miércoles, 17 de agosto de 2016

Corte uno, "Well meet again" (unos días de febrero)

Pues eso, que chateamos durante un buen rato… Después me acerqué a su perfil y miré sus fotos. Quizá no mentía en lo referente a su edad… ¿Qué piensas hacer? Nada. Es más prudente no hacer nada, Mario. Sí, es un bellezón de miedo, pero…
Días más tarde, durante un recital poético la vi por primera vez. Salí a la calle a fumar y ella apareció de no sé dónde con un ejemplar de “El eco de mis pasos”. — Hola, soy Ámbar –dijo suavemente– ¿Me firmarías el libro?
Charlamos unos minutos. Me puse nervioso. Despisté el mechero. 
Ahora me recuerdo como un imbécil intentando hacerse el interesante. Fue su voz, sospecho que fue su voz la que acabó por rematarme. Le hice una bella dedicatoria con cagada incluida: Una de esas misteriosas permutas silábicas que tengo a veces cuando escribo todo lo rápido que puedo una palabra que temo olvidar antes de tenerla bien anotada. 
Ni siquiera era mía. La saqué de la puerta del tigre de un garito del Poble Nou años atrás. Acababa de echar la pota, me enjuagué la cara…, y cuando me di la vuelta para salir me la encontré de sopetón. Todo un poeta, el tipo debía ser todo un poeta. Llamar “callejón del silencio” a los lavabos de uno de los garitos con más bulla de toda la ciudad, sin duda requirió de una capacidad lírica que estaba fuera de mi alcance y, por supuesto, lejos de mi interés en aquellos tiempos. Nunca había visto a tanta gente ir y venir del lavabo tantas veces en tan poco tiempo.
Estaba guapísima. Insultantemente joven, el rostro ligeramente ovalado, sus grandes ojos castaños brillando como luciérnagas, la melena negra, lisa y desplomada sobre los hombros, la nariz recta y bien proporcionada, los labios llenos y la sonrisa fácil y desenfadada; y su deliciosa voz, la voz insegura e inquieta de quién cree estar siendo evaluada.
Desde luego debía ser una jovencita muy especial. La afición a la lectura no es, desgraciadamente, lo más popular entre los jóvenes en este país de catetos y analfabetos funcionales.
Por primera vez en mi vida, a medida se alejaba, comenzó a sonar el “Well meet again” de Hooker dentro de mi cabeza a la par que la distancia fue oscureciendo su silueta hasta disolverla en la noche calle abajo; y el acariciante timbre de su voz regresó a mis sentidos, desplazando de un plumazo el tono imponente y grave de la profunda voz Hooker.
Melocotón en almíbar. Sangre caliente a finales de enero.
Me gustó un montón, me gustó tanto que me dio miedo. 
Ignoraba entonces que su refulgente mirada, aquel prístino estallido de energía que me atravesó en un instante, me acompañaría el resto de mi existencia. Ignoraba también, que aquella jovencísima mujer, frágil y sensible, cargada de soledad y misterio, de miedos y aspavientos, pero más bella que la vida, que todas las vidas juntas, me traería el fuego. Ardería con ella, por ella.