domingo, 1 de septiembre de 2013

Yagé (último capítulo de "Uno de indios")

Contra todo pronóstico, Estrella, el pupas de mi colega llegó sano y salvo a Manaos. Después de quince días de silencio, la semana pasada volví a tener noticias suyas, aunque esta vez no fue una carta, sino un largo archivo, adjunto a un correo electrónico. Vuelve con una garra disecada que pone los pelos de punta -ha mandado una foto- y un dardo de los Pai Pai con el que dice se hará un colgante. No sé, parece algo pillado. En fin, hasta que no lo vea.
Después de leer su carta estaba francamente preocupado y decidí averiguar quién era el doctor Santamaría. ¡Hay qué ver lo que se puede llegar a saber sobre alguien con solo un nombre, una profesión y un país! 
Tirado, estuvo tirado. Cuando puse nombre y profesión en la web de la universidad de Lima, me dio una sola referencia de la facultad de Antropología, donde Eliades impartía clases de etnobotánica en un master de postgrado.
Hijo de un antropólogo y de una india del grupo tribal de la amazonia peruana Shipibo Conibo fallecidos prematuramente, pasó su infancia con sus abuelos paternos, salvo durante las vacaciones escolares que solía pasar en la selva, a cargo de sus abuelos y tíos indígenas. Su abuelo materno era un reconocido chamán, cuyo linaje se perdía en la noche de los tiempos.
Cuando, cumplidos los dieciocho y gracias a una beca de la UNESCO, vino a estudiar medicina a Barcelona, Eliades era ya todo un experto en el uso de  plantas medicinales y enteógenos de la Amazonia.
Una vez concluidos sus estudios de psiquiatría y psicología volvió a su país, donde continuó sus estudios en la universidad de Lima, esta vez sobre enfermedades tropicales, cursos que se pagó dando clases de etnobotánica.
Comprometido con sus raíces indígenas, fue uno de los impulsores de los estudios conjuntos entre chamanes y médicos sobre las propiedades de algunas plantas de la selva amazónica. Estudios que, gracias al apoyo de los gobiernos peruano y brasileño, avanzan a buen ritmo.
Tras leer aquel currículo me tranquilicé, mi amigo, por más desnortado que pudiera estar, había estado en buenas manos.
Durante las tres últimas semanas, se había ido marchando personal y desmontando instalaciones. Primero sus compañeros los tramperos, las mulas y el personal responsable de ellas, luego se soltaron los monos y se fue el personal veterinario y todo su instrumental, después le tocó el turno a los encargados del mantenimiento de los motores de las canoas y los generadores eléctricos y a gran parte del personal de cocina y comedor.
Apenas un mes antes eran alrededor de doscientas personas, y ahora no pasaban de quince. Personal de seguridad, el director, dos administrativos, un cocinero, un guía indígena, el médico y él mismo.
Que todavía estuviera allí era un hecho insólito. No cumplía ninguna función esencial y no veía razón alguna para ello.
Todas las mañanas el doctor marchaba con su canoa, y volvía al atardecer cargado con un cesto lleno de bayas y frutos, que primero clasificaba y después ponía a secar. Luego subía al despacho del director, donde solía quedarse hasta la hora de la cena.
Cuando no acompañaba al doctor en sus excursiones botánicas, pasaba el día embalando material médico, escribiendo en su libreta y matando zancudos con un matamoscas de plástico que había encontrado al desmontar una de las camas de la enfermería.
Interrogó al médico por la utilidad de su permanencia en La Estación, y éste le respondió diciéndole que no se preocupara, que esa semana extra de Amazonia sería bien remunerada. Todo se aclararía a su llegada a Manaos. Y, le recordó: todavía tenemos pendiente una sesión de yagé que podría ser importante para mejorar su equilibrio emocional.
Por fin, a las cuatro de la tarde del jueves, el helicóptero se llevó al personal restante y el material de oficina. Volvería a la mañana siguiente a recogerlos. Se habían quedado solos en la inmensidad verde.
Las horas previas al anochecer las pasaron embalando cuidadosamente las muestras recogidas durante la semana, empaquetando archivos y el material médico más delicado.
A partir de aquí, nada mejor que sus palabras, Estrella:  

Era noche cerrada, y cuando llegamos al hangar dos indígenas custodiaban el fuego. Los miré con atención. Aquellos hombres bajitos y fornidos, de ojos vivos y astutos, exudaban una gran vitalidad. El más joven iba descalzo, llevaba un corto pantalón de deporte de la selección brasileña y una raída camiseta donde aún se podía entrever el logotipo de la Standard Oil, a un lado de la cintura, y colgando de un cinturón trenzado con fibras secas de ayahuasca, una magnífica garra de águila harpía le proporcionaba un aspecto inquietante y feroz. El más viejo llevaba unas playeras y una especie de túnica raída que le llegaba hasta media pantorrilla. Lucía un collar de donde colgaban grandes plumas grises, sin duda una manifestación de su estatus dentro de la tribu. Si no fuera porque las arrugas que le surcaban el rostro lo delataban, podría haber tenido cualquier edad. Ojos oscuros y profundos, la mirada insondable y una sonrisa apenas dibujada.
Mientras Eliades y el hombre viejo conversaban, volví a mirar la inquietante garra que colgaba de la cintura del más joven, que, al igual que yo, parecía sentirse un poco incomodo o fuera de lugar.
Una garra de cerca de quince centímetros. La formidable garra amarilla y las enormes y afiladísimas uñas negras, hablaban de la rapaz más grande de la selva. Robusta, de alas grises, cuerpo blanco y cuello negro; anida en las copas de los grandes árboles y se alimenta principalmente de animales arborícolas. Con menos envergadura de alas que otras rapaces de similar porte, es capaz de volar con gran maestría bajo las copas de los árboles, su principal terreno de caza.
El indio viejo hizo los honores. Introdujo la mano en un saco que había junto al fuego y sacó un pequeño cuenco de madera. Escupió dentro y luego lo limpió con la yema del pulgar. Se acercó de nuevo al petate y sacó una botella de vidrio que contenía un líquido parduzco con la viscosidad de un jarabe. Llenó el cuenco y se lo ofreció a Santamaría, después bebió él, luego me tocó el turno a mí, y por último al indio de la gran garra amarilla.
Nos sentamos sobre unos troncos alrededor de una pequeña hoguera, entonces el doctor nos presentó.
Señalándome con un ademán se dirigió a los indígenas en su lengua, asintieron, después, mirando al más viejo, me dijo: Etnoki, chamán de los Pai Pai, luego, en tono socarrón, continuó: el que queda, enfermero, se llama Kinate, y es el dueño del dardo que guardas en la enfermería.
Al ver mi estupefacción todos se echaron a reír. Entonces Kinate se levantó, desanudó el cordón de su cintura, me miró fijamente a los ojos y dijo unas palabras, después me lo ofreció. Miré a Santamaría, que asintió con la cabeza. No quedaba más que corresponder, saqué mi vieja y entrañable navaja suiza y se la di. El viejo reía y se golpeaba los hombros con las manos.
-¿Qué ha dicho?
-Ha dicho que él es un gran cazador y usted un hombre valiente.
La cocción que acabamos de tomar es una mezcla propia de los chamanes del bajo Japurá.
“Las ceremonias de Ayahuasca se realizan por las noches. La oscuridad causa una profunda reacción en el cuerpo, mente, emociones y espíritu, permitiéndonos confrontar y conquistar nuestros miedos más profundos, revitalizar energías vitales y despertar un nivel superior de conciencia. La idea es abrir el camino hacia nuestro “maestro interior. 
A la Ayahuasca –continuó- se le da un origen sagrado. Para mi pueblo el origen es mágico, se cuenta que la liana fue un hombre del cielo y la Chacruna una mujer linda de la tierra que se casaron, y al morir, hicieron el juramento que juntos siempre enseñarían y curarían a los seres humanos, de la tumba del hombre nació la liana de Ayahuasca y de la tumba de la mujer nació la Chacruna”. Para ciertos pueblos de la amazonia, la liana de Ayahuasca “es la que da la fuerza y la Chacruna la visión.
A partir de la conexión con los mundos mágicos y espirituales en los que nos sumerge la Ayahuasca, se adquiere conciencia de la existencia en su verdadero significado. Es una experiencia mística subliminal, en las que el ser humano consciente puede modificar la esencia de su ser…”
Llegó un momento en que dejé de oírlo, me acerqué a Kinate, que, algo perplejo, hurgaba en la navaja; se la cogí de las manos para enseñarle sus utilidades, y, de repente, comencé a marearme y a sudar profusamente. 
Poco después sentí vértigo y todo comenzó a dar vueltas. Acabé a cuatro patas y con unas fuertes náuseas que me hicieron echar la papilla. Intenté levantarme, pero no pude. Destellos verdes y amarillos a mi alrededor, giré la cabeza a un lado y, de pronto, un punto negro avanzó rápidamente hasta que se me tragó. Era Eliades, que se había interpuesto entre el fuego y yo. Conseguí ponerme en pie, pero era incapaz de caminar, parecía estar clavado al suelo, en aquel momento comencé a oír el canto de un ave nocturna. De hecho, no lo escuchaba, lo veía. Me volví hacía los demás e intenté decirles que me estaba pasando algo muy raro, podía ver la música; pero de mi boca solo salieron ruidos desarticulados. Intentaba decir: “Es horrible, no sé que me sucede”, lo intenté en varias ocasiones, y por fin, unos minutos más tarde, en vez de eso, como el que lee en un libro, vi salir las palabras de mi boca una tras otra. Ví sus risas perderse a través de la selva. Ví el sonido de unos pasos que se acercaban hasta que unas playeras fosforescentes se pararon delante de mis pies. Con una mano, Etnoki se apoderó de mi nuca, y con la otra me dio un golpe seco en la frente. A partir de ese momento salió de mi boca un torrente inagotable de palabras: danzaban, caían, saltaban, daban vueltas, desaparecían, volvían a aparecer. Al poco, comenzaron a fundirse lentamente, trocándose en imágenes; y éstas giraron y giraron y cogieron velocidad hasta convertirse en un vórtice que se me tragó, y el tiempo se detuvo; y las palabras dejaron de tener significado.
Desperté de golpe. El doctor Santamaría me había arrojado agua en la cara con una vieja lata del hangar. Llovía a cántaros, y los Pai Pai habían desparecido.
-Son las ocho de la mañana y pronto despejará. Tenemos el tiempo justo de darnos una ducha y revisar el embalado de todos los instrumentos.
-Espere, espere, he de contar…
-Es tu experiencia y es solo para ti –dijo, cruzando sus labios con el dedo índice. Solo Etnoki podría escucharte, y dudo mucho que se prestara a ello. Tienes toda la vida para hallar su significado.
Vamos, apúrate, el helicóptero estará aquí en una hora.
Era la primera vez que me tuteaba.”

 
Muy cortésmente, después de despegar el piloto voló en círculo por encima del campamento para darles la oportunidad de verlo por última vez. Luego puso rumbo al Japurá. Cuatro minutos más tarde volaban sobre su curso río abajo. 
Aquel viaje le regaló las imágenes más hermosas de su estancia en la  Amazonia. Aquel verde exuberante y profundo era inofensivo y hermoso visto desde las alturas, una experiencia exclusivamente estética. Nada que  ver con la palpitante emoción de recorrer sus senderos y remar por sus aguas.
Después de dos horas de vuelo dejaron atrás el Japurá y tomaron el curso del colosal Amazonas, que los llevaría directos a Manaos. Tras sobrevolar la inmensa y oscura boca de Río Negro se dibujaron en el horizonte los grandes edificios de la ciudad…  
Ya han pasado unos días, Estrella, y me extraña que aún no esté por aquí. Aunque, pensándolo bien, lo más probable es que se haya detenido en París, pues me comentó en su carta las ganas que tenía de visitar la vieja librería donde, sospecha, de vez en cuando ronda todavía el espíritu errante de los beats.