viernes, 30 de septiembre de 2011

A propósito del arte

Los que piensen que eso de ser poeta es algo relajado, pletórico de flores y metáforas sublimes, de dulces amores platónicos, es que no conocen ese mundo.
En público me han dicho de todo menos guapo:
Escritor braguetero, baboso, calientabragas, cabrón, manipulador, fetichista…
En privado ha ido mejor, aunque ha habido de todo. Hubo una que, después de pasar un tórrido y, para mí, agotador fin de semana sin salir apenas del sobre -y en el que acabé medio ciego y tropezando con todo-, se fue a la comisaría de Aiguablava e intentó ponerme una denuncia por acoso simbólico.
Al parecer se sentía acosada por la oscura metáfora de uno de mis poemas. Menos mal que el mosso de turno era espabilado y enseguida llamó al médico de la comisaría, que la despachó en dos minutos con un volante para el psiquiatra.
U otra, que lo primero que me dijo después de que nos presentaran fue: Encanto, qué lástima haberte conocido esta noche, porque ahora mismo no tengo el chichi pa farolillos
¡Ay, las musas! Inefables, volubles, caprichosas, posesivas.
La musa, sin duda está sobrevalorada. Supongo que debe ser porque todavía no cobran derechos de autor, lo que hace que el poeta, a pesar de todo, les tenga cierto cariño, ya que su contribución al arte, a la lírica en general -al menos en ámbito económico-, sigue siendo desinteresada.
Al fin y al cabo tampoco hay guita que rascar. No hay poeta que se precie que no haya pasado más hambre que un perro chico. Así que tampoco es para tanto.
Aunque dicen que la vida siempre te acaba regalando un rayo de sol de vez en cuando. Hace siete años que espero mi turno y todavía no me ha tocado. Pero no pierdo la esperanza de que entre tanto despropósito se cuele algún día una bella flor silvestre que rompa la mala racha que llevo.
Sin duda debo ser un pésimo poeta, y como tal, tengo las musas que me merezco. Cruel destino el mío. 



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Esto que ven aquí, simboliza el núcleo fundamental que subyace en toda obra de arte.
Las bragas representan a las inefables y escurridizas fuerzas que gobiernan las caprichosas fuentes de la inspiración, y los bolígrafos juegan el papel de las energías creativas del artista.
El ketchup suplanta a los aditivos que, a modo de catalizador, muchos artistas usan para explorar los recónditos paisajes de su universo creativo 
El martillo personifica al impulso definitivo que fusiona los elementos simbólicos hasta convertirlos en lo que se suele llamar una obra de arte.

(A continuación se procede a anudar el paquete de bolígrafos con las bragas, éstas, se riegan con una generosa ración de ketchup, después se envuelve todo en un trozo de tela; entonces es cuando se agarra el martillo con energía y se machaca el hatillo resultante durante unos minutos. Acto seguido, se abre el envoltorio y se muestra al público.)

Como pueden observar, acabo de convertir unas bonitas bragas, un poco de salsa chunga y un paquete de bolígrafos de los chinos, en un amasijo pringoso que no significa absolutamente nada.
Con esta acción quería mostrar el riesgo implícito que conlleva todo arte.
¿Cómo distinguir pues, al cantamañanas que lo único que busca es inflar una personalidad enclenque a costa del arte, del artista verdadero?
Es muy sencillo, sólo hay que hacerle una pregunta: ¿Podrías vivir sin tocar, sin pintar, sin modelar, sin componer, sin escribir, etc.? Si la respuesta es no, estáis delante de un artista.