martes, 6 de septiembre de 2011

Radios libres: Vagabundas de la FM


No sé en qué estarían pensando los responsables del Carrer cuando me encargaron este trabajo. Si lo que pretendían era un artículo al uso periodístico, es decir, una cronología descriptiva de este fenómeno comunicativo, que ya lleva algo más de treinta años en el dial barcelones, quizás no les complazca demasiado el resultado.
Al que esto suscribe, que ha estado implicado en una de ellas durante dos décadas, le gustaría ir algo más allá del montón de datos y fechas, accesibles para cualquiera con sólo meterse en la red.
Mucho ha llovido desde el cierre de Ona Lliure en 1979, y, a pesar de muchos, a pesar de la alegalidad, de la indefensión jurídica, de la precariedad técnica y económica, de los mareos de perdiz del director de turno del departamento responsable de estos temas, del hostigamiento (con beneplácito político en muchos casos) de radios comerciales sin licencia, algunas de estas emisoras se han hecho mayorcitas.
Ciertamente, la estrategia de “Ya os cansareis”, aplicada por la Generalitat después de que, a principios de los noventa, un juez ordenara la devolución de los equipos de transmisión secuestrados por la administración a radio Pica en la primavera de 1987, todavía no ha dado el resultado que buscaban.
Ahora, el amiguismo político que gestiona la extrema tolerancia con las radios comerciales que, sin licencia, comen del jugoso mercado publicitario barcelones a costa de ocupar frecuencias utilizadas durante años y años por estas pequeñas emisoras sin ánimo de lucro, parece ser la nueva estrategia para hacerlas desaparecer del panorama radiofónico.
Según cuenta la leyenda, el espectro radioeléctrico es un bien colectivo, pero, como en toda buena leyenda, la realidad es muy diferente. Es un camelo democrático, como el derecho a la vivienda o al trabajo, o quizá más, pues la libertad de expresión, es, según cuenta nuestra Carta Magna (que cada vez me recuerda más a una infantil misiva a los Reyes Magos), un derecho fundamental.
Pues bien, este bien tan escaso propiedad de todos está repleto de emisoras institucionales. Disponen de tantas frecuencias que, como en el caso de RNE, se ven obligados a numerarlas para que los oyentes las puedan distinguir. Otro tanto ocurre con las que dependen de la Generalitat, que, al menos, ha tenido el detalle de no numerarlas y se ha molestado en ponerle un nombre a cada una de las muchas de que dispone. Controlan, además, las radios municipales de ámbito exclusivamente local, que se reparten según el color político de turno.
Las comerciales de toda la vida pagan un jugoso canon que, según parece, les permite sobremodular (es decir, manipular el ancho de banda de la señal para ocupar más espacio del que realmente se necesita para emitir) y salir al aire con más potencia de la que tienen concedida.
En lo que queda del dial hay codazos. Se supone que existe un organismo que controla estas cosas, pero nunca he sabido a qué se dedican realmente.
Si no me equivoco, todas las radios libres de la ciudad comparten un cierto aíre itinerante. Debido al hostigamiento de radios institucionales y comerciales se han convertido en auténticas vagabundas de la FM. Saltando de un punto a otro del dial constantemente, desplazadas por estas emisoras. No hay radio libre que se precie que no haya sido evacuada a golpe de watios de la frecuencia que utilizaba.
La estrategia de muchas y pequeñas radios, que, debido a su bajo coste de instalación y mantenimiento, fue una de las principales razones de su rápida expansión, ha ido evolucionando debido a varios factores: la desaparición de muchas de ellas debido a la falta de recambio generacional, el debilitamiento de los movimientos sociales, la indefensión jurídica, los problemas económicos y, quizá el más importante, la saturación del espectro radioeléctrico, que hizo que dejaran de ser viables las estaciones de muy baja potencia.
Ha llovido mucho, las radios libres dejaron atrás los emisores autoconstruidos, los pequeños boletines contrainformativos quincenales, la lectura crítica de los medios convencionales como fórmula contrainformativa y se engancharon a la red como un piojo a una costura.
Hoy, ya disponen de un amplio abanico de fuentes de información alternativa, algo impensable hace veinte años. No sólo se nutren de esas fuentes, sino que, enviando a su vez a la red la información generada en la emisora, forman parte de ellas. Han ganado calidad, fiabilidad, vitalidad, espontaneidad, inmediatez y eficacia.
Curiosamente, los malos tiempos económicos y sociales parecen ser buenos tiempos para las radios libres. Aparece mucha más gente dispuesta a comprometerse, a realizar programas, a colaborar de una u otra manera.
Últimamente, las hemos podido ver acampadas en la Plaza de Catalunya, mostrando su indignación emitiendo algunas de las asambleas y haciendo entrevistas a los diversos colectivos que forman parte de lo que se ha venido a llamar Movimiento del 15-M.
A finales de julio del año pasado, con decenas de años de retraso, el silencio de los medios, y la fecha bien elegida para evitar el debate social sobre el tema, se presentó en el Parlament un proyecto de ley para regular el sector audiovisual sin ánimo de lucro, y mucho me temo que esta flamante ley sirva para marginar de nuevo a radios libres.
Desde aquí, les invito a que las busquen. Escriban en su buscador de Internet “radios libres”, y, partiendo de ahí, seguro que las encuentran. No tienen pérdida.

El nexo común a todas las emisoras libres que han nacido a lo largo de los años consiste en: el rechazo al monopolio de las ondas, la exigencia de emitir-expresarse libremente y practicar la comunicación bidireccional (emisor-receptor).

No dan voz a l@s indignad@s, están indignadas; y son disidentes, reivindicativas, heterogéneas, utópicas y, en ocasiones, estridentes. Generan su propia cultura y están dispuestas a casi todo por seguir adelante. Ésta, sería otra manera de definirlas.