lunes, 9 de septiembre de 2013

Uno de indios (completo)

Es vergonzoso, han hecho falta dos cervezas y un par de petardos para ser capaz de empezar. El listillo de mi inconsciente ha sacado tu imagen y me la ha puesto delante de las narices.
¿Musa o distracción? Una pregunta a la que le he dado vueltas y más vueltas.
“Tus lindos ojos van y vienen…” con ese verso empezó a gestarse la pregunta…
Ahora mismo ando con lo de Niebla, y de pronto salta tu imagen como empujada por misterioso resorte.
“Uno treinta y sinco…” Como camarera tengo que reconocer que casi siempre te portaste bien, pero…, desde los días que solía pedirte un descafeinado por la mañana, hasta ahora, que Niebla se esconde porque acaba mal; y habéis intercambiado papeles porque es una historia sombría y necesito una pausa y una sonrisa, ha llovido mucho. 
¡Qué tiempos aquellos! Cuando un poema podía estar al servicio de dos musas al mismo tiempo. Patricia, al menos, era capaz de valorarlo; y alguno me agradeció como solo una mujer puede hacerlo. Lástima que estaba como una cabra, cuando le daba un chungo era capaz de ponerte los pelos de punta.
Los cuentos de La Estrella y El Vagabundo en realidad los escribió un colega mío. Un tipo romántico que ama la literatura norteamericana del siglo pasado y envidia los relámpagos de lucidez de Poe. Un tipo raro. Es un peligro, le gustas demasiado. No te lo recomiendo.
Hizo de negro para mi, a qué negarlo. Me aproveché de cierta primacía que tengo sobre él para sacarle algo más de treinta páginas y unos cuantos poemas por unos pocos pavos. Lo utilice vilmente, soy un fraude. Es mejor que lo sepas.
El corazón usa las palabras para modular tu ausencia. Te traen a mí. Y te envuelven como una mosquitera ciñe el lecho, donde, al abrigo de miradas indiscretas, te desnudas sin pudor a sabiendas de que solo puedo entrever las curvas de tus perfiles tras los velos del lenguaje y la memoria.
Quizá en un par semanas me vaya por tres meses. Es posible que me contraten para capar monos en la selva amazónica por cuenta de una compañía farmacéutica. Solo contratan tíos porque, según ellos, hacen el trabajo con más cuidado que las mujeres. Al parecer, el cojón de mono contiene altas concentraciones de una hormona muy preciada y hay que tratarlo con cuidado. Se congelan recién extirpados y se envían a Europa por avión usando una pista clandestina abandonada por los narcotraficantes de la zona. 
El babuino enano de la Amazonia es venerado por los indígenas del lugar, así que la tribu de los Pai Pai le tiene declarada la guerra a la compañía. Esto convierte el trabajo en duro y peligroso, pero bien pagado. 
Ahora mismo, estoy lleno de ronchas por culpa de las vacunas que me han puesto. Me han vacunado para enfermedades que ni siquiera sabía que existían.
Por último, quiero decirte que, si palmo por culpa de un dardo envenenado con curare -los cabrones de los Pai Pai son maestros en esa técnica-, mi último pensamiento será para ti.
Dispuesta a devorarme al menor descuido, la selva procelosa me espera. 





Como te decía en mi anterior carta, mi amigo se ha pirado a la selva. Así que me encuentro ligeramente melancólico y francamente decepcionado de mí, del mundo o de la vida ¡vete a saber!
El único aliciente que suele tener la semana, es la carta que me llega cada viernes. Está sellada en Manaos. El sello es un flipe: Hay un mono subido a una palmera comiéndose un plátano mientras a sus pies discurre un río tumultuoso. En él de la carta anterior era un caimán el protagonista, y la precedente llevaba uno de pirañas nadando en un meandro. Todo un derroche de imaginación por parte del servicio de correos.
Ni que decir tiene que, el espíritu festivo y bullanguero que tenía en las semanas previas a su partida ha desaparecido por completo. El muy primo se siente atrapado, y sus ideas románticas y aventureras sobre la naturaleza salvaje, por no hablar de la de los duros y robustos trotamundos que recorren sus más profundos senderos, se han disipado entre el calor, la bruma y el desasosiego continuo que le produce la tribu de los Pai Pai.
Para muestra bien vale un botón:

“Sí tío, sí. Todas las tardes, después de cruzar el río, mientras cargamos en las mulas las jaulas con los monos que hemos capturado; y la noche comienza a enseñarnos sus garras, los presiento. Están ahí, entre la maleza. Siento sus ojos clavados en la nuca. Un escalofrío me recorre el cuerpo, y, por un instante, dejo de oír los desesperados chillidos de los monos que tanto inquietan a las mulas.”

Uno no se da cuenta del daño que hacen los idílicos documentales sobre la selva y la vida salvaje hasta que, como el julai de mi amigo, se lanzan a la aventura teniendo como principal referente ese tipo de documentos, donde se soslayan o minimizan los riesgos inherentes a toda naturaleza exuberante e indómita.
Fue Joseph Conrad uno de los primeros aventureros que, en su novela “El corazón de las tinieblas”, dio cuenta de los trastornos psíquicos que suelen padecer algunos occidentales a causa de una larga exposición al implacable sol de los trópicos. “La tarumba del equinoccio”, así la llamaban los conquistadores españoles que exploraron el río Amazonas buscando una quimérica ciudad de oro, como nos cuenta Ramón J. Sender en su novela “La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”.
La Estación nº 5, próxima a la frontera colombiana, cerca de una de la innumerables cascadas de uno de los muchos afluentes del río Japurá, es la estación más remota y peligrosa de la compañía; y está considerada la más rica en el recurso que explotan.
La Estación, como él la llama, es una explanada de casi tres hectáreas junto al hangar de una pista de aterrizaje. Una alta empalizada, rematada por una valla metálica rodea todo el perímetro; y en el centro, la torre de vigilancia y comunicaciones, que también hace las veces de torre de control para facilitar en aterrizaje de los aviones.
Mucho me temo, Estrella, que mi amigo, visto el ánimo decreciente que va mostrando en sus cartas, acabe por sucumbir psíquicamente en aquel infierno verde. Doce horas de selva diarias de lunes a sábado pueden acabar con cualquiera. Los jaguares, los caimanes, los mosquitos, las pirañas y los constantes chillidos de los monos; o los abruptos silencios, que no suelen auspiciar nada bueno, pueden hacerte polvo los nervios. 
Por no hablar de los Pai Pai y su proverbial puntería, que acechan desde las orillas con sus temidas cerbatanas. Sin duda, son los indígenas los que lo tienen sobrecogido, pues en su última carta, me cuenta cómo salió ileso de una emboscada:

Acabábamos de llegar a la orilla, donde nos esperaba un equipo con las mulas, cuando un enorme griterío procedente de la espesura me heló la sangre en las venas.  Me pareció ver que el denso follaje de los alrededores se agitaba, entonces, entre la muralla verde aparecieron las puntas de las cerbatanas. Salté rápidamente de la canoa y busqué refugio entre las mulas. No me dio tiempo a llegar hasta ellas. Un picotazo en el hombro me hizo caer de bruces. Mientras sacaba de su estuche la jeringuilla de atropina (el curare, al paralizar los músculos torácicos, mata por asfixia, así que una inyección a tiempo de este estimulante cardiaco suele salvarte la vida), ví al portugués tirarse al agua. 
No pude hacer nada por él, yacía inerme junto a la orilla a la espera de que la atropina hiciera efecto, cuando un caimán cerró sus enormes mandíbulas sobre una de sus piernas y lo arrastro hacía el centro del río.
Una vez pude ponerme en pie, lo oí gritar por última vez mientras el agua hervía alrededor del caimán; lo que indicaba que las pirañas lo estaban devorando vivo…”

Sus fantasías románticas sobre la selva desaparecieron por completo aquella trágica tarde, desde entonces, va tachando los días en el pequeño almanaque que tiene clavado con chinchetas en la pared que hay junto a su litera.






Tras varias semanas de silencio, ayer, Estrella, recibí dos cartas juntas desde Manaos.
Ya han llegado las lluvias, y el Japurá se ha desbordado. Las múltiples bocas del río, que forman un intrincado delta en la frontera colombiana, han dado paso a un pantanal de cientos de kilómetros cuadrados que se extiende alrededor del pequeño altiplano del campamento. 
El lodo y los intensos chaparrones le han complicado el trabajo, pero no hay mal que por bien no venga, ya que no le dejan tiempo para pensar en el horrible destino del portugués.
Solo bajan de la piragua cuando se aproximan a una de las trampas. Con el agua hasta la cintura, sacan de la trampa al animal, lo meten en una de las jaulas y vuelven a montar la trampa uno metros más allá. Es un trabajo peligroso y agotador. Hay que estar atento cuando se salta al agua, puede haber caimanes. Están por todas partes. Se dan un festín en la estación de las lluvias con los animales que se han ahogado sorprendidos por la inundación.
Se turnan al timón mientras se quitan las sanguijuelas quemándolas con un cigarrillo; y huele a muerto, a selva y a repelente para mosquitos.
Flotando, desciende por el río una mula hinchada por la descomposición. Es la que perdieron la semana pasada cuando los sorprendió la tormenta junto a un regato insignificante al pie de una pequeña colina. Cuando quisieron darse cuenta el inocente regato se había llevado la mula a tomar por culo. Cuatro gallinazos posados encima de su cadáver, disputan ahora por comerse sus partes más blandas. 
A pesar del potente motor de la canoa, es imposible cruzar el caudal principal del Japurá. El río arrastra multitud de árboles y maleza a una velocidad de vértigo, por lo que sus salidas se han tenido que limitar al área inundada de la margen derecha del río.
Todos los días, al caer la tarde, una lluvia torrencial se apodera de su mundo. La espesa cortina de agua ahoga la banda sonora de la selva y se adueña del paisaje, y el río se alborota y carga de bravura; es el momento de dejarlo hasta la mañana siguiente.

Me desperté temblando y muerto de frío. Alguien llega y me toma la temperatura. No estoy en mi litera. Una habitación blanca con cuatro camas.
El tipo de la cama de enfrente delira. ¡Mierda! La fiebre de los pantanos.
-Veo que por fin ha despertado. Lleva varios días delirando. Anteayer creí que se nos iba…, se puso usted verde; pero entonces me dije: ¡Por mis cojones! ¡Aquí no se le muere nadie a Eliades Santamaría! Le hice tomar una poción de ayahuasca..., y aquí está de nuevo. Cuente, cuente… ¿Cómo le fue la purga? ¿Quién es la muchacha; “la morenita de bote”, como usted la llama?
Los ojos enrojecidos y abiertos como platos, y la mirada inquieta y obsesiva de un neurótico; me dije al ver la jeta del médico justo antes de perder el sentido”. 


Estrella, seguramente te preguntarás qué clase de médico se apunta a trabajar en un agujero inmundo de una selva remota. Sin duda uno muy especial. Hacer lo que hace en aquella puñetera selva es lo que, me parece, debe dar sentido a su vida.
Pero ha sido una suerte para el julandrón de mi amigo. El Dr. Santamaría estudió en Barcelona. Hizo la residencia en el hospital del Valle Hebrón, donde había oído hablar de mi amigo a raíz de que éste fue víctima de un raro efecto secundario durante un largo y peligroso tratamiento médico que coincidió en el tiempo con su residencia.
En fin, han hecho buenas migas, y el doctor se puso pesado con el director de la estación hasta conseguir que mi amigo fuera destinado a la enfermería (al enfermero anterior le dio un yuyu semanas atrás. Salió corriendo dando gritos del campamento y desde entonces está desaparecido).
¿Qué probabilidades hay de que dos personas de mundos tan diferentes, años más tarde vuelvan a encontrarse y reconocerse en un lugar como aquél? Remotas, muy remotas; y sin embargo ha sucedido. Lo que me lleva a pensar en lo inescrutable de la vida y el destino, Estrella.





Después de tres semanas sin noticias, Estrella, me han llegado dos cartas más de la selva. Dos larguísimas cartas, por cierto.
El nivel de las aguas ha bajado ligeramente, dejando tras de si inmensos barrizales y cuatro casos de malaria que han tenido que ser evacuados en helicóptero (la pista de aterrizaje continua hecha un barrizal impracticable para los aviones). 
La época de apareamiento del babuino no durará mucho más. Los tipos del  laboratorio trabajan a destajo. A los babuinos, después de pasar la cuarentena, se les hacen análisis de sangre. A los que son declarados no aptos se les suelta inmediatamente, al resto se les extrae el semen con el que después se insemina a las hembras. Luego, en una sencilla y casi indolora  maniobra, se les extirpan los testículos, que, al igual que el semen, se congelan de inmediato. Cada dos días, si la lluvia no lo impide, un helicóptero trae suministros y se lleva las muestras a Manaos.
El médico, tan pronto está dicharachero y risueño como se sumerge durante días en solitarias cavilaciones, que lo hacen pasear constantemente murmurando un incomprensible soliloquio.
Mi amigo, en cambio, cuando su labor se lo permite, lo escribe casi todo,
como indica el siguiente fragmento de una de las sesiones de psicoterapia que forma parte del tratamiento en el que lo ha embarcado el doctor Santamaría:
 
Amigo mío, es usted la primera persona que conozco que ha sobrevivido al curare de los Pai Pai. Conservó la calma el tiempo suficiente para inyectarse la atropina. Ha corrido la voz por el campamento, y estoy convencido de que los Pai Pai que los atacaron deben considerarlo un ser de otro mundo.
Por estos parajes no se adentran muchos occidentales que digamos. Si descontamos los gilipollas de los documentales que suelen estar el tiempo justo para sacar unas imágenes idílicas que luego se puedan vender bien, se podrían agrupar en cuatro categorías: Los científicos, los aventureros, los parias y los lunáticos.
Yo, en gran medida pertenezco a la primera, pero si incluimos a los místicos en la categoría de los lunáticos también debo pertenecer, aunque en menor proporción, a esta categoría.
¿A cuál se vincula usted?
-Pues no sabría decirle…, quizá tenga un poco de cada una de las tres últimas, pero tampoco es que lo tenga claro…
-¿Por qué vino usted?
-Creo que por la pasta.
-Dinero se puede ganar en casi todas partes. Le repito: ¿por qué vino?
-Quería dejar cosas atrás, olvidar a alguien, emborracharme de la exhuberancia y crudeza de este lugar, admirar la belleza incomparable de la naturaleza, en fin, para mí, el aspecto estético también cuenta. Supongo que la oportunidad también, conozco a un tipo que trabaja en la empresa farmacéutica que hace los ensayos.
-Vaya. Un romántico. 
Los que buscan y los que huyen hacen lo mismo, porque son lo mismo. Gente inquieta y difícil de contentar con grandes miedos o pasiones que los persiguen toda la vida. Que suspiran por lo que perdieron, pero incapaces de conservar lo que han conseguido.
Cuando vea que empiezo ha irme por la tangente déme un toque, no se corte.
Verá, en mi caso, podemos decir que he conseguido aunar estas dos facetas mías, aparentemente contradictorias, en el trabajo que me retiene aquí largas temporadas, y como usted, la pasta que gano me permite seguir adelante con mis estudios etnobotánicos. Sin asomo de pedantería, le puedo asegurar que, por estudios y tradición, soy un experto en la flora medicinal de esta parte del mundo. Ya ve, yo también busco.
¿No habrá venido buscando el colocón definitivo?
-No. Al menos, no conscientemente.
-La vida nos va dejando heridas en el alma.
-¿Es usted poeta?
-Todos tenemos sueños inalcanzables, así que podría decirse que todos lo somos.
-¿En condicional?
-No me maree con sutilezas lingüísticas. Aquí el que pregunta soy yo. Intento ayudarle, recuerda.
¿De verdad lo piensa escribir todo?
-Desde luego.
-En fin, si le es de alguna utilidad. Pero no le arriendo la ganancia, menudo curro. Es el primer paciente que tengo que toma notas de las sesiones. Ya me las pasará. Probablemente contendrán información relevante.
¿Sigue teniendo pesadillas?
-Sí, pero menos frecuentes. La imagen de la bota del portugués entre las fauces del caimán con el agua hirviendo a su alrededor es algo que no olvidaré nunca.
-Debió ocultarse en el fondo de la canoa. Era más seguro que saltar al agua. Fue su decisión, no la de usted… ¿Acaso se siente responsable? 
Le recuerdo que usted reaccionó rápido y bien. Por eso está aquí. No tuvo oportunidad de ayudarlo. Así es la vida en todas partes, solo que aquí estos aspectos de la existencia se hacen más evidentes. La vitalidad y la fragilidad de la vida, aquí donde estamos, son moneda de cambio habitual. Lo vemos todos los días. Aunque solemos soslayar que nosotros también formamos parte de ese esquema.
Sus pesadillas son el mundo de los Pai Pai. Son el hogar de los indígenas. La selva les da cobijo, alimento, medicina y una visión del mundo. Cuando ande por ahí debe sentirse uno más de ese mundo. Sienta la selva. Eso no le va a garantizar nada, pero se sentirá mejor…
El próximo día sería conveniente tener una sesión de hipnosis ¿Qué le parece?
 

Algunos días sale con el doctor, surcan remando el pantanal en una pequeña piragua indígena, de fácil gobierno en aquél laberinto; donde la pericia y el conocimiento del terreno que demuestra su mentor, hacen, de una ruta imposible, una grata y fructífera experiencia. A veces bajan de la piragua para recoger alguna planta, y el doctor le habla de su morfología, de su habitat, y, sobre todo, de sus propiedades, ya sean farmacológicas o nutricionales.
En fin, Estrella, afortunadamente, poco a poco va recuperando el sosiego perdido en las orillas del turbulento Japurá.







Contra todo pronóstico, Estrella, el pupas de mi amigo llegó sano y salvo a Manaos. Después de quince días de silencio, la semana pasada volví a tener noticias suyas; aunque esta vez no fue una carta, sino un largo archivo adjunto a un correo electrónico. 
Vuelve con una garra disecada que pone los pelos de punta -ha mandado una foto- y un dardo de los Pai Pai con el que dice se hará un colgante. No sé, parece algo pillado. En fin, hasta que no lo vea.
Después de leer su carta estaba francamente preocupado, y decidí averiguar quién era el doctor Santamaría. ¡Hay qué ver lo que se puede llegar a saber sobre alguien con solo un nombre, una profesión y un país! 
Tirado, estuvo tirado. Cuando puse nombre y profesión en la web de la universidad de Lima, me dio una sola referencia de la facultad de Antropología, donde Eliades impartía clases de etnobotánica en un master de postgrado.
Hijo de un antropólogo y de una india del grupo tribal de la amazonia peruana Shipibo Conibo fallecidos prematuramente, pasó su infancia con sus abuelos paternos, salvo durante las vacaciones escolares que solía pasar en la selva, a cargo de sus abuelos y tíos indígenas. Su abuelo materno era un reconocido chamán, cuyo linaje se perdía en la noche de los tiempos.
Cuando, cumplidos los dieciocho y gracias a una beca de la UNESCO, vino a estudiar medicina a Barcelona, Eliades era ya todo un experto en el uso de  plantas medicinales y enteógenos de la Amazonia.
Una vez concluidos los estudios de psiquiatría y psicología volvió a su país, donde continuó sus estudios en la universidad de Lima, esta vez sobre enfermedades tropicales. Cursos que se pagó dando clases de etnobotánica.
Comprometido con sus raíces indígenas, fue uno de los impulsores de los estudios conjuntos entre chamanes y médicos sobre las propiedades de algunas plantas de la selva amazónica. Estudios que, gracias al apoyo de los gobiernos peruano y brasileño, avanzan a buen ritmo.
Tras leer aquel currículo me tranquilicé, mi amigo, por más desnortado que pudiera estar, había estado en buenas manos.
Durante las tres últimas semanas, se había ido marchando personal y desmontando instalaciones. Primero sus compañeros los tramperos, las mulas y el personal responsable de ellas, luego se soltaron los monos y se fue el personal veterinario y todo su instrumental, después le tocó el turno a los encargados del mantenimiento de los motores de las canoas y los generadores eléctricos y a gran parte del personal de cocina y comedor.
Apenas un mes antes eran alrededor de doscientas personas, y ahora no pasaban de quince. Personal de seguridad, el director, dos administrativos, un cocinero, un guía indígena, el médico y él mismo.
Que todavía estuviera allí era un hecho insólito. No cumplía ninguna función esencial y no veía razón alguna para ello.
Todas las mañanas el doctor marchaba con su canoa, y volvía al atardecer cargado con un cesto lleno de bayas y frutos, que primero clasificaba y después ponía a secar. Luego subía al despacho del director, donde solía quedarse hasta la hora de la cena.
Cuando no acompañaba al doctor en sus excursiones botánicas, pasaba el día embalando material médico, escribiendo en su libreta y matando zancudos con un matamoscas de plástico que había encontrado al desmontar una de las camas de la enfermería.
Interrogó al médico por la utilidad de su permanencia en La Estación, y éste le respondió diciéndole que no se preocupara, que esa semana extra de Amazonia estaría bien remunerada. Todo se aclararía a su llegada a Manaos. Y, le recordó: Todavía tenemos pendiente una sesión de yagé que podría ser importante para mejorar su equilibrio emocional.
Por fin, a las cuatro de la tarde del jueves, el helicóptero se llevó al personal restante y el material de oficina. Volvería a la mañana siguiente a recogerlos. Se habían quedado solos en la inmensidad verde.
Las horas previas al anochecer las pasaron embalando cuidadosamente las muestras recogidas durante la semana, empaquetando archivos y el material médico más delicado.
A partir de aquí, nada mejor que sus palabras, Estrella:  

Era noche cerrada, y cuando llegamos al hangar dos indígenas custodiaban el fuego. Los miré con atención. Aquellos hombres bajitos y fornidos, de ojos vivos y astutos, exudaban una gran vitalidad. El más joven iba descalzo, llevaba un corto pantalón de deporte de la selección brasileña y una raída camiseta donde aún se podía entrever el logotipo de la Standard Oil, a un lado de la cintura, y colgando de un cinturón trenzado con fibras secas de ayahuasca, una magnífica garra de águila harpía le proporcionaba un aspecto inquietante y feroz. El más viejo llevaba unas playeras y una especie de túnica raída que le llegaba hasta media pantorrilla. Lucía un collar de donde colgaban grandes plumas grises, sin duda una manifestación de su estatus dentro de la tribu. Si no fuera porque las arrugas que le surcaban el rostro lo delataban, podría haber tenido cualquier edad. Ojos oscuros y profundos, la mirada insondable y una sonrisa apenas dibujada.
Mientras Eliades y el hombre viejo conversaban, volví a mirar la inquietante garra que colgaba de la cintura del más joven, que, al igual que yo, parecía sentirse un poco incomodo o fuera de lugar.
Una garra de cerca de quince centímetros. La formidable garra amarilla y las enormes y afiladísimas uñas negras, hablaban de la rapaz más grande de la selva. Robusta, de alas grises, cuerpo blanco y cuello negro; anida en las copas de los grandes árboles y se alimenta principalmente de animales arborícolas. Con menos envergadura de alas que otras rapaces de similar porte, es capaz de volar con gran maestría bajo las copas de los árboles, su principal terreno de caza.
El indio viejo hizo los honores. Introdujo la mano en un saco que había junto al fuego y extrajo un pequeño cuenco de madera. Escupió dentro y luego lo limpió con la yema del pulgar. Se acercó de nuevo al petate y sacó una botella de vidrio que contenía un líquido parduzco con la viscosidad de un jarabe. Llenó el cuenco y se lo ofreció a Santamaría, después bebió él, luego me tocó el turno a mí, y por último al indio de la gran garra amarilla.
Nos sentamos sobre unos troncos alrededor de una pequeña hoguera, entonces el doctor nos presentó:
Señalándome con un ademán se dirigió a los indígenas en su lengua, asintieron, después, mirando al más viejo, me dijo: Etnoki, chamán de los Pai Pai, luego, en tono socarrón, continuó: el que queda, enfermero, se llama Kinate, y es el dueño del dardo que guardas en la enfermería.
Al ver mi estupefacción todos se echaron a reír. Entonces Kinate se levantó, desanudó el cordón de su cintura, me miró fijamente a los ojos y dijo unas palabras, después me lo ofreció. Miré a Santamaría, que asintió con la cabeza. No quedaba más que corresponder, saqué mi vieja y entrañable navaja suiza y se la di. El viejo reía y se golpeaba los hombros con las manos.
-¿Qué ha dicho?
-Ha dicho que él es un gran cazador y usted un hombre valiente.
La cocción que acabamos de tomar es una mezcla propia de los chamanes del bajo Japurá.
“Las ceremonias de ayahuasca se realizan por las noches. La oscuridad causa una profunda reacción en el cuerpo, mente, emociones y espíritu, permitiéndonos confrontar y conquistar nuestros miedos más profundos, revitalizar energías vitales y despertar un nivel superior de conciencia. La idea es abrir el camino hacia nuestro “maestro interior”. 
A la ayahuasca –continuó- se le da un origen sagrado. Para mi pueblo el origen es mágico, se cuenta que la liana fue un hombre del cielo y la chacruna una mujer linda de la tierra que se casaron, y al morir, hicieron el juramento que juntos siempre enseñarían y curarían a los seres humanos, de la tumba del hombre nació la liana de ayahuasca y de la tumba de la mujer nació la chacruna”. Para ciertos pueblos de la Amazonia, la liana de ayahuasca “es la que da la fuerza y la chacruna la visión.
A partir de la conexión con los mundos mágicos y espirituales en los que nos sumerge la ayahuasca, se adquiere conciencia de la existencia en su verdadero significado. Es una experiencia mística subliminal, en la que el ser humano consciente puede modificar la esencia de su ser…”
Llegó un momento en que dejé de oírlo…, me acerqué a Kinate, que, algo perplejo, hurgaba en la navaja; se la cogí de las manos para enseñarle sus utilidades, pero…, de repente, comencé a marearme y a sudar profusamente. 
Poco después sentí vértigo y todo comenzó a dar vueltas. Acabé a cuatro patas y con unas fuertes náuseas que me hicieron echar la papilla. Intenté levantarme, pero no pude. Destellos verdes y amarillos a mi alrededor, giré la cabeza a un lado y, de pronto, un punto negro avanzó rápidamente hasta que se me tragó. Era Eliades, que se había interpuesto entre el fuego y yo. Conseguí ponerme en pie, pero era incapaz de caminar, parecía estar clavado al suelo, en aquel momento comencé a oír el canto de un ave nocturna. De hecho, no lo escuchaba, lo veía. Me volví hacía los demás e intenté decirles que me estaba pasando algo muy raro, podía ver la música; pero de mi boca solo salieron ruidos desarticulados. Intentaba decir: “Es horrible, no sé que me sucede”, lo intenté en varias ocasiones, y por fin, unos minutos más tarde, en vez de eso, como el que lee en un libro, vi salir las palabras de mi boca una tras otra. Ví sus risas perderse a través de la selva. Ví el sonido de unos pasos que se acercaban hasta que unas playeras fosforescentes se pararon delante de mis pies. Con una mano, Etnoki se apoderó de mi nuca, y con la otra me dio un golpe seco en la frente. A partir de ese momento salió de mi boca un torrente inagotable de palabras: danzaban, caían, saltaban, daban vueltas, desaparecían, volvían a aparecer. Al poco, comenzaron a fundirse lentamente, trocándose en imágenes; y éstas giraron y giraron y cogieron velocidad hasta convertirse en un vórtice que se me tragó, y el tiempo se detuvo; y las palabras dejaron de tener significado…
Desperté de golpe. El doctor Santamaría me había arrojado agua en la cara con una vieja lata del hangar. Llovía a cántaros, y los Pai Pai habían desparecido.
-Son las ocho de la mañana y pronto despejará. Tenemos el tiempo justo de darnos una ducha y revisar el embalado de todos los instrumentos.
-Espere, espere, he de contar…
-Es tu experiencia y es solo para ti –dijo, cruzando sus labios con el dedo índice. Solo Etnoki podría escucharte, y dudo mucho que se prestara a ello. Tienes toda la vida para hallar su significado.
Vamos, apúrate, el helicóptero estará aquí en una hora.
Era la primera vez que me tuteaba.”
 

Muy cortésmente, después de despegar el piloto voló en círculo por encima del campamento para darles la oportunidad de verlo por última vez. Luego puso rumbo al Japurá. Cuatro minutos más tarde volaban sobre su curso río abajo. 
Aquel viaje le regaló las imágenes más hermosas de su estancia en la  Amazonia. Aquel verde exuberante y profundo era inofensivo y hermoso visto desde las alturas, una experiencia exclusivamente estética. Nada que  ver con la palpitante emoción de recorrer sus senderos o remar por sus aguas.
Después de dos horas de vuelo dejaron atrás el Japurá y tomaron el curso del colosal Amazonas, que los llevaría directos a Manaos. Tras sobrevolar la inmensa y oscura boca de Río Negro se dibujaron en el horizonte los grandes edificios de la ciudad…  
Ya han pasado unos días, Estrella, y me extraña que aún no esté por aquí. Aunque, pensándolo bien, lo más probable es que se haya detenido en París, pues me comentó en su carta las ganas que tenía de visitar la vieja librería donde -sospecha- todavía ronda el espíritu nómada de los beats.