martes, 21 de abril de 2009

On the road *

A pesar del pretencioso titulo, nada mas lejos de mi intención que intentar emular a mi muy querido Jack Kerouac. Siempre que subo a un coche o hago un viaje, veo imágenes fugaces de algunos de sus personajes o de sus trenes.
Esta historia, ya de entrada, no daba para tanto. 15 Km. aunque a mi me parecieran cien, no pueden -ni de lejos- asemejarse en recorrido y profundidad, pero hoy -si puedo-, conjuraré mis demonios tratando de poner ese espíritu curioso, despreocupado, divertido y feliz que -para bien o para mal-, va recorriendo algunos tramos de mi vida -creo que a Keruac también le pasaba algo parecido-. El viaje es lo desconocido, la esencia de la aventura.
Hoy, no creo que vaya esto tan rápido, porque caigo en la cuenta que -de memoria-, aquél viaje aquí al lado que, por lo visto, nadie era capaz saber que lado era y eso que hablamos del mar -que deberíamos tenerlo delante todo el tiempo-, fue una odisea. Costo lo suyo hacer los 15 Km..
Flotaba en el ambiente un despiste generalizado, yo no sabía a donde íbamos y ella -la conductora-, no sabía donde estábamos -ni siquiera me atreví con el asiento del copiloto y viajé detrás-. La tercera en discordia hizo mutis por el foro -tenia claro que aquello no iba con ella-.
Todos con gafas de sol oscuras y riendo sin saber que hacer -parecíamos los Blues Brothers pero en plan “jevi metal cañí”-. Vi también, muchas sonrisas y algo de un nerviosismo contenido que la hacian muy atractiva, yo me sentía igual -de nervioso claro-.
Cuando nos fumamos un cigarrito la cosa se complicó -estábamos mas motivados pero mucho más despistados-. El laberinto rodante nos devoró por un rato, en un viaje enloquecido alrededor de dos manzanas, que a cada vuelta parecían diferentes -si en aquel momento, a alguien se le ocurre sacar un plano todavía estaríamos allí-.
Conseguimos ponernos -después de muchos esfuerzos- paralelos a la autopista, pero éramos incapaces de incorporarnos a ella -y eso, que solo teníamos que seguir el asfalto-. Después de un alarde de pilotaje sin precedentes -del que no me di ni cuenta-, lo conseguimos.
De nuestra amiga -la copiloto-, sólo diré: que durante el despiste, habló menos que el consejero del Padrino. Debía estar tan perdida como nosotros, ó prefirió ver el show aquél desde otro plano de la realidad.
Risas, confusión y un montón de sonrisas y miradas que no había visto hasta ahora ¡por fin! pude ver sus ojos y boca sonreír a la vez.
Tras unos minutos de autopista, vimos a lo lejos nuestro mítico destino, no era San Francisco -ni teníamos un café como “The Place” donde ir-, era Mongat, que asomaba en el horizonte.
Los tiempos han cambiado mucho, cuando Keruac llegaba a un sitio, llegaba, ahora, ó saltas en marcha, ó llegar no significa que ya estés allí.
Llegar, llegamos, pero aparcar fue otra película. El torbellino de calles, casas, subidas, vueltas, bajadas, curvas, coches, nos volvió a sumergir -entre risas- en una vorágine vertiginosa. Tuvimos que parar el vehículo y tratar de recordar que hacíamos de nuevo en el laberinto urbano.
Una vez conseguimos comprender que el mar sólo podía estar hacia abajo -vimos la luz-. Aparcamos, e iniciamos la marcha a la playa.
Calle abajo nos fuimos acercando lentamente a nuestro destino -el mar-. Mientras mirábamos anuncios de casas en alquiler tropezamos con la vía del tren. La arena estaba al otro lado y el mar, por supuesto, a continuación.
He de confesar que me encuentro algo atascado en este punto, como un viejo vagabundo en una gasolinera solitaria, destartalada y polvorienta del Suroeste-. Afortunadamente llega el “Doctor Toni”, que ejerció con solvencia el digno papel de “Viejo Bill” -sin cuya aportación, estos relatos, habrían sido sólo una utopía más para mi colección- y “me pongo” de nuevo en la carretera.
Hora y media después de salir de la ciudad, pisé la -ya para mí- mítica arena -casi la beso como el Papa-.
De pronto, ocurrió algo extraordinario, detrás de unos calcetines aparecieron sus pies como por ensalmo -existían, no eran imaginaciones mías, ni una leyenda urbana-. Dos pies y con cinco dedos en cada uno ¡casi nada! -ya sé que no es para tanto- pero últimamente, sublimo a piñón-.
En la playa no había casi nadie -un punki a lo lejos-. Allí nos sentamos, al abrigo de una pequeña duna que nos protegía del viento.
Lo de los pies -a falta de información mas palpable- lo dejo estar, tan solo resaltar, que al verlos, dejé caer un numero exageradamente pequeño y fui corregido rápidamente, que no, era un ocho -un siete de los de antes matizó-.
Al instante, esos pies -que aquél día perdieron parte de su misterio-, se pusieron en movimiento hacia la orilla, los míos hicieron lo mismo.
Ya sentados al abrigo del suave y frío viento, me perdí un rato buscando mínimas conchas en un pequeño mar de arena.
Cuanto tiempo he estado sin el mar al lado -su profundo sabor a yodo y sal invade mis sentidos-. El frío y suave aire en el rostro y en el horizonte, tan solo el azul del mar hasta el infinito, mientras las olas, cantan suavemente la bella canción de siempre.
Supongo que, a estas alturas, alguien habrá notado ya, que he conseguido hablar de esas dos misteriosas y tan especiales extremidades sin decir prácticamente nada sobre ellas, aparte de su numero. Aquí me columpio un poquito con mi musa, que seguirá sin noticias de ellas a poco que este autor pueda evitarlo.
Se levantó, caminando suavemente hacia la orilla, hasta que sus pies tocaron el agua, entonces, fui yo el que caminó recto hacia el mar sin acercarme a ella, y agachado, esperé que se retirara una ola, atrapando rápidamente un puñado de arena húmeda con la mano, lo retuve un instante, y me lo llevé a la nariz aspirando lentamente. De pronto, levanté la vista y allí la tenía -toda de una vez-, sonriente, con los azules del cielo y el mar al fondo, compitiendo con la luz de sus ojos.
Estaba radiante, todo su cuerpo sonreía con los pies en el agua y esos ojos tenían ¡otra vez! un brillo muy especial, una luz que no conocía todavía -me quedé bien con ella, anda que no-. Esa luz, sonriente, tranquila y divertida a la vez. Era otra mujer sin sus miedos habituales. Seguramente se perdieron en la jungla urbana ó esperaban en su garito de la ciudad, en aquél ambiente opresivo.
Radiante, como una cuatro cilindros recién salida del taller diría un motorista, en cambio, yo, que no soy muy amigo de los artefactos y de gustos sencillos diré: Radiante, como un pequeño, brillante, dorado, dulce y ácido caramelo, de miel y limón.
A mí, el mar, igual que a ella creo -no en vano compartimos el mismo acuático signo zodiacal-, me da luz, paz y armonía. Es el primer lazo que siento entre mi musa y yo.
Por un instante, me pareció ver también a una niña sonriente y pizpireta que conocí cuando apenas tenía doce años.
Poco después, iniciamos cansinamente el recorrido de vuelta hasta el vehículo y tuve la sensación, de que ninguno podíamos ya con nuestra alma. Cien metros cuesta arriba seguidos -a estas alturas-, fue un esfuerzo, que superamos haciendo un alto, a reponer el aire que nos faltaba a todos.
Ya dentro del vehículo, el rojo atardecer iluminó los rostros en un corto y tranquilo retorno. Unos minutos mas tarde, aparcábamos en un callejón de mi barrio y el suyo, allí nos despedimos.
Al final del atardecer subía lentamente la maldita cuesta de la calle Almansa y al doblar la esquina de mi calle, la realidad me golpeó como una revelación
-otra vez en mi vida-. Vi con toda claridad la futura encrucijada -mi fragilidad era mi única fuerza-.
Recordé de pronto al punki de la playa -lo había visto fugazmente cuando nos íbamos-, con su mochila y saco de dormir a cuestas -caminando al hilo de las vías-. Parecía a punto de saltar a un mercancías de la costa de California. Entonces comprendí que, en realidad, debía ser un “Vagabundo del Dharma” del siglo veintiuno. Quizá no era el punki, sino yo, quién quería saltar al mercancías.

Posdata:
No están ni el río Skagit de las montañas del Noroeste, ni el Pico de la Desolación, pero de Verdun a Mongat no me ha dado para mas.


*Relato descartado del libro.