. Demasiado cinematográfico para ser casual. Había premeditación. Sin duda conocía el negocio.
Con gesto decidido, me acerqué hasta su mesa y le dije: Hola, me llamo Matías.
-Yo Trinidad, pero todos me llaman Noni –contestó alargando la mano para saludarme.
Sin tener en cuenta el gesto, me agaché y la besé en ambas mejillas.
-¿Has venido por lo de los jueves? –pregunté, al tiempo que me sentaba.
-¿Qué pasa los jueves? –preguntó divertida.
-Desde hace unos meses, todos los jueves se reúne aquí una conocida asociación de fumetas. Cada uno trae su maría, y hacen intercambios de esquejes, semillas, hierba. Fuman, charlan de cultivos…
Siempre viene gente que ha contactado con ellos por internet, y suelen sentarse a esperar hasta que alguien les pregunta. Sobre todo la peña que anda de paso por Barcelona.
-Ando de paso, pero no he venido por éso -respondió.
-Este local es únicamente para los socios. Así que si no eres socia ni te ha invitado alguien que lo sea…
-Éso lo vas a tener que hacer tú –contestó, sin dejarme terminar.
-Guapa, soy socio “honoris causa”. Está hecho desde que me senté contigo.
-Mario, eres un cabrón. Deja de tomarme el pelo, la libreta te ha delatado.
-Noni, la foto que me enviaste no te hace justicia, y desde lejos este rincón yace en la más absoluta de las tinieblas. No te he reconocido hasta que me he acercado. Lo siento, no he podido resistirme.
Juraría que habíamos quedado mañana.
-Sí, pero…
-¿Has venido ha reconocer el terreno? –atajé.
Luego, sin venir a cuento, le dije: No tengo nada en contra de los abogados, pero dos colegas míos lo son; y si los hubieras conocido hace veinticinco años no te dejarías defender por ellos por nada del mundo.
-Empiezo a pensar que no ha sido buena idea venir a Barcelona –comentó, con aíre de desencanto.
-Nada de eso –respondí-. Es una ciudad de rincones preciosos. Aunque las rutas turísticas son un muermo lleno de tópicos. Hasta tienen una ácrata.
Muy cerca de aquí está la pequeña plaza de “Las madres de la Plaza de mayo”. Allí, entre la fuente y la acera, hay una tapa de alcantarilla con una inscripción que nos recuerda que “Face”, el penúltimo día de agosto del 57, cayó muerto en una emboscada de la Guardia Civil.
Los hay que vienen fascinados por pasear por que la fue la calle más revolucionaria del mundo y se meten en un caudaloso rio humano donde son capaces de robarte las bragas sin quitarte los pantys… (Volvió a sonreír)
Barcelona se ha convertido en una ciudad escaparate, con decirte que, desde hace un año, en las zonas turísticas los feos se ven obligados a hacer los recados de noche para no estropear la imagen que tanto dinero le ha costado al consistorio, está dicho todo.
Ni el alcalde, que es gangoso y más feo que un cangrejo, se atreve a desafiar la estricta normativa. Así que cuando tiene algún acto público en esa zona manda siempre a alguna agraciada representante del municipio para que lo sustituya.
Afortunadamente, a nosotros no nos afecta ese precepto. Coge el bolso que nos largamos a dar una vuelta por ahí antes de que llegue la tribu canábica y esto se convierta en una psicodélica cámara de gas.
viernes, 30 de septiembre de 2011
A propósito del arte
Los que piensen que eso de ser poeta es algo relajado, pletórico de flores y metáforas sublimes, de dulces amores platónicos, es que no conocen ese mundo.
En público me han dicho de todo menos guapo:
Escritor braguetero, baboso, calientabragas, cabrón, manipulador, fetichista
En privado ha ido mejor, aunque ha habido de todo. Hubo una que, después de pasar un tórrido y, para mí, agotador fin de semana sin salir apenas del sobre -y en el que acabé medio ciego y tropezando con todo-, se fue a la comisaría de Aiguablava e intentó ponerme una denuncia por acoso simbólico.
Al parecer se sentía acosada por la oscura metáfora de uno de mis poemas. Menos mal que el mosso de turno era espabilado y enseguida llamó al médico de la comisaría, que la despachó en dos minutos con un volante para el psiquiatra.
U otra, que lo primero que me dijo después de que nos presentaran fue: Encanto, qué lástima haberte conocido esta noche, porque ahora mismo no tengo el chichi pa farolillos
¡Ay, las musas! Inefables, volubles, caprichosas, posesivas.
La musa, sin duda está sobrevalorada. Supongo que debe ser porque todavía no cobran derechos de autor, lo que hace que el poeta, a pesar de todo, les tenga cierto cariño, ya que su contribución al arte, a la lírica en general -al menos en ámbito económico-, sigue siendo desinteresada.
Al fin y al cabo tampoco hay guita que rascar. No hay poeta que se precie que no haya pasado más hambre que un perro chico. Así que tampoco es para tanto.
Aunque dicen que la vida siempre te acaba regalando un rayo de sol de vez en cuando. Hace siete años que espero mi turno y todavía no me ha tocado. Pero no pierdo la esperanza de que entre tanto despropósito se cuele algún día una bella flor silvestre que rompa la mala racha que llevo.
Sin duda debo ser un pésimo poeta, y como tal, tengo las musas que me merezco. Cruel destino el mío.
*******************************
Esto que ven aquí, simboliza el núcleo fundamental que subyace en toda obra de arte.
Las bragas representan a las inefables y escurridizas fuerzas que gobiernan las caprichosas fuentes de la inspiración, y los bolígrafos juegan el papel de las energías creativas del artista.
El ketchup suplanta a los aditivos que, a modo de catalizador, muchos artistas usan para explorar los recónditos paisajes de su universo creativo
El martillo personifica al impulso definitivo que fusiona los elementos simbólicos hasta convertirlos en lo que se suele llamar una obra de arte.
(A continuación se procede a anudar el paquete de bolígrafos con las bragas, éstas, se riegan con una generosa ración de ketchup, después se envuelve todo en un trozo de tela; entonces es cuando se agarra el martillo con energía y se machaca el hatillo resultante durante unos minutos. Acto seguido, se abre el envoltorio y se muestra al público.)
Como pueden observar, acabo de convertir unas bonitas bragas, un poco de salsa chunga y un paquete de bolígrafos de los chinos, en un amasijo pringoso que no significa absolutamente nada.
Con esta acción quería mostrar el riesgo implícito que conlleva todo arte.
¿Cómo distinguir pues, al cantamañanas que lo único que busca es inflar una personalidad enclenque a costa del arte, del artista verdadero?
Es muy sencillo, sólo hay que hacerle una pregunta: ¿Podrías vivir sin tocar, sin pintar, sin modelar, sin componer, sin escribir, etc.? Si la respuesta es no, estáis delante de un artista.
En público me han dicho de todo menos guapo:
Escritor braguetero, baboso, calientabragas, cabrón, manipulador, fetichista
En privado ha ido mejor, aunque ha habido de todo. Hubo una que, después de pasar un tórrido y, para mí, agotador fin de semana sin salir apenas del sobre -y en el que acabé medio ciego y tropezando con todo-, se fue a la comisaría de Aiguablava e intentó ponerme una denuncia por acoso simbólico.
Al parecer se sentía acosada por la oscura metáfora de uno de mis poemas. Menos mal que el mosso de turno era espabilado y enseguida llamó al médico de la comisaría, que la despachó en dos minutos con un volante para el psiquiatra.
U otra, que lo primero que me dijo después de que nos presentaran fue: Encanto, qué lástima haberte conocido esta noche, porque ahora mismo no tengo el chichi pa farolillos
¡Ay, las musas! Inefables, volubles, caprichosas, posesivas.
La musa, sin duda está sobrevalorada. Supongo que debe ser porque todavía no cobran derechos de autor, lo que hace que el poeta, a pesar de todo, les tenga cierto cariño, ya que su contribución al arte, a la lírica en general -al menos en ámbito económico-, sigue siendo desinteresada.
Al fin y al cabo tampoco hay guita que rascar. No hay poeta que se precie que no haya pasado más hambre que un perro chico. Así que tampoco es para tanto.
Aunque dicen que la vida siempre te acaba regalando un rayo de sol de vez en cuando. Hace siete años que espero mi turno y todavía no me ha tocado. Pero no pierdo la esperanza de que entre tanto despropósito se cuele algún día una bella flor silvestre que rompa la mala racha que llevo.
Sin duda debo ser un pésimo poeta, y como tal, tengo las musas que me merezco. Cruel destino el mío.
*******************************
Esto que ven aquí, simboliza el núcleo fundamental que subyace en toda obra de arte.
Las bragas representan a las inefables y escurridizas fuerzas que gobiernan las caprichosas fuentes de la inspiración, y los bolígrafos juegan el papel de las energías creativas del artista.
El ketchup suplanta a los aditivos que, a modo de catalizador, muchos artistas usan para explorar los recónditos paisajes de su universo creativo
El martillo personifica al impulso definitivo que fusiona los elementos simbólicos hasta convertirlos en lo que se suele llamar una obra de arte.
(A continuación se procede a anudar el paquete de bolígrafos con las bragas, éstas, se riegan con una generosa ración de ketchup, después se envuelve todo en un trozo de tela; entonces es cuando se agarra el martillo con energía y se machaca el hatillo resultante durante unos minutos. Acto seguido, se abre el envoltorio y se muestra al público.)
Como pueden observar, acabo de convertir unas bonitas bragas, un poco de salsa chunga y un paquete de bolígrafos de los chinos, en un amasijo pringoso que no significa absolutamente nada.
Con esta acción quería mostrar el riesgo implícito que conlleva todo arte.
¿Cómo distinguir pues, al cantamañanas que lo único que busca es inflar una personalidad enclenque a costa del arte, del artista verdadero?
Es muy sencillo, sólo hay que hacerle una pregunta: ¿Podrías vivir sin tocar, sin pintar, sin modelar, sin componer, sin escribir, etc.? Si la respuesta es no, estáis delante de un artista.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)